Gloria Steinem: la ícono del feminismo occidental financiado por la CIA y denunciada por investigaciones y movimientos de mujeres radicales y de izquierda

El 2 de septiembre murió en Nueva York, a los 92 años, la mujer que los grandes medios y elites de las potencias Occidente suelen presentar como referencia fundadora del feminismo contemporáneo. Los homenajes oficiales en los días posteriores a su fallecimiento, que incluyeron numerosas notas en los medios corporativos y diversas demostraciones de dirigencias capitalistas, sin embargo, omiten una historia incómoda: la de una referente que reconoció haber trabajado para la CIA, que fue acusada por sus propias compañeras de movimiento de operar como una «organización paralela» al servicio del sistema, y cuya carrera estuvo protegida, una y otra vez, por el mismo entramado corporativo, belicista, e imperial que el feminismo y los movimientos populares de mujeres se proponen derribar. Aquí repasamos la trayectoria de Gloria Steinem y su indesmentible lazo con los servicios de inteligencia estadounidenses y el «poder blando» del régimen imperialista con centro en Washington.
La prensa hegemónica despidió a Gloria Steinem como una heroína sin matices: la periodista que se infiltró en el Playboy Club, la fundadora de Ms. Magazine, la voz que acompañó a Hillary Clinton en dos campañas presidenciales y que recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de manos de Barack Obama en 2013. Esa narrativa, repetida sin fisuras en las últimas horas, borra deliberadamente el otro expediente de Steinem: el de una activista que admitió haber sido financiada por la Agencia Central de Inteligencia, que defendió esa relación hasta el final sin arrepentimiento alguno, y que utilizó su poder institucional para censurar a quienes intentaron contar esa historia completa. Sus estrechos vínculos con referenciales personajes de la red de poderes estadounidenses, como Henry Kissinger, la misma Hillary Clinton o Barack Obama, y altas autoridades y agentes de los aparatos bélicos del imperialismo estadounidense, además de una notoria simpatía hacia el Estado de Israel, muestran la otra cara de Gloria Steinem.

Una beca exclusiva para Steimen y el origen en la India
Tras graduarse del Smith College, Steinem pasó dos años en la India, entre 1956 y 1958, financiada por la Beca Chester Bowles (Chester Bowles Student Fellowship). El dato que investigadores y activistas del feminismo han subrayado durante décadas es que esa beca fue creada de manera exclusiva para ella: nadie más la recibió antes ni después. El itinerario que siguió a su regreso a Estados Unidos, el acercamiento a dirigentes estudiantiles de la Asociación Nacional de Estudiantes (NSA) y la fundación casi inmediata de una organización dedicada a enviar delegaciones juveniles a Europa es, para esas mismas voces críticas, la antesala de una relación con el aparato de inteligencia estadounidense que se extendería por más de una década.
El Servicio de Investigación Independiente: una de las tantas fachadas para la guerra cultural de la Guerra Fría
En 1959, Steinem cofundó y pasó a dirigir el Servicio de Investigación Independiente (Independent Research Service), que se presentaba públicamente como una iniciativa privada de intercambio cultural. En realidad, la organización estaba financiada de manera encubierta por la CIA a través de un conducto específico, la Independence Foundation de Boston, con el objetivo de disputarle a la Unión Soviética el terreno simbólico de los Festivales Mundiales de la Juventud, particularmente los de Viena, en 1959, y Helsinki, en 1962.
Steinem supo desde el primer momento cuál era el origen real del dinero. La mayoría de los jóvenes delegados reclutados para viajar, en cambio, creían participar en un proyecto genuinamente independiente. El expediente que las Redstockings reconstruyeron años más tarde documenta que el trabajo del Servicio fue bastante más allá del intercambio cultural: en septiembre de 1961, bajo la dirección de Steinem, la organización publicó un folleto oficial con trece páginas de perfiles biográficos y análisis de afiliaciones políticas de 82 asistentes a los festivales. La académica Sheila Tobias, que participó en uno de esos viajes a Viena, confirmó posteriormente que el verdadero interés de la agencia no era el intercambio con jóvenes de otros países, sino identificar y vigilar a los propios delegados estadounidenses sospechosos de simpatizar con el comunismo o el trotskismo. En Helsinki, en 1962, mientras la delegación estadounidense operaba activamente como un brazo cultural de la Guerra Fría, la periodista finlandesa Victoria Schulz documentó que Steinem se jactó ante un periodista local de haber entregado dinero de la CIA de forma directa a un dirigente estudiantil finlandés, en un festival marcado por disturbios callejeros que se sospecha fueron financiados o instigados desde el mismo entramado.
1967: la exposición pública de su relación con la CIA y una defensa sin arrepentimiento
La financiación encubierta de la CIA a organizaciones estudiantiles y culturales —entre ellas el Servicio de Investigación Independiente— fue revelada en 1967 por la revista Ramparts y por The New York Times. Steinem no negó su participación. La defendió, con tres argumentos que repetiría durante el resto de su vida pública: que la CIA de esos años era, en su experiencia, una institución «liberal, no violenta y honorable»; que el financiamiento de la agencia era «libre», porque nadie le imponía condiciones sobre qué decir, mientras que fundaciones privadas convencionales —la Fundación Ford, entre ellas— habían rechazado financiarla por considerar sus actividades «demasiado liberales y controversiales»; y que no se arrepentía de haber aceptado esos fondos, y que volvería a hacerlo si tuviera la oportunidad. Como argumento adicional, señaló que cuando la noticia estalló ella se encontraba manifestándose frente al Pentágono contra los bombardeos en Vietnam, como si ese activismo fuera incompatible con haber sido, años antes, directora de una operación financiada por la agencia. Su única autocrítica, formulada tiempo después, no fue haber aceptado el dinero, sino no haber conseguido reemplazarlo por financiamiento privado más rápido.
La acusación de Redstockings y una respuesta sin arrepentimiento
A mediados de los años setenta, el grupo feminista Redstockings —fundador del Movimiento de Liberación de la Mujer y liderado por Kathie Sarachild— hizo pública una acusación que marcará la trayectoria de Steinem. El 9 de mayo de 1975, Redstockings emitió un comunicado de dieciséis páginas que documentaba, con pruebas, la década de vínculo de Steinem con la CIA. Ella guardó silencio durante meses y solo respondió el 13 de agosto de ese año, con una carta que distribuyó de manera deliberadamente limitada, a seis publicaciones feministas que se la habían solicitado. Al mismo tiempo, trabajó para presentar a Redstockings ante la opinión pública como un grupo «sospechosamente anónimo», y calificó la acusación de «macartista», invirtiendo contra sus críticas el mismo lenguaje de sospecha ideológica que ellas empleaban contra la agencia.
Para Redstockings, el problema no era solamente el financiamiento en sí, sino el engaño que lo acompañó: a diferencia de los delegados reclutados de buena fe, Steinem sabía perfectamente el origen del dinero y lo ocultó, tanto a los jóvenes que reclutaba como en sus propios registros biográficos posteriores. El grupo sostuvo, además, que Steinem no había surgido orgánicamente de las bases del movimiento, sino que fue «instalada» de la noche a la mañana por los grandes medios y el poder institucional para desplazar a las activistas que habían construido el feminismo de la segunda ola desde la agitación directa. Antes de que Steinem apareciera en la escena nacional, en el verano de 1970, esas activistas ya habían logrado el fin de los anuncios de empleo segregados por sexo, la reforma de la ley de aborto en el estado de Nueva York, la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos en la Cámara de Representantes, la prohibición de la discriminación de género en alojamientos públicos en Nueva York, y la publicación de un suplemento feminista en el Ladies Home Journal que llegó a 6,5 millones de lectoras —una cifra muy superior a las 350 mil copias que llegaría a vender Ms. por número, la revista fundada por Steinem—. Kathie Sarachild resumió el diagnóstico del grupo con una fórmula que se volvería célebre: Steinem y su revista no aparecieron para popularizar el feminismo, sino para «capitalizarlo» e instalar una organización paralela que domesticara un terreno que el activismo de base ya había conquistado.
La revista Ms. como «organización paralela»
La acusación central de Redstockings tomó una forma técnica muy específica: la de «organización paralela», el mismo formato que la CIA utilizaba en el extranjero durante la Guerra Fría para neutralizar movimientos revolucionarios auténticos infiltrándolos con alternativas moderadas y controlables. Ellen Willis, exeditora de Ms., coincidió en lo sustancial: mientras el feminismo radical atacaba la estructura del poder masculino y la explotación no remunerada del trabajo doméstico, la revista de Steinem promovía una «hermandad sentimental» concentrada en «modelos a seguir» —mujeres exitosas de clase acomodada— y evadía de manera deliberada las demandas materiales urgentes de la clase trabajadora. Será la lógica que animaría a los movimientos y propuestas intelectuales moldeadas por el «poder blando» del Estado imperialista estadounidense, tanto en sus formas liberales como posmodernas (Ver «El posmodernismo como impotencia política y sustento del capitalismo tardío: por qué las teorías que deconstruyen la realidad y fragmentan a los sujetos contribuyen a la conservación del orden existente»).


La censura al libro Feminist Revolution
Otro episodio que ilustra hasta dónde llegó el poder de Steinem para blindar su historia ocurrió en 1978, cuando Random House compró los derechos para publicar en edición comercial el libro de Redstockings, Feminist Revolution. El manuscrito original incluía dos investigaciones centrales: «Gloria Steinem and the CIA» y «From a Finnish Notebook», el ensayo de Victoria Schulz sobre el financiamiento y el reparto de dinero de la CIA durante el festival de Helsinki. Ante la amenaza de demandas por difamación de los abogados de Steinem y de sus aliados, Random House capituló y eliminó por completo ambos capítulos, junto con el comunicado de prensa original de 1975 y el apéndice sobre el propio proceso de censura.
El expediente de «Cast of Characters» que Redstockings reconstruyó identifica con nombre y apellido a la red que ejerció esa presión: Steinem y la corporación de Ms. Magazine, a través del bufete Greenbaum, Wolff & Ernst; Clay Felker, editor de Esquire y del diario del festival financiado por la CIA cuando Steinem era codirectora; Warner Communications, el conglomerado que había invertido un millón de dólares en Ms.; Franklin Thomas, entonces directivo de la Women’s Action Alliance —la organización fundada por Steinem que dependía en un 80% de su presupuesto de corporaciones y fundaciones como Mobil, el Rockefeller Family Fund, Chase Manhattan Bank y la propia Fundación Ford, que Thomas terminaría dirigiendo—; y Katharine Graham, propietaria de The Washington Post y de Newsweek además de accionista directa de Ms. Ninguna demanda llegó jamás a los tribunales. No hizo falta: la sola amenaza de un litigio costoso bastó para que la editorial capitulara.
La intervención no se limitó a eliminar capítulos completos. El expediente detalla recortes quirúrgicos sobre artículos que sí lograron publicarse: en «Ms. Politics and Editing» se obligó a suprimir una línea entera y a moderar dos oraciones que comparaban a la revista con el sindicato de los Teamsters, acusándola de «invadir» el movimiento sin haber hecho el trabajo de base; en el único ensayo que sobrevivió con una mención al pasado de Steinem en la CIA —»The Conservatism of Ms.», de Ellen Willis— se prohibió expresamente incluir una nota al pie que remitiera al comunicado de las Redstockings. En un recuadro informativo titulado «Inverting the Radical Critique» se borró la frase que describía a Steinem directamente como «colaboradora de la CIA», se eliminó la referencia al psicólogo Warren Farrell como «reportado colaborador de inteligencia del gobierno», y se suprimió la mención de que Steinem había ayudado a fundar la National Black Feminist Organization. El título original de la sexta sección del libro, «Agents, Opportunists and Fools» (Agentes, Oportunistas, y Embaucadores), fue prohibido y sustituido por uno deliberadamente neutro: «The Liberal Takeover of Women’s Liberation» (La toma de control liberal de la liberación de la mujer).
Cuando Redstockings exigió que la página de créditos explicara que el libro había sido recortado «por amenazas de demandas por difamación» de Steinem y sus aliados, Random House impuso en su lugar una fórmula ambigua: que «varios artículos fueron cambiados u omitidos por razones legales». Presiones similares alcanzaron también a un artículo neoyorquino y a una investigación en el periódico de izquierda The Village Voice, firmada por la periodista Nancy Borman, que solo pudo publicarse el 21 de mayo de 1979, tras una larga batalla legal por su publicación.
El «feminismo de Betty Crocker» y el abundante financiamiento a Ms.
La crítica intelectual a la corriente encabezada por Steinem encontró su fórmula más filosa en Camille Paglia, quien la bautizó como «feminismo de Betty Crocker» —en referencia a la marca que encarna a la ama de casa tradicional, perfecta y complaciente—: un feminismo despojado de todo carácter radical, blando, aburguesado y digerible para el sistema. Betty Crocker es una famosa marca y personaje ficticio en EE. UU. que representa el ideal de la ama de casa perfecta, sonriente y pulcra de los años 50. Al usar este nombre, Paglia critica un feminismo que, a su juicio, ha adoptado una actitud puritana, infantil y desconectada de la cruda realidad biológica de la naturaleza.
Ellen Willis llegó a una conclusión semejante desde otro ángulo: mientras Redstockings y las corrientes de base buscaban confrontar la supremacía masculina, la discriminación laboral sistemática y la explotación no remunerada del trabajo doméstico, Ms. prefería atacar estereotipos superficiales de «roles de género», deslegitimando de paso la necesidad de una resistencia militante.
En 1973, en pleno auge del movimiento, Steinem posó para Cosmopolitan y declaró en una entrevista que admiraba a Jacqueline Onassis por «saber ganar el juego con las reglas impuestas por el enemigo». Redstockings señaló que esa frase resumía con precisión la misma mentalidad oportunista con la que Steinem había justificado su trabajo encubierto para la CIA años antes, cuando se describía a sí misma «usando el sistema contra el sistema», pese a que las operaciones en las que había participado consistían, en los hechos, en campañas de difamación y sabotaje anticomunista propias del macartismo que ella misma diría después combatir.
Uno de los datos que más alimentó las sospechas del feminismo radical fue la inusual solvencia económica de Ms. Magazine, que en un momento dado dejó de necesitar publicidad comercial convencional para sostenerse. Según las denuncias reunidas por Redstockings, esa independencia publicitaria se explicaba porque la revista se mantenía a flote gracias a flujos de dinero indirectos, canalizados a través de corporaciones y fundaciones aliadas —como Warner Communications—, un método de financiamiento más sofisticado que el usado en los años del Servicio de Investigación Independiente, pero de naturaleza equivalente.
Las relaciones con el poder: Pottinger y Kissinger
La autenticidad política de Steinem fue cuestionada también a partir de sus vínculos personales. Durante nueve años mantuvo una relación sentimental con J. Stanley Pottinger, fiscal general adjunto de Derechos Civiles bajo las presidencias republicanas de Richard Nixon y Gerald Ford. Entre otras acusaciones, El libro Death in Washington. The murder of Orlando Letelier, de Donald Freed y Fred Landis, señala a Pottinger como una figura clave en el encubrimiento y desvío de investigaciones sobre el asesinato de Martin Luther King y el del diplomático chileno Orlando Letelier, asesinado en Washington en 1976 en una operación vinculada a la Operación Cóndor; según esas mismas investigaciones, Pottinger firmó autorizaciones de espionaje doméstico ilegal contra ciudadanos estadounidenses en el marco de esa red.
Para Redstockings y para investigadores como el propio Freed, la pregunta era directa: cómo una activista que se presentaba como radical podía sostener casi una década de relación con un funcionario republicano dedicado, desde su cargo, a sabotear la aplicación de las leyes de derechos civiles.
Steinem también salió públicamente con Henry Kissinger, considerado por amplios sectores del movimiento contra la guerra de Vietnam un estratega militar despiadado y un criminal de guerra. Fue, también, arquitecto y operador de la desestabilización y Golpe de Estado contra el gobierno de la Unidad Popular y Salvador Allende en Chile En el plano institucional, el historiador Hugh Wilford, en su libro The Mighty Wurlitzer, sitúa a Kissinger como artífice del Seminario Internacional de Harvard, otro de los espacios de influencia cultural de la Guerra Fría en los que la trayectoria de Steinem también aparece registrada.
El Informe Kissinger de 1974: el feminismo como política demográfica
El Informe Kissinger de 1974, documento oficial del gobierno estadounidense redactado en pleno apogeo de la Guerra Fría, identifica a las agencias del propio gobierno de Estados Unidos, a las agencias de Naciones Unidas, a fundaciones corporativas y a organizaciones no gubernamentales como «instrumentos básicos» para utilizar el movimiento de emancipación de la mujer como herramienta de control y reducción demográfica a escala global. Analistas críticos han situado ese documento como una pieza clave para entender cómo el feminismo radical de base terminó transformado, con el paso de las décadas, en lo que hoy se conoce como posfeminismo corporativo: una corriente que hereda las raíces eugenésicas del movimiento de planificación familiar estadounidense y que orienta la liberación femenina hacia fines geopolíticos, de control social y de mercado, en beneficio directo de las grandes corporaciones y capitalistas.
El caso Michelle Wallace: una fractura racial
En 1978, Steinem colocó en la portada de Ms. el libro de Michelle Wallace, Black Macho and the Myth of the Superwoman, escrito por una autora de poco más de veinte años que hasta entonces era prácticamente desconocida. Steinem afirmó públicamente que la obra «definiría el futuro de las relaciones de la comunidad negra» y desplegó toda su influencia institucional para asegurarle una publicidad masiva. El libro calificaba a abolicionistas históricas como Harriet Tubman o Sojourner Truth de «feas y estúpidas» por apoyar a los hombres negros, y acusaba a los líderes revolucionarios de los derechos civiles de ser «cerdos chauvinistas machos». La promoción desató una fractura profunda entre el feminismo blanco liderado por Steinem y los movimientos de liberación negra, y desencadenó una oleada de publicaciones críticas hacia los hombres afroestadounidenses. Wallace, sometida a una presión pública que no había buscado ni podido anticipar, sufrió una crisis nerviosa y se retiró de la vida pública durante dos años.
El legado que se disputa después de la muerte
Gloria Steinem murió el 2 de septiembre en su casa de Manhattan, rodeada de personas cercanas. En las horas siguientes, figuras de la política, la cultura y el activismo institucional estadounidense —entre ellas Hillary Clinton, a quien Steinem apoyó en numerosas ocasiones y que la consideraba una de las «arquitectas de la igualdad de las mujeres»— construyeron el relato oficial de una vida dedicada sin fisuras a la emancipación femenina. Esa amistad con Clinton, que Steinem sostuvo con entusiasmo en las campañas presidenciales de 2008 y 2016, no estuvo exenta de polémicas: en 2008 generó controversia al argumentar en The New York Times que el género constituía una barrera social más restrictiva e importante que la raza, en plena contienda entre Clinton y Barack Obama; y en 2016 debió disculparse públicamente después de sugerir que las jóvenes que apoyaban a Bernie Sanders, en competencia con Hillary Clinton lo hacían solo porque «allí estaban los chicos». También en 1998 defendió con vehemencia a Bill Clinton frente a las denuncias de acoso sexual que enfrentaba, una postura que reconsideraría recién dos décadas más tarde. Fue Hillary Clinton precisamente la que dedicó una extensa publicación tras el fallecimiento de Steinem, una de las dedicatorias más comentadas tras su deceso.
Ese es el legado que la prensa hegemónica prefiere no recordar. El otro legado, el que Redstockings documentó con nombres, fechas y expedientes durante medio siglo, es el de una referente financiada por la Agencia Central de Inteligencia que nunca se arrepintió de haberlo sido, que usó el poder de su revista y de sus aliados corporativos para borrar esa historia de los libros, y cuya trayectoria terminó siendo, para el feminismo que se propuso derrocar al patriarcado y al capitalismo a la vez, la prueba más elocuente de que el sistema siempre encuentra la manera de financiar y encumbrar a quienes lo van a defender y reproducir.



