Las mujeres panafricanistas y su crucial rol en la historia de las luchas emancipadoras, igualitarias y anticolonialistas de África y de las y los afrodescendientes

Cada 31 de Julio se conmemora el Día de la Mujer Africana para celebrar la fuerza, la unión y la lucha de las mujeres del continente africano. La fecha se fijó en el año 1962, durante la Conferencia de Mujeres Africanas en Dar es-Salam, Tanzania, ocasión en la que se creó la Organización Panafricana de Mujeres, un año antes de la creación de la Organización de la Unidad Africana (antecesora de la Unión Africana), fundada el 25 de mayo de 1963. El hito muestra algo no suficientemente conocido: fueron mujeres panafricanistas quienes impulsaron de manera protagónica las primeras iniciativas y organizaciones panafricanas, teorizaron su concepto matriz, sostuvieron los congresos que definieron su rumbo y construyeron, antes incluso que los Estados africanos independientes, la primera institución continental de la historia del movimiento. La historia de las mujeres panafricanistas es parte crucial de la trayectoria de las luchas de los pueblos de África. Aquí exponemos esta dimensión del panafricanismo poco divulgada y conocida, lo que en el plano de la memoria histórica y de las narrativas políticas reproduce una lógica de desigualdad que estas emblemáticas mujeres, junto a tantas otras más, combatieron y siguen combatiendo en la política, las ideas, y la sociedad africana y mundial hasta el presente.

Alice Kinloch: la fundadora que la historia olvidó
Alice Victoria Alexander nació en Ciudad del Cabo en 1863 y creció en Kimberley, epicentro de la fiebre del diamante sudafricana que convirtió a esa región en uno de los primeros grandes laboratorios de la explotación colonial moderna. Esa cercanía directa con el sistema de «compañías» mineras —los compounds, recintos cerrados donde se confinaba a los trabajadores negros en condiciones de explotación extrema, vigilados permanentemente y sometidos a un régimen disciplinario casi carcelario— marcó su trayectoria política. Kinloch había crecido viendo el funcionamiento cotidiano de ese sistema colonialista.
En 1895 viajó a Gran Bretaña y se vinculó con la Sociedad para la Protección de los Aborígenes, organización que le dio una plataforma para denunciar internacionalmente lo que había presenciado. Desde allí, como oradora pública, inició una gira de denuncia por Londres, Newcastle y Mánchester contra el sistema de trabajo forzado en las minas sudafricanas, dirigiéndose directamente a un público británico que en buena medida desconocía —o prefería no conocer— las condiciones reales de la industria de la que se beneficiaba como accionista o consumidor.
En 1897 publicó el panfleto Are South African Diamonds Worth Their Cost?, considerado uno de los primeros textos políticos escritos por una mujer africana en territorio británico. El documento describía con crudeza documental la vida en las compañías mineras como «similar a la esclavitud», detallaba las jornadas extenuantes y los castigos corporales como los azotes como prácticas habituales, y denunciaba con particular dureza los registros vejatorios a los que se sometía sistemáticamente a los trabajadores mineros, que incluían la inserción de instrumentos médicos para localizar diamantes presuntamente ingeridos y el encierro forzado hasta su purgación. Kinloch dirigió además una crítica específica a la complicidad de los misioneros cristianos, que colaboraban activamente con un sistema de violencia racista mientras predicaban una civilización que ese mismo sistema desmentía en los hechos. Su tono, deliberadamente firme y sin concesiones retóricas, buscaba remover la conciencia de los accionistas británicos que obtenían beneficios directos de ese régimen de explotación.
Ese mismo año, Kinloch cofundó en Londres la Asociación Africana junto a Henry Sylvester Williams: la primera organización panafricanista de la historia, fundada tres años antes de la conferencia que suele señalarse como el origen formal del movimiento. La paradoja de su membresía formal —reservada oficialmente a «hombres negros»— no impidió que Kinloch ocupara el cargo de primera tesorera de la organización, posición desde la cual ejerció una influencia organizativa decisiva. Fue esa misma Asociación Africana la que organizó la Primera Conferencia Panafricana de 1900, el evento fundacional que dio al movimiento su nombre político. El propio Williams reconoció públicamente el peso del trabajo de Kinloch al declarar que la Asociación había sido «el resultado del trabajo de la señora Kinloch en Inglaterra», una atribución explícita que contrasta con el silencio posterior de buena parte de la historiografía sobre su figura.
El historiador Hakim Adi, una de las máximas autoridades académicas en la historia del panafricanismo, sostiene que fue Kinloch quien inició el movimiento panafricano moderno a comienzos del siglo XX. Su colega Tshepo Mvulane Moloi la ha definido directamente como la «madre fundadora del panafricanismo», una categoría que sitúa su contribución al mismo nivel fundacional que la de Williams o, más tarde, la de Du Bois. A pesar de ello, su figura permaneció eclipsada durante más de un siglo por los relatos centrados en líderes masculinos, y solo en años recientes —impulsada por una nueva generación de historiadoras e historiadores dispuestos a revisar el canon— ha sido rescatada del olvido. Su trayectoria condensa, de manera ejemplar, el patrón que se repetirá una y otra vez en la historia del movimiento: mujeres que construyen las bases organizativas e intelectuales del panafricanismo.


Anna Julia Cooper: la teórica que precedió a la interseccionalidad
Anna Julia Cooper (1858-1964) nació en Carolina del Norte —Estaodos Unidos— en condición de esclavitud y desafió, a lo largo de una vida excepcionalmente longeva para su época, cada expectativa que el sistema racial y de género de su tiempo le impuso. Se graduó en el prestigioso Oberlin College —una de las pocas instituciones de educación superior que admitían a estudiantes negras en el siglo XIX— y, a los 66 años, obtuvo un doctorado en la Sorbona de París con una tesis sobre la actitud de Francia hacia la esclavitud durante la Revolución Haitiana. La elección de ese tema revela una sensibilidad panafricanista explícita y una voluntad de situar la experiencia negra en un marco analítico transatlántico, mucho antes de que esa perspectiva comparada se consolidara como campo académico.
Su libro A Voice from the South (1892) constituye una de las primeras obras que articula sistemáticamente la interconexión entre raza, género y clase como ejes simultáneos de opresión, en un momento en que el movimiento sufragista blanco tendía a ignorar la experiencia de las mujeres negras y el movimiento por los derechos civiles tendía, a su vez, a subordinar las demandas de género a la lucha racial. Cooper sostenía que la educación de la mujer afroamericana era condición indispensable del «progreso de la raza» en su conjunto —no un asunto secundario o postergable—, y defendía los derechos de las mujeres como derechos humanos universales, anclados en una dignidad que ninguna estructura de poder podía legítimamente negar. Su pensamiento se considera hoy un antecedente directo de las teorías contemporáneas sobre interseccionalidad, y existe consenso entre los historiadores del período sobre su probable influencia en la obra del propio W.E.B. Du Bois, con quien coincidió en espacios intelectuales clave.
Cooper rompió barreras de género en los espacios fundacionales del movimiento panafricanista: en 1900 fue la única mujer invitada por Du Bois a integrar la Academia Americana de Negros, un círculo de pensadores que funcionaba como vanguardia intelectual del movimiento panafricanista. Ese mismo año habló en la Primera Conferencia Panafricana de Londres y, junto a Anna H. Jones, fue elegida para integrar el comité ejecutivo de seis miembros de esa conferencia —una proporción de representación femenina notable para los estándares organizativos de la época.
Jeanne y Paulette Nardal: el internacionalismo negro nace en un salón de París
En el París de los años veinte, las hermanas Jeanne y Paulette Nardal —junto a la menor de ellas, Andrée— construyeron desde Clamart, en las afueras de la capital francesa, uno de los espacios intelectuales más decisivos para la historia de la conciencia negra global.
Jeanne Nardal acuñó en febrero de 1928, en el ensayo Internationalisme noir —publicado en el primer número de la revista La Dépêche africaine—, el concepto que dio nombre teórico a una nueva conciencia política transnacional. En ese texto describió «el nacimiento de un espíritu de raza en el negro» (la naissance d’un esprit de race chez le nègre), un despertar identitario que, sostenía, unía a personas de orígenes, nacionalidades y lenguas distintas en torno a un destino histórico común, conectando explícitamente esa intuición con el panafricanismo que ya impulsaban en el mundo anglófono Du Bois y Garvey. La formulación de Nardal antecedía y en buena medida anticipaba el vocabulario que el movimiento de la Negritud adoptaría apenas unos años después como propio. En Pantins exotiques (1928), otro de sus ensayos clave, denunció además la cosificación de las mujeres negras por parte de la sociedad parisina de entreguerras —fascinada por lo que percibía como exotismo racial— y llamó explícitamente a los intelectuales negros a resistir esa «alterización» sistemática de su propia obra y de su propia imagen.
Paulette Nardal, por su parte, fue en 1920 la primera mujer afrodescendiente en estudiar en la Sorbona, donde se graduó en literatura inglesa con una tesis sobre La cabaña del Tío Tom de Harriet Beecher Stowe, una elección que la introdujo tempranamente en el universo intelectual de la lucha afroamericana. En 1931 fundó junto a Jeanne la revista La Revue du Monde Noir, publicación que durante seis meses funcionó como espacio de expresión para voces negras de distintas procedencias, como plataforma de defensa de los intereses de «la raza negra» y como tejido de solidaridad global entre comunidades de la diáspora. Su declarada y en buena medida estratégica «imparcialidad política» no impidió que sus contenidos anticoloniales resultaran lo suficientemente incómodos como para costarle finalmente la financiación que sostenía la publicación.
El Salón de Clamart, que las hermanas sostuvieron cada domingo durante años, se convirtió en un cruce de caminos fundamental: por allí pasaron figuras del Harlem Renaissance estadounidense como Langston Hughes y Claude McKay, el propio Marcus Garvey en sus visitas a Europa, y los jóvenes estudiantes que apenas unos años después serían reconocidos como los padres fundadores de la Negritud: Aimé Césaire, Léopold Sédar Senghor y Léon-Gontran Damas. El salón fue, en los hechos, el laboratorio intelectual donde se gestó ese movimiento literario y político antes de que tuviera siquiera nombre propio, y donde se tendieron los puentes hasta entonces inexistentes entre la diáspora negra anglófona y francófona.
El propio reconocimiento de esa deuda intelectual llegó tarde, y llegó desde dentro del círculo de las propias hermanas: Paulette Nardal escribió en una carta de 1960 que Césaire y Senghor «retomaron las ideas que nosotras expresamos con mucha más chispa, pero ¡éramos solo mujeres! Hemos marcado los senderos para los hombres». Esa frase, lapidaria y sin amargura explícita, resume la experiencia compartida por buena parte de las mujeres reseñadas en esta nota: la de haber construido los cimientos intelectuales sobre los que otros edificaron un mucho mayor reconocimiento público. Tras la Segunda Guerra Mundial, Paulette Nardal continuó su activismo en un terreno más directamente político: impulsó el sufragio femenino en Martinica a través de la organización que ella misma fundó, Le Rassemblement Féminin, creó la revista La femme dans la cité —publicada entre 1945 y 1951— para abordar el papel de las mujeres en el espacio público, participó en la resistencia francesa durante la ocupación nazi, fundó a su regreso a Martinica el coro La Joie de Chanter para recuperar los espirituales negros como símbolo de orgullo cultural, y fue nombrada en 1946 delegada francesa ante la Organización de las Naciones Unidas, donde trabajó en la división de Territorios No Autónomos. Una plaza en Fort-de-France lleva hoy su nombre, reconocimiento tardío pero significativo de una trayectoria que combinó la teoría, la organización cultural y la diplomacia internacional.


Amy Ashwood Garvey y Amy Jacques Garvey: las dos caras del garveyismo femenino
Amy Ashwood Garvey fue cofundadora, junto a Marcus Garvey, de la Asociación Universal para el Mejoramiento del Negro (UNIA) en 1914, es decir, estuvo presente desde el momento mismo de la fundación de la que sería la organización panafricanista de masas más grande de la historia, y no se incorporó posteriormente como colaboradora. Organizó buena parte de las ramas internacionales de la UNIA, una tarea de despliegue organizativo que requería capacidades logísticas y políticas considerables, antes de que su rol quedara reducido en la memoria histórica posterior al de simple cofundadora o, peor aún, al de «primera esposa de Garvey.» Con el paso de los años desarrolló una crítica explícita y cada vez más articulada al machismo presente dentro del propio movimiento garveyista, anticipando debates internos sobre género que el panafricanismo tardaría décadas en asumir de forma sistemática.
Amy Jacques Garvey, segunda esposa de Marcus Garvey, asumió la conducción de facto de la UNIA durante el encarcelamiento de este por cargos de fraude postal —un proceso que sus defensores siempre interpretaron como políticamente motivado—, recaudando fondos para su defensa legal y organizando la campaña internacional por su liberación. Ese rol la convirtió en lo que la historiografía especializada describe como «el brazo derecho» de Garvey, una caracterización que, sin embargo, nunca alcanzó el mismo peso público que el reconocimiento otorgado a su esposo. Como editora de la sección femenina del periódico oficial de la UNIA, The Negro World, titulada significativamente Our Women and What They Think, instó de manera sistemática a las mujeres negras a la participación política activa, utilizando esa plataforma editorial para desarrollar lo que puede describirse como un feminismo comunitario propio dentro de un movimiento atravesado por el machismo de buena parte de su dirigencia masculina. Compiló y editó además Philosophy and Opinions of Marcus Garvey, obra clave para la preservación y difusión sistemática del pensamiento garveyista en las décadas posteriores, una labor editorial sin la cual buena parte del legado intelectual de Garvey probablemente no habría sobrevivido en forma organizada. Tras la muerte de su esposo, lejos de retirarse de la vida pública, construyó una red propia de contactos panafricanos que incluyó a figuras de la siguiente generación como Kwame Nkrumah y George Padmore, y participó activamente en el Quinto Congreso Panafricano de Manchester en 1945, donde su experiencia organizativa previa resultó decisiva.
Manchester 1945: las mujeres que tejieron el congreso decisivo
El Quinto Congreso Panafricano, celebrado en Manchester entre el 15 y el 21 de octubre de 1945, suele recordarse exclusivamente como el congreso de Du Bois, Nkrumah, Jomo Kenyatta y Hastings Banda, el momento en que el liderazgo del movimiento pasó definitivamente de la diáspora americana a los africanos nacidos en el continente, y en que las peticiones moderadas de reforma colonial fueron sustituidas por la exigencia inequívoca de independencia total e inmediata. Aunque las delegadas eran minoría numérica —alrededor de una decena entre más de doscientos participantes, según distintas reconstrucciones históricas del evento—, su peso en la organización previa y en los debates sustantivos del congreso fue decisivo y rara vez proporcional a su número.
Amy Ashwood Garvey fue probablemente la mujer con mayor protagonismo del congreso. Sostuvo en una de sus intervenciones más citadas que «mucho se ha escrito del negro, pero por alguna razón muy poco se ha escrito de la mujer negra» (Very much has been written of the Negro, but for some reason very little has been written of the Black Woman), denunciando frontalmente que la historia africana se había escrito casi exclusivamente desde una perspectiva masculina y que la contribución femenina al movimiento había sido sistemáticamente invisibilizada. Ese discurso suele considerarse hoy uno de los antecedentes intelectuales directos del feminismo panafricanista que se desarrollaría en las décadas siguientes. Ashwood Garvey participó además activamente en los debates sobre independencia colonial, educación, organización política de las mujeres africanas y cooperación entre el continente y su diáspora. Amy Jacques Garvey, por su parte, llevó las demandas específicas de las mujeres negras a la mesa de debates del congreso y articuló los vínculos organizativos entre el garveyismo histórico de la UNIA y la nueva generación de intelectuales y dirigentes reunida en Manchester, incluidos Nkrumah y Padmore.
Alma La Badie representó a organizaciones afrodescendientes del Caribe y Centroamérica, insistiendo en sus intervenciones en la educación femenina, la igualdad racial y la participación política de las mujeres, y poniendo de relieve con su sola presencia que el panafricanismo no era un proyecto exclusivamente africano sino también, de manera constitutiva, diaspórico. Dorothy Pizer, militante socialista británica vinculada a los movimientos anticoloniales de su país, colaboró estrechamente en la organización del congreso y en diversas campañas contra el colonialismo británico, ilustrando con su participación el carácter genuinamente internacionalista del encuentro, que reunía no solo a africanos y afrodescendientes sino a aliados de otras procedencias comprometidos con la causa anticolonial.
Aunque Ras Makonnen figura en los registros históricos como uno de los principales organizadores logísticos del congreso, la investigación histórica reciente ha mostrado que buena parte de las tareas concretas de articulación política, como el alojamiento de delegados llegados de distintas partes del mundo, organización de las sesiones de trabajo, recaudación de fondos para sostener el evento, mantenimiento de contactos con sindicatos y organizaciones obreras británicas que ofrecían apoyo logístico, descansó sobre redes de mujeres afrocaribeñas residentes en Gran Bretaña. Esa misma tradición de liderazgo organizativo femenino tenía además antecedentes directos: en el Cuarto Congreso Panafricano, celebrado en Nueva York en 1927, fueron 21 mujeres afrodescendientes —muchas de ellas pertenecientes a la organización The Circle of Peace and Foreign Relations— quienes asumieron la organización principal del evento, estableciendo un patrón de liderazgo femenino en la logística y la articulación de los congresos panafricanos que se repetiría, con distintos nombres y distintas mujeres, durante décadas.
Las delegadas de Manchester ampliaron además la agenda sustantiva del congreso en tres direcciones que marcarían de manera duradera el panafricanismo de las décadas siguientes. En primer lugar, insistieron en que la emancipación política debía ir acompañada necesariamente de igualdad jurídica, educación y derechos económicos: no bastaba, argumentaban, con sustituir administraciones coloniales por gobiernos africanos si las estructuras patriarcales internas permanecían intactas bajo la nueva bandera nacional. En segundo lugar, situaron la alfabetización de mujeres y niñas como condición indispensable de la independencia efectiva —y no como un objetivo secundario o postergable—, un tema que reaparecería sistemáticamente en los programas de los gobiernos africanos posteriores a la descolonización. Y en tercer lugar, plantearon la necesidad de que las mujeres se organizaran también mediante estructuras políticas propias dentro del movimiento panafricanista más amplio, una idea que desembocaría, diecisiete años después, en la fundación de la primera organización continental específicamente femenina de la historia del panafricanismo.

La Organización Panafricanista de Mujeres: una institución anterior a la Unión Africana
En julio de 1962, en Dar es Salaam —Tanzania—, mujeres procedentes de catorce países y de los principales movimientos de resistencia armada y política del continente se reunieron para crear la Unión de Mujeres Africanas, germen organizativo de lo que en 1974 adoptaría formalmente el nombre de Organización Panafricanista de Mujeres (PAWO, por sus siglas en inglés, también referida como OPF). El dato cronológico es por sí mismo contundente y revelador: las mujeres africanas estaban organizadas en una estructura continental un año antes de que los líderes africanos —exclusivamente hombres en ese momento— fundaran la Organización para la Unidad Africana en 1963. Su creación respondió a una constatación compartida por las delegadas reunidas en Tanganyika: tanto la futura OUA como los principales movimientos de liberación armada seguían dirigidos, casi sin excepción, por hombres, y las mujeres necesitaban una plataforma propia desde la cual hacer valer sus demandas específicas dentro del proyecto panafricanista general.
Sus objetivos fundacionales eran amplios y deliberadamente ambiciosos y refundacionales: contribuir a la liberación de los territorios africanos aún bajo dominio colonial, fortalecer la unidad continental, impulsar la participación política efectiva de las mujeres —no solo simbólica—, promover la educación femenina como prioridad estratégica, defender la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, apoyar activamente a las combatientes integradas en las guerras de liberación nacional, y favorecer el desarrollo económico y sanitario de las comunidades africanas desde una perspectiva atenta a las necesidades específicas de las mujeres. La organización partía de una premisa que el movimiento panafricanista en su conjunto tardaría aún varias décadas en asumir de forma sistemática y no meramente declarativa: que la emancipación de África como continente y la emancipación de las mujeres como sujetos políticos eran procesos estructuralmente inseparables, y que cualquier proyecto de liberación que postergara el segundo en nombre del primero estaba reproduciendo, con otros actores, la misma lógica de subordinación que decía combatir.
Jeanne Martin Cissé, diplomática guineana, fue la primera Secretaria General de la PAWO y defendió desde ese cargo, con particular insistencia, la integración africana, la educación femenina y el acceso de las mujeres a la carrera diplomática, un terreno entonces casi exclusivamente masculino; posteriormente ocupó responsabilidades de relevancia en las Naciones Unidas, proyectando internacionalmente la agenda que había contribuido a construir en la PAWO. Aoua Kéita, matrona y sindicalista de Malí, lideró junto a Cissé las reuniones preparatorias que culminaron en el congreso fundacional de Dar es Salaam, y dentro de la organización impulsó con especial énfasis la salud pública, la alfabetización y la organización sindical femenina, áreas en las que su experiencia profesional previa como matrona le otorgaba una autoridad práctica difícil de cuestionar. Su autobiografía, Femme d’Afrique, sigue siendo considerada una de las fuentes históricas más importantes para comprender desde dentro la participación de las mujeres en las luchas de independencia de África occidental, un terreno historiográfico todavía insuficientemente explorado.
Fathia Bettahar sucedió a Cissé en la secretaría general de la PAWO y consolidó institucionalmente la organización en un momento especialmente crítico del proceso descolonizador continental, cuando numerosos países africanos atravesaban simultáneamente procesos de independencia, guerras civiles o conflictos armados con las potencias coloniales. En 1986 entregó el relevo a Maria Ruth Neto, quien era además hermana menor del presidente angoleño Agostinho Neto, y quien había estudiado enfermería en Portugal y Alemania antes de que su activismo anticolonial —incluida la organización de una protesta de estudiantes angolanos en Lisboa en 1960— la pusiera directamente en la mira de la policía política portuguesa, la temida PIDE, y la forzara a un exilio prolongado por Alemania, Tanzania y Zambia hasta la independencia de Angola en 1975. Neto fue primera coordinadora nacional, a partir de 1976, y posteriormente Secretaria General de la Organización de la Mujer Angolana —el ala femenina del partido gobernante MPLA—, cargo que ocupó hasta 1999, impulsando durante más de dos décadas campañas de alfabetización, salud y lucha explícita contra la poligamia y el sistema de dote, prácticas que consideraba directamente vinculadas a la subordinación estructural de las mujeres angoleñas. Dirigió además la PAWO entre 1986 y 1997, y su compromiso panafricanista trascendió las fronteras de Angola: fue vicepresidenta del Bureau de la Federación Democrática Internacional de Mujeres y recibió a lo largo de su trayectoria numerosos reconocimientos internacionales, entre ellos la Orden Ana Betancourt de Cuba en 1985, la Orden de los Compañeros de O. R. Tambo de Sudáfrica en 2014, y el premio «Hijo e Hija de África» de la Unión Africana en 2015; su retrato cuelga hoy, junto al de otras fundadoras de la PAWO, en la sede central de la Unión Africana en Adís Abeba.
Otras fundadoras y dirigentes tempranas de la organización incluyeron a Angie Brooks, de Liberia; Adelaide Tambo, de Sudáfrica, también esposa del histórico dirigente del ANC Oliver Tambo; y Bibi Titi Mohammed, de Tanzania, dirigenta que había jugado además un papel destacado en la propia independencia tanzana. Mabel Dove Danquah —cuya mayor actividad política precedió a la fundación formal de la PAWO— ejerció no obstante una influencia sostenida sobre las organizaciones femeninas de África occidental y constituyó una referencia para varias de sus dirigentes posteriores. Funmilayo Ransome-Kuti, madre del músico Fela Kuti y figura central de las luchas anticoloniales, feministas y panafricanistas de Nigeria, organizó movilizaciones masivas de mujeres contra el dominio colonial británico que la convirtieron en una de las dirigentes más temidas por la administración colonial; aunque su vínculo formal con la PAWO fue indirecto, su liderazgo constituyó uno de los principales antecedentes ideológicos y políticos directos de la organización.
La PAWO colaboró estrechamente, a lo largo de las décadas de lucha política y armada en el continente, con los principales movimientos de liberación: el FRELIMO en Mozambique —Frente de Liberación de Mozambique—, el MPLA en Angola —Movimiento Popular de Liberación de Angola—, el PAIGC en Guinea-Bisáu y Cabo Verde —Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde—, la SWAPO en Namibia —Organización del Pueblo de África del Sudoeste— y el ANC en Sudáfrica —Congreso Nacional Africano—, promoviendo en todos ellos tanto la participación militar directa de las mujeres combatientes como su incorporación sistemática a tareas de educación, sanidad, organización comunitaria y construcción institucional en los territorios bajo control de los movimientos de liberación. Su aporte intelectual más duradero al pensamiento panafricanista fue consolidar, con el peso de una institución continental y no solo de voces individuales, la afirmación de que colonialismo y patriarcado constituían sistemas de dominación entrelazados, sin que pudiera establecerse entre ambos una jerarquía que postergara la lucha contra uno en nombre de la prioridad del otro. La fecha de su congreso fundacional, el 31 de julio, se conmemora hoy formalmente como Día Panafricanista de la Mujer en todo el continente, y la organización funciona en la actualidad como organismo especializado de la Unión Africana, con presencia institucional en todos sus Estados miembros.
Académicas como Amina Mama y Filomina Chioma Steady han señalado, sin embargo, en una crítica que no resta peso al balance histórico general de la organización, que la PAWO estuvo en sus primeras décadas muy vinculada institucionalmente a los Estados surgidos de los procesos de descolonización, lo que le otorgó capacidad de influencia y acceso a recursos pero también limitó en ocasiones su autonomía política frente a gobiernos que no siempre promovían, más allá de la retórica oficial, una igualdad sustantiva de género. Esa crítica académica no invalida, con todo, el balance histórico de fondo: tanto las mujeres que sostuvieron logísticamente el congreso de Manchester como las fundadoras de la PAWO ampliaron de forma irreversible el horizonte del panafricanismo, que dejó de concebirse exclusivamente como lucha por la independencia nacional o por la unidad política continental para incorporar, de manera cada vez más explícita y cada vez más institucionalizada, la igualdad de género como componente esencial e indisociable de la liberación africana.

El marxismo negro en clave femenina: Claudia Jones, Shirley Graham Du Bois, Eslanda Robeson
Claudia Jones (1915-1964) aportó al pensamiento panafricanista la noción de triple opresión —raza, clase y género— décadas antes de que el concepto de interseccionalidad se popularizara en la academia angloparlante a partir de los trabajos jurídicos de finales del siglo XX. Su formulación fue el resultado de su propia experiencia política como militante comunista, trinitense de nacimiento y deportada de Estados Unidos por su activismo durante el período de la persecución anticomunista macartista: combinó en su obra comunismo, internacionalismo, panafricanismo y anticolonialismo en un análisis cuya precisión analítica sigue sin haber sido superada, según reconocen sus comentaristas contemporáneos, por buena parte de su descendencia teórica posterior.
Por su parte, Shirley Graham Du Bois, esposa de W.E.B. Du Bois en la última etapa de la vida de este, fue mucho más que una colaboradora doméstica de su célebre marido: trabajó estrechamente, por derecho propio, con Kwame Nkrumah y los gobiernos africanos recién independizados, se instaló en Ghana tras la muerte de Du Bois en 1963 y defendió allí activamente, durante años, la unidad política continental, sosteniendo el activismo panafricanista mucho después de que la figura de su esposo dejara de proyectar protección política o institucional sobre su trabajo. Eslanda Robeson, esposa del célebre cantante y activista Paul Robeson, escribió en su libro African Journey una defensa temprana y documentada del autogobierno africano y una crítica frontal al colonialismo europeo, basada en sus propios viajes de investigación por el continente, en un momento en que pocas mujeres occidentales —y menos aún mujeres negras estadounidenses— tenían acceso a ese tipo de experiencia directa y a la plataforma editorial necesaria para difundirla.


Las lideresas de la descolonización armada
Andrée Blouin fue figura central en el proceso de independencia del Congo y colaboradora estrecha de Patrice Lumumba en los meses decisivos previos y posteriores a la independencia de 1960, participando activamente en la articulación política del movimiento nacionalista congoleño en un contexto de extrema violencia y presión externa. Su autobiografía, My Country, Africa, escrita desde el exilio tras el asesinato de Lumumba, es considerada hoy una referencia ineludible del pensamiento panafricanista de la era de las independencias, tanto por el valor testimonial de su relato como por la lucidez política de sus análisis sobre las maniobras de las potencias occidentales en el África central.
Josina Machel, dirigente del FRELIMO mozambiqueño fallecida prematuramente en 1971, antes de ver la independencia de su país en 1975, desarrolló durante su breve pero intensa militancia una reflexión decisiva sobre la articulación necesaria entre liberación nacional, emancipación femenina y revolución socialista, sosteniendo que ninguna de las tres dimensiones podía alcanzarse plenamente sin las otras dos. Es recordada hoy en Mozambique como una de las grandes heroínas de la independencia nacional, y su nombre da título a numerosas instituciones y conmemoraciones en el país.


El feminismo panafricano contemporáneo: de la crítica académica a la acción institucional
Desde las décadas de 1970 y 1980, el liderazgo femenino dentro del panafricanismo debió enfrentar desafíos sustancialmente distintos de los que habían marcado a la generación de Ashwood Garvey o Ransome-Kuti, centrada fundamentalmente en la lucha contra el colonialismo formal. Las generaciones posteriores tuvieron que lidiar con el neocolonialismo económico en sus formas más sofisticadas, la deuda externa como mecanismo de control político, los programas de ajuste estructural impuestos por el FMI y el Banco Mundial, el extractivismo de nueva generación, las guerras civiles que asolaron a numerosos países tras las independencias, el apartheid sudafricano —vigente formalmente hasta 1994—, la globalización neoliberal de las últimas décadas del siglo XX y, más recientemente ya en el siglo XXI, los debates en torno a la soberanía tecnológica, el cambio climático y las reparaciones históricas por la esclavitud y el colonialismo.
Estas mujeres no constituyen, conviene subrayarlo, una corriente teórica ni política homogénea: algunas se reclaman herederas directas del panafricanismo clásico de Kwame Nkrumah y su énfasis en la unidad política continental, mientras otras se identifican explícitamente con el afrofeminismo, el feminismo africano o las corrientes decoloniales surgidas en las últimas décadas en diálogo crítico con la academia occidental. Pese a esa diversidad de marcos teóricos y estratégicos, todas comparten una tradición intelectual y política común orientada a fortalecer la autonomía de África y de su diáspora frente a las distintas formas, cambiantes mas no extinguidas, de dominación externa.
Amina Mama, una de las principales teóricas vivas del feminismo panafricanista, ha sostenido en su obra que buena parte de las instituciones africanas surgidas tras las independencias conservaron estructuras patriarcales heredadas tanto del propio sistema colonial como de las élites nacionales que lo sucedieron en el poder, en una continuidad estructural que la simple sustitución de gobernantes blancos por gobernantes africanos no logró romper. Ha criticado además, con particular insistencia, la dependencia de las agendas de cooperación internacional cuando estas terminan desplazando las prioridades definidas autónomamente por los propios actores africanos, reproduciendo así, bajo apariencia de ayuda al desarrollo, dinámicas de subordinación que el panafricanismo histórico había combatido en su forma colonial directa. Mama fue además una de las impulsoras del African Gender Institute, institución académica que ha formado a varias generaciones de investigadoras del continente.
Sylvia Tamale, jurista y profesora de la Universidad Makerere en Uganda, plantea en su influyente libro Decolonization and Afro-Feminism que el proceso de descolonización, para ser efectivo y no meramente formal, debe abarcar simultáneamente la economía, el derecho, la sexualidad, el conocimiento y la educación —es decir, todas las esferas en las que el colonialismo dejó estructuras de poder que sobrevivieron a la independencia política. Su pensamiento conecta directamente con una renovación del panafricanismo desde una perspectiva feminista que no se limita a añadir a las mujeres al proyecto panafricanista clásico, sino que cuestiona los propios fundamentos de ese proyecto cuando estos reproducen jerarquías de género no examinadas.
Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, en su obra The Invention of Women, desarrolla una de las críticas más influyentes y más radicales a la universalización de las categorías occidentales de género dentro del pensamiento africano contemporáneo: argumenta, con un sólido aparato antropológico e histórico, que muchas sociedades yoruba precoloniales organizaban sus relaciones sociales mediante criterios de organización social distintos del género tal como lo entiende la tradición occidental, y que fue precisamente el proceso de colonización europea el que impuso esa categoría como eje organizador central de la vida social africana. Su trabajo ha tenido una enorme influencia sobre el pensamiento decolonial africano contemporáneo, abriendo un debate todavía en curso sobre los límites de aplicar marcos teóricos feministas formulados en contextos occidentales a realidades sociales africanas con historias propias.
Patricia McFadden combina en su obra feminismo radical, panafricanismo y anticapitalismo en una síntesis que ha defendido sistemáticamente que la independencia política, por sí sola, resulta insuficiente sin una transformación simultánea de la autonomía económica de las mujeres y de las relaciones de género que estructuran las sociedades africanas poscoloniales. Angela Davis, probablemente la intelectual viva más conocida vinculada internacionalmente al panafricanismo, articula en el conjunto de su obra esclavitud, capitalismo, colonialismo, imperialismo y el sistema carcelario contemporáneo como dimensiones de un mismo entramado histórico de dominación racial, manteniendo además, a lo largo de décadas, una intensa relación intelectual y política directa con movimientos africanos contemporáneos.
En el plano específicamente institucional, Nkosazana Dlamini-Zuma fue la primera mujer en presidir la Comisión de la Unión Africana, cargo que ocupó entre 2012 y 2017, impulsando desde esa posición de máxima responsabilidad continental la Agenda 2063 —el plan estratégico de desarrollo de largo plazo de la organización—, políticas sanitarias comunes a escala continental y una mayor representación femenina en las estructuras de la propia Unión Africana. Graça Machel —viuda primero de Samora Machel, presidente de Mozambique, y posteriormente de Nelson Mandela— sigue siendo probablemente la figura femenina panafricanista de mayor reconocimiento internacional en la actualidad, con un trabajo sostenido durante décadas en infancia, educación, integración africana, prevención de conflictos armados y desarrollo sostenible del continente. Phumzile Mlambo-Ngcuka, exvicepresidenta de Sudáfrica y posterior directora ejecutiva de ONU Mujeres, conecta en su trayectoria personal la lucha histórica contra el apartheid con la agenda contemporánea de igualdad económica y liderazgo continental femenino. Wangari Maathai, Premio Nobel de la Paz keniana fallecida en 2011, sin presentarse principalmente como teórica clásica del movimiento panafricanista, desarrolló no obstante una visión continental que articulaba de manera original democracia, ecología, soberanía africana y participación ciudadana de base, anticipando buena parte de los debates ecológicos que el panafricanismo asumiría plenamente solo en la generación siguiente.


Bineta Diop y la institucionalización de la agenda de mujeres, paz y seguridad
Bineta Diop, de Senegal, es hoy la figura más influyente en la intersección entre panafricanismo y construcción institucional de paz en el continente. Como Enviada Especial de la Unión Africana para las Mujeres, la Paz y la Seguridad, cargo que ocupó entre 2014 y 2025, dedicó más de una década de gestión continua a cerrar la brecha persistente entre las políticas formales adoptadas por los organismos continentales y la realidad concreta que enfrentan las mujeres en contextos de conflicto armado. Su trabajo resultó fundamental para que los derechos de las mujeres se convirtieran en una prioridad efectiva, y no meramente declarativa, dentro de la agenda de paz y seguridad de la Unión Africana.
Es la principal artífice de la Convención de la Unión Africana para Poner Fin a la Violencia contra las Mujeres y las Niñas, adoptada en febrero de 2025 tras años de negociación diplomática que ella misma condujo. Se trata de un tratado considerado un hito en el derecho internacional africano: nombra y reconoce explícitamente, por primera vez en un instrumento continental de este tipo, el feminicidio como categoría jurídica específica; obliga a los Estados firmantes a combatir activamente la violencia contra las mujeres tanto en espacios públicos físicos como en entornos digitales, reconociendo así una dimensión de la violencia de género que los instrumentos jurídicos anteriores no contemplaban; y establece además una agenda explícita de «masculinidad positiva» orientada a involucrar a los hombres como aliados activos en la lucha, y no únicamente como sujetos a sancionar.
Antes de esa etapa institucional, en 1996 Diop había fundado Femmes Africa Solidarité, organización creada específicamente para asegurar que las mujeres fueran incluidas como actoras de pleno derecho en las negociaciones de paz que ponían fin a los conflictos armados del continente —como ocurrió de forma documentada en los procesos de paz de Burundi, Liberia y la República Democrática del Congo, donde su intervención directa contribuyó a que las delegaciones negociadoras incorporaran representación femenina sustantiva. Desarrolló además el modelo operativo de la «Sala de Situación de Mujeres» (Women Situation Room), un dispositivo de monitoreo y prevención de violencia electoral basado en el despliegue de observadoras durante los procesos eleccionales, que ha sido replicado con éxito en numerosos países africanos en las últimas dos décadas.
Soberanía del conocimiento, financiamiento feminista y nuevas generaciones intelectuales
Françoise Moudouthe, camerunesa, dirige actualmente el African Women’s Development Fund, el primer fondo panafricano creado específicamente para financiar y fortalecer organizaciones feministas y de derechos de las mujeres en todo el continente africano, en un contexto donde el acceso a financiamiento autónomo —no condicionado por agendas externas— constituye uno de los principales obstáculos estructurales para el movimiento feminista africano. Fundó además Eyala, una plataforma bilingüe creada para amplificar las voces y experiencias de las feministas africanas, proporcionando espacios de aprendizaje, intercambio y solidaridad entre activistas de distintas regiones del continente que de otro modo permanecerían aisladas por barreras lingüísticas, geográficas o institucionales.
Maria Malomalo, angoleña, es feminista panafricana e investigadora dedicada específicamente a la descolonización del conocimiento, un campo que cuestiona la concentración geográfica de la producción académica legítima en instituciones del Norte global. Es la fundadora de Mwana Pwo, la primera organización no gubernamental de Angola dedicada específicamente a la salud y los derechos sexuales y reproductivos de adolescentes y jóvenes, un terreno particularmente sensible en sociedades poscoloniales atravesadas por tensiones entre tradición, religión y derechos individuales. Su trabajo en la organización internacional Restless Development se centra en la investigación liderada directamente por jóvenes, con el objetivo explícito de desplazar el poder de producción de conocimiento desde los centros tradicionales —universidades occidentales, organismos internacionales con sede en el Norte global— hacia las comunidades históricamente excluidas de ese proceso.
Nanjala Nyabola, una de las intelectuales jóvenes más influyentes del continente en la actualidad, sostiene en su obra que la dependencia tecnológica de los países africanos respecto de infraestructuras, plataformas y modelos de inteligencia artificial controlados desde fuera del continente constituye una nueva dimensión del neocolonialismo, tan real y tan estructurante como la dependencia financiera o comercial denunciada por la generación de Nkrumah. Articula en su trabajo soberanía digital, democracia y migraciones como ejes interconectados de un mismo análisis político. Minna Salami, autora de Sensuous Knowledge, propone una epistemología africana feminista que desafía explícitamente los marcos intelectuales eurocéntricos dominantes en la producción de conocimiento global, cuestionando no solo qué se sabe sobre África sino quién tiene legitimidad para producir ese saber y bajo qué criterios. Léonora Miano, por su parte, reflexiona a través de su obra literaria —novelas y ensayos— sobre la memoria colonial, la experiencia de la diáspora y la construcción de la identidad africana contemporánea, en un registro que combina la creación literaria con la intervención teórica explícita.
Justicia climática: el panafricanismo frente a la crisis ecológica
Una generación de activistas relativamente jóvenes ha vinculado en años recientes el panafricanismo histórico con la justicia climática contemporánea, denunciando con datos concretos que el continente africano es responsable de una fracción mínima de las emisiones globales históricas y actuales pero soporta, de manera desproporcionada, algunos de los mayores impactos del cambio climático en curso —sequías, desertificación, pérdida de biodiversidad y desplazamiento forzado de poblaciones.
Adenike Oladosu, nigeriana, encabeza el movimiento panafricano «I Lead Climate Action Initiative» y ha sido delegada juvenil de Nigeria en múltiples conferencias de las Naciones Unidas sobre cambio climático (COP), siendo además la primera activista climática africana en sumarse al movimiento global Fridays for Future, iniciado por Greta Thunberg en Europa. Su trabajo se centra de manera particular en la conservación del Lago Chad, que ha perdido el 90% de su superficie desde la década de 1960 como consecuencia combinada del cambio climático y la sobreexplotación de sus recursos hídricos, vinculando explícitamente en su discurso la crisis climática de la región con cuestiones de paz y seguridad, dado que la desaparición del lago ha sido identificada como uno de los factores que alimentan la inestabilidad y el reclutamiento de grupos armados en la región del Sahel.
Eunice Adewusi, también nigeriana, ha impactado a través de su fundación a más de 57.000 mujeres jóvenes en distintos países africanos, y su iniciativa Project Ayika ofrece becas de seis meses en inteligencia artificial y cambio climático destinadas específicamente a que mujeres africanas diseñen soluciones tecnológicas propias para la justicia climática, combinando en un mismo programa formación científica, capacidades técnicas en inteligencia artificial y narrativas culturales africanas. Vanessa Nakate ha hecho de la denuncia de la desigualdad estructural entre el Norte y el Sur global en materia de responsabilidad climática, y de la exigencia de reparación histórica por esa desigualdad, un eje central de su discurso en foros internacionales, contribuyendo a visibilizar internacionalmente una perspectiva africana que durante años estuvo ausente de los grandes debates climáticos globales dominados por voces occidentales. Elizabeth Wathuti impulsa programas de reforestación y educación ambiental que vinculan de manera explícita protección ambiental, seguridad alimentaria y soberanía africana sobre sus propios recursos naturales. Hindou Oumarou Ibrahim, representante del pueblo mbororo —comunidad pastoril nómada del Sahel—, integra en su trabajo conocimientos indígenas tradicionales, derechos de las mujeres y estrategias de adaptación climática, y su trabajo ha influido de manera concreta en los debates internacionales sobre gobernanza ambiental, incluyendo procesos de negociación de las Naciones Unidas donde su perspectiva indígena ha aportado un ángulo ausente en los debates dominados por expertos institucionales.
La Purple Coalition on Climate Change articula en una misma red transnacional a líderes feministas, defensoras de comunidades indígenas y organizadoras de base de todo el continente, abordando de manera integrada la intersección entre cambio climático, género y movilidad humana forzada, reconociendo que las crisis climáticas afectan de manera diferenciada a las mujeres y generan formas específicas de desplazamiento que los marcos tradicionales de protección no contemplan adecuadamente.


El Sahel: las mujeres en la vanguardia de la lucha por la soberanía y la descolonización
En la región del Sahel, las mujeres están situadas en la primera línea de una lucha que vincula directamente el panafricanismo histórico con la soberanía política y antiimperialista que hoy encarna la Alianza de Estados del Sahel —el bloque formado por Mali, Burkina Faso y Níger tras la expulsión de las tropas francesas y estadounidenses de sus territorios. Amina Hamani Hassane, del Movimiento Revolucionario de Mujeres Panafricanas de Níger, y Hadiza Augustin, de la organización Klayascu, son dos de las voces más destacadas que conectan explícitamente la lucha de las mujeres contra el patriarcado con una resistencia política más amplia contra el imperialismo occidental contemporáneo, situando ambas luchas como dimensiones inseparables de un mismo proyecto de liberación.
Ambas dirigentes han sido protagonistas activas de las movilizaciones populares contra las bases militares extranjeras y contra las sanciones económicas impuestas a la región por organismos regionales alineados con las antiguas potencias coloniales, exigiendo simultáneamente una mayor inclusión de las mujeres en la toma de decisiones políticas y económicas de los nuevos gobiernos del Sahel, en un contexto donde más del 70% de la fuerza laboral agrícola de la región está compuesta por mujeres, lo que otorga a su demanda de participación política un fundamento material directo y no meramente simbólico. La red Elles du Sahel conecta a activistas, parlamentarias e investigadoras de toda la región para abogar coordinadamente por educación, salud y seguridad de mujeres y niñas, articulando además alianzas estratégicas con organizaciones aliadas en Europa y Estados Unidos, en un ejercicio de internacionalismo que recupera la tradición diplomática del panafricanismo histórico adaptada a las condiciones del presente.
Reparaciones: la deuda histórica pendiente
Uno de los ejes contemporáneos más activos del panafricanismo actual es la exigencia organizada de reparaciones por la esclavitud transatlántica y el colonialismo europeo, un movimiento que ha ganado fuerza institucional notable en los últimos años a través de organismos como la Comisión de Reparaciones de la CARICOM —Comunidad del Caribe—, presidida por el historiador Hilary Beckles. Dentro de ese movimiento, Verene Shepherd ha desempeñado un papel particularmente destacado en la articulación académica e internacional de las demandas de reparación, incluyendo su trabajo sostenido en la UNESCO y en diversas iniciativas caribeñas orientadas a documentar históricamente el impacto de la trata esclavista y a fundamentar jurídicamente las demandas de compensación, contribuyendo a un movimiento que reúne hoy a gobiernos, organismos regionales y movimientos sociales de toda la región caribeña y africana en torno a una agenda común de justicia histórica.
Diáspora y panafricanismo transnacional
En América Latina, Francia Márquez —cuya acción política se desarrolla principalmente en el contexto colombiano, donde llegó a ocupar la vicepresidencia del país— dialoga sin embargo de manera sostenida con redes afrodescendientes transnacionales en torno al racismo ambiental, los derechos territoriales de las comunidades negras y la justicia racial en sentido amplio, convirtiéndose en una referencia política para sectores del panafricanismo diaspórico de toda la región latinoamericana, en un momento en que la Unión Africana reconoce formalmente a los más de 112 millones de afrodescendientes de América Latina como parte integrante de la «Sexta Región» del continente africano.
Un proyecto que no se entiende sin ellas
Las generaciones de mujeres aquí reseñadas no conforman, conviene insistir en ello, una escuela única ni un bloque ideológicamente homogéneo. Pueden distinguirse con claridad corrientes nacionalistas-anticoloniales, representadas por figuras como Amy Ashwood Garvey, Amy Jacques Garvey, Andrée Blouin o Josina Machel, centradas fundamentalmente en la lucha contra el dominio colonial directo; corrientes marxistas y socialistas, encarnadas por Claudia Jones, Angela Davis o Shirley Graham Du Bois, que situaron el análisis de clase en el centro de su pensamiento panafricanista; corrientes de feminismo africano y decolonial, como las desarrolladas por Amina Mama, Sylvia Tamale u Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, centradas en cuestionar las propias categorías analíticas heredadas de la tradición occidental; corrientes institucionales e integracionistas, representadas por Graça Machel, Nkosazana Dlamini-Zuma o Phumzile Mlambo-Ngcuka, que han optado por trabajar desde dentro de las estructuras continentales formales; y corrientes ecologistas y de desarrollo sostenible, cuya figura pionera fue Wangari Maathai y que hoy continúan Adenike Oladosu, Vanessa Nakate o Elizabeth Wathuti.
Lo que une a todas estas mujeres, más allá de las décadas que las separan y de las diferencias en sus marcos teóricos y estratégicos, es haber ampliado el panafricanismo desde su núcleo histórico original —la unidad política del continente africano y su liberación del dominio colonial directo— hacia un proyecto de transformación social integral, que articula raza, género, clase y colonialidad como dimensiones estructuralmente inseparables de una misma matriz de dominación, y que incorpora hoy además la crisis climática, la soberanía tecnológica y las reparaciones históricas como frentes de lucha tan legítimos y tan centrales como lo fue, en su momento, la independencia política formal.
La historia oficial del panafricanismo eligió narrarse, durante más de un siglo, casi exclusivamente a través de nombres masculinos. Pero fue una mujer, Alice Kinloch, quien fundó su primera organización en 1897; fueron mujeres, las hermanas Jeanne y Paulette Nardal, quienes acuñaron desde un salón de las afueras de París el concepto que dio nombre teórico al internacionalismo negro; fueron mujeres —de Amy Ashwood Garvey a las redes anónimas de organizadoras afrocaribeñas en Gran Bretaña— quienes sostuvieron logística y políticamente el congreso de Manchester que decidió el rumbo de las independencias africanas; y fueron mujeres quienes construyeron, un año antes que los propios jefes de Estado africanos, la primera institución panafricanista continental de la historia del movimiento. Recuperar esa genealogía completa es restituir al panafricanismo la totalidad de su propia historia.






