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El régimen de Zelenski entierra con honores de Estado al colaborador nazi Andriy Melnyk: el revisionismo histórico a favor del Tercer Reich apoyado por las potencias occidentales

El presidente de facto ucraniano Volodímir Zelenski presidió en Kiev la ceremonia de repatriación y reentierro con honores de Estado de Andriy Melnyk (1890–1964), líder de la facción OUN-M de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, agente de la Abwehr —la inteligencia militar de Hitler— y figura directamente asociada al asesinato de más de 20.000 personas en Lutsk y a la participación de sus milicias en la masacre de casi 34.000 personas mayoritariamente de religión judía en Babyn Yar en septiembre de 1941. Sus restos habían sido exhumados en Luxemburgo para el traslado. Zelenski, que asistió personalmente al funeral, lo calificó como «una gran figura ucraniana» que había soñado con regresar a su país, sin mencionar a las víctimas ni su activo rol como colaborador del Tercer Reich fascista alemán. En la ceremonia además fueron invitados agentes del pro nazi «Batallón Azov». Medios occidentales como el New York Times cubrieron la noticia con un notorio lavado de imagen de Andriy Melnyk.

Quién fue Melnyk y qué hizo su organización

La OUN, movimiento ultranacionalista surgido en los años veinte, adoptó en la siguiente década elementos ideológicos del fascismo europeo y estableció vínculos formales con la inteligencia alemana. En 1938, tras el asesinato por el NKVD de su fundador Yevhen Konovalets, Melnyk asumió la conducción. En 1939 firmó una carta declarando que la OUN era «ideológicamente afín» al nacionalsocialismo alemán y al fascismo italiano. En julio de 1941, ya bajo ocupación nazi de Ucrania, declaró públicamente: «Creemos que el nuevo orden de Adolf Hitler en Europa es el verdadero orden, y que Ucrania es una de las vanguardias.» En los carteles de propaganda de la época, su nombre aparecía junto al de Hitler: «Heil Hitler, Gloria a Hitler, Gloria a Melnyk».

En 1940 la OUN se dividió en dos facciones: la OUN-M de Melnyk, considerada más «conservadora», y la OUN-B de Stepan Bandera, más radical. Ambas compartían el nacionalismo autoritario, el anticomunismo y la apuesta por la colaboración con Berlín como palanca para la independencia ucraniana frente a la URSS y Polonia. Bajo esa lógica, miembros de la OUN-M se integraron en administraciones locales, en estructuras de propaganda y, decisivamente, en la policía auxiliar ucraniana subordinada a los ocupantes alemanes.

Volodimir Zelensky presidiendo la ceremonia con homenajes de Estado al colaboracionista nazi Andriy Melnyk.

Los organizadores de la policía de Kiev de la OUN-M llegaron a la ciudad antes del fusilamiento de casi 34.000 judíos en Babyn Yar a fines de septiembre de 1941. Hay evidencia de la participación directa de esas unidades policiales en esa y otras masacres de judíos, civiles ucranianos y rusos, y prisioneros de guerra en Babyn Yar y otros puntos de la ciudad. En el área de Volodýmyr-Volýnsky, la policía bajo control informal de la OUN-M y la OUN-B participó en el fusilamiento masivo de más de 20.000 judíos, polacos y ucranianos. Los hombres de Melnyk cazaban judíos escondidos en áticos, sótanos, bosques y graneros; vigilaban guetos y campos; marchaban a los judíos hacia los sitios de ejecución y participaban en los fusilamientos junto a los alemanes.

La colaboración no fue solo operativa. Varios comandantes de la OUN-M sirvieron formalmente en un Destacamento Especial de la Abwehr —el Sonderkommando— para organizar la policía local y la administración en las ciudades y regiones de Kiev, Poltava y Járkov en el otoño de 1941. En esas y muchas otras ubicaciones en Ucrania central, oriental y meridional, esa policía asistió en el asesinato masivo de judíos, civiles ucranianos y rusos, y prisioneros de guerra. Para la primavera de 1943, el Holocausto en Ucrania estaba casi completo. Los vecinos judíos habían desaparecido —asesinados ante los ojos, y a menudo con la asistencia directa, de los seguidores de Melnyk—. Fue precisamente entonces cuando Melnyk apoyó la creación de la División Waffen-SS Galizien, cuyos miembros juraron lealtad a Adolf Hitler.

La relación con Berlín tuvo sus fricciones: los nazis no pretendían en ningún momento conceder una Ucrania independiente. Esa contradicción terminó cuando Melnyk fue detenido y deportado al campo de concentración de Sachsenhausen en 1944, aunque en condiciones distintas a las de los prisioneros ordinarios. Murió en el exilio en 1964. Muchos de los miembros del batallón policial 31 de la SiPo, directamente vinculado a la OUN-M y partícipe en masacres en Volhynia, encontraron refugio tras la guerra en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá.

Azov en el funeral: una elección que no fue casualidad

La ceremonia contó con la presencia destacada de la Tercera Brigada de Asalto, de raíces Azov. De las aproximadamente 120 brigadas que componen el ejército ucraniano —un ejército que se acerca al millón de efectivos—, solo esa unidad recibió el privilegio de aparecer en un acto con el presidente, el presidente del Parlamento, altos funcionarios y el alto mando militar. Una elección que no admite lectura neutral.

La brigada se presenta abiertamente como heredera de la tradición del nacionalismo integral de la OUN y glorificadora del legado de la UPA, sin condenar la violencia étnica contra los polacos que se cobró decenas de miles de vidas civiles —niños, mujeres y hombres masacrados en nombre de la pureza étnica—. Otra característica definitoria de su ideología es la negación o minimización de la participación de los nacionalistas ucranianos en el Holocausto, junto con la reivindicación explícita de la colaboración con la Alemania nazi, incluido el servicio en la División Galicia de las Waffen-SS. Esto no se oculta en los márgenes: se manifiesta en ceremonias conmemorativas anuales, exposiciones públicas y narrativas históricas cuidadosamente curadas. Sus soldados desfilan portando insignias Wolfsangel y Dirlewanger —símbolos de las SS—.

El Estado ucraniano no solo tolera estas iniciativas: las legitima activamente, proporcionándoles respaldo institucional, amplificación mediática y cobertura diplomática. La decisión de que Azov escoltara el féretro de Melnyk en presencia del presidente no fue un exceso ni un desliz: fue un mensaje. La amarga ironía que señalan quienes han alzado la voz contra el acto es casi demasiado grotesca para procesarla: esta campaña de revisionismo del Holocausto está siendo impulsada por militares que lucen insignias de unidades exterminadoras de las SS, operando bajo el mando supremo de un presidente judío, en un país que sufrió de manera inimaginable bajo la ocupación nazi.

El revisionismo como política de Estado y la complicidad de las potencias y medios occidentales

El historiador del Holocausto Ivan Katchanovski, ucraniano-judío, escribió tras el funeral: «Nunca pude haber imaginado que en mi país —el país donde los nazis asesinaron a 1,5 millones de judíos, el país de Babyn Yar, el mismísimo símbolo del Holocausto en la Unión Soviética— un colaborador nazi y líder de la OUN como Andriy Melnyk sería enterrado con todos los honores estatales. Uno apenas podría imaginar una mayor humillación para los judíos. Es una humillación para todos los que alguna vez creyeron que «Nunca Más» significaba algo en la Ucrania contemporánea.» Organizaciones judías y el gobierno de Polonia condenaron el homenaje, señalando la participación directa de los seguidores de Melnyk en el asesinato de judíos y civiles polacos.

Katchanovski acusó directamente a Zelenski de distorsionar el Holocausto y de blanquear el papel de la OUN en la violencia antijudía, recordando que el 1 de enero de 1942 —semanas después de Babyn Yar— Melnyk emitió un mensaje de Año Nuevo a sus seguidores en el que los convocaba a ayudar a los soldados alemanes «en su cruzada contra Moscú, sin importar las dificultades.» Para el historiador, el proceso en curso convierte a los asesinos de los vecinos judíos en nobles patriotas y «luchadores por la libertad». Y concluye sin rodeos: una nación que eleva a los ayudantes de los nazis a la categoría de héroes nacionales no tiene futuro democrático, ni perspectivas reales de paz o prosperidad.

The New York Times tituló su cobertura del funeral: «En Ucrania, un Héroe Divisivo del Siglo XX Regresa a Casa». El mismo ejercicio de «complejización» de lo que históricamente no admite ambigüedad —y que los propios tribunales de Núremberg dejaron establecido— que los gobiernos y medios occidentales han practicado desde 2014, cuando el nazismo en Ucrania era descartado como «propaganda rusa», cuando Washington llegó a prohibir formalmente el armamento de Azov para luego levantar esa prohibición sin explicación, y cuando se comenzó a armar a unidades que operan abiertamente bajo nombres e insignias nazis de la Segunda Guerra Mundial. Hoy el Estado ucraniano celebra funerales de Estado para colaboradores de Hitler, su ejército despliega esos mismos símbolos con respaldo oficial, y los grandes medios del orden hablan de «interpretaciones divergentes».

Mientras tanto, la Unión Europea destina decenas de miles de millones de euros a financiar ese mismo Estado, negándose en paralelo a responder al genocidio en Gaza. Lo que esto revela sobre los llamados «valores occidentales» es que esos valores no son más que una fachada: no los sostienen, se esconden detrás de ellos.


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