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La violencia en Belfast que va más allá de la migración: paramilitarismo, racismo supremacista y fracturas coloniales del Reino Unido que siguen vigentes hasta hoy

La violencia antiinmigrante que sacudió Irlanda del Norte el pasado 9 de junio con quema de casas y autos y violencia indiscriminada contra personas y familias migrantes no es un episodio de xenofobia espontánea ni un simple reflejo de las angustias sociales amplificadas por las redes sociales: es la última expresión de un conflicto colonial inconcluso, tanto en todo el Reino Unido y sus extensiones territoriales coloniales e imperiales repartidas por todo el mundo y aún vigentes, como en especifico en Irlanda del Norte, donde la «paz» firmada en 1998 no fue reconciliación sino congelamiento, donde el Brexit vino a descongelar lo que nunca había sanado, y donde la migración opera hoy como el nuevo nombre de un antagonismo y fractura social que tiene siglos de historia y estructura de guerra. De hecho, ya habia sucedido algo similar en el año 2024, y en el 2021. En esta ocasión, además de Belfast se registraron protestas en otras localidades de Irlanda del Norte y en Glasgow y Edimburgo ( Escocia), así como en Southampton (Inglaterra). Aquí exploramos las raíces profundas de estos hechos, su relación con la segregada realidad social y cultural de Irlanda del Norte, y la configuración política del aún imperial y colonialista sistema de poderes del Reino Unido.


Un apuñalamiento, una hoguera, una historia de siglos

El 8 de junio de 2026, un ataque con cuchillo perpetrado por un solicitante de asilo de origen sudanés contra, Stephen Ogilvie, un hombre de 44 años en Belfast bastó para encender la ciudad. El video del ataque circuló en redes sociales amplificado por redes de extrema derecha, que lo describieron en algunos casos como un «intento de decapitación». Los hechos pueden resumirse así: el ataque fue realizado con un cuchillo de cocina y la víctima fue llevada al hospital en estado grave con heridas importantes en los ojos, la cara y la espalda. Varias personas se enfrentaron al atacante hasta que llegó la policía, que luego fue identificado como fue identificado como Hadi Alodid, un hombre sudanés de 30 años.

Una de las tantas imágenes de la violencia racista y anti migrante en Belfast, 9 de junio de 2026. Fuente: PA vía AP, tomada desde Univisión, Casas en llamas y vehículos quemados: se intensifican protestas antiinmigrantes en Belfast.

Lo que vino después no fue espontáneo ni fue únicamente una reacción de jóvenes radicalizados por los algoritmos: vinieron noches de furia, viviendas y vehículos incendiados, ataques a negocios de propietarios de África y Asia Occidental – Oriente Medio, barricadas en las calles. En una sola noche, la policía tuvo que intervenir para rescatar familias cuyas casas habían sido atacadas o incendiadas por su origen étnico. Veintisiete personas quedaron sin hogar en pocas horas. Hombres enmascarados recorrían los barrios del este de Belfast puerta por puerta, identificando y expulsando extranjeros en una operación de «limpieza» territorial que no improvisaba sus métodos: los había perfeccionado durante décadas bajo otras etiquetas. Se trataba de verdaderos «pogromos» raciales, del tipo de persecuciones que hicieron mala fama en la época del Tercer Reich nazi alemán, o más recientemente, en la Palestina ocupada por parte de los colonos sionistas.

Los inmigrantes denunciaron una campaña de violencia y acoso sistemático. Lo que había comenzado como la reacción a un crimen individual se había transformado, en el lapso de horas, en una cacería indiscriminada contra una comunidad entera. La lógica no era judicial ni siquiera política en sentido convencional: era la lógica del control territorial comunitario, la misma que construyó los muros, la misma que dividió las escuelas, la misma que lleva cincuenta años operando en Belfast bajo distintos nombres.

Quienes analizan estos sucesos desde la comodidad del comentario liberal europeo los leen como xenofobia de clase obrera exacerbada por las redes sociales, un problema de desinformación digital que una mejor regulación de las plataformas podría atajar. Esa lectura es, en el mejor de los casos, una distracción. En Belfast, la violencia tiene estructura, historia y cadena de mando. Para comprender lo que ocurre en las calles de 2026, es necesario remontarse varios siglos.

Uno de los tantos muros llamados «de la paz» en Belfast, Irlanda del Norte, segregando las partes de la ciudad de mayoría católica y favorable a la unión con la República de Irlanda, de las partes con mayoría protestante y favorable a la continuidad de la union con el Reino Unido.

Las raíces coloniales del conflicto: la conquista que no terminó

La fractura que hoy se expresa en disturbios antiinmigrantes, en muros que dividen barrios a diez metros de distancia y en escuelas que separan a los niños desde los cuatro años tiene su origen en la conquista colonial de Irlanda. La invasión normanda del siglo XII fue el primer acto de una larga dominación, pero fue en los siglos XVI y XVII cuando se instaló la arquitectura del conflicto contemporáneo.

Con la Reforma protestante, Inglaterra adoptó el protestantismo bajo Enrique VIII mientras la mayor parte de Irlanda permanecía católica. Esa divergencia religiosa no fue simplemente un asunto de fe: fue el instrumento de la dominación colonial. En el siglo XVII, la Corona británica confiscó tierras en el norte de Irlanda —la provincia histórica de Ulster— y las entregó a colonos protestantes ingleses y escoceses en lo que se conoció como las «Plantaciones de Ulster». El diseño era deliberado: crear en el norte una mayoría leal a la Corona, protestante y anglófona, que operara como cuña contra la mayoría católica nativa del resto de la isla. La religión no dividió a Irlanda: la conquista usó la religión para dividirla.

El resultado de ese diseño colonial fue una Irlanda del Norte con mayoría protestante y unionista, rodeada de una isla mayoritariamente católica y cada vez más orientada hacia la independencia. Cuando en 1919 estalló la Guerra de Independencia irlandesa, la solución imperial fue la partición: en 1921, la isla quedó dividida en dos entidades. El Estado Libre Irlandés —el resto de la isla— comenzó un proceso de ruptura progresiva con la Corona que culminó en 1937, cuando una nueva Constitución eliminó todos los vínculos formales con la monarquía británica y convirtió a Irlanda en una república plenamente independiente. Seis condados en el norte, sin embargo, permanecieron bajo soberanía británica, con una importante minoría católica atrapada dentro de una entidad política diseñada para marginarla: discriminada en el empleo, en la vivienda y en el acceso a recursos por un gobierno unionista-protestante que la trataba como ciudadanía de segunda.

El caso irlandés es también un espejo de la proyección imperial de la Corona más allá de las propias islas. La Commonwealth —ese conjunto de antiguas colonias que mantienen lazos formales con la monarquía— es la forma contemporánea de la continuidad imperial. Australia, Canadá, Nueva Zelanda y decenas de otros Estados reconocen al monarca británico como jefe de Estado. La «familia de naciones» que la monarquía reivindica es, vista desde abajo, la familia que la conquista construyó. La trayectoria de la República de Irlanda —de dominio de la Commonwealth a república independiente mediante la afirmación soberana de su voluntad política— es un precedente que los sectores republicanos del norte no han olvidado y que los sectores unionistas conocen con suficiente claridad como para temerlo.

Los «Troubles»: cuando la guerra colonial se hizo urbana

La discriminación sistémica que sufrió la minoría católica dentro de Irlanda del Norte no tardó en generar resistencia organizada. A finales de los años sesenta, movimientos civiles católicos que protestaban contra la discriminación fueron reprimidos violentamente, y de esa represión brotó el conflicto armado conocido como «The Troubles», que se extendería de 1968 a 1998.

Las líneas del conflicto eran claras. El bando nacionalista y republicano —mayoritariamente católico— buscaba la salida de Irlanda del Norte de la soberanía británica y la reunificación con la República de Irlanda. El bando unionista y lealista —mayoritariamente protestante— deseaba permanecer en el Reino Unido y consideraba cualquier avance hacia la unificación como una amenaza existencial a su identidad y sus privilegios históricos. Surgieron grupos armados en ambos lados: el IRA —Ejército Republicano Irlandés— en el lado republicano; la UVF y la UDA en el lado lealista. El ejército británico fue desplegado en las calles de Belfast, convirtiéndose él mismo en un actor armado del conflicto.

Belfast se convirtió en el epicentro de una guerra urbana de guerrillas, atentados con bomba y asesinatos selectivos. La ciudad fue física y simbólicamente partida: Falls Road, barrio católico; Shankill Road, barrio protestante. Entre ellos se levantaron los primeros «muros de la paz» —peace walls—, barreras de separación que buscaban impedir los enfrentamientos directos entre comunidades. La relación con la Corona británica alcanzó su punto de ruptura más dramático en 1979, cuando el IRA asesinó a Lord Mountbatten, pariente de la reina Isabel II, en un atentado que no era solo un acto de guerra sino una declaración política: la Corona no es un símbolo neutral, es la cabeza visible de una ocupación. Décadas después, los líderes electos del Sinn Féin que ganan escaños en el Parlamento británico continúan rechazando ocuparlos para evitar prestar el juramento obligatorio de lealtad a la monarquía. La contradicción no se resolvió: se administra.

Mural en un «Muro de la Paz» en Belfast. Fuente: BBC.

El Acuerdo del Viernes Santo: una paz sin reconciliación

El conflicto armado terminó oficialmente el 10 de abril de 1998 con el Acuerdo del Viernes Santo. El acuerdo estableció un gobierno de poder compartido entre las comunidades, acordó que cualquier cambio en el estatus de Irlanda del Norte solo ocurriría con el consentimiento de la mayoría de su población y creó una serie de instituciones de cooperación transfronteriza con la República de Irlanda. Fue presentado al mundo como un modelo de resolución de conflictos, como la prueba de que incluso las guerras más enquistadas podían terminarse con negociación.

Lo que no hizo el acuerdo fue reconciliar. Lo que hizo fue congelar. La segregación no se redujo tras 1998: se consolidó. El «acuerdo de paz» no derribó los muros: los multiplicó. A principios de los años noventa había 18 tramos de muros de la paz en Belfast. Para 2017 eran 59 secciones, cubriendo un total de 34 kilómetros. Hoy esas barreras de ladrillo, hormigón, hierro y acero pueden alcanzar hasta diez metros de altura, equipadas en ocasiones con mallas metálicas para evitar el lanzamiento de objetos. Sus puertas conectan los barrios durante el día, pero se cierran cada noche: Belfast tiene toque de queda permanente entre comunidades, no decretado por ninguna autoridad sino instalado en la propia arquitectura de la ciudad.

Cuando el gobierno se propuso eliminar los muros —estableciendo metas de derribo para 2023— los estudios mostraron que el 69% de los residentes de las zonas fronterizas no se sentía preparado para ello, por miedo a que la violencia regresara. La «paz» había producido una dependencia de la separación: para muchos, el muro no es una cicatriz sino una garantía. Ese es el resultado de veinticinco años desde el acuerdo de paz sin integración real.

La segregación educativa completa el cuadro. El 93% de los niños en Irlanda del Norte asisten a escuelas separadas por religión. Un joven puede pasar desde los cuatro hasta los dieciocho años sin haber tenido jamás una conversación real con alguien de la comunidad vecina. No es una exageración: es la descripción literal de lo que produce el sistema educativo norirlandés. Los jóvenes socializan exclusivamente con quienes comparten su identidad religiosa, cultural y política. Los matrimonios mixtos representan menos del 10% de la población. La segregación física se traduce en segregación geográfica cotidiana: los jóvenes sienten inseguridad o miedo al cruzar hacia zonas que no consideran «suyas», delimitadas por muros, por banderas que indican de qué lado se está o simplemente por una geografía urbana de la hostilidad que no necesita señales explícitas.

En los muros, los barrios y las escuelas puede leerse también la fractura geopolítica global. En un lado del muro aparecen banderas del Reino Unido y expresiones de apoyo a Israel. En el otro, símbolos de la independencia irlandesa, murales de solidaridad con Palestina y el icónico «Imagine» de los Beatles resignificado como mensaje de paz. La división no es solo religiosa ni identitaria: es también una lectura opuesta del mundo, del colonialismo y de sus víctimas. Quienes se sienten ocupados reconocen a otros ocupados, desde los países directamente colonizados por el Reino Unido a otros pueblos, como el de Palestina, por ejemplo.

«Muro de la paz» en Belfast con mural a Palestina. Fuente: Joan Soldevila Adán (La Vanguardia).

La maquinaria que nunca se desarmó: paramilitarismo lealista en el siglo XXI

La consecuencia más directa de una paz sin integración es que las estructuras de violencia que la guerra produjo no desaparecen: mutan. Las organizaciones paramilitares lealistas —principalmente la UVF (Fuerza Voluntaria del Úlster / Ulster Volunteer Force) y la UDA (Asociación en Defensa del Úlster / Ulster Defence Association)— no se disolvieron con el Acuerdo del Viernes Santo. Firmado el acuerdo, encontraron nuevas funciones.

Hoy operan con aproximadamente 12.500 miembros activos. Muchos de estos grupos funcionan como estructuras de crimen organizado: extorsión, préstamos usureros, control territorial mediante la deuda y el miedo. Mantienen procesos de reclutamiento activos entre la juventud de barrios obreros protestantes, donde la falta de perspectivas económicas, la segregación educativa y la identidad comunitaria construida sobre el antagonismo crean un terreno fértil para la captación. Lejos de ser fantasmas del pasado, son actores presentes con capacidad de movilización inmediata.

Cuando surge un detonante, la maquinaria se activa. En 2021, fueron estos mismos grupos quienes organizaron semanas de disturbios contra las consecuencias del Brexit, canalizando el descontento unionista en violencia callejera. En 2026, fueron ellos quienes convirtieron la indignación por el ataque con cuchillo en operaciones de expulsión sistemática de inmigrantes. Los expertos que analizan estos episodios son precisos: no se trata de jóvenes radicalizados en redes sociales sino de una maquinaria que lleva cincuenta años movilizando violencia comunitaria bajo diferentes etiquetas. El detonante cambia; la infraestructura e ideología violentista y supremacista son las mismas.

La lógica que alimenta al paramilitarismo lealista es la lógica de la autoprotección comunitaria y a su vez colonial: si el Estado falla en proteger a la comunidad colonial, o la traiciona, los colonos deben protegerse mediante la fuerza propia. Es una lógica de guerra civil latente, no de paz. Y en Belfast, esa lógica tiene plena vigencia: la «paz fría» que los muros administran no ha extinguido la convicción de que en cualquier momento puede ser necesario volver a defenderse.

Aunque el escenario se ha complejizado más, dado que han surgido también fuerzas nacionalistas irlandesas de derecha que también se oponen fervientemente a la migración, la división sigue estando presente entre unos lealistas y «unionistas» que aspiran a la consolidación del marco unitario del Reino Unido, versus las fuerzas republicanas irlandesas que aspiran a la unión de Irlanda bajo el marco republicano y terminando los lazos de la actual Irlanda del Norte con la monarquía del Reino Unido. En estas últimas, suele haber una comprensión más progresista y de izquierda frente al fenómeno migratorio, siendo estos sectores los que han salido a manifestarse contra los pogromos y la violencia racista que es ejecutada por las fuerzas paramilitares unionistas y lealistas al Reino Unido.

Salvador Allende en uno de los tantos «muros de la paz» segregacionistas en Belfast. Fuente: Salvador Allende: Revolutionary Democrat.

El Brexit: descongelando lo que nunca había sanado

El Acuerdo del Viernes Santo descansaba sobre un equilibrio que el Brexit destruyó. La salida del Reino Unido de la Unión Europea alteró el statu quo político y económico que mantenía a Irlanda del Norte dentro de la órbita británica sin fricciones visibles. Lo que algunos analistas habían descrito como la «arquitectura más frágil y más valiosa» de la región —esto es, el acuerdo de paz irlandés-británico— fue sacudida por una decisión tomada principalmente en Londres sin considerar adecuadamente sus consecuencias para el norte de Irlanda.

El impacto ha sido doble y en apariencia contradictorio. Por un lado, el Brexit impulsó de manera decisiva la agenda nacionalista. El Sinn Féin ganó las elecciones parlamentarias por primera vez en su historia, impulsado en gran parte por su oposición frontal al Brexit. El argumento económico es poderoso e inédito: la República de Irlanda permanece en el mercado único de la Unión Europea, y la reunificación empezó a aparecer como una ventaja tangible no solo para quienes se sienten irlandeses por identidad, sino para sectores que antes rechazaban la unificación por razones pragmáticas. El sentimiento a favor de una Irlanda unificada ha crecido «de forma natural» tras el Brexit, según quienes estudian las encuestas de opinión en la región. Incluso algunos unionistas, antes opuestos a la unificación por convicción, han comenzado a contemplarla como opción económicamente racional.

Por otro lado, esa misma perspectiva aterra a los sectores unionistas y lealistas, que perciben el Brexit como una traición que los ha dejado como «ciudadanos de segunda» dentro del mismo Reino Unido que defienden. Las nuevas condiciones comerciales y políticas creadas por el llamado «Protocolo de Irlanda del Norte» generaron en los sectores lealistas un fuerte sentimiento de marginación: la sensación de que el acuerdo post-Brexit los colocaba en una posición de inferioridad frente a los nacionalistas y empujaba a Irlanda del Norte, casi inevitablemente, hacia la unificación que rechazan. Los disturbios de 2021 de los sectores lealistas y unionistas fueron descritos por algunos analistas como la «última pataleta» de una comunidad asustada por el cambio político y económico que percibe como una amenaza existencial. Una pataleta organizada, con infraestructura paramilitar y décadas de experiencia en la violencia callejera. El Brexit no creó las tensiones de Irlanda del Norte, las desenterró y les dio nuevo combustible.

La migración como chivo expiatorio de un Estado que nunca integró a nadie

El agresor del incidente de Belfast de junio de 2026 era un solicitante de asilo sudanés que llevaba en el país desde 2023. Su situación era la que el sistema de asilo británico produce sistemáticamente: permiso de residencia concedido, programas de inserción inexistentes, estructura vital ausente, alojamiento en los barrios más pobres de una ciudad donde los recursos escasos ya generaban tensiones entre comunidades. El sistema de asilo británico ha sido descrito con precisión como una «máquina de fabricar marginalidad»: otorga el permiso y abandona a las personas en un limbo burocrático donde la integración no está prevista porque nunca fue el objetivo.

Durante décadas el Reino Unido ha carecido de una política de integración coherente. Los inmigrantes no llegan a comunidades con capacidad de absorción: llegan a barrios ya fracturados, donde la competencia por los servicios públicos deteriorados y las oportunidades económicas escasas genera resentimiento, y donde ese resentimiento es rápidamente capturado y reencauzado por quienes tienen interés estructural en mantener viva la lógica del enemigo interno. La clase obrera de Belfast —protestante o católica— lleva décadas siendo despojada de servicios públicos y perspectivas de futuro por las mismas políticas que gestionan la migración como un flujo de mano de obra barata sin ninguna responsabilidad sobre las consecuencias sociales de esa gestión.

La migración, en ese contexto, no genera el conflicto: activa uno que ya existía. El peligro que algunos analistas han señalado con claridad es que se mezcle un problema de gestión migratoria con una memoria activa de violencia organizada. Si el Estado no protege a las comunidades vulnerables —los migrantes expulsados de sus casas en una sola noche, las familias que quedan sin hogar por su origen étnico— la lógica que resurge es la de que cada bando debe protegerse mediante la fuerza propia. Esa lógica no es nueva en Belfast. Es la lógica con la que se construyeron los muros.

La paradoja es que los inmigrantes han llegado a una ciudad donde las comunidades locales llevan décadas siendo víctimas de la misma lógica de exclusión que ahora se vuelca sobre ellos. En los barrios del este de Belfast donde hombres enmascarados golpeaban puertas para expulsar extranjeros, la clase obrera lleva generaciones siendo controlada por estructuras paramilitares que la explotan económicamente mientras le venden el relato de la amenaza exterior. La rabia es real; su dirección, fabricada.

Un reino que nunca fue uno: la ficción de la unidad británica

Lo que ocurre en Irlanda del Norte obliga a mirar al Reino Unido por lo que realmente es: no una nación, sino un Estado multinacional construido sobre la conquista. Su composición —Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte— es el sedimento de siglos de expansión colonial hacia el interior de las propias islas británicas, antes de proyectarse al resto del mundo. La «unidad» del Reino Unido no es una identidad compartida: es una arquitectura institucional que contiene identidades en conflicto mediante un equilibrio permanentemente amenazado.

Los sucesos recientes en Irlanda del Norte revelan ese equilibrio en toda su fragilidad. Mientras una parte de la población se siente puramente irlandesa y rechaza la soberanía británica como ilegítima, la otra se siente británica por tradición y se aferra a la Corona como garantía de su identidad. La existencia de muros físicos que dividen barrios a diez metros de distancia, de escuelas donde el 93% de los niños están segregados por religión y de organizaciones paramilitares con más de doce mil miembros activos evidencia que, tras veinticinco años del Acuerdo del Viernes Santo, la integración social necesaria para una «unidad» real no se ha alcanzado ni está próxima.

Sectores nacionalistas señalan con razón que miles de soldados británicos reclaman aún jurisdicción sobre un territorio que consideran ocupado. La relación entre las naciones que componen el Reino Unido y el poder central de Londres nunca se normalizó totalmente, sólo se administró. Y lo que el Brexit ha revelado es que esa administración descansaba sobre condiciones —la pertenencia común a la Unión Europea, la invisibilización de la frontera entre las dos Irlandas— cuya desaparición hace colapsar la ficción de la unidad.

La trayectoria histórica de la República de Irlanda ilumina el horizonte posible. Originalmente «Estado Libre Irlandés» y dominio de la Commonwealth —en situación similar a la de Canadá o Australia—, la voluntad política irlandesa de romper totalmente con la Corona llevó a la Constitución de 1937 y a la proclamación de una república plenamente independiente, sin lazos formales con la monarquía. Ese precedente está vivo en la memoria republicana del norte, y el Brexit lo ha hecho más relevante: si la unificación económica con la República ofrece ventajas tangibles, el argumento para mantenerse dentro del Reino Unido se debilita en términos que vayan más allá de una identidad tradicional.

La Corona misma, en tanto institución, es parte del problema. No un árbitro neutral entre comunidades en conflicto, sino el símbolo histórico de la dominación que el republicanismo irlandés combatió durante siglos. El asesinato de Lord Mountbatten en 1979 no fue un acto de terrorismo sin contenido político: fue la expresión más directa de que para el IRA y para amplios sectores del republicanismo irlandés, la Corona representa una ocupación, no una nación. Décadas después, los representantes electos del Sinn Féin que se niegan a prestar juramento de lealtad a la monarquía para ocupar sus escaños parlamentarios continúan haciendo la misma declaración, con métodos menos letales pero de igual claridad simbólica.

Monarquías de la Commonwealth o «Mancomunidad de Naciones»: países formalmente independientes, pero que reconocen como Jefatura de Estado al monarca británico, hoy Carlos III. En estos países, el monarca del Reino Unido es además de la jefatura de Estado, el comandante en jefe del Ejército, y designa a un «Gobernador general» que cuenta con poderes de excepción para ciertas situaciones. Fuente de la infografía: Politizados.com.

La paz fría y sus límites

Las iniciativas de integración existen pero son marginales frente a la escala de la segregación: organizaciones de mediación comunitaria, centros juveniles en zonas históricamente conflictivas, el marco institucional del Acuerdo del Viernes Santo que sigue siendo la base formal de la cooperación. Pero ninguna de estas iniciativas toca el núcleo del problema: una ciudad donde el 93% de los niños no se mezclan, donde los muros se multiplican y donde las organizaciones que durante cincuenta años movilizaron la violencia comunitaria siguen reclutando a nuevos integrantes en los mismos barrios.

El Estado británico no ha tenido voluntad política de integrar porque la integración requeriría enfrentar la historia colonial que produjo la fractura. Requeriría reconocer que la partición de 1921 fue un acto de ingeniería imperial, que las «Plantaciones de Ulster» fueron colonización, que la discriminación sistémica de la minoría católica fue una política de Estado y que la solución a todo ello no puede ser administrar eternamente la separación mediante muros y acuerdos que congelan sin resolver. Esa conversación, Londres nunca ha estado dispuesta a tenerla.

Los muros de la paz en Belfast son, en efecto, el eufemismo más irónico de la historia reciente del Reino Unido. No son el resultado de la paz, son el síntoma de su ausencia. No separan el pasado del presente, sino que demuestran que el pasado colonial que los construyó nunca fue liquidado. Y mientras los muros sigan en pie, mientras las escuelas sigan separando niños por religión, mientras la UVF y la UDA sigan reclutando en los barrios obreros y mientras Londres siga gestionando la cuestión norirlandesa como un problema de orden público en lugar de como una deuda colonial pendiente, Belfast seguirá siendo lo que ha sido siempre: una evidencia más de que el Imperio Británico no ha terminado. Terminará, entre otras cosas, cuando resuelva lo que hizo en las propias islas que llama suyas.


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