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«Albania no está en venta»: la Revolución del Flamenco enfrenta al neocolonialismo de los Trump-Kushner, la oligarquía local, el gran capital del Golfo Pérsico y Europa

Un país pequeño, pobre y históricamente ignorado por la prensa internacional ha estallado en protestas masivas lideradas por su Generación Z. El detonante: un megaproyecto inmobiliario de lujo promovido por Jared Kushner e Ivanka Trump —financiado con petrodólares saudíes y cataríes— que destruiría ecosistemas protegidos, entregaría soberanía territorial mediante una concesión de 99 años y consolidaría el modelo de capitalismo extractivo que desde los años noventa ha beneficiado únicamente a una pequeña élite local. Detrás del proyecto, una trama de corrupción estatal, diplomacia de negocios y reposicionamiento geopolítico en los Balcanes que involucra a Israel, Estados Unidos, las monarquías del Golfo Pérsico, y la propia Unión Europea.


Albania: un país pequeño en una encrucijada grande

Para entender lo que está ocurriendo en Albania, es necesario presentar primero alguna reseña de un país en general desconocido. Albania es una pequeña nación de poco más de 2.7 millones de habitantes situada en la costa suroccidental de los Balcanes, frente al mar Adriático y al canal de Otranto, a menos de cien kilómetros de las costas italianas. Es uno de los países más pobres de Europa, con una economía históricamente dependiente de las remesas de su diáspora —distribuida principalmente en Italia, Grecia y Alemania— y con infraestructura precaria: en ciudades como Vlorë, en el sur del país, la población todavía no cuenta con agua potable las 24 horas del día.

Su historia reciente está marcada por décadas de uno de los sistemas más herméticos del siglo XX. Entre 1944 y 1985, Albania fue gobernada por Enver Hoxha y el Partido del Trabajo de Albania, que impulsó transformaciones profundas en el país basadas en una línea marxista-leninista fuertemente ortodoxa y con un marcado aislacionismo. Entre sus logros reconocidos por la historiografía albanesa y sectores afines se destacan la eliminación del analfabetismo en pocos años, la creación de un sistema de salud gratuito y accesible para toda la población rural y urbana, la industrialización acelerada del país (con fábricas textileras, mecánicas y de procesamiento de minerales), la reforma agraria que acabó con el latifundio, la construcción de vías férreas y centrales hidroeléctricas, la emancipación de la mujer mediante leyes que garantizaron igualdad jurídica y laboral, así como la defensa de la soberanía nacional frente a presiones externas de la URSS, Yugoslavia y Occidente. También se le valora la unidad nacional alcanzada tras siglos de ocupación extranjera y atraso feudal.

Pero la contracara de todo ello es igualmente significativa para entender su presente: en 1976 fue más allá que todo el resto del bloque comunista y proclamó a Albania el primer país oficialmente ateo del mundo: más de 2.000 lugares de culto fueron destruidos y los líderes religiosos reprimidos. El sistema mantuvo al país en un aislamiento extremo, la población no pudo tener vehículos privados hasta 1991, construyó cientos de miles de búnkeres en todo el territorio como expresión de su vocación defensiva, y confiscó y redistribuyó todas las tierras privadas, generando disputas legales sobre la propiedad que se mantienen hasta hoy.

Con el fin del sistema en 1991 en el marco de caída de los «socialismos reales» de la URSS y Europa del Este, Albania atravesó una transición brutal: éxodo masivo de población, colapso económico, esquemas de corrupción piramidal que quebraron los ahorros de miles de familias y una clase política que rápidamente internalizó el modelo neoliberal. Esa transición dejó un legado de concentración de poder en una pequeña élite —los críticos hablan de siete oligarcas que controlan la mayoría de las empresas del país— y un Estado cuyas instituciones funcionan con frecuencia al servicio de esa misma élite.

Albania es, desde entonces, un país históricamente pro-estadounidense. La intervención de Washington y la OTAN en los años 1990s en el marco de las guerras de la ex Yugoslavia, y en 1999 en relación al conflicto en Kosovo —donde se acusa la ejecución de crímenes de lesa humanidad por todas las partes — generó una gratitud de parte de grandes sectores del pueblo albanés que se ha mantenido durante décadas como sentimiento constitutivo de la identidad política albanesa. No es un detalle menor, como se verá más adelante.

El actual primer ministro es Edi Rama, líder del socialdemócrata y europeísta Partido Socialista, en el gobierno desde 2013. Rama se presenta como el modernizador del país, el gestor que encamina a Albania hacia la Unión Europea —el país es candidato oficial desde 2014— y que atrae inversión extranjera para superar el subdesarrollo y aislamiento heredado de la época comunista. Es también, según los movimientos de protesta, el hombre que está vendiendo el país.

«Albania no está a la venta» (Albania is not for sale», consigna de la Revolución del Flamenco.

El megaproyecto que encendió la mecha

Ivanka Trump relató en entrevistas el momento del «descubrimiento»: ella y su esposo Jared Kushner navegaban en el yate de un amigo por las aguas del Adriático cuando llegaron a la isla de Sazán, frente a la costa de Vlorë. Nadaron hasta la orilla, subieron descalzos a la cima de la isla y decidieron que querían construir allí un destino de clase mundial. Para Ivanka, el proyecto representa la culminación de toda su experiencia en el sector inmobiliario heredado de su padre, Donald Trump.

Lo que Kushner e Ivanka vieron desde esa cima fue lo que el gobierno de Hoxha había preservado: Sazán fue durante décadas una zona militar exclusiva, cerrada a todo desarrollo civil. Esa clausura —uno de los productos paradójicos del aislamiento extremo de su sistema— mantuvo la isla intacta como santuario de biodiversidad. Sus bosques, sus dunas y sus ecosistemas costeros evolucionaron sin intervención humana durante décadas. La isla aún contiene búnkeres de la Guerra Fría bajo la misma vegetación que los inversores planean arrasar.

El megaproyecto contempla la construcción de hasta 10.000 viviendas, hoteles y marinas en dos enclaves naturales: la isla de Sazán y la laguna costera de Narta, en las inmediaciones de Zvërnec, a la desembocadura del río Vjosa —considerado el último río salvaje de Europa—. Ambas zonas son reservas naturales protegidas y hábitat de flamencos, pelícanos, tortugas marinas, focas y diversas aves migratorias. La inversión total se estima entre 1.000 y 4.000 millones de dólares, canalizados a través de las sociedades Affinity Partners y Satan Real Estate Development, instrumentos financieros controlados por Jared Kushner.

La concesión fue otorgada por el gobierno de Edi Rama mediante un contrato de 99 años a cambio de un pago considerado irrisorio por los críticos del acuerdo. Para hacerla posible, el gobierno aprobó la Ley 21/2024, legislación diseñada a medida que permite construir en espacios protegidos por la UNESCO sin los controles ambientales habituales. Las obras ya comenzaron: activistas denuncian la tala de bosques de pinos, la destrucción de dunas de arena con maquinaria pesada y la colocación de vallas y alambres que cierran caminos naturales y áreas de reserva. El proyecto incluye además la apertura de un canal de navegación para yates que mezclaría agua dulce con agua salada en la laguna de Narta, destruyendo un ecosistema que evolucionó durante milenios en condiciones de agua no salina. Y un nuevo aeropuerto internacional construido en las inmediaciones del parque natural —cuya operatividad fue detenida temporalmente por la autoridad de aviación internacional por el riesgo que representa para las aves migratorias— forma parte de la infraestructura asociada al complejo.

El flamenco —ave que habita esas lagunas y que sería una de las primeras víctimas de la transformación del ecosistema— se convirtió en el símbolo de la resistencia. La «Revolución del Flamenco» tiene ese nombre por ello.

«Albania no está en venta»: quién protesta y qué exige

Las protestas que sacuden Albania desde que se conocieron los detalles del proyecto son protagonizadas en gran medida por la Generación Z: jóvenes que no vivieron la época de Hoxha, que no tienen el reflejo condicionado de sus mayores —tanto del gobierno como de la oposición— de identificar modernización con apertura incondicional al capital extranjero, y que priorizan la ecología, la soberanía y la identidad cultural sobre el crecimiento extractivo. Son jóvenes que no se sienten representados por ninguno de los partidos del sistema político tradicional. Por esto, la «bandera pirata» diseñada por Jolly Roger del anime y manga «One Piece» —que presenta una calavera sonriente con el icónico sombrero de paja, símbolo en muchas partes de la Generación Z—, se la ve frecuentemente en las protestas de estos días.

La forma organizativa que han adoptado son las asambleas populares, surgidas en todo el país como espacios de deliberación y coordinación fuera de la estructura partidaria. Sus demandas son concretas y radicales: paralización inmediata de todas las obras en Sazán y en la costa de Zvërnec/Narta; derogación de la Ley 21/2024; reversión de las concesiones otorgadas a los inversores extranjeros; y dimisión del primer ministro Edi Rama. La consigna central es «Albania no está en venta». La consigna más coreada en las marchas es «Rama dimisión», exigiendo la renuncia del lider socialdemócrata europeísta.

Las asambleas plantean también una crítica de fondo al modelo de desarrollo que el proyecto representa: el rechazo a la conversión de Albania en una economía monoextractiva basada exclusivamente en el turismo de élite, que desplaza a los pequeños negocios locales y condena a la clase trabajadora albanesa a ser mano de obra de servicio para las élites globales. El símil que circula en el movimiento es elocuente: Hawái, donde la población nativa terminó desplazada de su propio territorio para que este se convirtiera en un bloque de hoteles. El pueblo albanés podrá pisar esos resorts, advierten los manifestantes, solo si es para limpiarlos —mientras en Vlorë, la ciudad más cercana al proyecto, no hay agua potable las 24 horas del día.

Los actores del saqueo: Kushner, Rama, los oligarcas y el dinero del Golfo

El esquema de actores detrás del proyecto revela su verdadera naturaleza. Kushner no financia el complejo con capital propio: actúa como gestor y receptor de grandes flujos de capital provenientes de Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. «Donde está Jared Kushner, está también el dinero saudí», resumen los analistas del movimiento de protesta. El capital catarí está vinculado directamente a Satan Real Estate Development, la sociedad creada específicamente para el proyecto en Albania. Hay además participación de capital estadounidense e israelí. El propio gobierno albanés, según los movimientos de protesta, invertirá una parte significativa de los recursos públicos necesarios para la infraestructura del complejo: el Estado albanés financia con el dinero de todos la obra que enriquecerá a los inversores extranjeros y a los siete oligarcas locales que controlan la economía del país.

Una razón estratégica explica por qué Kushner opera desde el sector privado en lugar de desde el gobierno: al no ocupar un cargo oficial en la administración Trump, no está obligado a revelar ante el Congreso de Estados Unidos la naturaleza de sus relaciones financieras con Arabia Saudí, Qatar o Emiratos Árabes Unidos. La opacidad es constitutiva del modelo.

El papel de Richard Grenell completa el cuadro. Exembajador estadounidense y ex enviado especial de Trump para los Balcanes, Grenell trabaja como agregado comercial de las empresas de Kushner en la región y fue quien inicialmente sugirió la inversión en Albania, vinculando los intereses empresariales de la familia con la política exterior estadounidense. La línea entre la diplomacia de Estado y el negocio privado es, en este caso, inexistente.

Edi Rama, por su parte, es acusado por los movimientos de protesta de haber facilitado el proyecto no tanto por convicción desarrollista sino para ganar proximidad política con la familia Trump y asegurarse el respaldo de Washington. Los críticos lo describen como un gobierno que «vende el país barato» —tierras soberanas, reservas naturales, legislación ambiental— a cambio de favores políticos. En los círculos de protesta circula además la especulación de que Ivanka Trump podría estar preparándose para ser la futura embajadora de Estados Unidos en Albania, teoría que cobró fuerza tras una publicación en sus redes sociales donde se la veía estudiando el tipo de material que suelen consultar los diplomáticos antes de ser destinados a un país.

Edi Rama, del Partido Socialista albanés, integrante de la socialdemócrata Internacional Socialista, símil en Albania del PSOE español, el Partido Socialista francés, alemán, etcétera. Es decir, socialdemocracia «progresista» fuertemente alineada con el neoliberalismo, Estados Unidos y la OTAN.

El término que el movimiento ha adoptado para calificar este conjunto de operaciones es preciso: «neocolonialismo para millonarios». Tierras soberanas y protegidas entregadas a capitales extranjeros mediante contratos de largo plazo; un complejo con precios de hasta 3.000 dólares la noche al que el albanés promedio solo accederá como empleado de servicio; la desindustrialización progresiva del país en favor de una economía de enclave para el turismo de élite. Es la fórmula del saqueo colonial actualizada para el siglo XXI, con yernos presidenciales y fondos soberanos del Golfo en el rol que antes ocupaban las compañías bananeras.

Los Balcanes como tablero: Israel, Serbia y la traición histórica

El proyecto de Kushner en Albania no existe en el vacío. Se inscribe en una reconfiguración geopolítica más amplia de los Balcanes que involucra a actores cuyas motivaciones van mucho más allá del negocio inmobiliario, y que para la población albanesa tiene una dimensión de agravio histórico de primera magnitud.

Albania es un país de mayoría musulmana que, durante la Segunda Guerra Mundial, fue la única nación en Europa que salvó a todos los judíos que buscaron refugio en su territorio. Albania terminó la guerra con una población judía mayor que al inicio, protegiéndola bajo el código de conducta conocido como «besa» —la palabra dada, la obligación de honor— incluso cuando sus propios ciudadanos eran ejecutados por los nazis por negarse a entregarlos. Este hecho es parte constitutiva de la identidad nacional albanesa. El Estado de Israel ha respondido a ese legado armando a Serbia, adversario histórico de Albania. Como señalamos antes, Albania se mantuvo con un alto grado de aislamiento frente a la URSS y también frente a la Yugoslavia socialista incluso en su etapa de Tito, quien a su vez tenía importantes distancias frente a la URSS y el resto del Pacto de Varsovia.

Desde 2023, Belgrado ha incrementado considerablemente sus compras de armamento israelí, con acuerdos que superaron los 23 millones de euros en 2024 dentro de un paquete total estimado en 1.600 millones de dólares que incluye tecnología avanzada de drones. La empresa israelí Elbit Systems lidera además la apertura de una fábrica de producción de drones en territorio serbio, en asociación con la estatal serbia Yugoimport. El intercambio ha sido bidireccional: Serbia exportó armas a Israel por valor de 114 millones de euros en los últimos tres años.

Para buena parte de los albaneses, la cuenta es simple: Serbia es el país cuyo gobierno —con Milosevic— intentó el desplazamiento masivo y la limpieza étnica de dos millones de albaneses en Kosovo en 1999 —desde la ex Yugoslavia y Serbia existe una acusación similar contra el terrorismo kosovar albanés—. Israel arma hoy a quienes masacraron a sus familias hace menos de tres décadas. Israel ha perdido, como señalan los propios manifestantes, una parte sustancial del respaldo moral y la simpatía que históricamente tenía entre la población albanesa.

La explicación de fondo no es sentimental sino estructural. Tanto los gobiernos de Albania como Serbia ven la cercanía a Israel —y específicamente a figuras como Benjamin Netanyahu— como un atajo diplomático para ganar influencia en Washington, dado el peso del lobby proisraelí en la política de Estados Unidos. Israel, por su parte, tiene un plan meditado de proyección estratégica en los Balcanes: usa su industria de defensa para consolidar redes de influencia en una región donde múltiples potencias compiten por el control. Grecia actúa como «escaparate» regional —su adopción de tecnología israelí, como miembro de la OTAN y la UE, normaliza la presencia israelí en los mercados de defensa balcánicos— y países como Rumanía y Bulgaria son los próximos objetivos para la expansión de sistemas de vigilancia aérea y marítima.

Serbia practica mientras tanto su conocida Schaukelpolitik —la política del balancín—: mantiene lazos con Rusia y China mientras compra armas a un aliado de la OTAN para evitar el aislamiento occidental y demostrar que también tiene intereses comerciales con Occidente. Los proyectos de Kushner en Albania y en Serbia funcionan, en este contexto, como herramienta de sustitución de influencias: el capital estadounidense —acompañado del saudí, emiratí, qatarí y del israelí— busca adquirir participación económica en la región para desplazar a Rusia y China. Los Balcanes, en el lenguaje de los propios inversores, son «una pieza jugosa del pastel»: tierra barata, estratégicamente ubicada, con gobiernos locales dispuestos a ceder.

La Unión Europea: hipocresía regulatoria y rivalidad imperial

La Unión Europea ocupa en este cuadro el rol de la potencia que predica normas ambientales mientras su propio modelo de condicionalidad presiona a los países candidatos a ingresar a la unión a atraer capitales extranjeros a cualquier costo. Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, se reunió con Edi Rama para elogiar el proceso de adhesión albanesa a la Unión Europea y añadió, casi de pasada, que el país debía tener «cuidado con el medio ambiente» en relación con estos desarrollos. La advertencia tiene el peso de una declaración protocolar frente a la magnitud de lo que está ocurriendo.

Los sectores críticos y manifestantes señalan que la UE ha «abandonado al pueblo albanés» para tomar partido por sus oligarcas, priorizando la inversión extranjera y la privatización de activos estatales como condiciones de facto para la integración europea. El único episodio de intervención regulatoria efectiva fue protagonizado por la autoridad internacional de aviación: el nuevo aeropuerto vinculado al proyecto fue detenido temporalmente por el riesgo que supone para las aves migratorias. Una agencia técnica hizo lo que las instituciones políticas europeas no quisieron o no pudieron hacer.

Hay además una dimensión de competencia inter-imperial que la UE no puede ignorar: el proyecto de Kushner es leído también como una expresión de la disputa entre el capital estadounidense y el europeo por el control de los Balcanes occidentales. Mientras la UE intenta que la región adopte sus normas y se alinee con sus sanciones —especialmente frente a Rusia—, el capital estadounidense propone un modelo basado en relaciones empresariales directas, resorts turísticos mastodónticos y diplomacia de negocios. En los círculos de protesta circula además la pregunta incómoda sobre si la corrupción alcanza a funcionarios de la Comisión Europea, con la sospecha de que algunos altos cargos habrían recibido promesas de apartamentos en el futuro complejo para suavizar su oposición. Albania es el laboratorio de ese modelo.

Las banderas estadounidenses y la contradicción que no es tal

En las marchas de la Revolución del Flamenco aparecen, junto a las banderas albanesas, banderas de Estados Unidos. Para quien desconozca el contexto histórico, la imagen parece paradójica: manifestantes que protestan contra un proyecto de la familia del presidente estadounidense ondeando la bandera de ese mismo país. La explicación revela algo más profundo.

El sentimiento pro-estadounidense en Albania es estructural y tiene nombre propio: Kosovo. La intervención de la OTAN en 1999 fue vivida por los albaneses como un acto de salvación, muchos de ellos desconociendo que, a su vez, el «Ejército de Liberación de Kosovo» ejecutaba actos terroristas contra población serbia y defendía a fin de cuentas intereses imperialistas y con vínculos con la también organización terrorrista «Al Qaeda». En ese contexto, para muchos manifestantes de la Revolución del Flamenco, la bandera de Estados Unidos no representa a Kushner ni a Trump: representa los valores de protección y justicia que asocian falsariamente con Washington, y su uso es una apelación a que esos valores prevalezcan sobre los negocios privados de la élite global. Es también un escudo simbólico ante los intentos del gobierno de Rama de descalificar las protestas tildándolas de estar impulsadas por «actores hostiles» o «fuerzas externas» como Irán: difícil acusar de antioccidentales a quienes marchan con la bandera estadounidense.

La contradicción de fondo, sin embargo, no desaparece: son figuras vinculadas a la política exterior de Estados Unidos —Kushner, Grenell— quienes lideran el proyecto que destruye esas mismas reservas naturales que los albaneses quieren defender. El sentimiento de traición coexiste con la lealtad histórica. Esa tensión es, en sí misma, una condensación de lo que los Balcanes han sido durante décadas para las potencias externas: un territorio donde las poblaciones deben elegir qué forma de dependencia prefieren.

Una generación que no acepta esa elección

La brecha generacional que atraviesa las protestas no es un detalle sociológico: es la clave política del movimiento. Los dirigentes albaneses actuales —tanto del gobierno como de la oposición— son hombres y mujeres que crecieron bajo el sistema de Hoxha y el Partido del Trabajo albanés, un país subdesarrollado donde no existían carreteras ni vehículos privados. Para esa generación, la llegada de grandes capitales extranjeros —cualquier capital extranjero— es la prueba de que el país ha escapado definitivamente del pasado. La obsesión por acumular riqueza y símbolos de estatus es, en muchos casos, la respuesta psicológica a décadas de carencias impuestas.

La Generación Z no tiene ese trauma ni idea demonizada del pasado. Y por eso no acepta el marco que les ofrecen: crecer o destruirse, modernizarse o quedarse atrás, integrarse en la economía global o aislarse como en tiempos de Hoxha. Los jóvenes que llenan las plazas rechazando la consigna «Albania no está en venta» no están romantizando el pasado comunista —que evalúan, mayoritariamente, como una algo que no merece nostalgia—, pero sí han identificado que el capitalismo extractivo que se les ofrece como alternativa reproduce, bajo otra forma, la misma lógica: un poder que decide sobre sus vidas, sus tierras y su futuro sin pedirles permiso.

Aunque el Primer Ministro Eidi Rama ha señalado que no dará su brazo a torcer con el proyecto, los manifestantes de la actual Revolución del Flamenco están dispuestos a resistir, y día a día las manifestaciones son cada vez más multitudinarias hasta el momento en que se publica esta nota. El flamenco que da nombre a la revolución es el símbolo de algo que no puede sobrevivir si el gran capital gana: un ecosistema que evolucionó en equilibrio durante milenios, una soberanía territorial que no tiene precio, una generación que decidió que el futuro de su país no se negocia en el yate de un millonario ni por los intereses de los oligarcas estadounidenses, saudíes, emiratíes, qataríes, israelíes y europeos. A la fecha de hoy, viernes 12 de junio de 2026, se siguen realizando manifestaciones de cientos de miles de personas en este país de 2.7 millones de personas.

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