Lyudmila Pavlichenko: La referencial soldado francotiradora del Ejército Rojo soviético que convirtió a los invasores Nazis en objetivo de su implacable mirada y fusil

El 12 de julio de 1916, en la pequeña localidad de Bila Tserkva, entonces Imperio Ruso y más tarde República Socialista Soviética de Ucrania, nació una de las figuras más letales y simbólicas de la Gran Guerra Patria para los soviéticos, conocida en Occidente como Segunda Guerra Mundial. Su nombre, Lyudmila Mijáilovna Pavlichenko, quedaría grabado no solo en el mármol del Panteón de los Héroes de la Unión Soviética, sino también en el imaginario colectivo como la francotiradora más eficaz de toda la Segunda Guerra Mundial. Con 309 bajas confirmadas de oficiales y soldados de la Wehrmacht, su fusil de mira telescópica fue implacable contra la maquinaria de invasión de la multinacional fascista del Tercer Reich nazi encabezado por Adolf Hitler. Lyudmila Pavlichenko fue condecorada con la Estrella de Oro de Héroe de la Unión Soviética, la máxima distinción del país, además de dos Órdenes de Lenin y múltiples medallas conmemorativas. Una referencia entre las mujeres soviéticas junto a otras héroes y referencias de la experiencia soviética como María Limánskaya, Valentina Tereshkova, Alexandra Kollontai o Nadezhda Krúpskaya.
De la fábrica a la academia: El entrenamiento de una ciudadana Soviética
Hija de una familia trabajadora, Lyudmila creció en el ambiente fabril de la Ucrania integrante de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, un sistema que no solo garantizaba el empleo, sino que también fomentaba fuertemente el desarrollo integral del individuo. En las instalaciones de la fábrica «Arsenal», donde se producía material armamentístico y componentes aeroespaciales, las obreras y obreros tenían acceso a círculos de formación gratuita que iban desde la gimnasia y el paracaidismo hasta cursos de pilotaje y, por supuesto, el tiro deportivo. Fue en este último donde Lyudmila halló su verdadera vocación, compaginando su turno en la cadena de montaje con la educación secundaria y, posteriormente, graduándose como una tiradora de primera categoría en las competiciones locales.
En septiembre de 1936, su sed de conocimiento la llevó a la Facultad de Historia de la Universidad de Kiev, pero jamás abandonó su fusil. Simultáneamente, se inscribió en una escuela de francotiradores del Ejército Rojo, perfeccionando sus habilidades con el fusil de precisión hasta convertir su pulso en un mecanismo de relojería. En 1941, al finalizar sus estudios universitarios, se trasladó a Odesa para realizar sus prácticas como ayudante de biblioteca. Sin embargo, el destino le tenía reservado un guión muy distinto: el 22 de junio, la invasión nazi de la URSS postergó su futuro académico y la convocó al frente de batalla.


Los inicios de fuego en Odesa
Solo un día después del inicio de la invasión, Pavlichenko se presentó voluntaria en la oficina de reclutamiento. Fue asignada a la 25.ª División de Fusileros Chapáyevskaya, unidad que portaba con orgullo el nombre de Vasili Chapáyev, el legendario comandante rojo de la guerra civil. Su primera prueba de fuego llegó durante la heroica defensa de Odesa en la entonces República Socialista Soviética de Ucrania. Allí, en los sangrientos asedios contra las tropas rumanas y alemanas, Lyudmila abrió su cuenta de cazadora con su Tokarev SVT-40, abatiendo a sus primeros «humanos con uniforme fascista», como ella solía llamarlos.
En dos meses y medio de combates en el perímetro de Odesa, su puntería implacable había despachado a 187 invasores, una cifra que ya la convertía en una amenaza de primer orden. Su destreza y coraje le valieron su primer ascenso a Cabo, y fue herida por primera vez por la metralla de un mortero, aunque ello no mermó su ímpetu. Tras su recuperación, comenzó a ejercer como instructora, impartiendo a los soldados novatos los secretos del tiro de precisión, sembrando así la semilla de su legado pedagógico.


El asedio de Sebastopol y la tragedia personal
El 17 de octubre de 1941, el escenario de la guerra la trasladó a la sitiada Sebastopol, el bastión de la resistencia en la península de Crimea. La ciudad portuaria, asediada por las huestes de Manstein, fue testigo de su epopeya más cruenta. Allí trabó amistad y amor con el subteniente Arkádievich Kitzenko, un comandante con el que compartía trincheras y sueños de victoria. Juntos planearon casarse, pero la guerra, en su crudeza, no respeta promesas. Kitzenko fue herido de gravedad en un combate y, a pesar de los esfuerzos de Lyudmila por evacuarlo, falleció en sus brazos. Aquella pérdida endureció aún más su determinación.
En Sebastopol, la ira y la técnica se fundieron en un solo propósito. Para junio de 1942, en apenas un año en el frente, Pavlichenko ya había consolidado una cifra oficial de 309 bajas enemigas. Entre ellas, se contaban nada menos que 36 francotiradores de la élite de la Wehrmacht, lo que la convertía no solo en una cazadora, sino en una «cazadora de cazadores». La fama de la muchacha de la división Chapáyev se extendió como la pólvora entre las filas germanas. Los nazis, desesperados, la incluyeron en sus listas de objetivos prioritarios, llegando a emitir amenazas por megafonía: “Lyudmila Pavlichenko, si te atrapamos, te haremos 309 pedazos y los esparciremos al viento.” Lejos de intimidarla, aquellas bravatas le causaron cierta satisfacción, pues confirmaban que el enemigo llevaba la cuenta exacta de sus pérdidas a manos de una mujer.

El retiro del frente y la gira por Occidente
El verano de 1942 trajo consigo una nueva herida. Alcanzada de nuevo por la metralla de un mortero, esta vez con graves impactos en la cabeza, su integridad física quedó en peligro. El Alto Mando, consciente de su valor como símbolo y como instructora, decidió retirarla del frente activo para preservar su vida. No era un castigo, sino un reconocimiento: la necesidad de que su experiencia y su método no perecieran en el fragor de la batalla.
Fue entonces cuando se inició su gira de propaganda por los Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña, buscando convencer a los aliados de abrir un segundo frente: «Caballeros, tengo 25 años y ya he matado a 309 invasores fascistas. ¿No creen que ya se han estado escondiendo detrás de mi espalda por demasiado tiempo?«. En suelo estadounidense, la prensa sensacionalista preguntó con frivolidad si realmente había ejecutado a 309 hombres. La respuesta de Pavlichenko, fría y afilada como una navaja, se convirtió en inmortal: “No maté a hombres, maté a nazis. A 309.” Con esa frase, despojaba a sus víctimas de su humanidad para reducirlas a su condición de bestias fascistas, dejando claro que su lucha no era sólo contra un ejército, sino contra una ideología de exterminio.
En la misma gira, desmontó las preguntas machistas y conservadoras de los periodistas estadounidenses: «Se ve que para los estadounidenses lo importante es si las mujeres llevan ropa interior de seda bajo el uniforme. Pero lo que representa el uniforme, eso lo tienen aún por aprender». Y en otra ocasión: «Me sorprende el tipo de preguntas que me hacen los corresponsales de prensa de Washington… Me preguntan si uso polvo, lápiz labial y esmalte de uñas, y si me rizo el pelo. Un periodista incluso criticó la longitud de la falda de mi uniforme, diciendo que me hacía parecer gorda».

Instructora y Heroína de la Unión Soviética
A su regreso, Lyudmila se volcó en la formación de nuevas generaciones de tiradores de élite. Hasta el final de la contienda, ejerció como instructora militar, trasvasando su sabiduría a cientos de jóvenes reclutas que, a su vez, llevarían el terror a las líneas alemanas. En 1943, el Kremlin reconoció su titánica labor con el ascenso a Comandante del Ejército Rojo. El 25 de octubre de ese mismo año, se hizo efectiva la concesión de la Estrella de Oro de Héroe de la Unión Soviética, la máxima distinción del país. Además, su pecho se adornó con dos Órdenes de Lenin y múltiples medallas conmemorativas.
Tras la guerra, Lyudmila dedicó el resto de su vida a la academia, la investigación histórica y el apoyo a los veteranos de guerra. Retomó las clases que la invasión nazi había interrumpido y completó su carrera universitaria en la Universidad de Kiev, y entre 1945 y 1953 se desempeñó como ayudante de investigación en el Cuartel General Principal de la Armada Soviética. A partir de 1956, participó de manera muy activa en el Comité Soviético de Veteranos de Guerra, promoviendo el bienestar de quienes combatieron en el frente.
En un recordado episodio, quince años después de la gira de Lyudmila por Estados Unidos, la ex primera dama estadounidense Eleanor Roosevelt viajó a la Unión Soviética y se re encontraron, compartiendo un momento juntas en uno de los símbolos de diálogo en el marco del tenso escenario de la guerra fría.
Lyudmila Pavlichenko no fue solo una francotiradora; fue el arquetipo de la mujer soviética forjada en el acero de la industrialización, la cultura y la defensa de la Patria. Su historia es un recordatorio de que en el momento más oscuro de la URSS, el talento y la valentía no conocían de géneros, y que cada disparo certero era un paso hacia la derrota definitiva del fascismo. Su legado perdura no solo en los libros de historia, sino en la memoria de quienes saben que la libertad tuvo, en el frente oriental, a una de sus más brillantes y letales defensoras.
Murió en Moscú el 10 de octubre de 1974, a los 58 años, debido a un derrame cerebral. Sus restos descansan en el prestigioso Cementerio Novodévichi de la capital rusa.







