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La expansión del evangelismo como arma política en Nuestra América: la operación de Washington, el sionismo y el capital transnacional para reformatear la fe de los pueblos latinoamericanos

Durante seis décadas, Estados Unidos ha financiado pastores, teleevangelistas y misiones con el objetivo de desarticular a los sectores cristianos vinculados a la Teología de la Liberación y a las posturas políticas de izquierda, y sustituir la conciencia colectiva de los pobres del continente por la resignación individual, las ideas conservadoras y de derecha, y los emprendimientos económicos bajo una apariencia religiosa. Hoy esa maquinaria heredera del Informe Rockefeller, los Documentos de Santa Fe y la alianza con el sionismo, sostiene bancadas parlamentarias, financia a Israel, sostiene un sinnúmero de medios de comunicación, y perfila candidatos presidenciales de ultraderecha en países como Brasil, Colombia, Argentina, Honduras y Guatemala. Aquí desarrollamos la avanzada de las iglesias evangélicas y protestantes en nuestra América, y sus vínculos con las derechas, el imperialismo estadounidense, y la entidad colonial sionista «Israel».


El protestantismo evangélico no llegó a Nuestra América como un fenómeno espontáneo de renovación espiritual. Llegó, según documentan numerosas investigaciones periodísticas e históricas, como una pieza de ingeniería social diseñada en Washington para neutralizar a la Iglesia Católica progresista e inclinada hacia las izquierdas, y, con ella, a los movimientos populares que ésta inspiraba. Lo que hoy se presenta como un simple «despertar de fe» —con más de 600 millones de fieles evangélicos en el mundo y porcentajes que superan el 40% de la población en países como Guatemala— es la culminación de una operación de contrainsurgencia religiosa que atravesó la Guerra Fría, sobrevivió a la caída del Muro y se reconfiguró en el siglo XXI bajo la tutela del sionismo cristiano y las tecnológicas de «guerra cognitiva» y procesamiento de datos del tipo que sostienen empresas como Palantir.

El informe que le avisó a Nixon que el catolicismo ya no era confiable

El punto de inflexión se ubica en 1969, cuando Nelson Rockefeller realizó una gira por la región y elaboró un informe que entregó al entonces presidente Richard Nixon. Su diagnóstico fue inequívoco: la Iglesia Católica latinoamericana, permeada por la Teología de la Liberación, se había vuelto vulnerable a lo que el propio Rockefeller denominó «penetración subversiva». El documento advertía que sectores eclesiásticos estaban dispuestos a respaldar procesos revolucionarios para terminar con la injusticia social, y proponía como salida una sustitución ideológica: impulsar activamente el protestantismo y el evangelismo como herramienta para frenar la crítica social y debilitar las raíces populares del catolicismo comprometido con los pobres. A partir de esas recomendaciones, Washington inició el financiamiento estatal de pastores pentecostales, mayoritariamente de origen norteamericano, orientados a fomentar una religiosidad individualista y funcional al capitalismo.

Una década después, en 1980, el Council for Interamerican Security —think tank que operó como hoja de ruta de la administración de Ronald Reagan— redactó los Documentos de Santa Fe. El lenguaje empleado no dejaba espacio para la ambigüedad diplomática: Estados Unidos debía «contraatacar» a la Teología de la Liberación, a la que trataba explícitamente como un vector de infiltración marxista-leninista y un enemigo político interno. El plan no siempre nombraba al evangelismo de manera directa, pero trazaba con precisión el perfil de la religiosidad que convenía promover: anticomunista, individualista, despolitizada y alineada con los valores del capitalismo norteamericano. Las iglesias pentecostales encajaban en ese molde como anillo al dedo, y sobre esa base se desplegó el desembarco masivo de misiones neopentecostales financiadas desde el norte, combinado con el respaldo militar a los regímenes represivos que por entonces perseguían, torturaban y asesinaban al clero católico comprometido —el caso de monseñor Óscar Romero en El Salvador y el de los jesuitas de la UCA son referencia obligada de esa contracara sangrienta—.

Que la hostilidad hacia la Teología de la Liberación no era retórica lo confirma un documento de inteligencia desclasificado, identificado como GI86-1028, en el que la CIA calificó en 1986 a ese movimiento religioso como una herramienta marxista-leninista para promover revoluciones y una amenaza política de primer orden.

Desarrollo y evolución de las principales denominaciones pentecostales. Autor: DZankell. Fuente: Creative Commons.

«Combatir el fuego con fuego»: expandir el evangelismo para disminuir la iglesia popular

El financiamiento de esta ofensiva fue una operación multidimensional que combinó fondos estatales, agencias de inteligencia y corporaciones mediáticas. Uno de los vehículos identificados fue el llamado Plan Amanecer, un programa a través del cual Washington canalizó recursos directos hacia pastores pentecostales para fortalecer su presencia en países estratégicos como Guatemala, Uruguay y Brasil, donde estas congregaciones llegaron a manejar millones de dólares y a superar en recursos a la propia Iglesia Católica. La CIA, además, coordinó esta expansión con los servicios de inteligencia de Corea del Sur, Taiwán y la contrainteligencia francesa, apoyándose en financiamiento atribuido a instituciones de la OTAN.

En el terreno mediático, la figura central fue Pat Robertson, fundador de la Christian Broadcasting Network (CBN) y fallecido en 2023, quien entendió tempranamente que la televisión era «el púlpito más poderoso del siglo XX». Para la década de 1980, su organización operaba en decenas de países con un presupuesto anual que superaba los 200 millones de dólares —una cifra corporativa que dejaba en la insignificancia a los modestos boletines parroquiales de la teología popular—. Robertson alineó sus misiones con los intereses geoestratégicos de la administración Reagan, apoyó abiertamente la contrarrevolución contra el sandinismo en Nicaragua y mantuvo una relación de amistad estrecha con el dictador guatemalteco Efraín Ríos Montt: apenas cinco días después del golpe de Estado de 1982, Robertson voló a Guatemala para entrevistarlo en su programa The 700 Club, que llegaba a más de tres millones de espectadores en Estados Unidos. Desde esa misma plataforma orquestó campañas de cartas a la Casa Blanca solicitando ayuda militar para el régimen, mientras el ejército guatemalteco ejecutaba su política de tierra arrasada contra las comunidades indígenas.

Otros dos vehículos de penetración fueron el Instituto Lingüístico de Verano (ILV), fundado en 1934 y señalado como una de las operaciones de campo mejor documentadas de la inteligencia estadounidense en México y Centroamérica, y Visión Mundial Internacional, con sede en Londres, acusada por sectores católicos de la Teología de la Liberación de usar su «generoso presupuesto» para desmovilizar a comunidades indígenas que en Chimborazo, Ecuador, luchaban por la reforma agraria. A esa lista se suma Campus Crusade for Christ, identificada como parte de la derecha religiosa protestante estadounidense que encontró en la región un campo de batalla ideológico.

Karol Wojtyla —Papa Juan Pablo II— con Augusto Pinochet en el Palacio de La Moneda, abril de 1987. Aunque el Papa intentó mantener cierta distancia frente al régimen dictatorial pinochetista, éste consiguió numerosas ocasiones en las que fue fotografiado con el máximo representante de la Iglesia Católica, incluyendo esta aparición en uno de los balcones de La Moneda saludando al publico favorable a la dictadura movilizado por ésta para esta aparición.

Dictaduras, contrainsurgencia y el Papa Juan Pablo II alineado con la CIA

La alianza entre evangelismo y regímenes militares fue una estrategia de disciplinamiento y control social en varios casos abierta y pública. Efraín Ríos Montt en Guatemala y Hugo Banzer en Bolivia son los casos paradigmáticos de dictadores que impulsaron el evangelismo pentecostal como freno directo a los sectores católicos liberacionistas. Existe además una coincidencia temporal que no es casual entre la represión de la Operación Cóndor en el Cono Sur y el impulso silencioso del evangelismo desde Estados Unidos: mientras los regímenes autoritarios perseguían a los clérigos católicos comprometidos con los pobres, las iglesias evangélicas eran vistas como una herramienta eficaz de control social alineada con los intereses de Washington.

En el plano de la inteligencia operativa, William Colby, exdirector de la CIA, organizó movimientos de ministros evangélicos para contrarrestar al Consejo Ecuménico de Iglesias, organización que se oponía a las agresiones estadounidenses en Vietnam y respaldaba a la Teología de la Liberación.

Una de las afirmaciones más contundentes de este entramado señala el papel que jugó Karol Woktyla, el Papa Juan Pablo II. El pontífice polaco, de profundo anticomunismo forjado en su experiencia de opositor a la Unión Soviética y el bloque de países del llamado «socialismo real», habría actuado como informador de la CIA con el objetivo específico de permitir la expansión del pentecostalismo evangélico para acabar con la Teología de la Liberación dentro de su propia Iglesia. Bajo su liderazgo, el catolicismo conformó una coalición anticomunista global con Estados Unidos que operó tanto en Nuestra América como en Europa del Este, respaldando movimientos como el sindicato Solidaridad en Polonia, o, dentro del campo de la iglesia, el Opus Dei surgido en España —encabezado por Josémaría Escrivá de Balaguer—, y los Legionarios de Cristo —fundado por Marcial Maciel—. El resultado de esta estrategia fue una crisis de la Iglesia Católica latinoamericana de la cual, según se sostiene, es posible que nunca se recupere: al catalogar como «subversivas» a las organizaciones eclesiásticas comprometidas con los pobres, se facilitó una ola de represión militar que terminó favoreciendo el crecimiento de las sectas evangélicas como refugio para los sobrevivientes de los movimientos populares desarticulados.

La teología de la prosperidad: la ingeniería capitalista disfrazada de religión

El corazón doctrinal de esta operación es la Teología de la Prosperidad o Prosperity Gospel, corriente que sostiene que la riqueza material, el éxito económico y el triunfo profesional son pruebas físicas de la bendición divina y del tamaño de la fe del creyente. Bajo esta lógica, el fiel dona su diezmo —el 10% de sus ingresos— con la convicción de que ese aporte redundará en un florecimiento personal y económico: cuanto mayor la ofrenda, mayor la bendición esperada. Los pastores que exhiben mansiones, aviones privados o autos Ferrari no despiertan sospecha sino admiración: se presentan como el «signo del triunfo», modelos de éxito a imitar. Se configura así una teología basada en el individualismo, la competencia y el emprendimiento económico.

Esta doctrina es una pieza que encaja con extraordinaria precisión en el andamiaje neoliberal, porque sustituye la noción de justicia social y salvación colectiva —propia de la Teología de la Liberación— por el credo del esfuerzo individual: si alguien es pobre, la explicación no está en las estructuras económicas sino en su falta de fe. El mecanismo tiene además un efecto psicológico paralizante sobre la autocrítica: cuando algo sale bien, es un triunfo de la fe individual; cuando sale mal, se apela a la predestinación («los tiempos de Dios son perfectos») o se externaliza la culpa hacia «el diablo», evitando cualquier responsabilidad estructural o personal sobre el fracaso.

En años recientes esta teología incluso ha producido nuevas y particulares mutaciones como una especie de criptoevangelismo: pastores que presentan al bitcoin como «la moneda de Dios» y ofrecen cursos de inversión en criptoactivos a sus fieles, aprovechando la opacidad de estas transacciones para eludir controles estatales. Ese fenómeno se enmarca en una alianza más amplia con sectores de la derecha radical y el pensamiento ultraliberal, que promueven la desconfianza sistémica hacia las instituciones estatales.

Templo de Casa de Dios en Guatemala, del Movimietno Carismtico, con capacidad para más de 11 mil personas. Autor: Raquelre. Licencia Creative Commons.

Iglesias sin regulación: el negocio del lavado y los narco-pastores

La ausencia de controles sobre los ingresos de las iglesias —diezmos, ofrendas, «donaciones del fin de semana»— las ha convertido en vehículos atractivos para el blanqueo de capitales. En Estados Unidos, registrar una iglesia puede tomar apenas veinte minutos y habilita de inmediato la apertura de cuentas bancarias capaces de justificar grandes sumas de efectivo sin que el sistema financiero internacional pueda disputar su origen.

Sobre esa base opacada floreció la figura del narco-pastor. El caso más documentado es el de Jorge Mercedes Cedeño, conocido como «el pastor Jorge», quien utilizó su iglesia «El Rugido del León» en República Dominicana para montar estructuras de lavado de dinero al servicio de los principales carteles colombianos. En Guatemala se ha documentado la existencia de personajes que concentran simultáneamente los roles de alcalde, pastor y narcotraficante de una misma zona, aprovechando que las investigaciones judiciales contra estos líderes suelen ser escasas o lentas por el temor de las autoridades a ser acusadas de violar la libertad de culto. El vínculo alcanza incluso las más altas esferas: el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico pero indultado por Donald Trump, mantuvo durante su mandato una relación estrecha con grupos evangélicos que lo persuadieron de trasladar la embajada de su país a Jerusalén. En México y El Salvador, además, se observa la convergencia entre la violencia narcoparamilitar y lo que se ha denominado «teología de la seguridad», que describe la guerra contra el narco o las pandillas como una cruzada bíblica del bien contra el mal.

La conquista del Estado: teología del dominio y la bancada de la Biblia, el Buey y la Bala

A diferencia de la postura tradicional del protestantismo previo a la década de 1970, que consideraba pecaminosa la participación política, la Teología del Dominio propone que ocupar el poder estatal es un deber de los creyentes. Su objetivo no es la mera influencia social sino la toma directa del Estado, mediante la postulación de pastores a la presidencia y a cargos de elección popular en toda la región, bajo una lógica de cruzada moral entre «puros» e «impuros» que analistas han descrito como un «fascismo cristianizado».

Brasil es el laboratorio más elocuente de esta conquista. La llamada bancada de las 3B —Biblia, Buey y Bala— reúne a cerca de 200 de los 513 diputados federales del país en un frente transversal que unifica los intereses de las megaiglesias evangélicas, el agronegocio y los sectores militaristas y proarmamentistas. El componente «Biblia» impulsa la guerra cultural contra el aborto, los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y lo que denominan «ideología de género»; el «Buey» defiende la expansión de la frontera agrícola sobre la Amazonía y la desregulación ambiental; la «Bala» promueve la mano dura contra el crimen y la flexibilización del porte de armas. Esta bancada fue la base de sustentación parlamentaria del gobierno de Jair Bolsonaro, y utiliza masivamente medios propios —como Record TV, del obispo Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios— para presionar a otros legisladores y a la opinión pública.

Guatemala, por su parte, funcionó como «laboratorio político» desde 1982 con la llegada al poder de Efraín Ríos Montt, y hoy es el país con mayor porcentaje de población evangélica de la región —más del 40%—, habiendo tenido ya tres presidentes evangélicos: el propio Ríos Montt, Jorge Serrano Elías y Jimmy Morales. En Argentina, la figura emergente es Dante Gebel, comunicador y empresario que suele evitar la etiqueta de «pastor» para ampliar su proyección política.

El mapa regional: las políticas de extrema derecha y el progresismo favorables a la expansión

La influencia evangélica se ha vuelto un factor determinante en escenarios nacionales muy diversos. En El Salvador, Nayib Bukele ha tejido una relación estrecha con el evangelismo conservador, describiendo su lucha contra las pandillas como una cruzada del bien contra el mal y manteniendo, apoyado en esas bases, una de las legislaciones más restrictivas del mundo contra el aborto. En Argentina, tradicionalmente católica, la comunidad evangélica duplicó su número de fieles en la última década, y sectores importantes de ese universo respaldan la agenda ultraliberal de Javier Milei, encontrando puntos en común en la crítica al Estado y la exaltación de la meritocracia individual.

El fenómeno no es exclusivo de la extrema derecha. En Chile, los gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera concedieron 137 inmuebles estatales a las iglesias evangélicas entre 2010 y 2018 (El cuantioso aporte inmobiliario de Bachelet y Piñera a la expansión evangélica, Ciper Chile). Y en los últimos años, la influencia política de estas iglesias ha pasado a ser mucho más directa y explícita, incluyendo la formación del «Partido Social Cristiano» que se ha alineado con las posturas más derechistas del escenario político chileno. En Brasil, el Partido de los Trabajadores y los gobiernos de DIlma Rousseff y Lula da Silva han debido negociar con estos sectores su regulación legal, que representan a un tercio de la población y cuentan con una fuerza parlamentaria significativa fuertemente alineada hoy con el bolsonarismo y el apoyo a la entidad sionista israelí.

El factor común de éxito en todos estos escenarios es la capacidad de ocupar los espacios donde el Estado está ausente —comedores, clínicas, bolsas de empleo— combinada con el mensaje de superación individual de la Teología de la Prosperidad y un uso intensivo de redes sociales y Big Data para movilizar el voto con mayor agilidad que los partidos tradicionales.

Costado del monumental Templo de Salomón en Sao Paulo, Brasi, con el «menorá» candelabro de 7 velas típico de la simbología judía. Autor: Vítor Mazuco. Licencia de Creative Commons.

El sionismo evangélico dispensacionalista: una alianza con final «antisemita»

El eslabón que conecta a buena parte de este entramado con la geopolítica global es el sionismo evangélico dispensacionalista, corriente que sostiene que el retorno del pueblo judío a la «Tierra Prometida» no es solo un derecho histórico sino una condición divina obligatoria para el cumplimiento de las profecías bíblicas y la segunda venida de Jesucristo. Bajo esta escatología, el establecimiento del Estado de Israel en 1948 activó un cronograma apocalíptico que incluye el regreso de los judíos a Sión —y la expulsión de quienes consideran «invasores», es decir, el pueblo palestino—, la batalla del Armagedón contra el Anticristo y un reinado mesiánico de Jesucristo de mil años. El fundamento textual de esta obligación política se encuentra en el pasaje de Génesis 12:3, interpretado como la promesa de que Dios bendecirá a las naciones que apoyen a Israel y maldecirá a las que no lo hagan: «Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!».

Esta corriente tiene raíces que se remontan a los «Grandes Despertares» del mundo angloparlante: el sionismo cristiano nació en Inglaterra y Escocia en el siglo XVII, con figuras como Oliver Cromwell, quien veía en el retorno de los judíos a Palestina un mecanismo para fortalecer redes comerciales imperiales. Algunos analistas describen la llegada de Donald Trump al poder como un «quinto gran despertar», que instauró una suerte de dictadura fundamentalista evangélica orientada al dominio total a través de la política y la fe.

El dato más incómodo de esta alianza es su contradicción de fondo: el objetivo último del dispensacionalismo es que, tras el Apocalipsis, los propios judíos reconozcan a Jesús como Mesías y abandonen el judaísmo. Por esa razón, algunos analistas describen esta postura como paradójicamente antijudía —incluso antisemita— en su esencia teológica final, mientras en el presente sus adherentes financian al Estado de Israel y, en la región, sus propios miembros suelen ser vistos como ajenos o heréticos por sectores ortodoxos judíos. Una relación contradictoria de principio a fin.

El lobby pro-Israel: embajadas en Jerusalén, armas y agua en la Patagonia, y vigilancia tecnológica

El sionismo evangélico dejó de ser una idea religiosa para convertirse en una fuerza política de peso continental, íntimamente ligada a la ultraderecha estadounidense. Organizaciones como Christians United for Israel (CUFI), fundada y liderada por John Hagee, y la Embajada Cristiana Internacional de Jerusalén son descritas como el «motor monetario» y el «músculo» del sionismo, canalizando donaciones que a menudo superan los montos aportados por las propias comunidades judías estadounidenses. Esa presión ha tenido efectos diplomáticos concretos: Guatemala fue el segundo país del mundo —después de Estados Unidos— en reconocer a Jerusalén como capital de Israel y trasladar su embajada, bajo el gobierno de Jimmy Morales; Honduras hizo lo propio bajo la presidencia de Juan Orlando Hernández. En Brasil, Bolsonaro fue presionado por la bancada evangélica en la misma dirección, y en Argentina Javier Milei es un proyecto expresamente respaldado por el entramado colonial sionista, a la vez que se ha declarado públicamente «el presidente más sionista del mundo».

El financiamiento directo también alcanza a gobiernos de la región: la Fundación Jerusalén donó 3 millones de dólares al gobierno de Bukele para suministros militares y policiales, en el marco de su acercamiento con grupos sionistas cristianos. A escala global, se ha estimado que Washington ha destinado desde 1948 cerca de 750 mil millones de dólares al proyecto sionista, una cifra que se complementa con el cabildeo de sectores republicanos que interpretan el apoyo a Israel como cumplimiento profético.

El negocio se completa con el turismo ideológico: los tours organizados por el propio Estado de Israel hacia la «Tierra Santa» constituyen un negocio millonario que además funciona como propaganda, al llevar a los fieles a instalaciones militares y campos de entrenamiento para que sientan como propia la causa bélica israelí. La falta de regulación fiscal de las iglesias facilita, además, el movimiento internacional de estos capitales: se documentó el caso de una iglesia argentina —Iglesia Universal del Reino de Dios, «Pare de Sufrir»— que compró un avión para uso de la Iglesia Universal en Brasil, además de 21 inmuebles, 186 vehículos en una causa judicializada como lavado de dinero.

Israel, además, opera como proveedor de tecnología de seguridad para la región: es el segundo país que más armas vende a México y participó del entrenamiento de fuerzas especiales como los Kaibiles en Guatemala durante las dictaduras genocidas. El lobby también se vincula al control de recursos: existen denuncias sobre la compra de grandes extensiones de tierra en la Patagonia argentina por parte de grupos sionistas, interesados en asegurar minerales y agua potable ante la finitud de esos recursos en la Palestina ocupada, así como el involucramiento de empresas como Mekorot en el control de recursos hídricos regionales.

Uno de los elementos menos visibles pero más inquietantes de esta arquitectura es la exportación hacia Nuestra América de modelos de vigilancia probados originalmente en territorio palestino. El sionismo asesora a gobiernos latinoamericanos en la implementación de centros de control digital —conocidos como C4 y C5— que emplean inteligencia artificial y reconocimiento facial para el monitoreo poblacional. En este terreno, la empresa Palantir —fundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp— es descrita como el brazo tecnológico de omnipotencia y omnipresencia de esta nueva etapa imperial, con capacidad de influir en resultados electorales. Esta acumulación de Big Data se articula con la estrategia de extractivismo y saqueo de materias primas, permitiendo el control remoto de regímenes locales que funcionan como lugartenientes de los intereses estadounidenses, además de habilitar lo que se denomina «guerra cognitiva»: la capacidad de moldear la percepción pública a través de plataformas privadas que los Estados nacionales no logran contrarrestar. Y ahí la injerencia sionista se relaciona directamente con la expansión de las iglesias evangélicas favorables a sus intereses.

El fútbol como muestra de la mutación individualista

La penetración evangélica alcanzó incluso el terreno simbólico del fútbol, cosa que ha sido objeto de discusión pública particularmente en Brasil, donde se ha debatido el efecto negativo que ha tenido en el desempeño de la selección en los últimos mundiales, y donde el deporte funciona históricamente como extensión de la identidad nacional: una «fiesta pagana» nutrida por el sincretismo entre el catolicismo popular y las tradiciones de raíz africana. Ese «jogo bonito» —samba, tambores, alegría colectiva— ha sido desplazado por rituales que se describen como marciales, tristes y predecibles: prácticas como tocar el tambor o bailar samba en los vestuarios fueron expulsadas bajo la etiqueta de ser «cosas del diablo» y sustituidas por círculos de oración y silencios sepulcrales.

Bajo la influencia de la Teología de la Prosperidad, los futbolistas han dejado de percibirse como parte de un engranaje colectivo para proyectarse como marcas individuales o corporaciones andantes, donde el éxito económico y los contratos millonarios en Europa se interpretan como bendición divina sobre el individuo y no sobre el equipo. Esta cosmovisión también altera la psicología del fracaso: en lugar de asumir la responsabilidad técnica de un error, se apela al «escudo de la predestinación» —los tiempos de Dios son perfectos, o la derrota fue obra del diablo—, un mecanismo que se observó, por ejemplo, en las declaraciones del seleccionado Daniel Muñoz tras la eliminación de Colombia. El caso del delantero brasileño Endrick, que rechazó el acompañamiento de un psicólogo deportivo porque «ya hablaba con Dios», ilustra hasta qué punto las creencias evangélicas han desplazado a la ciencia dentro de los vestuarios.

Los estadios, además, funcionaron como plataforma de despegue para líderes religiosos que luego saltaron a la política: Dante Gebel inició su carrera mediática en la década de 1990 con presentaciones multitudinarias en estadios de fútbol, un fenómeno que las fuentes describen no como algo orgánico sino como parte de una ingeniería social diseñada para instaurar el individualismo feroz en los ídolos populares y facilitar así el avance de agendas de ultraderecha en las urnas.

Redes sociales, ejércitos digitales y el pastor convertido en influencer

El siglo XXI trasladó esta batalla al terreno digital. La figura del pastor mutó hacia la de un influencer o «coach» de autoayuda que aconseja sobre relaciones de pareja, finanzas y crianza a través de plataformas como YouTube, Instagram y TikTok; líderes como el guatemalteco Cash Luna y el pastor argentino Jorge Ledesma acumulan cientos de miles de seguidores utilizando estas herramientas. Ese entramado digital ha dado origen a verdaderos «ejércitos digitales tóxicos» dedicados a linchar o acusar a opositores en beneficio de sectores conservadores, así como a construir un electorado que se percibe víctima de persecución por parte de gobiernos laicos o de izquierda y que, en consecuencia, vota y dona en bloque a las fuerzas evangelistas y referentes de esas iglesias inclinados hacia las derechas.

El caso de Dante Gebel condensa buena parte de esta mutación. Nacido y criado en el Gran Buenos Aires, evita públicamente la etiqueta de «pastor» para no limitar su proyección masiva, aunque es propietario de numerosas iglesias. Desde hace aproximadamente 18 años reside en Anaheim, California, donde dirige la River Church —también referida como Reiverse Church—, núcleo de un entramado corporativo que incluye Dante Gebel Ministry Inc, River Church USA Incorporated, Open Line Group y Favor Day, con programas de televisión y radio, libros, giras internacionales y un estadio propio. Como un millonario que viaja en avión privado, Gebel es perfilado como un potencial candidato «outsider» a la presidencia de Argentina en 2027, caracterizado por algunos analistas como una «carnada» diseñada por sectores del poder económico para canalizar el descontento social hacia una figura que promete un cambio espiritual y motivacional sin alterar las estructuras de poder vigentes. Su estrategia política se apoya en una calculada ambigüedad: prefiere llamarse «genéricamente cristiano» en lugar de evangélico para pescar votos también entre el electorado católico, y evita definiciones firmes sobre temas como el aborto.

De la gira de Rockefeller en 1969 a los centros de vigilancia con inteligencia artificial de Palantir, la fe evangélica en Nuestra América describe una geopolítica de intervención: templos financiados desde el norte, dictaduras que encontraron en el pastor un aliado estratégico, y una teología de la prosperidad que enseñó a millones de pobres a rezar sumisamente por su propio sometimiento.


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