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El gobierno popular de Ansarolá muestra su fuerza: avanzada relámpago en el litoral de Yemen pone a la coalición saudí y emiratí de rodillas y entrega al Eje de la Resistencia el control del estrecho de Bab-el-Mandeb

En estos últimos días, las fuerzas de Saná se apoderaron de entre 2.600 y 5.400 km² de la franja costera del mar Rojo, tomaron el puerto de Moca, las islas de Mayun (o Perim) y Zucar, y sumaron el estrecho de Bab-el-Mandeb al dominio iraní sobre Ormuz. El colapso de las tropas del gobierno oficial sostenido por las monarquías árabes y las potencias occidentales, atravesadas por la desmoralización de sus mercenarios y por la fractura entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos —gobiernos monárquicos históricamente controlados por Estados Unidos y las potencias occidentales—, deja al desnudo el fracaso de once años de intervención occidental en Yemen y pone en manos del Eje de la Resistencia otro crucial punto geográfico bajo su control. 


Un país partido en dos desde 2014

Como detallamos en una nota anterior, estos sucesos se inscriben en una guerra que se arrastra desde hace cerca de doce años, contados a partir del levantamiento del movimiento Ansarolá o Ansar Allah —“los partidarios de Dios”, conocido también como los hutíes— en septiembre de 2014. Desde entonces el país permanece dividido en dos ejes. Por un lado, el gobierno de facto de Ansarolá, instalado en la capital histórica, Saná, donde reside la inmensa mayoría de la población yemení, y con una muy activa y comprometida mayoría popular favorable. Por otro, el gobierno internacionalmente reconocido —hoy articulado como Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC)— respaldado militar y financieramente por Arabia Saudita, con sede formal en el puerto sureño de Adén pero cuyas instituciones operan en la práctica desde Riad, la capital de la monarquía saudí.

La intervención extranjera en este conflicto comenzó formalmente en marzo de 2015, cuando Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos encabezaron una coalición militar internacional anunciada desde Washington y respaldada por Estados Unidos, con el objetivo declarado de revertir la revolución de Ansarolá y reinstalar al gobierno depuesto. Once años de bombardeos, bloqueos marítimos y aéreos y ocupación no lograron ese objetivo: en cambio, produjeron una de las mayores crisis humanitarias del siglo XXI. 

A pesar de ello, el respaldo popular al movimiento de liberación antiimperialista se ha consolidado y crecido, a la par de una muy singular vocación de lucha ante las forzadas penurias impuestas contra su pueblo y el inquebrantable apoyo que le ha dado el gobierno popular de Ansarolá a la causa del pueblo de Palestina, enfrentando en numerosas ocasiones a la entidad sionista. Así es como se llega a los sucesos de estos días, septiembre de 2026, han mostrado una impresionante capacidad para hacer desmoronar en cuestión de horas a las tropas enemigas. 

Detalle de la avanzada de Ansarolá (en el mapa identificados bajo nombre «Houthi») en septiembre de 2026.

La ofensiva relámpago: un colapso de horas, no de meses

Tras meses de fricciones acumuladas, incluidos incidentes en el aeropuerto de Saná y ataques de Ansarolá contra infraestructura energética saudí, las fuerzas de Ansarolá lanzaron a comienzos de septiembre una ofensiva militar de gran escala sobre la costa occidental. El resultado fue un desmoronamiento casi inmediato de las líneas gubernamentales y pro-saudíes: en un lapso de apenas 18 a 36 horas, Ansarolá aseguró haber tomado el control de entre 2.600 y 5.400 km² en la franja costera del mar Rojo.

El eje de la ofensiva fue la caída del puerto estratégico de Moca (Al-Moka): las tropas de Ansarolá tomaron la ciudad, su puerto y su aeropuerto, cortando las rutas de suministro hacia la ciudad de Taiz. Desde allí, sus columnas avanzaron hacia el sur, tomando la localidad de Dubap y la base militar de la brigada Al-Omari, hasta situarse a apenas 30 kilómetros del estrecho de Bab-el-Mandeb. En paralelo, incursiones marítimas ocuparon las islas de Zucar y de Mayun (también referida como isla de Mayo o Perim), ubicadas directamente en la boca del estrecho. Durante la retirada enemiga, las fuerzas de Ansarolá incautaron parques enteros de vehículos blindados —incluidos modelos estadounidenses MATV entregados a las fuerzas afines a Riad— y extendieron su empuje hacia Taiz y las inmediaciones de Marib.

El propio mando militar de Ansarolá bautizó esta contraofensiva con el nombre de «Dios es más poderoso y más severo en el castigo», según anunció el portavoz Yahya Saree. Durante el avance, sus tropas liberaron a combatientes retenidos durante años como prisioneros de guerra y abrieron las instalaciones penitenciarias locales de Moca. El propio mando atribuyó la velocidad de la operación a la «importante participación del pueblo y las tribus libres», integradas directamente en la vanguardia de la ofensiva.

Detalle de la avanzada de Ansarolá (en el mapa identificados bajo nombre «Houthi») en septiembre de 2026.

Bab-el-Mandeb bajo control hutí: el segundo cuello de botella del Eje de la Resistencia

La consecuencia geopolítica de mayor alcance de esta ofensiva es la toma del estrecho de Bab-el-Mandeb, cuello de botella por el que transita aproximadamente nada menos que el 12% del comercio mundial en ruta hacia el canal de Suez. Las autoridades de Ansarolá anunciaron que la navegación marítima se mantiene abierta y segura para la mayoría de las navieras internacionales, pero impusieron un bloqueo estricto a los buques de bandera saudí o vinculados a sus adversarios, extendido también a intereses de Estados Unidos e Israel.

Al sumar el control de Bab-el-Mandeb al dominio que Irán ejerce sobre el estrecho de Ormuz, el Eje de la Resistencia pasa a controlar dos de los puntos marítimos y energéticos más críticos del planeta, alterando de forma severa el equilibrio de poder en Asia Occidental. La isla de Mayun cumple en este esquema una función de tapón: al combinarse con la toma de la franja costera de Dubap y el puerto de Moca, su ocupación otorga a Ansarolá capacidad de interdicción y supervisión directa sobre el tráfico naval que transita hacia o desde Suez y el Mediterráneo.

Por qué colapsaron las defensas gubernamentales

El derrumbe de las líneas progubernamentales en la costa occidental respondió a una combinación de factores tácticos, geográficos, de moral combativa y de apoyo externo.

En primer lugar, buena parte de las tropas desplegadas en el frente costero estaba compuesta por separatistas del sur y milicias locales anteriormente financiadas por Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Tras la retirada del respaldo emiratí por diferencias con el gobierno saudí, estos combatientes —que operaban lejos de sus territorios de origen y que en su mayoría luchaban a cambio de un pago em dinero y no por convicción ideológica— quedaron desmotivados, lo que desató rendiciones masivas y repliegues precipitados.

En segundo lugar, la geografía jugó a favor del avance de Ansarolá: la franja costera entre Al-Hudaida y Moca es una llanura desértica sin barreras montañosas ni núcleos urbanos defensivos, lo que permitió un despliegue motorizado sumamente rápido una vez rotas las primeras líneas. Este contraste es determinante para comprender el conflicto: mientras la costa se convirtió en una ofensiva de movilidad relámpago sobre terreno llano y desprotegido, el interior montañoso alrededor de Saná —bastión histórico de Ansarolá— impone una guerra de desgaste y emboscadas, donde cada desfiladero exige operaciones prolongadas y donde los avances gubernamentales, incluso con apoyo aéreo masivo, resultaron siempre lentos y disputados.

En tercer lugar, la cobertura aérea saudí falló en un momento decisivo: las fuerzas gubernamentales dependían del uso masivo de drones y de la aviación de Riad, pero lluvias e inestabilidad climática en la zona afectaron la operatividad de las aeronaves no tripuladas. Pese a que la aviación saudí realizó decenas de bombardeos, estos no lograron frenar el empuje terrestre.

Por otra parte, informes citados en los reportes de la ofensiva señalan que esta contó con planificación, inteligencia y orientación táctica directa de oficiales de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, quienes instaron específicamente a Ansarolá tomar el control del puerto de Moca para asegurar la franja costera, y que además proporcionaron equipamiento, respaldo estratégico y compromiso de financiamiento adicional.

Finalmente, ante la velocidad del avance, las unidades gubernamentales abandonaron apresuradamente posiciones y depósitos de armas, lo que permitió a Ansarolá incautar arsenales enteros y parques de vehículos blindados estadounidenses prácticamente nuevos, que fueron utilizados de inmediato para potenciar la propia ofensiva.

Moral de combate contra mercenarios: la diferencia cualitativa

La moral de combate y la convicción ideológica constituyeron un factor cualitativo determinante. Gran parte de los combatientes desplegados por el bando del gobierno oficial en la costa occidental pertenecía a unidades separatistas del sur anteriormente respaldadas por Emiratos Árabes Unidos, o a mercenarios financiados por la coalición saudí, como las tropas de Tariq Saleh. Al combatir principalmente por un sueldo en regiones lejanas a sus lugares de origen, carecían de incentivo para sostener una resistencia a ultranza. En contraste, las milicias de Ansarolá cuentan con una elevada moral y un fuerte convencimiento ideológico y de liberación nacional y lucha antiimperialissta, factor que incrementó notablemente su eficacia en la ofensiva y que les permitió mantener la iniciativa pese a enfrentar un poderío material muy superior.

El botín: Oshkosh capturados y arsenales que Riad tuvo que bombardear

Durante el repliegue de las fuerzas gubernamentales, Ansarolá capturó arsenales enteros y parques de vehículos blindados prácticamente intactos. Entre el material incautado destacan los vehículos blindados Oshkosh MATV, diseñados en Estados Unidos como reemplazo del Humvee y entregados por Arabia Saudita a sus fuerzas afines. El propio jefe de Ansarolá Mohamed Ali Al-Houthi fue grabado conduciendo uno de estos blindados capturados en la ciudad de Al-Jarrai. A ello se sumaron lotes completos de vehículos de transporte cedidos anteriormente por la coalición, incluidos convoyes originalmente provistos por Emiratos Árabes Unidos a las brigadas del sur y depósitos militares enteros en Moca y otras posiciones costeras, repletos de munición, granadas, cohetes y equipamiento abandonado a toda prisa.

El abandono de pertrechos fue de tal magnitud que la propia aviación saudí tuvo que bombardear sus propios arsenales y depósitos de armas dejados atrás por sus aliados en retirada, para evitar que Ansarolá los utilizara. Gran parte de este armamento y de los blindados modernos capturados está siendo integrado de inmediato por Ansarolá para remolcar suministros y potenciar sus operaciones en otros frentes.

Taiz semicercada y Marib bajo amenaza de pinza

En los frentes del interior, la ofensiva alteró de forma significativa la situación táctica en dos ciudades clave. En Taiz, uno de los objetivos centrales de la ofensiva hacia Moca fue precisamente cortar la carretera que conecta el puerto con la ciudad, aislándola de su principal vía de abastecimiento. Tras expulsar de las zonas occidentales de la gobernación a las fuerzas de Tariq Saleh, Ansarolá consolidó posiciones alrededor de la urbe, que alberga a más de un millón de habitantes y ha quedado en una situación de semicerco, donde las fuerzas hutíes buscan estrangular sus defensas sin necesidad de enfrascarse de inmediato en un combate urbano directo.

Marib, la segunda ciudad más relevante del país y capital administrativa de facto del gobierno reconocido, concentra además la mayor parte de los campos petrolíferos y recursos hidrocarburíferos de Yemen: su control representa la principal fuente de ingresos energéticos para cualquier facción en pugna. Aprovechando el desconcierto tras la caída de la costa, Ansarolá ejecutó una maniobra de pinza sobre la ciudad, avanzando simultáneamente desde el norte y el oeste, lo que provocó reportes de huida y retirada apresurada de las tropas gubernamentales para evitar quedar atrapadas. En sectores colindantes como Al-Jawf y Al-Baidha, las fuerzas gubernamentales intentaron sostener contraataques puntuales para frenar la presión, aunque la maniobra sobre Marib amenaza con desbaratar también esa línea defensiva. Si Ansarolá logra consolidar el control de los campos energéticos de Marib y sumarlo al dominio ya alcanzado sobre la costa del mar Rojo y Bab-el-Mandeb, la pérdida de este bastión situaría al régimen pro-saudí al borde de un colapso definitivo, inclinando la balanza de la guerra de forma prácticamente irreversible a favor de Saná.

La fractura entre Riad y Abu Dabi: una coalición que se devoró a sí misma

Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos entraron formalmente al conflicto en marzo de 2015 como los dos pilares de la coalición militar internacional sostenedora del gobierno oficialmente reconocido a nivel internacional y en sistema ONU. Pese a compartir el objetivo declarado de revertir la revolución de Ansarolá, ambos gobiernos respaldaron desde el inicio a facciones locales con agendas contrapuestas: Riad sostuvo al gobierno internacionalmente reconocido y al Consejo de Liderazgo Presidencial, mientras Abu Dabi financió, armó y entrenó a los grupos separatistas e independentistas del sur de Yemen.

Esta divergencia no se limitó a Yemen: la pugna por esferas de influencia entre ambas potencias del Golfo se extiende también a Sudán, el Cuerno de África y el conjunto de Asia Occidental. Las fricciones llegaron a un punto crítico cuando la aviación saudí atacó un cargamento de vehículos blindados emiratíes destinados a los separatistas del sur. Como consecuencia de este choque directo y de las presiones saudíes para limitar la influencia de su socio, Emiratos Árabes Unidos decidió retirar formalmente sus tropas de Yemen, dejando aisladas a las milicias sureñas.

Esa retirada tuvo un impacto determinante en la desestabilización del bando gubernamental. Rompió la cohesión y la sensación de fuerza que aportaba la alianza entre las milicias del sur y los efectivos pro-saudíes; aunque el gobierno central confiaba en que las fuerzas sureñas ofrecerían una dura resistencia frente a Ansarolá, los combatientes, desmotivados y lejos de sus provincias de origen, protagonizaron rendiciones masivas y huidas precipitadas, perdiendo convoyes y blindados provistos originalmente por Emiratos Árabes Unidos. El repliegue emiratí permitió, además, que el gobierno de Arabia Saudita se impusiera en la pugna interna, desplazando a la facción pro-emiratí y sustituyendo a los dirigentes que el gobierno emiratí había colocado en el esquema de poder por figuras afines al saudí. La debacle militar acentuó las fracturas internas hasta el punto de que, durante la retirada, columnas de tropas pro-saudíes en fuga que intentaron buscar refugio en ciudades bajo control de milicias pro-emiratíes fueron rechazadas, lo que derivó en combates armados directos entre ambos grupos aliados.

Riad responde: bombardeos, asesores estadounidenses y un pacto de la Meca que nadie honra

La respuesta militar de Arabia Saudita se articuló en el ámbito táctico, en la gestión diplomática con sus aliados y en la contención del impacto económico sobre su propia infraestructura. En el terreno militar, el gobierno de Arabia Saudita recurrió de forma intensiva a su aviación de combate —cazas F-15, F-16 y F-35—, llegando a registrar hasta 64 bombardeos en un periodo de solo 24 horas para intentar frenar la columna de Ansarolá, sin lograr detener la penetración terrestre en las llanuras costeras. La magnitud del desbande obligó a la aviación saudí a bombardear sus propios arsenales y bases militares abandonadas para evitar que cayeran intactos en manos de Ansarolá, además de mantener un estricto bloqueo aéreo que incluyó ataques contra el aeropuerto de Saná para impedir el aterrizaje de vuelos diplomáticos o de apoyo procedentes desde Irán.

En el plano diplomático, el régimen dinástico de la casa de los Saud que gobierna Arabia Saudita ha contado con la presencia de la conducción del Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) y de aproximadamente 200 asesores militares estadounidenses instalados en la capital saudí para evaluar alternativas tácticas. Arabia Saudita buscó además consolidar un marco defensivo tripartito mediante los llamados Acuerdos de la Meca, junto a Turquía y Pakistán —una ampliación de un tratado de seguridad mutua preexistente entre Riad e Islamabad, que contempla una cláusula de asistencia recíproca ante agresiones externas—. Sin embargo, tras los ataques de Ansarolá contra infraestructuras estratégicas saudíes, Pakistán declaró públicamente que no tiene intención de involucrarse militarmente en la contienda yemení.

Las razones de este rechazo son elocuentes. Pakistán mantiene intereses estratégicos y económicos con Irán que no está dispuesto a fracturar, estando ambos países integrados en bloques como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái; intervenir contra un aliado iraní como Ansarolá pondría en riesgo esa relación. A esto se suma que la reactivación de los ataques se percibe en la región como consecuencia de acciones previas del propio gobierno de Arabia Saudita —como los bombardeos saudíes al aeropuerto de Saná en julio— y no como una agresión no provocada, lo que debilita cualquier invocación de la cláusula de ayuda mutua de tal acuerdo de cooperación militar. Turquía, por su parte, está enfocada en consolidar su propia esfera de influencia en frentes más cercanos a sus intereses inmediatos, como Siria y el Mediterráneo oriental, y carece de incentivos para desgastar recursos militares en Yemen a favor de las tropas sostenidas por el gobierno de Arabia Saudita. El gobierno turco, además, ha venido recibiendo cada vez más explícitas e intensas amenazas por parte de la entidad sionista israelí, lo cual pone en entredicho o al menos en cierta tensión su participación en la OTAN, habida cuenta del sostenido apoyo de Estados Unidos, cabeza y mando de la OTAN, hacia el “Estado de Israel”.

La Fuerza Quds y la doctrina de Soleimani

Los reportes sobre la ofensiva de septiembre coinciden en señalar el papel de asesoría, inteligencia y planificación estratégica que desempeñó la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. Su intervención abarcó la planificación del rápido avance a lo largo de la costa, el suministro de inteligencia sobre las posiciones enemigas, la orientación táctica directa a los mandos hutíes en el terreno, la fijación de Moca como objetivo estratégico prioritario y la provisión de equipamiento y promesas de financiamiento adicional.

Las fuerzas de Ansarolá aplican, además, la doctrina militar desarrollada históricamente por estrategas del Eje de la Resistencia como el general iraní Qasem Soleimani, adaptada de manera flexible a las particularidades geográficas y tribales de Yemen. A diferencia de ejércitos convencionales que aplican tácticas de asedio prolongado y desgaste continuo —como hace Rusia en Ucrania—, Ansarolá carece de recursos para sostener guerras de desgaste largas, por lo que prioriza ataques relámpago, movimientos de pinza y alta velocidad de avance para desbordar las líneas enemigas. Sus combatientes tienen su raíz histórica en la guerra de guerrillas de montaña, pero han evolucionado incorporando armamento asimétrico de alto impacto —misiles antibuque, drones de bajo coste, asaltos anfibios con lanchas rápidas— que neutraliza la superioridad tecnológica de potencias como Estados Unidos o Arabia Saudita, combinado con logística ligera y vehículos civiles artillados que complementan capturando arsenales y blindados enemigos abandonados en retiradas precipitadas.

La coordinación entre Ansarolá y el Eje de la Resistencia —que integra a Irán, Hezbolá en el Líbano y milicias chiítas en Irak y Siria— se despliega en los planos político, táctico y doctrinal. Las autoridades hutíes señalan abiertamente que forman parte del eje y que mantienen una coordinación permanente respecto al papel que asume cada parte en la región, definiendo sus acciones dentro de una estrategia común frente a Estados Unidos e Israel. Esa articulación incluye la protección de intereses compartidos, como impedir que el mar Rojo sea utilizado como plataforma para lanzar agresiones contra la República Islámica de Irán, sincronizando la presencia de Ansarolá en Bab-el-Mandeb con el control iraní sobre Ormuz para presionar a sus adversarios en momentos de escalada regional.

Estados Unidos e Israel: patrocinio, ataques directos y el proyecto del «Gran Israel»

El rol de Estados Unidos en el conflicto yemení abarca desde la orquestación política de la coalición hasta la confrontación armada directa. Washington respaldó y orquestó desde marzo de 2015 la ofensiva y el asedio militar liderado por Arabia Saudita, entregó parques de armamento y blindados, y mantiene en Riad —la capital saudí— la presencia del CENTCOM junto a unos 200 asesores militares. Además de ese respaldo, ha ejecutado campañas directas de bombardeos contra infraestructura yemení y liderado coaliciones marítimas junto a aliados occidentales para intentar frenar las operaciones de Ansarolá en el mar Rojo. Portavoces de Ansarolá afirman que sus tropas han logrado derribar aviones y drones estadounidenses y forzar el repliegue de buques de la flota norteamericana; tras la intervención directa de Washington, los buques y activos militares de Estados Unidos pasaron a ser catalogados como objetivos directos de los ataques de Ansarolá. Desde la perspectiva de Saná, Estados Unidos utiliza a Arabia Saudita y a Emiratos Árabes Unidos como herramientas a las que concede margen de actuación para perseguir intereses tácticos dentro de un proyecto más amplio de control e intervención sobre la región.

Israel, por su parte, ha llevado a cabo bombardeos directos contra puertos, instalaciones energéticas e infraestructuras civiles en territorio yemení. En respuesta a las operaciones sobre Gaza, Ansarolá convirtió a la entidad sionista en objetivo directo, lanzando ataques con misiles y drones contra puertos como el de Eilat e imponiendo un bloqueo naval selectivo en el mar Rojo a todos los buques de bandera o propiedad israelí. Se reporta además que Israel ha buscado establecer presencia militar y bases en territorios como Somalilandia para utilizarlos como plataforma de ataque e inteligencia contra Yemen y controlar el acceso al mar Rojo. Las autoridades hutíes vinculan estas acciones con un proyecto de reconfiguración regional conocido como el «Gran Israel», respaldado por Washington, al que caracterizan como una amenaza que se extiende sobre Yemen, Palestina, Líbano, Siria e Irán.

El golpe al petróleo: Aramco, Yanbu y el crudo a 105 dólares

La ofensiva de Ansarolá sobre la costa occidental golpeó también el corazón económico del reino saudí, ejecutando lanzamientos de misiles y acciones cinéticas contra instalaciones clave de la petrolera estatal Aramco, alcanzando refinerías, parques de tanques y depósitos de combustible en localidades como Hazam, Yizan y el puerto petrolero de Yanbu. El objetivo más crítico de esta campaña fue el entorno de Yanbu y la red de oleoductos que conecta las zonas de producción con esa terminal en el mar Rojo: es la vía que utiliza Riad, a través del oleoducto transcontinental Este-Oeste —capaz de mover hasta 5 millones de barriles diarios—, para esquivar un eventual bloqueo en el estrecho de Ormuz. Al dirigir sus ataques contra esa infraestructura y al imponer simultáneamente el veto de navegación a los petroleros de bandera saudí en Bab-el-Mandeb, Ansarolá busca neutralizar por completo esa alternativa logística.

Los efectos en los mercados fueron inmediatos: las cotizaciones del petróleo en el mercado de futuros se elevaron hasta los 104 y 105 dólares por barril. Las propias autoridades yemeníes señalaron que la escalada regional provoca un encarecimiento de los precios globales de la energía. En una vía marítima por la que transita cerca del 12% del comercio global, la amenaza de nuevos ataques hace que aseguradoras y armadores se nieguen a asumir los riesgos sin exigir primas elevadísimas. El impacto acumulado sobre las operaciones petroleras redujo la producción saudí a niveles comparables a los de 1990 —en medio de la inestabilidad de entonces por la Guerra del Golfo desatada por el gobierno de Estados Unidos contra Irak por su intento de anexión de Kuwait— colocando al reino saudí en una posición de alta vulnerabilidad económica y financiera, con un efecto inflacionario que se traslada al resto de la economía global a través del precio de los carburantes, los fletes y, en última instancia, de los alimentos.

Ante este escenario, a Arabia Saudita le quedan pocas alternativas logísticas viables. La terminal de Yizan, al norte de Yemen, está directamente expuesta por su proximidad a la zona de conflicto. La ruta hacia el norte por Suez implica el costoso trasbordo de crudo entre buques que ya se mencionó. Y la dependencia del estrecho de Ormuz —paso estratégico bajo la influencia efectiva de Irán dentro del Eje de la Resistencia— cierra el círculo: cualquier salida que el gobierno saudí intente termina, de una forma u otra, bajo la sombra de las combativas resistencias de los gobiernos y pueblos de Irán y Ansarolá.

Geografía, tribus y confesión: las claves profundas del avance

El bastión principal de Ansarolá se concentra en las regiones montañosas del interior alrededor de Saná, territorio predominantemente chiíta, mientras las llanuras litorales y los sectores desérticos son de mayoría suní. Aunque en los mapas las zonas suníes parecen abarcar más espacio, la densidad demográfica de las montañas es muy superior a la de las áreas desérticas, por lo que la población chiíta y habitante en los territorios controlados por Ansarolá es proporcionalmente muy elevada. Esta división territorial y confesional constituye una barrera difícil de conjugar a la hora de consolidar un gobierno unificado en zonas sin arraigo previo.

Sin embargo, las identidades tribales atraviesan y en ocasiones diluyen esa frontera religiosa. Agrupaciones como los Jasí, los Currá, los Aní o los Saranic comparten lazos étnicos y familiares entre sus miembros, aunque en la práctica se dividan entre suníes y chiítas. Esa coincidencia tribal facilita que algunas comunidades suníes acepten o se rindan con mayor facilidad ante la llegada de las tropas de Saná, y explica en parte la velocidad con la que Ansarolá pudo avanzar sobre territorio que, en el papel, le era religiosamente ajeno. La estructura tribal está directamente presente en el frente: Ansarolá integra la participación de «tribus libres» y sectores populares nutridos por la cultura guerrera de las montañas, mientras el gobierno reconocido oficialmente ha intentado estructurar contraataques apoyándose en milicias tribales progubernamentales financiadas por Riad, con resultados dispares y en general poco efectivos.

Ansarolá se explica a sí misma: revolución, movimiento popular e internacionalismo

Las autoridades de Saná sitúan el origen de su legitimidad en el levantamiento popular del 21 de septiembre de 2014, motivado por el colapso económico y por lo que definen como décadas de subordinación de Yemen como «patio trasero» de Arabia Saudita. Sostienen que aquel proceso desembocó en un acuerdo de transición de poder compartido bajo marco de Naciones Unidas, el cual, afirman, fue dinamitado por Estados Unidos y Riad para dar paso a la ofensiva militar extranjera de marzo de 2015. Según sus representantes diplomáticos, Ansarolá no se concibe a sí misma como un partido político tradicional ni como una élite gobernante, sino como un movimiento popular de base en el que las instituciones del Estado y el liderazgo político operan en sincronía con la población.

Su discurso hacia el exterior se articula en torno a cuatro ejes. Primero, la pertenencia explícita al Eje de la Resistencia: se declaran abiertamente no neutrales y parte activa de una batalla regional defensiva, con coordinación permanente junto a Irán, el Líbano y las fuerzas palestinas, encuadrando la confrontación como respuesta al proyecto de Washington y Tel Aviv para la reconfiguración de la región y el establecimiento del «Gran Israel». Segundo, un discurso específico sobre la navegación en el mar Rojo: la cancillería de Ansarolá sostiene que sus operaciones en Bab-el-Mandeb no pretenden cerrar el comercio global, limitando sus objetivos exclusivamente a buques vinculados a Israel, Estados Unidos y el Reino Unido para forzar el cese de los ataques en Gaza, y se declaran dispuestos a cooperar con cualquier potencia interesada en preservar la seguridad marítima, siempre que se evite que el mar Rojo sea usado como plataforma de agresión contra países de la región.

Tercero, una solidaridad internacionalista que excede Asia Occidental: la sociedad y el liderazgo de Saná organizaron movilizaciones públicas de apoyo explícito a Venezuela tras las acciones militares estadounidenses de enero de 2026 dirigidas contra el presidente Nicolás Maduro, y valoran positivamente la postura del gobierno y la sociedad españoles respecto a Palestina, su rechazo a las agresiones contra Irán y su posición ante Venezuela, calificándola de «avanzada y humanitaria», con un llamado explícito a Europa a resistir las presiones y la «arrogancia política» proveniente de Estados Unidos y la OTAN. 

Cuarto, una caracterización sin matices de sus rivales regionales: Ansarolá define a Arabia Saudita y a Emiratos Árabes Unidos como meras herramientas que actúan bajo la supervisión y los intereses tácticos y estratégicos de Washington y Tel Aviv, y señala como hecho inédito que los dirigentes del Consejo de Liderazgo Presidencial hayan debido prestar sus juramentos constitucionales en la capital de otro país, Riad, desde donde la Casa de los Saud gobierna el extenso y heterogéneo territorio de Arabia Saudita.

El simbolismo también forma parte de la ofensiva: durante la toma de territorio, las unidades de élite de Saná retiran los logotipos de los vehículos y blindados capturados a las fuerzas pro-saudíes para colocar en su lugar las imágenes de sus líderes y de sus mártires.

La respuesta de Saná en el aire: derribos, represalias y desgaste antieconómico

Frente a los bombardeos de la coalición, Ansarolá ha desarrollado y fortalecido capacidades para interceptar y derribar drones —incluidos los de fabricación saudí— así como aeronaves estadounidenses, habiendo forzado en ocasiones el repliegue de cazas como los F-18. Bajo el principio declarado de responder «asedio por asedio» y «escalada por otra escalada», contestan a las campañas de bombardeo lanzando misiles y drones contra bases militares e infraestructuras energéticas saudíes, incluidas las refinerías y depósitos de Aramco. Su estrategia explota además una asimetría de costos: emplean cohetes y drones de bajo costo para obligar a Estados Unidos y sus aliados a agotar interceptores y misiles antiaéreos de millones de dólares —como los sistemas Patriot—, haciendo que la defensa frente a sus ataques resulte antieconómica e insostenible en el tiempo. Pese a que la coalición ha llegado a registrar más de 60 bombardeos en 24 horas, estos ataques han resultado ineficaces para frenar las ofensivas terrestres de Ansarolá, que aprovecha tácticamente cualquier ventana en la que la cobertura aérea se ve dificultada —por ejemplo, por lluvias que entorpecen el vuelo de los drones— para avanzar en terreno llano y capturar posiciones o arsenales abandonados.

Frente a esta situación, Estados Unidos y sus aliados evalúan y ejecutan diversas medidas de contención. Además del despliegue de CENTCOM y sus 200 asesores en Riad, Washington ha liderado coaliciones militares ad hoc junto al Reino Unido y aliados occidentales y regionales —como Países Bajos y Baréin— para ejecutar bombardeos directos contra posiciones e infraestructuras yemeníes en nombre de la protección de la navegación comercial. Riad, por su parte, ha solicitado de manera persistente una mayor involucración militar directa de Washington. Ante la vulnerabilidad de las instalaciones de la coalición en la región —que incluyen daños en bases de Baréin y ataques en Jordania—, las fuerzas navales y aéreas occidentales han debido replegarse o evaluar posiciones más alejadas, como Chipre, además de explorar el establecimiento de presencia militar en Somalilandia para vigilar el acceso al mar Rojo. Las propias potencias occidentales enfrentan, sin embargo, un problema de sostenibilidad: el uso continuo de sistemas interceptores de alta tecnología contra drones y proyectiles de bajo costo resulta antieconómico y agota aceleradamente sus reservas de defensa antiaérea, que han venido y están siendo altamente ocupados en Ucrania y en la guerra contra Irán, con una reposición notablemente más lenta que su utilizaciòn en estos intentos frentes de guerra.

El mapa que queda: Saná domina la costa, Adén se repliega al sur y al desierto

Tras el avance de septiembre, el país queda fracturado entre dos ejes claramente delimitados. El eje de Saná gobierna desde la capital histórica y mantiene el control de las regiones montañosas y occidentales del país, donde reside la inmensa mayoría de la población yemení; domina además la franja costera del mar Rojo a través del puerto de Al-Hudaida, al que ahora suma el puerto de Moca, la localidad de Dubap, la base de Al-Omari, el centro administrativo de Al-Sucaira y las islas de Mayun y Zucar en el estrecho de Bab-el-Mandeb. 

El eje de Adén, por su parte, mantiene su capital provisional en la ciudad portuaria homónima —aunque la mayoría de sus operaciones políticas se coordinan desde Riad—, controla las gobernaciones del sur y del este del país, con amplias extensiones desérticas y menor densidad poblacional, y retiene las áreas ricas en campos petrolíferos del interior, así como posiciones disputadas en Marib y sectores orientales de Taiz.

En síntesis, Yemen queda dividido entre un eje de Saná que controla las montañas del norte, la mayor parte de la población y la totalidad de la franja costera del mar Rojo hasta el estrecho, y un eje de Adén restringido al litoral del golfo de Adén y a las cuencas energéticas y desérticas del oriente del país.

La factura humana de la ofensiva

La intensificación del conflicto ha tenido un costo directo y severo sobre la población civil. En medio de la respuesta aérea de la coalición durante la ofensiva de septiembre se registró la muerte de al menos 83 civiles, entre ellos cuatro niños. Los rápidos cambios de control político y militar en la costa occidental y en localidades como Moca han dejado a la población local ante el riesgo inminente de escasez de alimentos, medicinas y productos de primera necesidad. Los ataques y las restricciones sobre puntos de acceso clave, como los puertos de Hodeida y la terminal de Ras Isa, han deteriorado de forma continua la infraestructura civil y energética del país, frenando el suministro de recursos indispensables para la vida cotidiana. Esta nueva escalada se suma así a una crisis de gran escala forjada por años de asedio, bombardeos e intervenciones externas, que mantiene a Yemen en una situación de escasez extrema de combustible, medicinas y alimentos.


Once años de guerra patrocinada desde Washington y ejecutada por Riad no lograron doblegar a Ansarolá y su gobierno con centro en Saná: la consolidaron. Hoy, con Bab-el-Mandeb bajo su control y sumado al dominio iraní sobre Ormuz, el Eje de la Resistencia sostiene en sus manos dos de las arterias energéticas más decisivas del planeta, mientras la coalición que debía aplastar la revolución de 2014 se fractura desde adentro y contempla, impotente, cómo sus propios blindados y armamento estadounidenses desfilan hoy bajo las banderas de Saná.


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