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Rati: El vínculo personal de Camilo Escalona con el cerebro de La Oficina que la Concertación quiso ocultar

El nacimiento de «La Oficina» se enmarca en uno de los periodos más delicados de la transición chilena. El 1 de abril de 1991, el ajusticiamiento del senador gremialista Jaime Guzmán a manos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) conmocionó al país. Como respuesta, el gobierno de Patricio Aylwin creó el 26 de abril el Consejo Coordinador de Seguridad Pública (CCSP), un organismo de inteligencia civil conocido coloquialmente como «La Oficina». Su objetivo declarado era desarticular a los grupos armados de extrema izquierda que aún se mantenían activos, principalmente el FPMR y el Movimiento Juvenil Lautaro (MJL).

En este escenario, Camilo Escalona, en su rol de presidente del Partido Socialista y diputado, emerge como un nexo fundamental con la Oficina. Su vínculo no fue meramente institucional, sino profundamente personal, forjado en la clandestinidad y el exilio durante la dictadura. La evidencia más contundente de este nexo es su relación con Óscar Carpenter, el hombre a cargo de las labores operativas de La Oficina. Carpenter era un experto en inteligencia con formación en Alemania del Este y Cuba, y su cercanía con Escalona era tal que, en 1990, un año antes de la creación de la Oficina, fundaron juntos el Centro de Estudios Sociales Salvador Allende Ltda., una sociedad comercial que sugiere una confianza y colaboración que trascendió lo político. El libro «Rati. Agente de La Oficina», de los periodistas Dauno Tótoro y Javier Rebolledo, expone en detalle las responsabilidades de las figuras clave de este entramado, incluyendo a Carpenter, y documenta cómo la Concertación desató una guerra sucia en democracia.

El protagonista de este libro es Jesús Silva San Martín, un exagente de la Policía de Investigaciones que se autodefine como «rati» (policía de calle). Silva, un policía convencido de combatir la subversión, fue reclutado para infiltrar al Movimiento Juvenil Lautaro y eventualmente integró «La Oficina». Su testimonio, recogido tras años de silencio, es desgarrador: describe una realidad de tortura en democracia, montajes policiales, delaciones, infiltraciones y agentes pagados. El libro no solo relata su biografía, sino que, a través de expedientes judiciales y múltiples entrevistas, corrobora un entramado de corrupción y abuso de poder que operó con métodos heredados de la dictadura.

El relato de Silva revela cómo «La Oficina» utilizó a agentes condenados por violaciones a los derechos humanos para perseguir a los disidentes. Un detalle clave que subrayan los autores es la participación activa de figuras como Daniel Cancino Varas, exagente de la DINA y condenado por secuestro y homicidio, quien no era un mero colaborador externo, sino el jefe de la coordinación de la Policía de Investigaciones al servicio de la Oficina. Esto implicaba una relación directa y operativa con las autoridades de la Concertación, desmintiendo cualquier indirecta. El libro documenta 96 personas fallecidas a manos de agentes del Estado en el periodo de transición (1990-1994), una lista que, según los autores, siguió creciendo con el tiempo.

Las víctimas de esta estrategia fueron los militantes del FPMR-Autónomo y del MJL. La Oficina logró desarticular lo que quedaba de estas organizaciones mediante un trabajo de inteligencia que incluía la infiltración y una red de informantes que delataban a sus propios compañeros a cambio de beneficios. El libro describe cómo se usaron «los viejos métodos de la dictadura» para combatir a estos grupos, con montajes y pruebas falsas que sumieron en una profunda depresión al propio Silva, quien fue testigo de cómo el Partido Socialista amparaba a delincuentes comunes en este contexto.

El respaldo de Escalona a la Oficina fue explícito y público. En agosto de 1996, cuando el semanario Qué Pasa reveló que Schilling y Burgos enfrentaban problemas judiciales por su rol en la entidad, Escalona salió en su defensa. Junto al presidente de la DC, destacó que la Oficina había «cumplido su cometido eficazmente y sin violar los derechos humanos». Justificó la labor de la Oficina en base a sus resultados: el encarcelamiento de 80 miembros de grupos armados. En su defensa, trazó un paralelo con la dictadura, argumentando que las detenciones se hicieron «con apego a la ley, en contraste con las torturas, asesinatos y desapariciones» del régimen de Pinochet, presentando a la Oficina como una herramienta democrática y legal.

Sin embargo, la evidencia documentada en «Rati» contradice frontalmente esta versión. El libro expone que la «pacificación en democracia» se logró a costa de actos de tortura, montajes y la utilización de los mismos agentes que operaron en la dictadura. Los autores sostienen que el mito de que los métodos de la Oficina duraron solo cuatro años es falso, y que el proceso de generación de inteligencia a través de montajes y espionaje se mantuvo a lo largo de 30 años.

El legado de Escalona en este episodio es complejo. Por un lado, su defensa de la Oficina se enmarca en la necesidad de consolidar la democracia frente a la violencia política. Por otro, lo sitúa en el centro de una polémica sobre los límites del Estado y el uso de métodos cuestionables en la transición. Su vínculo personal con Carpenter y su defensa activa de Schilling lo convierten en un protagonista clave de esta historia, que el libro «Rati» ayuda a iluminar desde la perspectiva de quien estuvo en la primera línea de esta oscura trama.

Décadas después, en 2025, el nombre de Escalona volvió a aparecer vinculado a la «Oficina». El candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami denunció haber recibido una llamada «intimidante» de Escalona y Marcelo Schilling, advirtiéndole que no presentara ciertas iniciativas legislativas. El episodio fue vinculado por el propio MEO a la «Oficina» como una estructura de presión política, mostrando cómo la sombra de esta entidad y el accionar de sus figuras principales se proyectaron en el tiempo.

En definitiva, el libro «Rati. Agente de La Oficina» aporta un testimonio crucial que cuestiona la narrativa oficial de una transición limpia y pacífica. Al dar voz a un agente operativo, revela la existencia de una guerra sucia en democracia, con métodos que replicaban los de la dictadura, y sitúa a figuras como Camilo Escalona no como meros espectadores, sino como parte activa de un engranaje que, en nombre de la seguridad, operó al margen de la ley y dejó víctimas que aún esperan justicia.

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