12 de octubre: cuando la colonización nunca terminó
Un feriado que celebra el saqueo, mientras otros imperios continúan la misma lógica extractiva en Chile y América Latina
Hoy, 12 de octubre, Chile conmemora oficialmente el «Encuentro de Dos Mundos», una denominación que la Ley 19.668 estableció en el año 2000 para suavizar lo que antes se llamaba «Día de la Raza». El feriado recuerda la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492, pero detrás de esa fecha se esconde una verdad incómoda: lo que comenzó ese día no fue un encuentro, sino el inicio de un despojo sistemático que continúa hasta hoy bajo nuevas formas.
Colón, en su propio diario, dejó claro desde el primer momento cuál sería el destino de los pueblos originarios. El 12 de octubre de 1492 escribió que los taínos «deben ser buenos servidores». Dos días después, ya especulaba con que «con cincuenta hombres los tendrá todos sojuzgados y los hará hacer todo lo que quisiere». La transformación del hombre americano en «cosa» fue rápida: en la Carta a Luis de Santángel, el Almirante afirmó que los indígenas «daban lo que tenían como bestias». En los primeros 150 años de conquista, se trasladaron a España 17 mil toneladas de plata y 200 de oro, riquezas que financiaron la Revolución Industrial europea mientras diezmaban a la población originaria: de 70 millones de habitantes, apenas quedaban tres millones y medio un siglo después.
Ese patrón de saqueo no terminó con las independencias formales del siglo XIX. Chile, como el resto de América Latina, pasó de manos españolas a la órbita de otros imperios. Primero fue Gran Bretaña, que controló el comercio exterior chileno a través de Valparaíso y financió ferrocarriles y minería. Luego, en el siglo XX, Estados Unidos asumió el rol de potencia dominante. La doctrina Monroe, resucitada con fuerza en 2025 bajo lo que algunos analistas llaman la «doctrina Trump», declara que América Latina es el «patio trasero» de Washington. Brasil, Colombia y otros países han denunciado abiertamente esta estrategia de «recolonización»: el presidente Lula advirtió en 2026 que «después de quitarnos todo lo que teníamos, ahora quieren nuestros minerales críticos y tierras raras. ¡Quieren colonizarnos de nuevo!».
En Chile, esa continuidad se materializa en el control extranjero de los recursos estratégicos. El país posee el 31% de las reservas mundiales de litio y el 19% de cobre. En 2025, la australiano-británica Rio Tinto se adjudicó el proyecto de litio Maricunga con una inversión de 900 millones de dólares, mientras BHP y Anglo American consolidaban su presencia en el cobre chileno. No se trata de una ocupación militar, sino de un dominio corporativo que reproduce la lógica colonial: los recursos salen, las ganancias se acumulan en el exterior, y las decisiones estratégicas sobre el desarrollo chileno se toman en función de la demanda global, no de las necesidades locales. La historiadora Cristina de la Torre lo describe sin ambigüedades: es el «renacido modelo neocolonial de Estados Unidos que saquea los recursos naturales de América Latina».
Mientras tanto, el Estado chileno entrega subsidios y facilidades a estas transnacionales, y las elites locales -herederas directas de las familias coloniales- administran el aparato estatal para garantizar la continuidad del modelo. La independencia formal de 1818 nunca significó una ruptura con esa estructura de poder. Como señala el análisis de la CEPAL y organismos de derechos humanos, más del 50% de la tierra productiva en América Latina está en manos del 1% de las explotaciones, y los modelos extractivistas siguen generando conflictos socioambientales y desplazamiento de comunidades. En Chile, defensores del territorio como Yasna Marín, del pueblo Chango, denuncian que las leyes creadas para proteger espacios costeros marinos son modificadas para permitir concesiones mineras y salmoneras.
El 12 de octubre, entonces, no es una fecha de celebración. Es el recordatorio de que la colonización nunca terminó: solo cambió de manos. Primero fueron los españoles con sus carabelas y sus requerimientos; hoy son las corporaciones transnacionales con sus contratos de inversión y sus memorandos de entendimiento. La pregunta que queda flotando, incómoda, es la misma que han planteado los pueblos originarios durante cinco siglos: ¿hasta cuándo?






