La narrativa falsa del «Holodomor»: la genealogía nazi, amarillista y de la CIA de un supuesto «genocidio» por hambruna provocada que no fue tal

Noventa años después de la hambruna de 1932-1933, entre otros lugares, en la República Socialista Soviética de Ucrania, la acusación de un exterminio deliberado contra el pueblo ucraniano sigue sin apoyarse en ni un solo documento fehaciente que pudiese indicar la supuesta voluntad genocida que se acusa al gobierno soviético, ni siquiera indicios de ello en la amplia documentación desclasificada tras la desintegración de la URSS. Al contrario: lo que se ha demostrado es que el gobierno de la Unión Soviética tomó medidas para remediar la grave situación alimentaria provocada por una combinación de factores para nada planificados: el atraso productivo que provocó hambrunas en esas regiones rusas desde el siglo X, factores climáticos, y la expansión de enfermedades. Lo que sí está documentado, con nombre, fecha y responsables, es el origen de este relato falsario: la propaganda del Tercer Reich, un fraude periodístico orquestado por William Randolph Hearst, la CIA, y una operación de reingeniería académica financiada en la Universidad de Harvard durante los años de Ronald Reagan. En esta nota desmontamos las mentiras, manipulaciones, y faltas de pruebas del supuesto «genocidio» por hambruna en la República Socialista Soviética de Ucrania, narrativa sistemáticamente difundida por los aparatos de propaganda anti comunista que han intentado e intentan hacer una distorsionada igualación entre la vocación genocida del Tercer Reich nazi fascista alemán y la Unión Soviética, a la vez que se ignoran u omiten genocidios por hambruna deliberada de parte de los regímenes colonialistas y capitalistas occidentales como la desatada por el gobierno del Imperio Británico de Winston Churchill en Bengala.
Cada año, a fines de noviembre, gobiernos occidentales y organismos internacionales conmemoran el «Holodomor» —»matar de hambre», en ucraniano— como uno de los grandes genocidios del siglo XX, equiparado en la retórica oficial del gobierno de Kiev y de buena parte de la Unión Europea al Holocausto de los nazis contra judíos, eslavos, soviéticos y comunistas en la Segunda Guerra Mundial. La tesis, popularizada por el historiador británico Robert Conquest y, más recientemente, por la historiadora estadounidense Anne Applebaum, sostiene que el gobierno encabezado por Iósif Stalin habría orquestado una hambruna artificial para exterminar deliberadamente a la población ucraniana y aplastar su nacionalismo. Es una acusación grave, incorporada como verdad de manual en buena parte de la prensa occidental. También es una acusación que, contrastada con el archivo histórico disponible, con la investigación periodística y con la historiografía crítica, incluso la abiertamente anticomunista, no resiste un escrutinio básico.
Un neologismo de la diáspora ucraniana en Norteamérica, no un concepto de la época
La primera grieta en el relato oficial está en el propio nombre. La palabra «Holodomor» no fue utilizada por nadie durante la hambruna de 1932-1933, ni por sus víctimas ni por sus administradores. Fue acuñada como neologismo político por la diáspora ucraniana asentada en Canadá durante los años 1970s, y popularizada masivamente recién en la década de 1980, coincidiendo con el cincuentenario del episodio. El objetivo, según reconstruye el periodista canadiense Douglas Tottle en Fraude, hambre y fascismo: el mito del genocidio ucraniano de Hitler a Harvard (1987), era construir un paralelismo deliberado con el Holocausto perpetrado por los nazis entre otros contra los judíos askenazíes. No bastaba con documentar una tragedia humana, había que dotarla de una identidad propia, de una carga espiritual y nacional equivalente al exterminio nazi, y de una cifra de víctimas capaz de disputarle al Holocausto su lugar en la memoria del siglo. El libro de Tottle —estructurado, no por casualidad, en tres partes que él mismo tituló «el fraude», «el hambre» y «el fascismo»— es hasta hoy el trabajo más citado por quienes cuestionan la genealogía del término.


De Hitler a Hearst: la genealogía fascista del relato del genocidio
La campaña que instaló en Occidente la idea de una hambruna genocida en Ucrania no nació de una investigación periodística ni académica. Nació en 1933, el mismo año en que el Partido Nazi llegó al poder en Alemania. Adolf Hitler necesitaba presentar a la Unión Soviética como un «monstruo» para justificar, ante la opinión pública alemana e internacional, la futura expansión hacia el este en busca del «espacio vital» (Lebensraum) que describía en “Mi Lucha” (Mein Kampf): las tierras fértiles de Ucrania. Joseph Goebbels, desde el ministerio de propaganda del Tercer Reich, promovió activamente la tesis de la «hambruna-genocidio» en Ucrania para movilizar a las potencias occidentales contra el comunismo y presentar de antemano a la futura invasión nazi como una misión libertadora.
El relevo hacia la prensa estadounidense lo tomó William Randolph Hearst, el magnate de la prensa amarillista y fundador de Hearst Communications, una multinacional de medios que incluye entre otros periódicos a entre ellos Los Angeles Examiner, The Boston American, The Atlanta Georgian, The Chicago Examiner, The Detroit Times, The Seattle Post-Intelligencer, The Washington Times, The Washington Herald y su periódico principal The San Francisco Examiner. Hearst tenía ya una fama ganada como inventor de manipulaciones y mentiras mediáticas: se le conoció la frase «usted suministra las imagenes, yo suministro la guerra» a propósito de la cobertura mediática falsaria para empujar a Estados Unidos a la entrada en guerra contra España, en 1898. Teniendo una activa participación política e integrante del Partido Demócrata, Hearst fue un ferviente opositor a las políticas de «New Deal» (Nuevo Trato) impulsadas por el gobierno de Franklin Delano Roosevelt, y tuvo durante los años 1930s una abierta simpatía por los nazis, y su lema «America First» («America Primero») sirvió para, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, designar a la campaña por la abstención de EEUU frente a la guerra, rechazando la participación estadounidense junto a los aliados contra el Tercer Reich nazi fascista. El lema será re apropiado recientemente por Donald Trump.
En el verano de 1934, Hearst viajó a Alemania y se entrevistó personalmente con Hitler y con Goebbels; a partir de ese encuentro, su agencia International News Service obtuvo un contrato por un millón de marcos anuales para proveer noticias internacionales al régimen nazi con carácter de exclusividad. Sus periódicos abrieron además sus páginas a columnistas de primera línea del fascismo europeo: Hermann Göring y Alfred Rosenberg escribieron para la cadena Hearst, y Benito Mussolini recibía de ella un pago semanal superior a su sueldo como jefe de Estado italiano. Con esos vínculos como telón de fondo, la cadena Hearst lanzó en febrero de 1935 —a través de decenas de portadas y notas como las del Chicago American— la campaña que instalaría en el imaginario estadounidense la imagen de una Ucrania devastada por un plan soviético de exterminio, en un contexto de Gran Depresión en el que, según documenta Tottle, el objetivo último era desalentar cualquier simpatía de la clase trabajadora estadounidense hacia el sistema soviético. A Hearst se le atribuye también, en ese mismo período, la difusión del falsario relato de un presunto canibalismo en la URSS, origen de la popularizada idea de que «los comunistas se comen a los niños».
El fraude de «Thomas Walker»: el supuesto testigo que nunca pisó Ucrania
La pieza central de esa campaña fue un supuesto corresponsal llamado Thomas Walker, presentado por Hearst como «notorio periodista, viajero y estudioso de los asuntos rusos». Su verdadera identidad era otra: se llamaba Robert Green, un convicto fugado de una prisión de Colorado, con un largo historial delictivo y varios alias a sus espaldas. Walker afirmaba haber recorrido Ucrania durante años y haber documentado la hambruna a lo largo de 1934. Los registros soviéticos de entrada y salida, sin embargo, revelaron que permaneció apenas trece días en territorio de la URSS: entró por la frontera polaco-bielorrusa, pasó cinco días en Moscú y de ahí tomó el tren transiberiano hacia Manchuria. Nunca puso un pie en Ucrania.
Fue el periodista estadounidense Louis Fischer quien, en 1935, desenmascaró el fraude desde las páginas de la revista The Nation. Fischer reconstruyó el itinerario real de Walker consultando a las propias autoridades soviéticas, cuestionó por qué había tardado diez meses en publicar una noticia de semejante magnitud, y expuso que las fotografías que ilustraban sus crónicas —niños famélicos, campos devastados, montañas de cadáveres— correspondían en realidad a la hambruna rusa de 1921-1922, ocurrida más de una década antes tras la guerra civil, o directamente a archivos de la Primera Guerra Mundial. Una de esas imágenes, la de un caballo muerto presentado como evidencia de la hambruna ucraniana, fue identificada como la fotografía de un soldado de caballería austrohúngaro junto a su montura durante la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial. Otras mostraban uniformes de la policía zarista. El departamento de arte de los periódicos de Hearst había recibido instrucciones explícitas de «resucitar» y «rejuvenecer» técnicamente esas fotografías viejas —re-fotografiándolas para que los grabados parecieran impresiones frescas de negativos nuevos— y de presentarlas como tomas recientes de la primavera de 1934, a pesar de que en varias de ellas los árboles mostraban hojas grandes, algo botánicamente imposible para esa estación en esa región.
Una de las imágenes más reproducidas, la del célebre «niño rana» —un menor deformado por la desnutrición—, ya había sido publicada un año antes en la prensa británica en un contexto completamente distinto; el fondo de la escena, supuestamente una cabaña campesina ucraniana, mostraba bancos de oficina y a una mujer vestida al estilo flapper, un detalle imposible para el escenario rural que se pretendía retratar. Arrestado después en Estados Unidos por fraude de pasaportes, el propio Robert Green confesó ante un tribunal que ni había escrito los artículos ni había tomado las fotografías; el texto y las imágenes no eran suyos.
Hearst, además, contaba con un corresponsal real y acreditado en Moscú, Lindsay Parrott, cuyos despachos describían para 1933 excelentes cosechas y una «enorme prosperidad» en la Unión Soviética tras las penurias del año anterior. Ninguno de esos informes fue publicado. No encajaban con la narrativa de «hambre-genocidio» que la cadena había decidido instalar por razones tanto ideológicas para demonizar al sistema soviético en plena Gran Depresión capitalista detonada en 1929, como comerciales, dado el acuerdo suscrito con el gobierno nazi alemán.


Sequías, hongos y sabotaje: lo que realmente devastó la cosecha de 1932
Frente al relato de un plan de exterminio, el archivo agronómico dibuja un cuadro distinto. Entre 1931 y 1932 la Unión Soviética atravesó una de las combinaciones climáticas más severas en trescientos años: sequías extremas en las cinco regiones básicas productoras de grano durante 1931, seguidas en 1932 por inundaciones y un exceso de humedad que, a su vez, favoreció la proliferación de enfermedades vegetales. El historiador estadounidense Mark Tauger, de la Universidad de Virginia Occidental, documentó en su artículo «Natural Disaster and Human Actions in the Soviet Famine of 1931-1933» que dos hongos —la roya, que tiñe de rojo las hojas del trigo, y el carbón o tizón— destruyeron cerca de nueve millones de toneladas de grano en 1932: un 13% de la cifra oficial de cosecha y casi un 20% de la estimación más baja hallada en los propios archivos soviéticos, que subestimaban sistemáticamente la magnitud del desastre. A esto se sumaron plagas de langostas y de roedores, y una desorganización tal en el proceso de recolección que, en diciembre de 1932, el gobierno soviéticodescubrió que buena parte del grano seguía enterrado bajo la nieve —en medio de una de las nevascas más intensas en tres siglos— sin haber sido cosechado.
Para Tauger, la conclusión es categórica: la combinación de estos desastres «agroambientales» tuvo una magnitud tal que hizo la hambruna prácticamente inevitable, con independencia de las decisiones del gobierno soviético. Su crítica apunta directamente contra historiadores como Robert Conquest y Anne Applebaum, a quienes acusa de minimizar u omitir sistemáticamente estos datos científicos para poder sostener la tesis de una hambruna íntegramente planificada.
A ese desastre natural se sumó un conflicto de clases abierto en el campo. Los kulaks, los campesinos ricos que basaban su riqueza en la explotación del campesinado pobre, se opusieron violentamente a la colectivización impulsada por el primer plan quinquenal. Su respuesta fue una política de tierra arrasada: quemaron sus propias cosechas y silos antes que entregarlos al Estado, enterraron y ocultaron excedentes de grano para especular con los precios, y sacrificaron más del 50% del ganado de tiro —caballos y bueyes— antes que verlo colectivizado, paralizando durante años la capacidad productiva del campo. Las fuentes documentan además destacamentos armados de kulaks que asesinaron a dirigentes del Partido, técnicos agrícolas y maestros rurales, y que incendiaron koljoses y ejecutaron a campesinos que se habían sumado voluntariamente a la colectivización. El Estado soviético respondió con la llamada «deskulakización»: cerca de cien mil familias fueron deportadas a Kazajistán y Siberia, y se impusieron requisiciones forzosas para evitar que la población urbana y el Ejército Rojo murieran de hambre por el acaparamiento.

El cerco comercial: la geopolítica detrás de las exportaciones de grano
Uno de los elementos menos citados por la historiografía del genocidio es el cerco financiero que las potencias occidentales ejercían sobre la URSS. Para financiar su industrialización acelerada, el gobierno soviético había contraído créditos con Alemania y Gran Bretaña, y las exportaciones de grano constituían casi su única fuente de divisas fuertes. Informes de la embajada británica en Moscú de 1931 advertían que un incumplimiento en los pagos desencadenaría el cese total de créditos futuros, la incautación de todos los barcos soviéticos en puertos extranjeros y la confiscación de cualquier propiedad soviética en el exterior; el propio canciller alemán Heinrich Brüning advirtió en 1932 que el crédito soviético quedaría «destruido de forma definitiva» si la URSS incumplía sus obligaciones. Francia y el Reino Unido, por su parte, condicionaron el alivio de sanciones a Alemania a que ésta abandonara sus negociaciones comerciales con Moscú, en un intento explícito de aislamiento económico forzado por los gobiernos occidentales.
Ese cerco explica por qué el gobierno soviético, en pleno pico de la hambruna, continuó exportando una cantidad mínima de grano —menos del 1% de la cosecha estimada durante el primer semestre de 1933— en lugar de suspender totalmente las ventas al exterior: hacerlo habría significado un colapso institucional y financiero, dejando al país desarmado justo cuando Japón ocupaba Manchuria y Hitler ascendía al poder en Alemania, ambas, tendencias claramente amenazantes para la integridad y soberanía de la Unión Soviética. Lejos de ser una prueba de indiferencia ante el hambre, el cerco comercial fue una estrategia imperialista diseñada para estrangular financieramente a la URSS y presionar la caída de su gobierno.
Lo que hizo el gobierno soviético frente a la crisis alimentaria
Un plan de exterminio deliberado es difícil de conciliar con la respuesta documentada del gobierno soviético central que intento paliar la crisis alimentaria en curso. Recordar que Ucrania era una de las repúblicas integrantes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Entre 1931 y 1933, el Politburó redujo entre ocho y nueve veces las cuotas de entrega de granos exigidas a Ucrania y otras regiones afectadas; en mayo de 1932 se adoptaron reformas que fijaron metas de recolección sensiblemente menores que las de años anteriores. El gobierno soviético devolvió a la agricultura un total estimado de 5,7 millones de toneladas de grano —2 millones provenientes de reservas estatales y 3,5 millones de lo ya recolectado— y, entre febrero y julio de 1933, Stalin firmó cerca de treinta y seis asignaciones de ayuda alimentaria de emergencia dirigidas al Cáucaso Norte, Ucrania y las tierras kazajas. En el primer semestre de 1933, la asistencia total enviada a las zonas afectadas superó el doble de todo lo que la URSS exportó en ese período; para el caso específico de Ucrania, la ayuda recibida fue un 60% superior al volumen exportado. A pesar de la escasez de divisas, Moscú realizó incluso compras clandestinas de grano y ganado en el extranjero para enviarlos a las zonas de hambruna.
El caso del escritor Mijaíl Shólojov ilustra el mecanismo de respuesta del centro gubernamental soviético. Cuando denunció por carta a Stalin los métodos brutales aplicados por funcionarios locales en el Cáucaso Norte, el Politburó desde Moscú concedió de inmediato setecientas toneladas de grano para su distrito y envió una comisión de investigación que confirmó los abusos y los condenó como «distorsiones» de la línea oficial. La correspondencia ultra secreta entre Stalin, Molotov y Kaganóvich, examinada tras la apertura de los archivos soviéticos en 1991, no registra en ningún punto el hambre como arma política: se habla de desastre, de ineficiencia administrativa y de sabotaje que debía mitigarse. Stalin llega a realizar autocrítica, reconociendo que la aplicación «mecánica» e «igualadora» de los planes de acopio, sin atender la situación específica de cada distrito, provocó excesos de funcionarios locales; incluso la GPU, la policía secreta antecesora de la KGB, emitió informes que criticaban a las autoridades locales por retirar suministros de comida a los campesinos, calificando esa conducta como una «violación de la línea del partido». No se ha encontrado, hasta hoy, un solo documento del archivo soviético que mencione una motivación étnica dirigida contra Ucrania, ni que respalde la existencia de reservas de grano ocultas capaces de haber revertido la hambruna de forma inmediata, como llegó a sugerir parte de la historiografía anticomunista.
Tampoco fue la hambruna un fenómeno exclusivamente ucraniano. Golpeó con dureza comparable, y en algunos casos mayor, al Cáucaso Norte, la región del Volga, Kazajistán y Siberia. Los archivos de requisición muestran, además, que en 1932 Ucrania tuvo la menor extracción de grano per cápita entre las principales regiones productoras de la URSS —por debajo de Siberia, los Urales, el Volga y el propio Cáucaso Norte—, un dato que contradice frontalmente la tesis de una república «exprimida» deliberadamente por el Estado central. La severidad de la crisis en Ucrania, a pesar de estas cuotas comparativamente menores, refuerza la idea de que su causa determinante fue la pérdida catastrófica de cosecha por factores naturales, no una extracción estatal superior a la de otras regiones.

Una cuarentena sanitaria, no el confinamiento
Uno de los elementos que la historiografía del supuesto “genocidio” presenta como prueba de intencionalidad, la restricción de movimiento impuesta sobre el campesinado en 1933 mediante el sistema de pasaportes internos, tiene una explicación distinta: el control de epidemias. La población, debilitada por la desnutrición, estaba siendo diezmada por brotes masivos de tifus, fiebre tifoidea, cólera y malaria, esta última potenciada por el exceso de humedad e inundaciones de 1932. El arquitecto Hans Blumenfeld, que trabajó en la ciudad ucraniana de Makéyevka durante la hambruna y sobrevivió por poco a un ataque de fiebre tifoidea, sostuvo que «probablemente la mayoría de las muertes en 1933» se debieron a esas epidemias y no a la inanición directa. El investigador Horsley Gantt documentó que el momento más alto de la epidemia de tifus coincidió exactamente con el momento más crítico de la escasez de grano, hasta el punto de que, según señalan las fuentes, resulta científicamente difícil separar qué causa —el hambre o la enfermedad— fue más determinante en el total de víctimas.
La restricción de movilidad, según los documentos del régimen, buscaba impedir que estas enfermedades infectocontagiosas se propagaran desde el campo hacia las grandes ciudades. Se estima que la medida afectó a unos 220.000 campesinos de una población rural ucraniana de aproximadamente 17 millones —menos del 1,5% del total—, y que la inmensa mayoría de los interceptados fue remitida de regreso a sus aldeas acompañada de ayuda alimentaria y semillas. En paralelo, las autoridades invirtieron en hospitales locales para atender los brotes de enfermedades derivadas también del consumo de sustitutos alimenticios inadecuados y agua contaminada, incluyendo casos de gangrena. En muchos distritos, según estas fuentes detalladas en esta nota, la causa más común de muerte fue la enfermedad y no la inanición directa.
Harvard, Reagan y la «vestidura intelectual» del genocidio
Si el mito nació en la propaganda nazi y se difundió a través del amarillismo de Hearst, su consagración académica llegó medio siglo después, en la Universidad de Harvard. En 1981, el Instituto de Investigaciones Ucranianas de Harvard estableció el «Proyecto sobre la Hambruna» (Famine Project), dirigido por James E. Mace —descrito como una figura omnipresente en la propaganda antisoviética, que llegó a escribir la introducción de libros de la era macartista como El noveno círculo—, con la colaboración de Robert Conquest, historiador que había trabajado previamente para el Departamento de Investigación de Información (IRD) del servicio secreto británico, un organismo dedicado explícitamente a plantar evidencias en la prensa internacional para fomentar el anticomunismo. Bajo la administración de Ronald Reagan, en pleno relanzamiento de la retórica del «Imperio del Mal» comunista, el proyecto se dedicó a reeditar libros de la era macartista y a presionar para fijar la cifra de víctimas en siete millones, con el objetivo explícito de superar simbólicamente los seis millones del Holocausto judío y construir una equivalencia moral entre comunismo y nazismo.
En 1983, como parte del cincuentenario de la hambruna, Harvard montó una muestra fotográfica de 44 imágenes bajo el título Famine in the Soviet Ukraine 1932-1933: A Memorial Exhibition (La hambruna en la Ucrania soviética (1932-1933): una exposición conmemorativa). Según el desglose disponible, ninguna de esas fotografías pudo ser verificada como auténtica: ocho procedían del fraude de Thomas Walker, catorce del libro de propaganda nazi de Alfred Laubenheimer, tres del Voelkischer Beobachter —“Observador Popular”, el periódico oficial del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores, NSDAP, que atribuyó falsamente esas imágenes a un funcionario nazi identificado como «Dr. Ditloff» cuando en realidad procedían de archivos de la Cruz Roja de los años 1920s—, y doce del libro de Ewald Ammende Human Life in Russia (Vida humana en Rusia), con fotogramas de películas soviéticas de 1922 o escenas de la guerra civil rusa (en rigor: una guerra multinacional de las potencias capitalistas contra la recién creada Unión Soviética). La imagen de cadáveres congelados que Harvard presentó como escena del verano de 1933 correspondía, en realidad, a una fotografía de invierno tomada del libro de 1922 La Famine en Russie. El propio «niño rana» fue rastreado hasta publicaciones de socorro rusas de comienzos de esa década. El documental canadiense Harvest of Despair (Cosecha de desesperación) de 1984, que popularizó buena parte de esta iconografía, terminó reconociendo, ante las críticas recibidas, que había utilizado fotografías de 1922 como meros «recursos visuales». Medios contemporáneos, como el brasileño Brasil Paralelo o el diario Gazeta do Povo, continúan hoy publicando esas mismas imágenes de 1921-1922 como si documentaran el supuesto “Holodomor” ucraniano de 1933.
Douglas Tottle documentó que esta reconstrucción académica no fue casual: documentó que la CIA financió a académicos de Harvard para dar «vestidura intelectual» a mitos fabricados originalmente por la propaganda nazi y la prensa de Hearst, y que la agencia, junto al MI6 británico, había protegido tras la Segunda Guerra Mundial a nacionalistas ucranianos fascistas y criminales de guerra para emplearlos como agentes de desinformación contra la URSS. El caso más documentado es el de Mykola Lebed, calificado en las fuentes como terrorista y criminal de guerra, quien dirigió la Prolog Research and Publishing Association —financiada, según Tottle, con fondos gubernamentales estadounidenses— y se convirtió en pieza clave de campañas de «propaganda sucia» contra la URSS. Numerosos ucranianos colaboracionistas con el nazismo encontraron empleo en medios financiados por el gobierno de Estados Unidos, como Radio Free Europe, Radio Liberty y la Voz de América, desde donde se difundió sistemáticamente la narrativa de la «hambruna genocidio». El objetivo, según Tottle, era doble: preparar psicológicamente a la opinión pública occidental para la confrontación con la URSS, y desviar la atención de la propia complicidad de esos nacionalistas ucranianos en los crímenes del nazismo durante la ocupación, entre ellos el exterminio de la población judía en territorio ucraniano.


Cifras que no resisten el archivo
La disputa numérica es, en sí misma, reveladora. Las cifras de víctimas atribuidas al supuesto Holodomor oscilan, entre tres y sesenta millones de personas, un rango tan amplio que resulta estadísticamente insostenible como base de una acusación de genocidio. Robert Conquest, el historiador más citado por la tesis del exterminio planificado y autor de El gran terror y Cosecha de dolor (Harvest of Sorrow), elevó sus propias estimaciones de cinco o seis millones en sus primeros trabajos a 14,5 millones en 1983, extendiendo artificialmente el período de la hambruna hasta 1937 para inflar el total. Cuando se le confrontó con las pruebas del fraude de Thomas Walker —una de sus fuentes documentales—, Conquest respondió que «los hechos hablan por sí mismos» y mantuvo su cifra. Tras la apertura de los archivos soviéticos, sin embargo, incluso él debió admitir que no existía evidencia de que Stalin hubiera provocado la hambruna a propósito.
Anne Applebaum, autora de Hambruna roja: la guerra de Stalin contra Ucrania, sostiene que hubo un plan sistemático para matar de hambre a los ucranianos como castigo por su nacionalismo, y argumenta que los líderes soviéticos, incapaces de comprender la caída real de las cosechas de 1932, asumieron erróneamente que los campesinos ocultaban grano para especular, lo que derivó en políticas represivas letales. En respuesta, el investigador Grover Furr, autor de Stalin: esperando la verdad, muestra que la obra de Applebaum carece de la documentación de archivo necesaria para sostener esa intencionalidad genocida, y la ubica dentro de lo que describe como una «leyenda negra» antisoviética construida sobre los mismos cimientos que Conquest. El filósofo italiano Domenico Losurdo, en Stalin: historia y crítica de una leyenda negra, llega a una conclusión semejante al analizar cómo la historiografía occidental exageró y distorsionó los hechos para construir un paradigma antisoviético; el belga Ludo Martens, en Otra mirada sobre Stalin, reconstruye por su parte los mecanismos de propaganda de la prensa de Hearst y de los servicios de inteligencia occidentales que dieron forma al mito de la hambruna-genocidio. Incluso Isaac Deutscher, biógrafo trotskista de Stalin y por tanto ajeno a cualquier sospecha de complacencia con el estalinismo, reconoce en La revolución inconclusa de Rusia que, tras la colectivización, las hambrunas cíclicas que azotaban la región desde el siglo X finalmente cesaron con las políticas soviéticas.
El consenso menos citado: Wheatcroft, Davies y los archivos del Politburó
El aporte más incómodo para la tesis del genocidio no proviene de autores marxistas, sino de dos historiadores británicos abiertamente críticos del estalinismo: Stephen Wheatcroft y R.W. Davies. Tras revisar sistemáticamente las actas ultrasecretas del Politburó en su obra conjunta de la década de 2000, ambos concluyeron que no existe evidencia directa ni indirecta de que Stalin buscara deliberadamente matar de hambre a los campesinos ucranianos. Documentaron que, en sus comunicaciones privadas, Stalin y sus asociados trataban la hambruna como un desastre o como sabotaje que debía mitigarse, y no como un instrumento político, y confirmaron el envío de ayuda alimentaria de emergencia hacia las zonas afectadas. Mark Tauger llega a la misma conclusión desde la agronomía; Wheatcroft y Davies lo hacen desde el archivo administrativo del propio Kremlin. Es, además, la conclusión que autores locales como Anselmo Santos (Stalin el Grande) recogen al citar la correspondencia de Stalin sobre el sabotaje de los kulaks como causa central de la crisis, o que retoma el brasileño João Pedro Fragoso en Paz, Pão e Terra al comparar la hambruna con los resultados productivos posteriores de la URSS, o el historiador ruso Igor Vasilievich Pîjalov en El gran líder difamado: mentiras y verdades sobre Stalin, dedicado en buena parte a examinar las manipulaciones estadísticas y fotográficas que sostienen la narrativa del Holodomor.

El doble rasero: el gobierno británico de Winston Churchill frente a la masiva hambruna de Bengala, 1943
La comparación que la historiografía occidental anti comunista evita es la de Bengala, un contra ejemplo que permite ponderar la diferencia de la actitud del gobierno soviético frente a la hambruna. Entre 1943 y 1944, bajo dominio colonial británico, el gobierno de Winston Churchill priorizó el abastecimiento de sus tropas y continuó extrayendo alimentos de la India mientras morían cerca de tres millones de personas por hambre, una política que Churchill acompañó de comentarios racistas hacia la población india. A diferencia de Moscú en 1932-1933, Londres no redujo sus exportaciones ni envió ayuda de emergencia comparable: el gobierno colonial, en la expresión que utilizan las fuentes, «se lavó las manos».
Ningún gobierno occidental ha propuesto conmemorar Bengala como genocidio, ni ha exigido de Londres el mismo ejercicio de contrición histórica que se exige a Moscú por una hambruna en la que, a diferencia del caso indio, el Estado sí redujo cuotas, sí envió millones de toneladas de grano y sí trató la crisis en su correspondencia privada como un desastre que debía resolverse, no como un objetivo a alcanzar.
Las frecuentes hambrunas anteriores a la URSS, no una invención de la colectivización
El hambre no llegó a Rusia y Ucrania con la colectivización soviética. Los registros históricos documentan hambrunas recurrentes en la región desde el siglo X, producto de un campo atrasado, sin tecnificar, expuesto sin defensa a cualquier variación climática. Bajo el Imperio zarista las hambrunas se sucedían prácticamente cada pocos años —se registran episodios específicos en 1920-21, 1924, 1927 y 1928, antes de la colectivización masiva—, y las condiciones de vida del campesinado eran, según los propios registros comparativos citados en las fuentes, varias veces peores que las alcanzadas después en la era soviética: la tasa de mortalidad de un ciudadano «libre» en la Rusia zarista de 1913, en tiempos de paz, superaba la registrada en los campos de trabajo soviéticos en períodos normales. Los últimos años del zarismo estuvieron además marcados por la desorganización productiva de la Primera Guerra Mundial, que, sumada a la “Guerra Civil” y a la intervención extranjera, desembocó en la devastadora hambruna del Volga de 1921-1922.
El propósito declarado de la colectivización y la tecnificación del campo era precisamente romper ese ciclo milenario que el zarismo nunca resolvió ni tuvo voluntad de resolver. El objetivo se cumplió: con la única excepción de la hambruna de posguerra de 1946, provocada por la devastación de la invasión nazi, el hambre desapareció como fenómeno recurrente de la historia soviética después de la década de 1930, un hecho que reconoce incluso Isaac Deutscher desde su posición crítica del estalinismo. Es, cuando menos, una paradoja que el proyecto que puso fin a un milenio de hambrunas periódicas sea recordado en Occidente exclusivamente por la última y más severa de ellas, presentada además como un acto de voluntad y no como su desenlace trágico.
Una acusación con genealogía nazi, imperialista y anti comunista
Ningún documento del archivo soviético, abierto sin restricciones desde 1991, ha confirmado la existencia de un plan de exterminio dirigido contra la población ucraniana, y todo lo contrario: el gobierno soviético tomó medidas para evitar la situación alimentaria y corregir las falencias que la provocaron. Lo que sí está documentado, con nombre, fecha y responsables, es la genealogía de la acusación: la propaganda de Hitler y Goebbels en 1933, el fraude de un convicto fugitivo financiado por un magnate de prensa aliado del nazismo en 1935, y una operación de legitimación académica financiada en la Universidad de Harvard bajo la tutela de la CIA y la diplomacia de Reagan en la década de 1980. Historiadores críticos de Stalin y ajenos a cualquier simpatía comunista —Wheatcroft, Davies y Tauger entre ellos— han llegado, tras revisar el archivo soviético, a la misma conclusión que sostienen Tottle, Losurdo, Martens y Furr desde posiciones abiertamente antiimperialistas: la hambruna de 1932-1933 fue una tragedia real, agravada por la incompetencia burocrática y el sabotaje de los kulaks, pero no existe evidencia de que fuera planeada. La acusación del supuesto “genocidio” del “Holomodor” no está en los hechos, está en quiénes decidieron, para alentar el anti comunismo, que les convenía llamarlo así, tanto de parte de los aparatos de propaganda del Tercer Reich nazi fascista, como en el imperialismo capitalista estadounidense y occidental.






