«La próxima guerra contra China» (2016): el documental de John Pilger que expone el lazo militar que Washington teje alrededor de la República Popular China

John Pilger, uno de los periodistas de investigación más incisivos del mundo anglosajón, dedicó dos años a recorrer el Pacífico para documentar algo que la prensa occidental prefiere no nombrar: que Estados Unidos ya se prepara, con presupuesto, tecnología y despliegue territorial, para una guerra contra China. El resultado, estrenado en 2016, es The Coming War on China, un largometraje que no busca advertir sobre un futuro hipotético sino registrar un presente ya en marcha. Pilger recorre las Islas Marshall, Okinawa, la isla surcoreana de Jeju y las nuevas islas artificiales del Mar de China Meridional para construir una tesis incómoda: el mayor peligro de guerra nuclear del siglo no proviene de Pekín, sino del cerco que Washington ha instalado en torno suyo bajo el eufemismo del «pivot to Asia». El «conejillo de indias» del Pacífico, el opio que financió Harvard y el invierno nuclear que nadie en el Pentágono quiere discutir: la investigación del periodista australiano desnuda la maquinaria imperial detrás del «giro hacia Asia»–
El lazo: cómo Washington rodeó a China con más de 400 bases militares
El eje argumental del documental es lo que Pilger denomina «el lazo» (the perfect noose): una red de más de 400 instalaciones militares estadounidenses que, desde Australia hasta Japón y Corea del Sur, rodean el territorio chino con misiles, bombarderos y buques de guerra. Esta arquitectura se aceleró a partir del «giro hacia Asia» anunciado durante la administración de Barack Obama, cuando Washington decidió trasladar la mayoría de sus fuerzas navales al Asia-Pacífico y comprometió billones de dólares en la modernización de su arsenal nuclear y en tecnología para la guerra espacial. El objetivo declarado por el propio Pentágono no es ambiguo: se trata del «dominio de espectro completo», doctrina diseñada en la década de 1990 bajo el nombre de Vision 2020, que aspira al control total de cinco dimensiones —tierra, mar, aire, ciberespacio y espacio exterior— y que encuentra en el proyecto de la Fuerza Aérea «Space Fence» (la «valla espacial») una de sus piezas más avanzadas, junto al desarrollo de cañones electromagnéticos descritos en el filme como armamento de «Guerra de las Galaxias».
Pilger recoge en el documental el testimonio de analistas que describen el «giro hacia Asia» como el intento de «poner una pistola cargada en la cabeza de China», una estrategia que no solo busca la contención militar sino la capacidad de bloquear las rutas de importación de petróleo y recursos de las que depende Pekín. El despliegue no siempre es visible: además de las grandes bases, el documental describe la existencia de instalaciones llamadas «lily pad» (hojas de loto), pequeñas, discretas, sin familias ni comodidades, que suelen camuflarse dentro de instalaciones de terceros países para operar lo que se define como un «ejército secreto» presente en 147 naciones, evitando así las acusaciones directas de imperialismo militar.
Las Islas Marshall: el laboratorio humano que Washington nunca reconoció
La sección más devastadora del documental está dedicada a las Islas Marshall, territorio donde Estados Unidos detonó, entre 1946 y 1958, el equivalente a una bomba de Hiroshima por día durante doce años. Pilger reconstruye a partir de documentos desclasificados la existencia del Proyecto 4.1, un programa que había comenzado como estudio sobre ratones y terminó convirtiendo a la población marshallesa en sujeto de experimentación humana sobre los efectos de la radiación. Según esos documentos, habitantes de las islas fueron inyectados con fluidos radiactivos o coaccionados para beberlos, y comunidades enteras fueron reasentadas prematuramente en atolones que las autoridades sabían contaminados, con el propósito explícito de observar cómo la radiación se absorbía a través de la cadena alimentaria. En el atolón de Rongelap, la población permaneció expuesta durante 28 años, sometida a exámenes científicos regulares.
El responsable médico del programa, el doctor Robert Connard, de los Laboratorios Nacionales de Brookhaven, llegó a escribir que la permanencia de esas personas en un entorno contaminado proporcionaría «los datos de radiación ecológica más valiosos que existen sobre seres humanos». El documental no reduce a Connard a una caricatura: muestra también su cercanía con las comunidades que estudiaba, los viajes que organizaba para examinarlas en Nueva York, las barbacoas compartidas, e incluso la tarjeta de pésame que firmó como «tu amigo Bob» cuando murió por envenenamiento radiactivo Leage, hijo de dieciocho años del alcalde de Rongelap, John Anjane. Esa cercanía personal, lejos de matizar la denuncia, la agrava: revela hasta qué punto la lógica experimental pudo convivir con vínculos afectivos sin que ello alterara el cálculo científico-militar.
Las consecuencias documentadas por Pilger son extensas: cáncer de tiroides, leucemia, abortos espontáneos y el nacimiento de criaturas que la población local llamó «bebés medusa». La activista y trabajadora de la salud Darlene Keju-Johnson describe en el filme a estos recién nacidos como seres sin forma humana ni estructura ósea, de colores extraños, que respiraban y se movían sobre la mesa de parto antes de morir. La contaminación del suelo, el agua y los alimentos —incluidos el pescado y los cocos— obligó a la población a depender de comida procesada importada, lo que explica que las Islas Marshall registren hoy la tasa de diabetes más alta del planeta.
El presente de las Islas Marshall que retrata el documental es el de un «apartheid» del Pacífico. En la capital, Majuro, miles de desplazados de Bikini y Rongelap viven en chabolas sin agua potable ni saneamiento. En la isla de Ebeye, más de 12.000 personas se hacinan en una franja de tierra de menos de una milla, en lo que el filme llama el «gueto del Pacífico», separado apenas por el mar del lujo del Sitio de Prueba Ronald Reagan, donde los marshalleses trabajan a diario cuidando jardines y campos de golf sin acceso a las instalaciones médicas o comodidades de la base. Bikini sigue siendo, décadas después, inadecuada para la vida humana, con contadores Geiger que registran niveles inseguros de radiación en el suelo, mientras la Fuerza Aérea estadounidense continúa utilizando el archipiélago como blanco de pruebas de misiles intercontinentales lanzados desde California, a 5.000 millas de distancia.
Pilger no deja pasar la ironía cultural que corona esta historia: el traje de baño bikini fue lanzado al mercado en 1946 por un diseñador francés precisamente para «celebrar» las explosiones nucleares en el atolón que le dio nombre. Mientras la industria de la moda promueve el «cuerpo de bikini» como símbolo de deseo y salud, las mujeres del atolón real son, según el documental, las más irradiadas del mundo.

T.Kambayashi, Fuente: Creative Commons.Okinawa: la «línea de frente» que Japón nunca eligió
El documental traslada luego su cámara a Okinawa, isla que concentra 32 instalaciones militares estadounidenses y que Pilger describe como la primera línea de una eventual guerra con China. La militarización actual tiene un origen que el filme rastrea hasta 1945, cuando la invasión estadounidense mató a un cuarto de la población civil de la isla, y hasta la década de 1950, cuando las tropas de ocupación ejecutaron la campaña conocida como «Bulldozers y Bayonetas»: la confiscación violenta de tierras agrícolas mediante excavadoras y bayonetas, con granjas incendiadas y ganado sacrificado para levantar las bases que hoy dividen el territorio con alambre de espino. Los propios habitantes describen ese episodio, ocurrido apenas una década después del fin de la guerra, como una «segunda invasión».
La convivencia con las bases ha dejado, según el documental, 44 accidentes de aeronaves militares, incluido el caso de un caza que se estrelló contra una escuela primaria, y un clima de temor renovado por el despliegue de los aviones híbridos Osprey, cuestionados por sus fallas de seguridad. A esto se suman episodios de violencia contra la población civil —el documental menciona la violación y el asesinato de una joven a manos de un contratista militar, hecho que desató protestas masivas— y una contaminación acústica tan intensa que, según se relata, impide a los profesores dictar clases en las escuelas cercanas a las bases.

Pilger recupera además un episodio ocultado durante décadas: en 1962, en el punto álgido de la crisis de los misiles en Cuba, Estados Unidos había instalado en secreto en Okinawa misiles Mace con capacidad nuclear, la mayoría de ellos apuntando no a la Unión Soviética sino a ciudades chinas como Pekín y Shanghái, además de Hong Kong y Pyongyang. Solo un misil estaba dirigido contra territorio ruso. En el momento más crítico de la crisis, las tripulaciones recibieron la orden de preparar y lanzar todos los misiles. Un oficial de guardia, sospechando que la orden era falsa, ordenó a dos hombres armados disparar contra cualquiera que intentara activarlos hasta que la situación se aclarara; minutos después llegó la contraorden de un mayor «muy nervioso» que detuvo el lanzamiento. Los propios protagonistas, entrevistados por Pilger, reconocen que estuvieron a segundos de «exterminar el planeta entero». El oficial que había emitido la orden inicial fue sometido a corte marcial y expulsado de la Fuerza Aérea; el sitio de lanzamiento es hoy, por obra de una organización budista, un museo de la paz.
Contra ese pasado y ese presente se levanta una resistencia civil que el documental retrata con particular fuerza en la figura de Fumiko Shimabakuro, sobreviviente de 87 años de la invasión de 1945, líder del movimiento no violento que enfrenta la construcción de una nueva base en la bahía de Henoko, sobre arrecifes de coral de extraordinaria belleza natural que sirvieron de refugio a los sobrevivientes de la guerra. El proyecto —parte de la expansión de la base de los Marines Camp Schwab— fue precisamente el eje de las elecciones de 2014 en Okinawa, en las que Takeshi Onaga ganó la gobernación por amplia mayoría prometiendo detener la construcción, promesa que el gobierno central japonés ha desoído hasta llevar el conflicto a los tribunales. El exgobernador Masahide Ota, por su parte, transformó su despacho en un archivo viviente de la resistencia, con el propósito declarado de que la comunidad internacional observe lo que Japón y Estados Unidos hacen en la isla y no permita que se sigan imponiendo bases militares por la fuerza.

Jeju: la misa diaria contra los destructores Aegis
En la isla surcoreana de Jeju, declarada Patrimonio de la Humanidad y bautizada por el propio gobierno de Corea del Sur como «isla de la paz mundial», el documental encuentra una de sus imágenes más elocuentes: una base naval construida para albergar destructores Aegis con sistemas de misiles apuntando al continente asiático, a menos de 400 millas de Shanghái. Durante nueve años, sacerdotes católicos han celebrado una misa diaria —a veces dos— frente a las puertas de la base para bloquear su acceso, bajo el liderazgo del padre Moon Jung-hyun, quien continúa al frente de la resistencia pese a haber sufrido heridas graves durante las protestas. A esa presencia católica se suman otras voces, como la de un cuáquero identificado como Mr. Oh y una artista conocida como «Wildflower», que sostienen sus manifestaciones incluso durante el embate de los tifones. Para los manifestantes de la aldea de Gangjeong, la base es la herramienta con la que Washington pretende actuar como «emperador del mundo», aislando a China y controlando el Pacífico entero.
La historia oculta: opio, exclusión racial y el «peligro amarillo»
Uno de los aportes más singulares del documental es su reconstrucción del origen financiero de buena parte de la élite política estadounidense contemporánea. Pilger documenta cómo las fortunas de familias como los Delano —antepasados de Franklin Delano Roosevelt— y los Forbes —ancestros del exsecretario de Estado John Kerry— se edificaron sobre el tráfico ilegal de opio en China durante el siglo XIX, bajo el eufemismo comercial de «comercio con China». Warren Delano, abuelo de FDR, fue el mayor traficante de opio estadounidense en el país asiático, superado únicamente por los británicos, y ese capital financió mansiones, yates y la educación de sus descendientes en las escuelas más exclusivas, mientras el origen narcótico del dinero quedaba camuflado en los museos bajo referencias al té y la seda. Ese mismo flujo de capital, señala el documental, contribuyó a financiar la Revolución Industrial estadounidense, la construcción de los primeros cinco ferrocarriles del país, ciudades industriales como Lowell, Massachusetts, y la fundación de universidades de la Ivy League, entre ellas Harvard, Yale, Princeton y Columbia.
El filme conecta ese pasado con la construcción propagandística del «peligro amarillo»: la figura de Fu Manchú fue utilizada para representar a la población china como una amenaza malvada, un imaginario que sirvió de sustento a la Ley de Exclusión China de 1882, que prohibió durante casi un siglo la entrada de ciudadanos chinos a Estados Unidos con el argumento explícito de que no se deseaba la competencia laboral de los trabajadores que habían llegado a construir los ferrocarriles y trabajar en las minas de oro. Pilger no deja pasar la contradicción: mientras Washington erigía la Estatua de la Libertad como símbolo de bienvenida universal, aprobaba una legislación que excluía nominalmente a un solo pueblo.
El ascenso de China y una respuesta que Washington se niega a leer
El documental dedica también un espacio considerable a examinar cómo responde China al cerco que la rodea. En el plano militar, Pekín ha impulsado un programa de recuperación de tierras en el Mar de China Meridional para construir islas artificiales con pistas de aterrizaje, advirtiendo a embarcaciones y aeronaves que se acerquen a esas zonas disputadas y desplegando cazas para interceptar destructores estadounidenses, en un esfuerzo por proteger las rutas comerciales de las que depende su abastecimiento energético. En el plano económico, China se ha convertido en la segunda potencia mundial y en la mayor nación comercial de la historia, sacando de la pobreza a millones de personas y generando más multimillonarios que Estados Unidos en los años recientes, con una diferencia estructural que el documental subraya: a diferencia del modelo estadounidense, donde el capital se impone sobre la autoridad política, en China el capital no se eleva por encima del Estado.
Pilger recoge además una lectura sobre el carácter defensivo de la estrategia china, que remonta a la construcción de la Gran Muralla —levantada, según se recuerda en el filme, para mantener fuera a los invasores y no para invadir a otros— y a los intentos, ya desde la época de Mao Zedong, de establecer una relación de cooperación con Washington que fue sistemáticamente rechazada por el gobierno estadounidense. El documental no idealiza, sin embargo, el modelo interno chino: registra el aumento de la desigualdad tras las reformas capitalistas, la discriminación laboral contra las mujeres —empresas privadas que se niegan a contratarlas en edad fértil o las despiden al quedar embarazadas para evitar pagar licencias de maternidad— y la persistencia de un control político estricto sobre la disidencia, ejemplificado en el caso del premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, aunque distingue ese control de la capacidad del Estado chino para modificar con rapidez sus políticas económicas ante huelgas y protestas regionales por tierras o salarios.
El invierno nuclear: la advertencia que el Pentágono se niega a escuchar
El documental cierra con una advertencia de orden climático que sostiene, en última instancia, toda su tesis política. Según los científicos consultados por Pilger, una sola ojiva nuclear de entre cuatro y cinco megatones detonada sobre una ciudad incendiaría instantáneamente entre 600 y 700 millas cuadradas, y en menos de media hora esos incendios se fundirían en una tormenta de fuego de la que no habría escape. El humo de carbono negro generado por la combustión de varias ciudades ascendería hasta la estratosfera, donde el calor solar lo convertiría en una suerte de colector que permanecería suspendido durante diez años o más, bloqueando la luz solar y provocando temperaturas bajo cero durante uno a tres años, con la consecuente imposibilidad de cultivar alimentos en cualquier parte del planeta. El resultado, advierten esos mismos científicos, sería la aniquilación de la especie humana. El documental señala que sus intentos de reunirse con la administración estadounidense para exponer estas conclusiones, respaldadas por estudios revisados por pares, han sido rechazados de manera reiterada, bajo el argumento de que las consecuencias ambientales de largo plazo pesan menos, en el cálculo militar, que los efectos inmediatos de un intercambio nuclear.
Frente a ese cálculo, Pilger no ofrece un desenlace institucional ni diplomático. La única fuerza capaz de torcer el rumbo, sostiene el documental, es la que él llama «la otra superpotencia»: la gente común que, al hablar y protestar —como los sacerdotes de Jeju, la anciana de Okinawa que sobrevivió a una invasión para enfrentar a otra, o los marshalleses que siguen exigiendo respuestas por el Proyecto 4.1— puede todavía impedir que el lazo termine de cerrarse.






