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¿Revolución o privilegio? El ensayo de Carlos Sánchez Soto que busca contribuir a la fuerza política transformadora y sentido de clase de los movimientos de las disidencias sexuales

Con un título que ya es en sí mismo un programa político, el ensayo ¿Revolución o privilegio? Las disidencias sexuales entre la calle y el espejo de Carlos Sánchez Soto plantea una pregunta incómoda para los movimientos de la diversidad sexual en Chile y América Latina: ¿qué se ha perdido en el camino desde la resistencia callejera de los cuerpos disidentes pobres hasta las ONG con fondos concursables, las campañas corporativas con bandera arcoíris y los catálogos académicos de identidades? La respuesta es política, urgente y polémica. Carlos Sánchez nos relata: «cuando dediqué este libro a quienes «nunca tuvieron privilegios, pero sostuvieron la revolución con su vida», lo hacía con la certeza de que esa memoria no podía quedarse en el papel. Estas presentaciones me han devuelto la esperanza de que no es así. La acogida en espacios tan diversos -desde la CUT hasta la Librería Odisea- y la respuesta favorable señalando que estamos ante un documento necesario para debatir, me permiten ver que el texto está cumpliendo su función pedagógica. No escribí un catálogo de identidades, ni un manual de victimización; escribí un mapa de batalla. Ver cómo en cada conversatorio la gente conecta la genealogía del movimiento con los escenarios geopolíticos actuales y la desigualdad material, me dice que caminamos en la dirección correcta. Es decir hacia una marcha marica/camiona, trava, migrante, pero sobre todo, trabajadora y popular.»


El dilema del privilegio o la transformación de lo existente

Hay libros que incomodan porque dicen lo que muchos piensan y pocos se atreven a escribir. ¿Revolución o privilegio? Las disidencias sexuales entre la calle y el espejo de Carlos Sánchez Soto es uno de esos libros. Publicado en Chile como ensayo político-pedagógico, el texto es una interpelación y crítica al movimiento de disidencias sexuales desde adentro, formulada por alguien comprometido con la emancipación de los cuerpos que el orden capitalista y patriarcal clasifica como prescindibles. Su premisa es simple pero tiene consecuencias: el movimiento que nació de la resistencia de las travestis pobres, de los «maricones» de población, de los cuerpos que la dictadura y la democracia de los ricos castigaron por igual, ha sido sometido a un proceso de institucionalización, fragmentación y despolitización que lo ha alejado de sus raíces de clase y lo ha puesto, en gran medida, al servicio de un sistema que sigue expulsando a los mismos cuerpos que decía liberar.

El título del libro evoca a un dilema estructural. Ante la exclusión del trabajo, la vivienda, la salud y la educación —que es la experiencia concreta de la mayoría de las disidencias sexuales en Chile—, el sistema ofrece dos caminos: buscar un nicho privilegiado individual o particular para «pasar piola» dentro del orden existente, o trabajar por la transformación de las estructuras que producen esa exclusión. El primero es el camino del privilegio; el segundo, el de la revolución. El libro de Sánchez Soto diagnostica que el movimiento, bajo la influencia combinada del liberalismo, el posmodernismo y la oenegización, ha tomado mayoritariamente el primero.

La raíz proletaria que se olvida

Para comprender el argumento central de ¿Revolución o privilegio?, hay que partir de un hecho histórico que el «capitalismo rosa» se encarga de borrar: el movimiento de las disidencias sexuales en sus orígenes fue, fundamentalmente, un movimiento proletario. Los levantamientos de Stonewall en 1969 no fueron protagonizados por homosexuales educados y con ingresos medios buscando el reconocimiento del Estado: fueron las travestis negras y latinas más pobres —Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera son los nombres que la historia rescató a duras penas— quienes se resistieron a los golpes de la policía. En Chile, la violencia estatal y policial sobre «maricones» y travestis no fue distributivamente neutral: se ensañó con los de abajo, con los de periferia, con quienes no tenían el capital social, económico ni físico para «pasar piola» ante el orden.

Sánchez Soto sostiene que la opresión de las disidencias sexuales no surge de una moral conservadora flotando en el aire, sino de la articulación entre el sistema capitalista y la división sexual del trabajo. El orden capitalista necesita la familia nuclear heterosexual como unidad económica básica que asegure la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo: las mujeres y los cuerpos feminizados realizan gratuitamente el trabajo de cuidado —crianza, alimentación, sostenimiento afectivo— que luego el capital explota en la fábrica o la oficina sin pagar por su reproducción. Quienes no encajan en ese esquema —los cuerpos disidentes, las identidades no reproductivas, las sexualidades no normativas— son tratados como «desperdicio económico» y expulsados del trabajo formal, la salud y la vivienda.

Este análisis, anclado en la tradición del feminismo materialista y en la crítica de Silvia Federici al trabajo reproductivo no remunerado, conduce a una conclusión política que el movimiento liberal de la diversidad tiende a omitir: la heterosexualidad obligatoria no es solo una norma cultural. Es un mandato económico. Y por lo tanto, la liberación sexual no puede separarse de la transformación de las condiciones materiales de vida. La idea que propone Sánchez Soto es categórica: «la sexualidad no se libera sin liberar la vida en su conjunto».

El capitalismo rosa: cuando la diferencia se convierte en mercancía

El texto dedica una parte sustancial al análisis del capitalismo rosa —o pink capitalism— como mecanismo de neutralización política de las disidencias. El mecanismo es más que puramente coercitivo, siendo seductor a la vez. El capital no aplasta las identidades disidentes; se apropia de ellas. Las convierte en marcas empresariales, nichos de consumo, estrategias de marketing. La bandera arcoíris en la campaña publicitaria de una empresa multinacional durante el mes del orgullo no es un signo de avance: es pinkwashing, lavado de imagen corporativo que celebra la visibilidad simbólica mientras invisibiliza la precariedad laboral, habitacional y sanitaria de las disidencias reales.

Esta operación, señala Sánchez Soto, produce una paradoja hiriente: hay hoy más visibilidad simbólica de las diversidades sexuales en los medios de comunicación, en las plataformas digitales y en los discursos corporativos que en cualquier momento de la historia, y al mismo tiempo la materialidad de la vida de las disidencias de clase —trabajo sexual como única salida laboral, exclusión de sistemas de salud, inestabilidad habitacional crónica— permanece intacta o se deteriora. El mercado solo integra a las identidades que son «deseables para las marcas» o «funcionales al sistema reproductivo». Las mujeres trans de sectores populares, las travestis de periferia, los cuerpos que no encajan en la estética del «ciudadano respetable y productivo», siguen siendo expulsadas del mercado formal y empujadas a economías informales o al trabajo sexual.

La capa más reciente de esta dinámica es lo que Sánchez Soto llama el tecnofeudalismo: el orden digital actual, donde las plataformas algorítmicas extraen valor de los datos y las interacciones de los usuarios, convierte la participación política en un flujo de mensajes valorados por su impacto emocional y no por su densidad crítica. Los algoritmos determinan qué narrativas circulan, premiando la visibilidad comercialmente útil. Las identidades disidentes son capturadas en nichos de consumo digitales, separando la sexualidad de sus condiciones concretas de existencia y desmaterializando la lucha política.

La trampa liberal: derechos sin redistribución

Una de las contribuciones más productivas del libro es su análisis de cómo las teorías y los marcos políticos liberales han operado dentro del movimiento de las disidencias sexuales para fragmentarlo y despolitizarlo. Sánchez Soto articula aquí una crítica que retoma la distinción de Nancy Fraser entre reconocimiento y redistribución: el giro liberal ha empujado a los movimientos hacia las luchas por el reconocimiento cultural y simbólico —matrimonio igualitario, leyes de identidad de género, representación mediática— mientras desplaza a un lugar secundario las demandas de redistribución material: trabajo digno, salud integral, vivienda, educación gratuita.

Esta crítica no supone que el matrimonio igualitario o la ley de identidad de género sean conquistas despreciables. Sánchez Soto reconoce que son hitos. Pero señala que se trata de derechos absolutamente compatibles con el capitalismo: no cuestionan la familia nuclear como unidad económica, no alteran la división sexual del trabajo, no redistribuyen ni un peso. Son derechos que el sistema puede conceder sin tocar sus fundamentos, y por eso los concede.

El modelo del «ciudadano respetable» que instalan estas agendas liberales es, en el libro, uno de los blancos de crítica más desarrollados. El proyecto liberal dentro del movimiento busca convencer al Estado y al mercado de que las personas LGBT son «ciudadanas productivas y normales», capaces de integrarse al orden sin perturbarlo. Pero este proyecto de normalización tiene un costo: invisibiliza a quienes no encajan en esa estética. Las travestis de población, las trabajadoras sexuales, los cuerpos que el orden clasifica como «demasiado incómodos de ver» —son excluidos del proyecto liberal no por una negligencia, sino por diseño. La dignidad se distribuye como un privilegio para quienes logran integrarse, no como un derecho para todos.

La oenegización como trampa institucional

El análisis de la «ONGización» o institucionalización del activismo disidente constituye otro de los ejes fundamentales del libro. El mecanismo suele desplegarse así: el Estado y la institucionalidad ofrecen fondos concursables, proyectos financiados, programas de integración. Las organizaciones que los aceptan deben alinear sus agendas con los lineamientos de los financiadores, adoptar el lenguaje técnico de la gestión de proyectos —indicadores, metas, eficiencia— y moderar sus posicionamientos políticos para seguir siendo elegibles en la próxima convocatoria. El activismo se convierte, progresivamente, en un puesto de trabajo. Y el deseo de mantener ese puesto de trabajo lleva a los activistas a «hacer oídos sordos» ante injusticias que antes los movilizaban.

Sánchez Soto señala que los fondos concursables subordinan y fragmentan las agendas y organizaciones. Al poner a las organizaciones a competir entre sí por recursos escasos, el sistema destruye la solidaridad entre pares y consolida la lógica de los «derechos corporativos»: cada organización lucha por su sector específico —»solo para trans», «solo para lesbianas», «solo para seropositivos»— y pierde de vista que el enemigo es estructural y común. La solidaridad de clase se disuelve en la competencia por las migajas institucionales.

La «ONGización» favorece además a quienes pueden hablar el lenguaje del Estado y del financiamiento internacional: el activista con formación universitaria, manejo de indicadores y moderación política tiene ventaja sobre quien viene de la experiencia directa de la exclusión. Alexa Soto —una de las voces que el libro recupera— describe la tensión de discutir con personas cisgénero con «doctorados en género» que pretenden definir la realidad trans sin haberla vivido. El activismo termina reproduciendo internamente las mismas jerarquías que dice combatir externamente.

El posmodernismo y la academia: cuando la teoría nubla la lucha

La influencia del posmodernismo y el posestructuralismo en los movimientos de disidencia sexual es tratada en el libro con una ambivalencia productiva: Sánchez Soto no desprecia la teoría, pero denuncia lo que ocurre cuando la teoría se desconecta de la praxis y opera como un instrumento de «colonización académica» que desmaterializa las luchas.

A partir de los años 2000, señala el texto, la incursión del activismo en la academia introdujo enfoques inspirados en el posestructuralismo que desplazaron el foco desde las condiciones materiales de existencia —trabajo, vivienda, salud— hacia el análisis de los discursos y la deconstrucción de categorías. Retomando a Nancy Fraser, el libro plantea que este giro priorizó las demandas de reconocimiento cultural sobre las de redistribución material. La propia Judith Butler —cuyo pensamiento sobre la performatividad del género influyó decisivamente en los movimientos de diversidad sexual con una perspectiva post estructuralista— advirtió que esta tendencia corre el riesgo de separar la teoría de las prácticas concretas de resistencia.

Los efectos políticos del giro académico-posmoderno son, según Sánchez Soto, equivalentes a los del liberalismo, aunque por vía distinta. El posmodernismo fragmenta al sujeto colectivo al insistir en una «multiplicidad de subjetividades» infinita que, aunque filosóficamente interesante, dificulta la formación de un frente común contra el adversario estructural. La lucha se reduce a reivindicar letras en un acrónimo —LGBTQIA+— cada vez más extenso, que termina por invisibilizar la raíz común de la opresión: el sistema capitalista y patriarcal. Al luchar como «sectores específicos» con «derechos corporativos», los movimientos no cuestionan la estructura de clase que los produce a todos.

La «colonización académica» tiene también una dimensión lingüística. El libro denuncia la importación acrítica de conceptos del Norte Global —»Queer», «Crip», «interseccionalidad» en su versión anglosajona— que no siempre se traducen en prácticas políticas concretas en el territorio y que con frecuencia reemplazan vocabularios locales con mayor carga política popular. «Mariconaje», «travestismo político», «disidencia sexual»: términos que emergen de la historia de resistencia en Chile y América Latina y que poseen una densidad política que el término importado «Queer» no tiene en estos territorios. El desplazamiento lingüístico no es inocente: crea una brecha entre la intelectualidad activista y los espacios de organización popular, restando densidad emancipadora a la disidencia sexual.

La trampa posmoderna y académica también produce nuevas jerarquías internas. Alexa Soto describe cómo el activismo ha llegado a segregar a compañeras por «no venir de la academia» o no manejar los códigos teóricos correctos, convirtiendo la lucha en una disputa de poder intelectual. La exclusión ya no viene solo desde el orden conservador, se reproduce adentro del propio movimiento.

Travestismo político contra Queer: la soberanía del lenguaje situado

Uno de los aportes conceptuales más originales del libro es la recuperación y reivindicación del concepto de «travestismo político» como alternativa situada al marco teórico Queer de origen anglosajón. La distinción no es puramente lingüística: es política y epistemológica.

El «travestismo político» emerge de la experiencia concreta de la resistencia en Chile y América Latina. Su máxima expresión histórica fue el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis —Pedro Lemebel y Francisco Casas—, quienes realizaban intervenciones en actos oficiales y espacios públicos para denunciar la hipocresía de la dictadura y la transición democrática. A diferencia del transformismo de entretenimiento confinado al cabaret y la noche —»zona de tolerancia» que el orden permite porque no interpela el espacio público—, el travestismo político traslada la disidencia a la esfera pública formal, a plena luz del día, demostrando que la diferencia sexual es una cuestión política que interpela a toda la sociedad.

Lo decisivo es el arraigo de clase: el travestismo político nace de la experiencia de la «travesti de población», de periferia, cuyo cuerpo es castigado no solo por su identidad sino por su condición de trabajadora precarizada. La figura de Hija de Perra es recuperada en el libro como un modelo de praxis pedagógica: su mérito no fue solo la performance provocadora, sino la capacidad de tomar los tecnicismos de la academia y llevarlos a un lenguaje comprensible para educar sobre salud y género en discotecas de barrio y espacios populares. Teoría que baja al territorio, conocimiento que no se queda en la universidad.

El concepto de travestismo político propone, en suma, que la resistencia de los cuerpos disidentes no puede separarse de su condición de clase, y que el lenguaje de esa resistencia debe nacer de las propias experiencias locales de exclusión y no de la traducción de marcos académicos externos. Esto no supone anti-intelectualismo: supone exigir que la teoría se someta a una traducción crítica confrontada permanentemente con la realidad material de las poblaciones y las disidencias de periferia.

El programa de las disidencias de clase

Frente al diagnóstico, ¿Revolución o privilegio? no se limita a la denuncia. Propone lo que denomina un programa de las disidencias de clase, articulado no como un listado de demandas técnicas sino como un horizonte político de transformación radical.

En el plano de los derechos económicos y sociales, el programa exige un sistema de salud universal, público y gratuito que despatologice las identidades trans e intersex y garantice acceso a tecnologías de prevención del VIH y salud mental con enfoque de clase; superación de la lógica de los «cupos» laborales hacia una no discriminación estructural que incluya el reconocimiento del trabajo sexual como trabajo; reconocimiento de familias no normativas en políticas habitacionales; y educación sexual integral sin objeción de conciencia institucional.

En el plano de la memoria y los derechos humanos, el libro demanda la integración de las violencias contra personas LGBT en el Plan Nacional de Búsqueda, la creación de comisiones de investigación para los crímenes del período 1973-1990 y la creación de archivos comunitarios administrados por las propias disidencias. La represión sexual fue un pilar del proyecto dictatorial: reconocerlo es una exigencia de justicia que el movimiento liberal ha tendido a postergar.

Para sostener este programa sin caer en la trampa de la institucionalización, Sánchez Soto propone construir una infraestructura organizativa autónoma: cooperativas de salud, vivienda y cultura; fondos autogestionados; escuelas populares de formación política. Una organización que no dependa de las «dádivas» del Estado ni del mercado, con rotación de vocerías y deliberación asamblearia para evitar que los liderazgos se cristalicen y sean cooptados.

La clave política del programa es la construcción de un bloque social interseccional: las disidencias sexuales no pueden transformar la sociedad solas. El programa exige la alianza con feminismos populares, sindicatos clasistas, movimientos indígenas, organizaciones de migrantes y pobladores. No como un gesto de solidaridad simbólica: como reconocimiento de que el enemigo es estructural y común. El orden capitalista, patriarcal y colonial segmenta a los oprimidos para explotarlos mejor; la respuesta es la articulación de esa diversidad en un bloque con proyecto común. El libro retoma aquí la teoría gramsciana de la hegemonía —no la versión posmarxista de Laclau que la reduce a un «juego de lenguaje», sino la original materialista— para proponer que las disidencias sexuales populares tienen la posibilidad de convertirse en un sujeto político que una las rebeldías dispersas en un proyecto altermundista de transformación.

Un libro necesario en un debate que se evita

¿Revolución o privilegio? no es un libro fácil. Puede llegar a incomodar a quienes militan por la diversidad pero evitan preguntarse a quiénes sirven realmente las conquistas en reconocimientos simbólicos mientras la desigualdad material y económica perdura, o a quienes gestionan organizaciones financiadas por el Estado y prefieren no ver que ese financiamiento tiene un costo político de cooptación y sumisión de esos espacios.

Pero precisamente porque incomoda es un aporte. En un momento en que el debate sobre sexualidad y política está dominado o bien por el conservadurismo reaccionario o bien por un progresismo liberal y/o posmoderno que acumula letras en el acrónimo y celebra la representación en las series de Netflix, la propuesta de Sánchez Soto de recuperar la raíz de clase de la disidencia sexual es una intervención política que merece ser discutida, tensionada y difundida.


VIDEO DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO EN LA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE PUDAHUEL:


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