Las masacres y expulsiones masivas de palestinos de Lydda y Ramla en julio de 1948: crímenes centrales del plan colonial sionista y la Nakba palestina

Entre el 9 y el 13 de julio de 1948, la Operación Dani del ejército sionista «israelí» convirtió dos ciudades árabes con una milenaria historia en el escenario de una masacre urbana y la mayor expulsión masiva de la guerra de ocupación colonial que desplegó el proyecto sionista sobre territorio palestino: entre 50.000 y 70.000 palestinos fueron arrancados de sus hogares por orden verbal de David Ben-Gurión y orden escrita de Yitzhak Rabin, en un episodio que historiadores israelíes como Ilan Pappé e incluso un sionista como Benny Morris documentan hoy como limpieza étnica planificada. Aquí hacemos un repaso de los sucesos en Lydda y Ramla en julio de 1948, mostrando la milenaria historia de estas dos ciudades y su relevancia en el despliegue del plan de ocupación sionista en 1948, ejecutor de la trágica expulsión de miles de palestinos en los inicios de instalación del régimen colonial genocida manipuladoramente llamado «Israel».
Lo que el proyecto colonial sionista Estado de Israel llama, cuando lo llama, «la caída de Lod y Ramle» fue en realidad la ejecución de un plan preexistente sobre dos ciudades que el sionismo consideraba, en palabras del propio Ben-Gurión, «las dos espinas» clavadas en el corazón de su proyecto colonial. No hubo improvisación ni fatalidad de guerra: hubo objetivo estratégico, orden de mando y ejecución sistemática. Lo que hoy se conoce en el mundo árabe como parte de la Nakba —la catástrofe— tuvo en Lydda y Ramla uno de sus capítulos más brutales, y sus consecuencias, lejos de pertenecer al pasado, siguen operando en la Palestina ocupada del presente.

Dos ciudades milenarias convertidas en «amenaza existencial» para el proyecto colonial sionista
Lydda y Ramla no eran aldeas menores en el mapa de la Palestina árabe. Lydda —cuya importancia estratégica se remonta a un asentamiento situado entre el 5600 y el 5250 a.C.— era, posiblemente, el nudo de comunicaciones más importante de todo el país: se ubicaba en el cruce de la ruta norte-sur que conectaba con Egipto y Siria y la ruta este-oeste que unía Jaffa con Jerusalén, albergaba la segunda estación ferroviaria más relevante después de la de Haifa —punto clave de la línea Qantara-Haifa— y era sede del Aeropuerto Internacional de Palestina, hoy rebautizado como «Ben Gurión» en la ocupación de entidad sionista. La economía de Lydda giraba en torno a las prensas de aceite de oliva y de sésamo y a un mercado semanal que abastecía a las aldeas circundantes. En la memoria popular era conocida como «la ciudad de las mezquitas», con templos como la Gran Mezquita Al-Umari —construida en el periodo mameluco por el sultán Baybars sobre las ruinas de una iglesia cruzada— y la mezquita de Dahmash, con capacidad para 800 fieles. Para los cristianos palestinos, además, Lydda tenía un peso simbólico particular: era el lugar de nacimiento y martirio de San Jorge. Hacia 1946 la ciudad tenía unos 18.250 habitantes, todos árabes, musulmanes y cristianos, sin un solo residente de religión judía.
Ramla, en cambio, tuvo una fundación deliberada: la levantó hacia el año 715 el príncipe omeya —más tarde califa— Sulayman ibn ‘Abd al-Malik, sobre un terreno arenoso junto a la propia Lydda, de donde tomó materiales de construcción y primeros pobladores. Su nombre deriva del árabe raml, «arena». Durante trescientos años fue capital administrativa de Palestina, a la altura de metrópolis como Bagdad, El Cairo o Damasco, gracias a su posición en el cruce de la Vía Maris —la ruta costera norte-sur— y el camino que unía Jaffa con Jerusalén. Llegó a tener más de 25.000 habitantes musulmanes, cristianos, judíos y samaritanos, cada comunidad con sus propios mercados y templos, y una economía sostenida por el comercio internacional y la tintorería textil, con ceca propia que acuñaba monedas de oro marcadas con el símbolo de la palmera. Al carecer de fuentes naturales de agua, desarrolló uno de los sistemas hídricos más sofisticados del mundo islámico medieval: el acueducto Qanat Bint al-Kafir, revestido de yeso, traía agua desde más de 15 kilómetros de distancia hasta cisternas como la Birkat al-‘Anaziya —la Cisterna de las Cabras—, construida en el año 789 bajo el califato de Harún al-Rashid y considerada uno de los ejemplos más antiguos del uso sistemático del arco apuntado u ojival. La Mezquita Blanca, con su minarete cuadrado añadido en época mameluca, dominaba el centro urbano. Una serie de terremotos —en 1033, 1068 y 1070— y la posterior llegada de los cruzados en 1099, que encontraron la ciudad prácticamente desierta, sellaron su decadencia como capital, aunque nunca su identidad árabe.
Esa identidad —milenaria en Lydda, fundacionalmente árabe-islámica en Ramla— es precisamente lo que el proyecto sionista se propuso liquidar en julio de 1948.


La Operación Dani y la vocación criminal de Ben-Gurión con «las dos espinas»
El 16 de junio de 1948, en plena primera tregua de la guerra desatada por las fuerzas sionistas envalentonadas por la «declaración de independencia de Israel del 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurión (nacido como David Grün en Polonia), el primer Primer Ministro de Israel, se refirió a Lydda y Ramla en una reunión de gabinete como «las dos espinas» y anotó en su diario que debían ser destruidas para asegurar el control sobre la carretera a Jerusalén y el aeropuerto. La obsesión no era nueva: ya en diciembre de 1947, tras la resolución de recomendación de partición de la Asamblea General de la ONU (Resolución 181), los palestinos de Ramla habían protestado manifestando su desacuerdo, bloqueando el paso del transporte de los colonos hacia Jerusalén, obligando a los sionistas a construir una ruta alternativa, el «Camino de Birmania». En enero de 1948, John Bagot Glubb, el comandante británico de la Legión Árabe de Transjordania, visitó ambas ciudades instando a sus habitantes a prepararse para la defensa. En febrero, el grupo paramilitar sioinista «Irgun» colocó una bomba en el mercado de Ramla, matando a varias personas. Para abril, Lydda se había convertido en centro de suministro de armas y entrenamiento militar para las aldeas vecinas, y hacia mayo, tras la caída de Jaffa en manos sionistas, unos 20.000 refugiados palestinos se habían sumado a su población buscando amparo. A mediados de mayo, la ocupación israelí de Ra’s al-Ayn y la muerte del comandante palestino Hassan Salameh dejaron a la región de Lydda-Ramla aislada del resto del «Triángulo» palestino, con sus líneas de suministro cortadas.
El 7 de julio, el mando israelí nombró a Yigal Allon al frente de la Operación Dani, con Yitzhak Rabin como oficial de operaciones, movilizando en torno a 6.000 hombres —cifra que otras fuentes elevan hasta 8.000— procedentes de las brigadas Yiftach, Harel, Kiryati y la 8.ª Brigada Blindada, el mayor contingente que el proyecto colonial «Israel» había reunido hasta entonces. El objetivo declarado era asegurar el corredor Tel Aviv-Jerusalén y neutralizar la presencia de la Legión Árabe jordana y las milicias locales. El objetivo real, expresado sin ambigüedad por el propio primer ministro israelí, era eliminar dos ciudades árabes que la propuesta de Plan de Partición de la ONU de diciembre de 1947 había asignado al futuro Estado árabe y que el naciente «Estado judío» decidió, sencillamente, tomar por la fuerza.
Del lado palestino, la defensa se organizó con notable capacidad de autogobierno pese a la desventaja material. Los residentes de Lydda formaron comités nacionales, militares, de salud y de negocios; el Comité Superior Árabe (CSA) asumió poderes civiles y militares y llegó a negociar con asentamientos sionistas vecinos, como Ben Shemen, para mantener rutas seguras para la población civil. La milicia local, comandada por un sargento retirado de la Legión Árabe, reunía aproximadamente 1.000 hombres armados con rifles, ametralladoras y vehículos blindados ensamblados artesanalmente. Se construyeron barricadas, trincheras y fosos antitanque.


Moshe Dayan y la matanza en la mezquita de Dahmash
El asalto comenzó la noche del 9 al 10 de julio con bombardeos aéreos y de artillería sobre ambas ciudades, diseñados explícitamente para inducir pánico entre la población civil. Los sionistas lanzaron panfletos que advertían que la ciudad «colapsaría sobre sus cabezas» si no capitulaba, y el 11 de julio Ramla se rindió. Lydda, en cambio, logró resistir. Esa misma tarde, una columna de vehículos blindados al mando de Moshe Dayan atravesó la ciudad a gran velocidad disparando indiscriminadamente contra todo lo que se movía. Un corresponsal de guerra presente describió calles cubiertas de cadáveres de hombres, mujeres y niños árabes. El saldo de esa sola incursión osciló, según las estimaciones, entre 100 y 150 palestinos muertos. Mose Dayan provenía de una familia de la ucrania zarista que se había instalado en Degania, primera instalación colonial bajo la forma de kibutz en 1909, y será más tarde ministro israelí de Agricultura (1959-1964), de Defensa (1967-1974), y de Relaciones Exteriores (1977-1979).
Al mediodía siguiente, el 12 de julio, dos o tres vehículos blindados jordanos entraron brevemente en la ciudad, generando entre los residentes la falsa impresión de que la Legión Árabe lanzaba un contraataque de rescate. Se reanudaron entonces disparos esporádicos contra las tropas israelíes, que interpretaron el episodio como una violación del acuerdo de rendición. El comandante del Tercer Batallón, Moshé Kelman, ordenó a sus soldados disparar contra cualquier objetivo visible y lanzar granadas dentro de las viviendas donde se sospechaba la presencia de francotiradores. En represalia, tropas del Palmaj (unidad de élite de la organización paramilitar sionista Haganá) asaltaron la mezquita de Dahmash, donde se habían refugiado cientos de civiles y combatientes que ya se habían rendido, y la atacaron con granadas, ametralladoras y un proyectil antitanque PIAT disparado dentro del recinto sagrado. Un combatiente del Palmaj que participó en el ataque reconoció años más tarde haber disparado él mismo ese misil, cuyo impacto —relató— fue tan brutal que, al revisar después el interior, encontró las paredes cubiertas de restos humanos. Las cifras de muertos dentro de la mezquita oscilan, según el historiador consultado, entre 80 y 95 personas para unos y entre 176 y 179 para el historiador palestino Aref al-Aref. El total de palestinos muertos en Lydda ese día se calcula en más de 400, frente a menos de una decena de bajas los fuertemente armados colonos israelíes.
Los cuerpos permanecieron esparcidos por las calles y dentro de la mezquita durante más de diez días bajo el sol de julio, hasta el punto de que oficiales médicos del propio ejército israelí elevaron quejas por el riesgo sanitario y lo que definieron como un dilema «moral y estético». Entre quienes presenciaron la escena estaba un joven estudiante de medicina llamado George Habash, futuro fundador y líder del Frente Popular para la Liberación de Palestina, quien identificó ese momento —los cadáveres apilados, las familias deshechas— como un punto de inflexión de su vida política. Durante la toma de la ciudad, además, una delegación de dignatarios encabezada por el alcalde de Lydda se dirigió a la comisaría local para persuadir a los legionarios jordanos restantes de rendirse y evitar más víctimas civiles; los legionarios abrieron fuego contra la propia delegación y mataron al alcalde.
Un dato menos conocido revela que la masacre no fue ciega en su segregación: tras la ocupación del 11 de julio, las tropas israelíes separaron a los detenidos hombres por religión, conduciendo a los cristianos a la iglesia local o a un monasterio griego ortodoxo cercano y concentrando a los musulmanes en las mezquitas. Esa segregación religiosa evitó que la comunidad cristiana estuviera presente en Dahmash durante la matanza, aunque permaneció bajo custodia escuchando los disparos y las explosiones, temiendo por su propia suerte. La distinción, sin embargo, no alteraría el destino final: la orden de expulsión que llegaría al día siguiente sería, como se detalla más abajo, general, incluyendo la expulsión también a la población cristiana que había habitado por siglos junto a los musulmanes esa región.

«¡Échenlos!»: la orden verbal de Ben-Gurión y la firma de Rabin
El 12 de julio, ante la pregunta de Yigal Allon y Yitzhak Rabin sobre qué hacer con la población civil de Lydda y Ramla, David Ben-Gurión (David Grün) respondió con un gesto despectivo de la mano y una orden verbal que ha quedado registrada en la historiografía en su forma hebrea, garesh otam: «¡Échenlos!». Rabin, en su condición de oficial de operaciones de la Operación Dani y comandante de la Brigada Harel, firmó de inmediato la orden militar dirigida a las «Fuerzas de Defensa de Israel» (IDF), cuyo texto estipulaba sin ambigüedad: «Los habitantes de Lydda deben ser expulsados rápidamente, sin importar la edad». Bajo su mando, los soldados de la Brigada Harel entraron casa por casa a punta de pistola para obligar a las familias a salir a la calle, dando inicio a lo que la memoria colectiva palestina bautizaría como la Marcha de la Muerte. Los relatos que el propio Rabin dejó sobre estos hechos en sus memorias fueron, cabe consignarlo, objeto de censura posterior. Años después, durante la guerra de 1967, Ben-Gurión intentaría —sin éxito— disuadir a un Rabin ya convertido en Jefe del Estado Mayor de repetir en Cisjordania expulsiones masivas como las de 1948; Rabin, esta vez, insistiría en la anexión de los territorios ocupados.

La Marcha de la Muerte: sed, hierba y niños que no sobrevivieron
La expulsión se ejecutó el 13 de julio. A los residentes de Lydda se les dieron apenas treinta minutos para abandonar sus casas y emprender a pie una marcha de varios kilómetros bajo el sol abrasador del verano palestino, rumbo a las líneas de la Legión Árabe en Ramallah. Los habitantes de Ramla, en cambio, fueron trasladados en autobuses hasta las líneas del frente, una diferencia de trato que no alteró la sustancia del despojo. El historiador israelí Benny Morris relata que una avioneta israelí sobrevolaba la columna a baja altura para forzar a los desplazados a seguir avanzando sin detenerse. El historiador palestino Aref al-Aref calculó en 350 el número de muertos durante la travesía, aunque otras estimaciones hablan de hasta 500 víctimas por deshidratación, hambre y agotamiento, en su mayoría ancianos, mujeres y niños. Un oficial de inteligencia israelí presente en la escena dejó un testimonio elocuente: describió a la multitud caminando en fila, a las mujeres cargando bultos y sacos sobre la cabeza, a las madres arrastrando a sus hijos.
Los testimonios de sobrevivientes que más tarde se convertirían en figuras públicas reconstruyen la crudeza de ese trayecto. El artista Ismail Shammout relató cómo un oficial israelí lo obligó, a punta de pistola, a derramar el agua que había logrado conseguir para su familia, y describió a personas masticando hierba para obtener humedad y a mujeres embarazadas dando a luz de manera prematura en plena carretera, sin que los recién nacidos sobrevivieran. George Habash —fundador del Movimiento Nacionalista Árabe y, más tarde, del Frente Popular para la Liberación para Palestina— recordó el asesinato a tiros de un vecino, Amin Hanhan, ejecutado frente a su familia por un soldado israelí simplemente por negarse a ser registrado en un puesto de control. El profesor Reja-e Busailah, entonces un adolescente con discapacidad visual, describió el terror de ser arreado por caminos rocosos mientras los soldados disparaban al aire y gritaban obscenidades en árabe para acelerar la marcha. El médico cristiano local Spiro Munayar, que trabajaba en el hospital de Lydda, dejó constancia de la carnicería que presenció en las calles, de cómo las familias eran sacadas de sus casas a punta de pistola y de la angustia de ver a sus vecinos caminar sin rumbo hacia el exilio. Testigos coinciden en un detalle que resume por sí solo la magnitud de la deshidratación colectiva: hubo personas que llegaron a beber la orina de sus propios hijos para sobrevivir.
Tanto musulmanes como cristianos fueron obligados a sumarse a esa columna de entre 50.000 y 70.000 personas —de las cuales unas 20.000 eran ya refugiados llegados previamente de Jaffa y otras zonas ocupadas—, sin distinción religiosa alguna, pese a que la segregación inicial en la detención había separado a ambas comunidades. Cientos de personas murieron incluso después de completar la marcha, ya en los campos de Ramallah, a causa de las secuelas del viaje y la falta de suministros básicos.

El saqueo sistemático y la violencia contra las mujeres
La expulsión no fue solamente una operación de desplazamiento forzado: fue también un despojo material planificado. A lo largo del trayecto y en los límites de las ciudades, las fuerzas israelíes establecieron puestos de control donde registraban sistemáticamente a los refugiados para arrebatarles dinero, joyas, relojes, plumas estilográficas y otros objetos de valor antes de dejarlos continuar hacia las líneas árabes. En Ramla, cientos de hombres jóvenes fueron encerrados en jaulas de alambre de púas antes de ser trasladados a campos de internamiento, y los testimonios recogidos describen cómo las joyas eran en ocasiones arrancadas con violencia, provocando heridas en orejas y dedos. Existen igualmente registros documentados de violaciones contra mujeres palestinas durante el caos de la toma de ambas ciudades, un aspecto de la ocupación que la historiografía oficial israelí ha tendido sistemáticamente a minimizar.
Folke Bernadotte, el testigo internacional que la ONU no pudo proteger
El 2 de agosto de 1948, el conde sueco Folke Bernadotte, mediador de la ONU para Palestina y expresidente de la Cruz Roja sueca, visitó a los refugiados de Lydda y Ramla en los campos de Ramallah. Dejó escrito en su diario que, pese a haber recorrido numerosos campos de desplazados en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, jamás había presenciado una escena de sufrimiento humano tan aterradora. Describió a los desplazados como rostros aterrorizados en medio de un mar de sufrimiento humano, y relató haber sido asediado por miles de palestinos que le exigían, desesperados, el derecho a regresar a sus hogares. La experiencia marcó su posición política: en su informe final a la ONU recomendó el retorno incondicional de todos los refugiados y propuso una nueva partición del territorio. Esas conclusiones desataron la furia de sectores extremistas judíos. El 17 de septiembre de 1948, apenas un mes después de presentar su informe, Bernadotte fue asesinado en Jerusalén (Al Quds) por miembros de la organización terrorista sionista Lehi, también conocida como «Banda de Stern» (por su fundador el colono nacido en Polonia Abraham Stern, conocido por sus lazos con la Alemania Nazi y su intento por forjar una alianza contra el Reino Unido).
La recomendación de Bernadotte, en todo caso, en parte sobrevivió a su asesinato: en diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU la convirtió en la Resolución 194, que reconoció formalmente el derecho de los refugiados palestinos a la repatriación o compensación, bajo el conceto de «Derecho al Retorno». Setenta y ocho años después, esa resolución sigue sin cumplirse, como tampoco la Resolución de 181, cuya propuesta de partición fue infringida desde un inicio por la entidad sionista.

Los expedientes de las aldeas: la limpieza étnica como burocracia planificada
Lo ocurrido en Lydda y Ramla no puede leerse como un exceso aislado de la guerra, sino como la aplicación de un instrumento de inteligencia construido durante casi dos décadas por la Haganá: los llamados «expedientes de las aldeas». El proyecto nació de una propuesta del historiador Ben Zion Luria (colono también nacido en Polonia), de la Universidad Hebrea, y fue adoptado con entusiasmo por el Fondo Nacional Judío y su jefe de asentamientos, Yossef Weitz (colono nacido en el Imperio Zarista ruso, región ucraniana), quien lo convirtió en un programa de alcance nacional.
Lo que comenzó como un ejercicio cartográfico derivó, hacia finales de la década de 1930, en un archivo de inteligencia militar minucioso: mapas topográficos, fuentes de agua, composición socioeconómica y religiosa de cada aldea, nombres de los mukhtars, descripciones de mezquitas e imanes e incluso de los salones interiores de las casas de los notables, además del inventario de armas disponibles. La recolección de esta información se realizó mediante fotografía aérea encargada a especialistas como Margot Sadeh, procesada en un laboratorio secreto camuflado como compañía de irrigación; mediante reconocimientos sobre el terreno de agentes de la Haganá que fingían seguir los códigos de hospitalidad árabe para entrar en las casas de los mukhtars; mediante el entrenamiento, en la aldea juvenil de Shefeya, de unidades especiales adiestradas para imitar costumbres palestinas y hablar árabe sin ser detectadas; y mediante redes de informantes locales gestionadas por expertos como Ezra Danin y Yaacov Shimoni.
Uno de los componentes más siniestros de estos expedientes fue el llamado «índice de hostilidad», que registraba la participación de cada aldea en la revuelta árabe de 1936, las familias que habían perdido miembros combatiendo contra los británicos y los individuos señalados de haberse resistido o matado a colonos sionistas. La actualización de 1947 incorporó listas de personas «buscadas» —activistas, líderes locales, personas vinculadas al Muftí—, que en 1948 se emplearon durante la ocupación para separar a los hombres de sus familias e identificar a quienes debían ser ejecutados en el acto o enviados a campos de prisioneros. Estos expedientes resultaron determinantes para la implementación del Plan Dalet, la hoja de ruta militar que decidió qué aldeas debían ser destruidas, cuáles vaciadas y cuáles de sus habitantes liquidados; también facilitaron después la apropiación sistemática de propiedades, tierras y archivos palestinos. La lógica que estos expedientes permitieron aplicar en Lydda y Ramla —clasificación demográfica de hombres en «edad militar», entre los 10 y los 50 años, para su detención masiva; identificación de «objetivos» mediante informantes que cubrían la cabeza para no ser reconocidos— se repitió en otras localidades palestinas durante 1948, como en Tantura, donde el expediente local sirvió para seleccionar y ejecutar en la playa a hombres vinculados a la revuelta de 1936, o en Ayn al Zaytun, donde listas preparadas de antemano permitieron identificar y fusilar a decenas de hombres tras la rendición de la aldea.


Los nuevos historiadores y el reconocimiento de la limpieza étnica
Que Lydda y Ramla no fueron un accidente de guerra sino una operación deliberada de despoblamiento árabe no es una tesis exclusivamente palestina: la sostiene también la propia historiografía israelí crítica. Los llamados «Nuevos Historiadores», entre ellos Benny Morris (un declarado sionista), accedieron a documentos desclasificados del archivo militar israelí para demostrar que la expulsión respondió a una decisión de mando explícita, no a la improvisación del combate. Ilan Pappé ha ido más lejos, criticando al sionismo como proyecto colonial excluyente, caracterizando el conjunto de la operación —la orden verbal de Ben-Gurión, la orden escrita de Rabin, el uso previo de los expedientes de inteligencia y la repoblación inmediata con inmigrantes judíos— como una operación de limpieza étnica planificada, diseñada para asegurar la viabilidad demográfica del naciente Estado de Israel. El éxodo de Lydda y Ramla representó, por sí solo, cerca de una décima parte del total de refugiados palestinos generados por la guerra de ocupación sionista de 1948, conocida en la memoria palestina como «Nakba» (tragedia). En una línea similar ha profundizado Shlomo Sand, retrotrayendo el asunto a la historia más lejana: en rigor, no existió hace más de 20 siglos algo así como un «pueblo judío», siendo múltiples los pueblos y contextos donde se incubó la religión judía, no existiendo tal cosa como un «retorno» a su tierra en el Levante mediterráneo.
Casi de inmediato tras el vaciado de ambas ciudades, camiones cargados de inmigrantes judíos recién llegados de la Europa central y del este, o también de otros lugares como Marruecos, Túnez, Etiopía —algunos entre ellos, incluso, procedentes de campos de concentración del Tercer Reich nazi fascista— ocuparon las casas árabes, en una operación deliberadamente diseñada para impedir cualquier reclamo posterior de sus propietarios originales. Lydda fue rebautizada Lod. Ramla conservó un nombre apenas hebraizado, Ramle, pero perdió, junto con su población, buena parte de su memoria árabe.
Lod y Ramle hoy: pobreza, discriminación y ocupación que continúa
La transformación forzosa de 1948 define hasta hoy la fisonomía social de ambas ciudades. Lod —el nombre con el que Israel rebautizó a Lydda— es descrita como una de las localidades del cinturón periférico de Tel Aviv donde reside la población más pobre y menos privilegiada de la región metropolitana. El antiguo Aeropuerto Internacional de Palestina, objetivo estratégico central de la Operación Dani, es hoy el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, principal puerta de entrada aérea al Estado de Israel: la infraestructura por la que se asesinó y expulsó a decenas de miles de personas sostiene hoy el tránsito turístico y comercial del país que las desplazó. Una minoría árabe palestina permanece en la ciudad —descrita en los testimonios recogidos como un «recordatorio vivo» de la Nakba— y enfrenta discriminación estructural, mientras las casas originales de las familias expulsadas siguen ocupadas por descendientes de aquellos inmigrantes sionistas llegados principalmente desde Europa. Sobreviven, no obstante, estructuras del patrimonio árabe: la Gran Mezquita Al-Umari y la propia mezquita de Dahmash, escenario de la masacre de 1948, siguen en pie.
Ramla, por su parte, es descrita hoy como una zona deteriorada y descuidada por el Estado israelí. La reducción histórica de su superficie —producto tanto de los terremotos medievales como de la guerra de 1948— dejó monumentos que antes ocupaban el centro urbano, como la Mezquita Blanca, en las afueras de lo que hoy se delimita como «Ciudad Vieja»; su minarete cuadrado sigue, sin embargo, dominando el paisaje. La cisterna de Birkat al-‘Anaziya, proeza de ingeniería omeya del siglo VIII, permanece como sitio arqueológico de referencia por sus arcos apuntados. Lo que hoy se exhibe como patrimonio turístico fue, hasta 1948, la infraestructura viva de una capital árabe de Palestina con trescientos años de continuidad histórica.
Que el aeropuerto por el que hoy aterrizan los turistas se haya construido sobre el objetivo militar de una masacre, que las casas árabes sigan habitadas por quienes las recibieron del despojo, y que la Resolución 194 de la ONU —producto directo del testimonio de un mediador sueco asesinado por exigir el retorno de los refugiados— continúe incumplida siete décadas después, son la prueba de que los crímenes de la ocupación israelí sobre Palestina no comenzó en 2023 ni en 1967, sino que se fundó más de 7 décadas antes, en un largo proceso de despliegue de un proyecto colonial y genocida que tuvo como hito fundamental los sucesos de julio de 1948 en Lydda y Ramla.
FUENTES Y VIDEOS RELACIONADOS:
The Expulsions of Ramla & Lydda (1948: Creation & Catastrophe Chapter 9)
1948 Palestinian exodus from Lydda and Ramle (El éxodo palestino de Lydda y Ramle)
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La historia y actualidad de Palestina y su lucha contra el colonialismo genocida de «Israel» y el capitalismo occidental narradas por el historiador Christian Nader






