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Cien años de Fidel Castro Ruz: la vigencia de la vida y obra de un revolucionario extraordinario en el contexto de nueva oleada de agresión imperialista contra Cuba y nuestra América

Este 13 de agosto de 2026 se cumplió un siglo del nacimiento del líder de la Revolución Cubana y extraordinario referente para millones de personas en todo el mundo. Mientras Washington recrudece el cerco económico y comercial contra Cuba y una parte significativa de América Latina vuelve a estar con gobiernos fuertemente alineados con Washington y el imperialismo, se rindee homenaje a un hombre que hizo de la soberanía y la solidaridad internacionalista un programa de gobierno irrenunciable. Repasamos la vida, la obra y el legado de Fidel Castro en el año de su centenario.


Cien años después de su nacimiento en la finca familiar de Birán, provincia de Oriente de Cuba, la figura de Fidel Castro Ruz es un campo de batalla política de escala planetaria, tal como lo es Cuba bajo una nueva ofensiva imperial contra la isla a la que no le perdona la Revolución y el gobierno antiimperialista que forjó. No es casual: pocos dirigentes del siglo XX lograron sostener, durante más de sesenta años, un proyecto de soberanía nacional y justicia social frente al asedio directo de la potencia más poderosa del planeta. En ese contexto, el centenario de su nacimiento, que se conmemoró este 13 de agosto de 2026, coincide con el décimo aniversario de su muerte —ocurrida el 25 de noviembre de 2016— y con un nuevo recrudecimiento del bloqueo y la agresión estadounidense contra Cuba.

De la finca de un terrateniente gallego a la escalinata universitaria: los orígenes de un revolucionario

Fidel nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, hijo de Ángel Castro Argiz, un inmigrante gallego que había llegado a Cuba como soldado pobre y terminó convertido en propietario de unas 11.000 hectáreas, y de Lina Ruz González, quien había llegado a trabajar en sus propiedades procedente del occidente del país. La paradoja de un revolucionario nacido en el seno de una familia terrateniente ha sido explotada durante décadas por sus adversarios, pero fue precisamente su infancia jugando y conviviendo con los hijos de los peones y trabajadores agrícolas de la finca la que le impidió desarrollar lo que él mismo llamó una «cultura burguesa» de superioridad aristocrática. Antes de cumplir diez años ya leía en voz alta las noticias de la Guerra Civil Española a un cocinero republicano de la casa, un gesto menor que anticipaba su temprano interés por la política internacional.

Se formó en colegios jesuitas —La Salle, Dolores y Belén—, donde adquirió la disciplina y la capacidad de organización que después pondría al servicio de la lucha revolucionaria, y se graduó como abogado en la Universidad de La Habana. Fue en esa universidad, según sus propias palabras, donde dejó de ser un «analfabeto político»: ocupó cargos en la Federación Estudiantil Universitaria, militó en el Partido del Pueblo Cubano —los Ortodoxos, de raíz martiana y antiimperialista, liderados por Eduardo Chibás— y participó de un internacionalismo precoz que lo llevó, en 1947, a ofrecerse como voluntario para una expedición armada contra la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicana, y en abril de 1948, a Bogotá, donde fue testigo directo del «Bogotazo» tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en las semanas en las que se fundó la Organización de Estados Americanos en la la IX Conferencia Internacional Americana. Ya graduado, abrió una oficina de abogado en La Habana dedicada a la defensa de los sectores más pobres.

El golpe de Estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, fue el punto sin retorno. Fidel concluyó que la vía electoral estaba agotada y que solo la insurrección armada permitiría un cambio real. A partir de ese momento organizó células de combate en la juventud del Partido Ortodoxo que desembocarían, un año después, en la acción que fundó políticamente a la Revolución.

Fidel Castro, Celia Sánchez , Haydée Santamaría , y José García en la Sierra Maestra en 1956. Fotografía de dominio público, originalmente en blanco y negro.

El asalto al cuartel Moncada: el «motor pequeño» que encendió la Revolución

El 26 de julio de 1953, Fidel lideró el asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba con el objetivo de derrocar a Batista. La fecha se eligió deliberadamente para coincidir con los carnavales santiagueros, que facilitaban el movimiento de los combatientes y dificultaban la llegada de refuerzos militares. El plan contemplaba la toma simultánea de varios objetivos: Fidel encabezaría el asalto al cuartel, Abel Santa María tomaría el Hospital Civil y Raúl Castro el Palacio de Justicia, mientras otra columna atacaría el cuartel de Bayamo. De los cerca de 1.200 hombres entrenados en la clandestinidad, se seleccionaron 160 para la operación; las armas viajaron a Santiago escondidas en maletas, al punto de que —según relató el propio Fidel— soldados de la terminal ferroviaria ayudaron a cargarlas sin sospechar su contenido.

La acción fracasó militarmente: un encuentro imprevisto con una patrulla exterior alertó a la guarnición y frustró el factor sorpresa. Pero su derrota táctica se convirtió en victoria política. Durante el juicio, Fidel pronunció su alegato de autodefensa —*»La historia me absolverá»*—, un texto que Melva Hernández y Haydée Santamaría imprimieron y distribuyeron clandestinamente hasta transformarlo en el manifiesto fundacional del Movimiento 26 de Julio. Fidel fue condenado a quince años de prisión en la Isla de Pinos, pero un cálculo erróneo de Batista —que buscaba lavar su imagen con una ley de amnistía en 1955— le devolvió la libertad antes de tiempo. Hoy, el antiguo cuartel funciona como escuela y museo, y cada 26 de julio Cuba celebra el Día de la Rebeldía Nacional en homenaje a quienes cayeron en aquella jornada.

Entrada en La Habana, 8 de enero de 1959. Fotografía de dominio público, originalmente en blanco y negro.

México, el Granma y la Sierra Maestra: el encuentro con el Che

En el exilio mexicano, Fidel conoció a Ernesto «Che» Guevara una noche de julio de 1955, en casa de María Antonia, por mediación de Raúl Castro. Bastaron unas horas de conversación al amanecer para que el joven médico argentino se enrolara como tal en la expedición que se preparaba. La afinidad fue inmediata y total: el Che quedó deslumbrado por el liderazgo de Fidel, y Fidel admiró la formación intelectual y la vocación internacionalista de Guevara, quien puso como única condición que, tras el triunfo en Cuba, se le permitiera ir a combatir a su país o a cualquier otro rincón de América Latina. Fidel aceptó esa condición y la sostuvo hasta el final.

El 25 de noviembre de 1956 zarpó el yate Granma rumbo a Cuba para iniciar la guerra de guerrillas en la Sierra Maestra. Fue allí donde Fidel instaló Radio Rebelde, una emisora rudimentaria concebida para romper el cerco informativo del régimen y desde la cual dirigió sus primeros discursos a la nación, llamando a la huelga, la organización popular y la resistencia contra la dictadura y el imperialismo. El diario del Che menciona también, de forma anecdótica, la existencia de la «Radio Bemba», la cadena de rumores y comunicación oral campesina que a menudo anticipaba la llegada de las tropas guerrilleras. El 1 de enero de 1959, el Ejército Rebelde tomó el poder y estableció un gobierno que priorizó, desde el primer día, la soberanía nacional frente a la influencia histórica de Washington.

En la Plaza Cívica (actual Plaza de la Revolución), Fidel Castro pronuncia un discurso ante más de un millón de cubanos el 2 de septiembre de 1960. Fuente: Creative Commons, fotografía de dominio público, originalmente en blanco y negro.

Alfabetizar, educar, curar y cuidar la vida: la transformación social de la Revolución

El gobierno revolucionario emprendió, desde 1959, una transformación social sin precedentes en el continente. En 1961, la Campaña de Alfabetización erradicó el analfabetismo en apenas un año: miles de jóvenes alfabetizadores se trasladaron del campo a la ciudad y viceversa, en lo que las fuentes describen como un «doble proceso de aprendizaje» en el que los campesinos aprendían a leer mientras los jóvenes urbanos conocían de cerca la «Cuba profunda». Bajo la consigna «no le decimos al pueblo cree, le decimos lee», Cuba se convirtió en el primer territorio libre de analfabetismo de América. La educación pasó a ser un derecho absolutamente gratuito desde el preescolar hasta el doctorado, y la salud se nacionalizó para garantizar atención gratuita y de calidad a toda la población, desde una gripe hasta una cirugía de corazón abierto. Los Círculos Infantiles, fundados el 10 de abril de 1961 bajo la dirección de la heroína de la Sierra Maestra Vilma Espín —quien los presidió hasta 2007—, sumaban en 2026 unos 1.130 centros con cerca de 9.000 educadoras en todo el país.

La Reforma Agraria devolvió tierra y dignidad al campesinado explotado, y el gobierno revolucionario eliminó los clubes, hoteles y escuelas que excluían a la población negra y mulata, estableciendo la igualdad ante la ley. El 85% de los cubanos es hoy propietario de su vivienda sin pagar impuestos por ella. En el plano cultural se fundaron instituciones como el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), la Casa de las Américas, el Teatro Nacional y la Imprenta Nacional, orientadas a democratizar el acceso al arte y la lectura. El resultado fue la conversión de una isla sometida en un actor geopolítico con un pueblo extraordinario, donde la salud y la educación dejaron de ser mercancía para convertirse en servicio a la vida.

«Médicos y no bombas»: el Ejército de Batas Blancas

Si algo define el internacionalismo cubano es la frase con la que Fidel sintetizó su filosofía de política exterior: «médicos y no bombas». La primera brigada médica internacionalista salió hacia Argelia en 1963, poco después del triunfo revolucionario, e inauguró una tradición que se extendió a más de 165 países. Más de 600.000 profesionales de la salud cubanos han prestado servicios en los rincones más remotos e inhóspitos del mundo, realizando más de 2.300 millones de consultas, 17 millones de intervenciones quirúrgicas y asistiendo el nacimiento de 5 millones de niños; el balance total, según los datos disponibles, es de aproximadamente 12 millones de vidas salvadas.

Dos instituciones concentran ese legado. La Operación Milagro ha devuelto la vista a más de 3,3 millones de personas mediante cirugías oftalmológicas gratuitas —solo en Uruguay se han realizado, desde 2007, más de 118.000 cirugías de ojos y 916.000 consultas bajo ese convenio—. Y la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999 por iniciativa de Fidel, ha formado gratuitamente a unos 40.000 profesionales de la salud de 138 naciones, priorizando a jóvenes de estratos humildes que regresan después a servir en sus propias comunidades. A pesar del bloqueo, Cuba reserva cada año becas para que alrededor de 150 jóvenes palestinos estudien medicina e ingeniería en la isla de forma gratuita.

Esa vocación internacionalista se combina con una apuesta científica soberana: Cuba desarrolló cinco vacunas propias contra la COVID-19 que exportó a países sin acceso a las producciones de los grandes laboratorios del norte. La biotecnología cubana ha creado además terapias únicas en el mundo, como la vacuna CIMAvax-EGF contra el cáncer de pulmón, la reciente HeberSaVax para tumores sólidos malignos, el fármaco NeuroEpo para el Parkinson y el Alzheimer, y el Heberprot-P, que evita amputaciones por pie diabético. Fidel impulsó también la creación de un equipo soberano de resonancia magnética nuclear, logrado apenas tres años después de que esta tecnología apareciera por primera vez en el mundo. Todo ello bajo la premisa, sostenida desde 1960, de que «el futuro de Cuba tenía que ser necesariamente un futuro de hombres y mujeres de ciencia» y de que la salud no es —ni puede ser— un negocio.

638 atentados y un bloqueo comercial que no cede

La contrapartida de ese proyecto ha sido más de sesenta años de agresión directa. La CIA y otras agencias documentaron 638 intentos de asesinato contra su vida, que sus seguidores enfrentaron apelando a lo que llaman su «chaleco moral»: una ética personal que, sostienen, actuó como escudo imbatible frente a las campañas de desprestigio. El episodio más citado de esa integridad ocurrió cuando la revista Forbes lo situó entre los hombres más ricos del mundo; Fidel respondió en el programa Mesa Redonda con un desafío público —»si me demuestran que tengo un solo dólar en alguna cuenta en el mundo, inmediatamente renuncio a todos mis cargos»— que la revista nunca pudo responder con pruebas.

El costo económico acumulado del bloqueo alcanza los 178.700 millones de dólares a precios corrientes desde su inicio. Solo entre marzo de 2025 y febrero de 2026 —el período más reciente reportado— las afectaciones sumaron 8.083,83 millones de dólares, un récord histórico que representa un incremento del 7% respecto al año anterior, y que ni siquiera incluye el «impacto extremo» del cerco a los suministros de combustible iniciado en febrero de 2026. Ese bloqueo energético, calificado por las autoridades cubanas como un acto de guerra naval que impide la llegada de tanqueros, provoca apagones de entre 16 y 20 horas diarias, con las consecuentes interrupciones en el bombeo de agua potable y la conservación de alimentos.

El impacto humanitario es medible en cuerpos. El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla denunció ante la ONU que la mortalidad infantil pasó de 4,0 a 9,9 por cada 1.000 nacidos vivos —lo que equivale a la muerte evitable de unos 1.780 recién nacidos por falta de equipos y tratamientos que el bloqueo impide adquirir—, mientras que la supervivencia de niños y jóvenes con cáncer cayó del 85% al 65%. El gobierno cubano sostiene que el bloqueo constituye una violación masiva, flagrante y sistemática de los derechos humanos de todo un pueblo, un acto de castigo colectivo diseñado para provocar una crisis humanitaria total.

Fidel calificó el bloqueo estadounidense no como un simple embargo, sino como una «guerra comercial» criminal y multidimensional. La respuesta, según el físico Fidel Antonio Castro Smirnov, es una «física de la dignidad»: ante una presión extrema, un material —o un pueblo— puede fracturarse o densificarse, y Cuba, tras Playa Girón, la Crisis de Octubre y el Período Especial, eligió densificarse.

El Período Especial: sostener el socialismo sin la URSS

La caída de la Unión Soviética golpeó a Cuba con una violencia comparable a la del propio bloqueo. Fidel había previsto el desplome del bloque socialista con más de dos años de antelación, asegurando ya en 1989 que, ocurriera lo que ocurriera, la isla seguiría defendiendo las banderas del socialismo. Cuando el campo socialista europeo desapareció entre 1989 y 1991, Cuba perdió el 85% de su comercio exterior de forma casi inmediata, y el recrudecimiento simultáneo del bloqueo —particularmente bajo la administración de George H. W. Bush— agravó una crisis que hizo caer el PIB entre un 34,8% y un 36% en 1993. Los apagones se extendieron entre 16 y 20 horas diarias y gran parte de la industria y el transporte público quedaron paralizados.

Pese a esa severidad, el gobierno cubano preservó como derechos gratuitos la salud y la educación. En los años más duros, Fidel impulsó la biotecnología y la industria científica como vía soberana para generar lo que llamó «producciones de la inteligencia», capaces de sustituir la dependencia energética que el bloqueo y la orfandad soviética le negaban al país. De ese período nació el concepto de «resistencia creativa», con el que el pueblo cubano, cohesionado bajo la dirección del Partido Comunista, buscó soluciones propias sin renunciar a sus principios políticos. Hacia mediados de los años noventa, superados los momentos más críticos, la economía cubana inició una recuperación paulatina.

Durante un acto en la Plaza Roja con motivo de la llegada a la URSS del Primer Ministro de la República de Cuba, Fidel Castro Ruz. Moscú, 28 de abril de 1963. Foto de V. Kunov. Fotografía originalmente en blanco y negro. Fuente: Creative Commons.

Con los países con gobiernos socialistas, pero nunca subordinado

La relación de Fidel con la URSS y el resto del «socialismo real» fue de alianza estratégica, no de subordinación. El caso más elocuente es el de Angola: la Unión Soviética no solicitó el envío de tropas cubanas a ese país y, de hecho, se opuso inicialmente a la intervención; Fidel decidió actuar bajo su propia responsabilidad, y solo después Moscú aportó equipamiento militar. Durante la Crisis de Octubre —también llamada “Crisis de los Misiles” o del Caribe— de 1062, había 42.000 soldados soviéticos desplegados en Cuba junto a los 300.000 hombres y mujeres cubanas en armas; el propio Fidel describió a la URSS como «extraordinariamente respetuosa y cuidadosa» en su trato directo con la isla, en contraste con la injerencia estadounidense.

El vínculo económico se sostuvo durante décadas en el trueque de azúcar cubana por petróleo soviético, un intercambio que se derrumbó junto con el bloque del Este y que, tras los años más duros del Período Especial, encontró un sustituto parcial en la Venezuela de Hugo Chávez, bajo un esquema que evolucionó hacia «médicos por petróleo». En diciembre de 2025, sin embargo, Venezuela dejó de suministrar petróleo a la isla en el marco de ina nueva ofensiva imperialista contra Caracas, lo que volvió a sumir a Cuba en una crisis energética profunda, ahora bajo lo que las autoridades llaman un nuevo «bloqueo petrolero». Fidel mantuvo además diferencias culturales explícitas con el bloque soviético: rechazó el «realismo socialista» como método artístico oficial, calificándolo de simplificación didáctica, promovió una vanguardia cultural propia frente a los «prejuicios delirantes» que predominaban en Moscú, y —a diferencia de otros estados socialistas hostiles a la religión— impulsó una unión entre marxistas y cristianos que terminó permitiendo la entrada de creyentes al Partido Comunista.

Angola, la Tricontinental y la hermandad con África

La política exterior cubana hacia África es un capítulo central del internacionalismo del siglo XX. En 1975, a solicitud del Movimiento Popular de Liberación de Angola, Fidel puso en marcha la Operación Carlota para defender la independencia angolana frente a la invasión de las fuerzas sudafricanas del apartheid y de grupos financiados por la CIA. La decisión fue enteramente cubana —la URSS no la pidió ni la deseó en un primer momento— y su ejecución exigió una hazaña de ingeniería: ante la negativa de terceros países a facilitar combustible o asistencia técnica, Fidel trabajó personalmente con ingenieros para instalar tanques de combustible suplementarios dentro de la cabina de aviones Britannia y lograr así el vuelo directo Habana-Luanda. Cuando las primeras tropas cubanas llegaron, los invasores extranjeros estaban a apenas 25 kilómetros de Luanda y las fuerzas sudafricanas habían penetrado más de 700 kilómetros desde el sur.

A lo largo del conflicto pasaron por Angola unos 300.000 combatientes cubanos, y más de 2.600 perdieron la vida. La victoria fue decisiva no solo para Angola, sino también para la independencia de Namibia y para el fin del apartheid en Sudáfrica: Nelson Mandela, apenas salido de prisión, viajó a Cuba para agradecer personalmente a Fidel un apoyo que definió como el «jaque mate» que debilitó definitivamente al régimen racista. Fidel llamó a esa victoria el «Girón africano», hermana gemela de la derrota infligida a Estados Unidos en Playa Girón en 1961, y fundamentó la intervención en la idea de que Cuba era un pueblo «latinoafricano» con una deuda histórica de sangre que saldar. Esa misma lógica lo llevó a impulsar, a mediados de los años sesenta, la Tricontinental —la organización que unió las luchas revolucionarias de América Latina, África y Asia contra el imperialismo y el neocolonialismo— y a apoyar la misión que el Che Guevara encabezó en el Congo en 1965. El legado cubano en el continente africano inspiró también a otros dirigentes, como Thomas Sankara en Burkina Faso, que buscó replicar un frente africano contra el pago de la deuda externa siguiendo el ejemplo cubano.

Asia: la misma historia de explotación y resistencia

Fidel entendía la historia de Asia, al igual que la de África y América Latina, como la historia de «la explotación más despiadada y cruel del imperialismo». Vietnam ocupó un lugar particular en ese ideario: usó recurrentemente el ejemplo de la resistencia vietnamita —a la que calificó de «guerra genocida» del imperialismo— para explicar el costo que Cuba habría enfrentado de no derrotar rápidamente la invasión de Playa Girón, asegurando que sin esa victoria veloz la isla habría tenido que librar su propia «batalla de Vietnam». Vietnam retribuyó ese vínculo con envíos de arroz y apoyo técnico agrícola, y en 2026 Hanói es una de las sedes internacionales de homenaje al centenario.

Con China, Fidel construyó una relación fundada en la visión compartida de un orden multipolar frente a la hegemonía unipolar de Washington. Sobre Corea, Fidel denunció que el país fue «totalmente arrasado y convertido en polvo» por la intervención extranjera durante la guerra de los años cincuenta, y criticó el doble rasero de las potencias que amenazan a Corea del Norte por su desarrollo nuclear mientras toleraron que el régimen sudafricano del apartheid fabricara armas atómicas. Respecto de Japón, utilizó los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki como ejemplo máximo del desprecio estadounidense por los derechos humanos, y también señaló la producción automatizada japonesa como un desafío para las industrias del Tercer Mundo bajo las reglas del intercambio desigual.

Fidel Castro con Ali Khamenei en la 8ª Cumbre del Movimiento de los No Alineados, 5 de septiembre de 1986. Fotografía del archivo de Khamenei y de dominio público, restaurada por La Marejada.

El Movimiendo de los No Alineados, la Tricontinental y el discurso que llamó genocidio al genocidio

Cuba se convirtió, bajo Fidel, en un actor central de las luchas del Sur Global a través del Movimiento de Países No Alineados, al que definió como la «conciencia política» de las naciones que emergían del colonialismo. En septiembre de 1979, La Habana fue sede de la Sexta Cumbre del MNOAL y Fidel asumió su presidencia; un mes después pronunció, en nombre de 95 países, un histórico discurso ante la Asamblea General de la ONU, en el que denunció el intercambio desigual que arruina a los pueblos pobres y exigió que los recursos militares se destinaran al desarrollo del Tercer Mundo. Vinculó además esa lucha política con la lucha económica del Grupo de los 77 —al que llamó su «conciencia económica»— instando en 1979 a sus 119 miembros a buscar cohesión frente a la desigualdad con el mundo capitalista desarrollado.

En ese mismo discurso ante la ONU, Fidel fue uno de los primeros mandatarios del mundo en usar la palabra genocidio para describir la situación del pueblo palestino: repudió la persecución nazi contra el pueblo hebreo, pero sostuvo que no existía «nada más parecido en nuestra historia contemporánea» que el desalojo y la persecución que el imperialismo y el sionismo ejercían contra los palestinos, y exigió la retirada total e incondicional de Israel de los territorios ocupados, el derecho al retorno de los refugiados y un Estado palestino independiente.

Palestina: seis décadas de una solidaridad que no se negoció

El compromiso cubano con la causa palestina se remonta a los primeros meses de la Revolución. En 1959, por instrucción del gobierno revolucionario, Raúl Castro y el Che Guevara viajaron a la Franja de Gaza, un gesto que desafiaba abiertamente la doctrina de alineación hemisférica que Washington imponía a América Latina en favor exclusivo de Israel. En 1964, gracias a las gestiones del propio Che, Cuba fue de los primeros países del mundo en reconocer a la Organización para la Liberación de Palestina como movimiento de liberación nacional, y en 1973 rompió relaciones diplomáticas con Israel en el marco de una resolución del MNOAL adoptada en Argelia, siendo —junto con Nicaragua— de los pocos países de la región que condenaron las acciones israelíes tras la Guerra de los Seis Días.

El vínculo personal con Yasser Arafat, quien visitó la isla y fue recibido como un alto dignatario, dejó una imagen que el propio líder palestino describió como prueba irrefutable de la justicia de su causa: la de Fidel con la kufiyya palestina sobre los hombros. En 2014, dos años antes de morir, Fidel firmó todavía un manifiesto internacional de apoyo a Palestina exigiendo el respeto a las resoluciones de la ONU y el cese de la agresión sobre Gaza y Cisjordania. Pese al bloqueo económico, Cuba mantiene cada año un programa de becas que permite a unos 150 jóvenes palestinos estudiar medicina e ingeniería de forma gratuita.

Martí, «autor intelectual» del Moncada

Detrás de cada uno de estos capítulos late la figura de José Martí, a quien Fidel señaló en su propio alegato de autodefensa como el «autor intelectual» del asalto al Moncada. De Martí heredó la advertencia sobre el «monstruo» —»viví en el monstruo y le conozco las entrañas»—, que empleó una y otra vez para justificar la resistencia cubana ante las ambiciones de Washington, y que retomó en la Segunda Declaración de La Habana al recordar que el objetivo de la independencia cubana era, según Martí, impedir que Estados Unidos se extendiera por las Antillas y cayera con esa fuerza sobre el resto de América. De Martí tomó también el rechazo al culto a la personalidad —»toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz»—, principio que Fidel llevó al extremo de prohibir por voluntad expresa que, tras su muerte, se usaran su nombre o su imagen para nombrar plazas, calles o monumentos. De Martí heredó el compromiso con «los pobres de la tierra», la convicción de que «ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad» —brújula de las misiones médicas y militares en África— y el ideal de «ser cultos para ser libres», que inspiró tanto la campaña de alfabetización como la apuesta por una ciencia puesta al servicio de la paz y no de las armas de destrucción.

La Batalla de Ideas y la «física de la dignidad»

En sus últimos años de vida, Fidel sintetizó buena parte de su pensamiento en el concepto de Batalla de Ideas, fundado en la convicción de que «una idea es más poderosa que un arma». Sostenía que Cuba no necesitaba fabricar armamento nuclear, químico o biológico porque poseía un armamento superior: sus ideas y sus armas morales, cuyo verdadero escudo residía en el grado en que sus principios habían penetrado en la conciencia popular. El politólogo Atilio Borón recuerda que Fidel advertía ya desde 1971 sobre la importancia de la lucha ideológica frente a lo que consideraba la «tarea pedagógica perversa» de la derecha latinoamericana para promover el individualismo. Ese mismo marco explica el compromiso, explícito en su discurso público, de «gobernar con el pueblo contándole siempre la verdad», por dura que fuera, y de convertir la sociedad cubana en una «cultura general integral» capaz de resistir la dominación cultural externa.

El apodo de «el caballo»

Entre el pueblo cubano, Fidel era conocido con naturalidad y cercanía como «el caballo». Leonardo Baster, encargado de la embajada cubana en Argentina, atribuye el apelativo a su condición de gran estudioso, capaz de manejar enormes cantidades de información y de «viajar al futuro», anticipándose a los acontecimientos que después explicaba al pueblo. La anécdota más recordada del apodo ocurrió en 1994, durante el primer viaje de Hugo Chávez a Cuba: al ver que el propio Fidel lo esperaba al pie de la escalerilla del avión, Chávez exclamó: «Bueno, ahí estaba el caballo». El poeta Juan Gelman explicó el sobrenombre de otro modo: el pueblo lo llamaba así porque «Fidel montó sobre Fidel», lanzándose de cabeza contra el dolor, la muerte y lo que el poeta llamó el «polvo del alma» para defender a su pueblo. También se le atribuye a su presencia física en cada crisis —huracanes, emergencias— donde llegaba antes que los propios equipos de rescate para hablar directamente con la gente.

22 de agosto de 2005, los presidentes de Cuba y Venezuela, Fidel Castro y Hugo Chávez, caminan por las calles del poblado de Sandino, en la provincia occidental de Pinar del Río (Cuba), 200 kilómetros al oeste de La Habana, donde se realizó el domingo 21 de agosto, el programa televisivo de Chávez titulado «Aló presidente». Fotografía del archivo oficial de la Prensa Presidencial de Venezuela, Palacio de Miraflores.

Chávez, el ALCA y el «mariscal de campo»

La alianza entre Fidel y Hugo Chávez —descrita por el citado Atilio Borón como la relación entre un maestro y su «mariscal de campo»— cambió el mapa político de América Latina. Fidel intuyó el potencial de Chávez cuando gran parte de la izquierda continental todavía no le asignaba importancia, y vio en él al aliado necesario para romper el aislamiento de Cuba en la región. Juntos protagonizaron lo que se considera la mayor derrota geopolítica sufrida por Estados Unidos en América Latina: el hundimiento del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Entre ambos países se estableció además un puente de cooperación que combinó petróleo venezolano con médicos y maestros cubanos, y Chávez continuó proyectos originados por Fidel, como la creación de la Escuela Latinoamericana de Medicina «Dr. Salvador Allende» en Venezuela.

En mayo de 2003, durante la asunción de Néstor Kirchner, Fidel pronunció en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires uno de sus discursos más recordados por la militancia argentina, ante una multitud de peronistas, socialistas y comunistas. Allí insistió en que «un mundo mejor es posible» debía repetirse incluso después de alcanzarlo, para no detener nunca el progreso; resumió la política exterior cubana con la fórmula «médicos y no bombas, médicos y no armas inteligentes»; y se mostró asombrado por la propia trayectoria de Cuba, que había pasado de un alto analfabetismo a la masificación universitaria gracias a sus «producciones intelectuales».

Chile, Allende y una metralleta con historia

La relación entre Fidel y Salvador Allende combinó estrategia política y amistad personal. Allende encarnaba, para Fidel, un «experimento único»: el segundo proceso socialista del continente, pero alcanzado por la vía democrática y no por la lucha armada. En diciembre de 1971, Fidel realizó una extensa visita a Chile. En un discurso pronunciado el día 2 en Santiago advirtió sobre la «desesperación de los reaccionarios» que, cuando sus instituciones dejan de garantizarles el dominio, optan por destruirlas mediante el fascismo. En la Universidad de Concepción sostuvo un debate desafiante con jóvenes de izquierda decepcionados por el ritmo del gobierno, a quienes recordó que la revolución es un proceso y les preguntó si la sociedad chilena estaba realmente preparada culturalmente para construir el socialismo. En la sede de la CEPAL en Santiago improvisó además un análisis sobre la insostenible deuda externa latinoamericana, señalando que Chile ya debía entonces más de 3.500 millones de dólares.

Como muestra de fraternidad —y también de advertencia sobre los peligros que acechaban al proceso chileno— Fidel le regaló a Allende una metralleta; el presidente chileno murió combatiendo con esa misma arma durante el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Fidel denunció que contra la Unidad Popular se conspiró activamente desde el Departamento de Estado estadounidense, bloqueando su economía y preparando las condiciones del golpe pinochetista.

El profeta del cambio climático

Fidel fue, además, uno de los primeros estadistas en advertir sobre la crisis ecológica global. En la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992, pronunció un discurso de apenas seis minutos y 45 segundos en el que alertó que «una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre». Mientras otros mandatarios reaccionaban con sonrisas burlonas, Fidel denunciaba que las potencias industriales, con apenas el 20% de la población mundial, consumían dos terceras partes de los metales y tres cuartas partes de la energía del planeta, y sostenía que la pobreza y el subdesarrollo del Tercer Mundo constituían en sí mismas una violación flagrante de la ecología. Su consigna —»páguese la deuda ecológica y no la deuda externa; desaparezca el hambre y no el hombre»— se convirtió en bandera del ambientalismo social. Tras retirarse de sus cargos oficiales en 2006, dedicó buena parte de sus últimos años a experimentar personalmente con especies de plantas en busca de una alimentación humana sustentable, obsesionado con encontrar alternativas soberanas frente a lo que consideraba el declive del propio sistema capitalista.

El centenario en el contexto de la Doctrina Monroe corolario Trump

Fidel Castro murió el 25 de noviembre de 2016. Dejó, entre muchas otras, una definición de Revolución que sus seguidores repiten como síntesis de toda su obra: «es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado… es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas».

Diez años después de su muerte, el centenario de su nacimiento se conmemora en un contexto que la propia dirigencia cubana describe como el de una batalla política activa. En La Habana se celebra el Primer Coloquio Internacional «Fidel, Legado y Futuro», en el Palacio de Convenciones, con más de 150 delegados de 63 países y unos 500 participantes cubanos debatiendo sobre soberanía, integración de los pueblos, crisis ambiental e inteligencia artificial; allí, el presidente Miguel Díaz-Canel sostuvo que celebrar la «eternidad» de Fidel significa derrotar de nuevo a quienes intentaron asesinarlo. La plataforma digital «Fidel, Soldado de las Ideas» cumple diez años reuniendo discursos, cartas y fotografías en ocho idiomas, y se estrenan producciones como la película de ficción El camino, seis cuentos que recorren distintas épocas de la historia cubana, y Fidel Castro Venceremos 2026, del Habana Glasgow Film Festival, concebida para escuchar la voz original del líder «sin el ruido del presente».

Fidel dijo que no quería que el Estado cubano hiciera monumentos en su honor, pero sí tiene uno en Moscú. Aquí la inauguración del monumento a Fidel Castro en Moscú, Rusia, en noviembre de 2022, con la presencia del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, y el presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel. Fuente: Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba.

Los homenajes se multiplican fuera de Cuba: la Universidad de Panamá organizó desde el 10 de agosto una agenda que incluyó la presentación del libro Yo conocí a Fidel, de Wilmer Rodríguez, y la proyección del documental La era de Fidel; en México, el Movimiento Antorchista Nacional impulsó la «Semana de Fidel», con conferencias, concursos de murales y actividades culturales; en Uruguay, la emisora La 36 – Radio Centenario emite cada lunes el ciclo «100 años con Fidel» y recolecta firmas de solidaridad para entregar en la embajada cubana; en Argentina se presentan libros como el de Héctor Bernardo sobre los vínculos entre Fidel y ese país, organizados por la CTA y movimientos sociales; hay exposiciones en Minsk y Hanói, caravanas en Roma y ofrendas florales en Caracas. Lula da Silva envió desde Brasil un mensaje de gratitud transmitido durante el coloquio habanero, mientras la expresidenta Dilma Rousseff participó en foros destacando el papel de Fidel en las luchas internacionales.

Ese mismo escenario está atravesado por tensiones que confirman, para sus defensores, la vigencia del pensamiento fidelista: el bloqueo petrolero y energético se ha recrudecido justo cuando Venezuela dejó de suministrar combustible a la isla a causa de la intensa agresión estadounidense; gobiernos como los de Javier Milei en Argentina y Abelardo de la Espriella en Colombia estrechan lazos militares con Washington y con Israel; y se ha denunciado la existencia de un grupo de trabajo secreto de la CIA dedicado a generar fisuras en la dirigencia cubana, en el marco de una escalada de inteligencia que sitúa a la isla, junto a Rusia, China e Irán, como «prioridad uno» de vigilancia estadounidense. El gobierno cubano ha debido, además, desmentir reportajes de The New York Times que buscan vincular a la familia Castro con redes de tráfico de personas. El centenario llega también marcado por el duelo: la muerte de Ramiro Valdés Menéndez, el 21 de junio de 2026, se llevó a uno de los últimos dirigentes históricos de la generación del asalto al Cuartel Moncada.

Cien años después de su nacimiento en Birán, la disputa sobre el legado de Fidel Castro Ruz es el terreno concreto de la lucha de un pueblo contra un bloqueo que mata niños por goteo y una agresividad imperialista que amenaza constantemente con acciones militares contra la isla, de los esfuerzos desde el Sur Global que intenta volver a mirar hacia la multipolaridad, y de una Palestina a la que el gobierno de Cuba llamó genocidio antes que casi nadie. Ningún imperio pudo comprarlo, ninguna presión logró fracturarlo, y ningún monumento lleva su nombre en Cuba porque él mismo lo prohibió: su principal monumento, insisten quienes hoy lo conmemoran en tres continentes, son las ideas y la historia de quien se comprometió a que la historia lo absolvería y que más que eso lo instala entre los mayores referentes históricos de nuestra época.

Estatua a Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara en Ciudad de México. Objeto de una larga disputa por la decisión de Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa de Cuauhtémoc por retirarla, pasando por alto el procedimiento legal para hacerlo, al tratarse de un monumento público.

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