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El Memorándum de Islamabad: la mayor derrota estratégica del imperio de Estados Unidos desde Vietnam y muestra del amanecer de un nuevo orden multipolar con Irán como uno de sus principales impulsores

Un acuerdo de 14 puntos firmado en Pakistán entre Washington y Teherán consagra a Irán como potencia regional dominante en Asia Occidental, obliga a Estados Unidos a levantar sanciones, retirar tropas y descongelar 24.000 millones de dólares en activos iraníes, mientras Israel queda aislado internacionalmente y Netanyahu desafía en solitario un acuerdo que el propio Trump ha respaldado. La era de la hegemonía unipolar estadounidense en el Golfo Pérsico parece estar llegando a su fin, e Irán emerge como una potencia mucho mayor que la que tenía antes de este conflicto bélico abierto en el 2025 y 2026, pero también con una historia de más de cuatro décadas de asedio y ataques estadounidenses. Con todo, la concreción y durabilidad de este acuerdo está por verse, y sus contenidos más específicos tienen que negociarse en el plazo de 60 días. Pero el contenido d lo acordado, permite afirmar sin exageraciones que se trata de la mayor victoria frente al imperio de Estados Unidos desde su histórica caída en la Guerra en Vietnam, y que por otra parte, el proyecto colonial sionista «Israel» enfrentará a un Eje de la Resistencia nuevamente potenciado por la victoria iraní contra lo que se llamó, de acuerdo a la contingencia con la que ha convivido esta guerra, como la «Coalición Epstein» de los gobiernos y elites de Estados Unidos, Europa occidental e Israel.


Un acuerdo que reescribe el mapa del poder global

Lo que acaba de firmarse en Islamabad bajo mediación pakistaní es máś que un cese al fuego o un acuerdo técnico de administración de conflictos, es también un documento que certifica el fin de una época. El Memorándum de Islamabad —un acuerdo de 14 puntos suscrito entre Estados Unidos, Irán y Pakistán— ha sido calificado por diversos analistas internacionales como la peor derrota estratégica de Estados Unidos desde la guerra de Vietnam. No es una exageración retórica. Es la descripción precisa de lo que contienen sus cláusulas, punto por punto [Abajo al final de este artículo, el texto íntegro del documento].

Con la firma de Donald Trump desde el Palacio de Versalles, Washington se comprometió en ese documento a retirar sus fuerzas militares de las «proximidades» o zonas periféricas de Irán en un plazo de 30 días tras la firma definitiva, a levantar el bloqueo naval contra Irán y a reabrir el Estrecho de Ormuz, a descongelar 24.000 millones de dólares en activos y fondos iraníes bloqueados por sanciones, a habilitar nuevamente el sistema SWIFT para Irán y a levantar la totalidad de las sanciones unilaterales primarias y secundarias, así como las resoluciones restrictivas del Consejo de Seguridad de la ONU y del OIEA. Se comprometió, además, a contribuir a la creación de un fideicomiso de reconstrucción de al menos 300.000 millones de dólares para la infraestructura iraní. A cambio, Irán reafirmó compromisos que ya sostenía previamente: la no fabricación de armas nucleares. La asimetría en las concesiones es, por sí sola, una descripción del acuerdo.

Estados Unidos cedió en casi todos los puntos mientras que Irán solo ratificó posiciones que nunca había abandonado. Irán logró en pocos meses lo que no se le había permitido durante 47 años. La presión que condujo a Washington a la firma no fue ideológica ni geopolítica en abstracto: el propio Donald Trump reconoció públicamente que el mundo se encontraba a dos semanas de un grave choque económico y a unas cuatro semanas de un desabastecimiento energético total si no se lograba reabrir el Estrecho de Ormuz. El colapso no era una amenaza lejana: era un calendario con fechas concretas. Estados Unidos entregó todas las concesiones para evitar un hundimiento que sus propias políticas de «máxima presión» habían contribuido a precipitar.

Los términos del memorando: las obligaciones a las que se compromete Washington

El memorándum es un documento intermedio que abre un plazo de 60 días de negociaciones para alcanzar un tratado de paz definitivo. Durante ese período, las conversaciones dejarán de ser mediadas por terceros y pasarán a ser gestionadas por equipos de trabajo directos de Estados Unidos e Irán, previsiblemente en sedes neutrales.

El descongelamiento de activos iraníes bloqueados por las medidas coercitivas unilaterales estadounidenses y de sus aiados operará de manera escalonada. En una primera etapa de 30 días se prevé la liberación de la mitad del total comprometido: 12.000 millones de dólares. Del total de 24.000 millones, 6.000 millones se encuentran depositados específicamente en Qatar, mientras el resto está distribuido en bancos de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Alemania y otros países europeos. Para que esos flujos sean operativos, Estados Unidos se comprometió a habilitar nuevamente el sistema SWIFT y a emitir de inmediato las exenciones y licencias necesarias del Departamento de Estado para las transacciones bancarias y de seguros relacionadas con esos activos.

Aquí, sin embargo, se abre una disputa que dominará las negociaciones definitivas. El punto 11 del memorándum establece que los fondos deberán ser plenamente utilizables para cualquier beneficiario final que designe el Banco Central de la República Islámica de Irán. Pero analistas que siguen de cerca el proceso advierten que Washington intentará imponer un esquema de «caja controlada» —similar a los modelos aplicados en Irak o Venezuela, donde Estados Unidos habilita los pagos pero mantiene el control efectivo de la cuenta—. Irán no aceptará esas limitaciones. El Financial Times ha sugerido que los 6.000 millones depositados en Qatar solo podrían usarse para la adquisición de bienes procedentes de Estados Unidos, lo que constituiría otra variante del mismo intento de control. Esa disputa sobre la soberanía de los fondos es la «ingeniería financiera» que los 60 días de negociación deberán resolver, y representa uno de los obstáculos más serios para la concreción plena del acuerdo.

El congelamiento militar y nuclear es otra condición central del período de transición: Irán no avanzará en el enriquecimiento de uranio mientras duren las negociaciones, y Estados Unidos no desplegará nuevas fuerzas ni impondrá nuevas sanciones. La definición técnica de las «zonas periféricas» de Irán de las cuales Estados Unidos deberá retirar sus fuerzas —uno de los puntos más sensibles militarmente— se negociará durante esos mismos 60 días. Ambas partes acuerdan, en síntesis, mantener el estado actual mientras se negocia el estado futuro.

El fideicomiso de 300.000 millones: la reconstrucción de Irán como negocio del entorno de Trump

El fideicomiso de reconstrucción de 300.000 millones de dólares para la infraestructura iraní es un instrumento de mayor alcance estructural que el descongelamiento de activos, y su arquitectura financiera revela con claridad los intereses que convergen en el acuerdo. No se trata de una indemnización de guerra que Estados Unidos pague de su propio presupuesto: la administración Trump ha sido explícita en que no pondrá el dinero. El capital provendrá principalmente de las monarquías petroleras del Golfo Pérsico —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar—, que actuarán como motor financiero del acuerdo. Su motivación, señalan analistas regionales, no es altruista: Qatar y Omán, que actuaron como mediadores clave en el proceso, buscan estabilizar la región para evitar convertirse en la primera línea de batalla si el conflicto se reanuda. La estabilidad tiene precio, y en este caso el precio lo pagan quienes más tienen que perder con la guerra. Las monarquías petroleras del Golfo, históricas aliadas de Estados Unidos pero con un depegue relativo frente al unilateralismo de las potencias occidentales encabezadas por Washington, tienen un escenario extraordinariamente complejo, dependientes en alto grado del flujo del petróleo y de su conexión con los grandes capitales occidentales, con una gran fragilidad interna y escasa legitimidad en su población, además compuesta en alto porcentaje de extranjeros y en general de personas disconformes con sus respectivos gobiernos y clases dominantes.

El rol de Estados Unidos en ese esquema será emitir las licencias y autorizaciones necesarias para que empresas privadas estadounidenses ejecuten las obras de infraestructura: autopistas, rutas, edificios. Analistas que examinan la estructura del fondo señalan que entre las empresas con interés declarado en la ejecución de esas obras se encuentran algunas vinculadas al círculo cercano de Donald Trump, incluyendo figuras como Jared Kushner y el empresario Steve Witkoff. La reconstrucción de Irán como negocio privado del entorno presidencial estadounidense: el imperialismo, también en sus versiones de posguerra, encuentra siempre la fórmula de quedarse con algo.

El capital fluirá a través de bancos saudíes, omaníes o emiratíes para facilitar la operatividad del fideicomiso. El mecanismo exacto de aplicación deberá concretarse en el plazo de 60 días. Irán lo concibe como una forma de reparación de guerra indirecta que le permite restaurar su tejido industrial y civil tras años de sanciones y ataques militares, y el acuerdo lo condiciona siempre al mantenimiento del cese al fuego. Algunos analistas señalan que el alcance del fideicomiso podría ser más amplio que Irán: el fondo podría extenderse a la reparación de infraestructura destruida en zonas de conflicto de países como Qatar o Bahrein.

El Estrecho de Ormuz: de instrumento de presión occidental a fuente de soberanía iraní

Una de las cláusulas estructuralmente más significativas del memorándum es la relativa a la administración del Estrecho de Ormuz. Irán y Omán establecerán un nuevo sistema de tasas administrativas por el tránsito en el Estrecho —por servicios de protección ambiental y seguridad marítima— que entrará en vigor tras los primeros 60 días de negociación. Durante ese período de transición, Irán garantiza el paso seguro y gratuito de buques mercantes mientras realiza las labores técnicas de remoción de minas y normalización del tráfico marítimo.

Este mecanismo no es una medida recaudatoria menor. Es, como señalan analistas especializados en derecho marítimo y geopolítica energética, un instrumento de afirmación política que transforma radicalmente la gobernanza de una de las rutas energéticas más vitales del planeta. Por el Estrecho de Ormuz transita una fracción determinante del petróleo que mueve la economía global. Hasta ahora, ese tráfico operaba bajo la sombra de la presencia militar estadounidense en el Golfo, que funcionaba como regulador tácito —y coercitivo— del flujo energético mundial. A partir del acuerdo, opera bajo soberanía iraní y omaní, con un nuevo marco jurídico que valida y legitima esa soberanía sobre las aguas territoriales de ambos países. Analistas que han examinado las implicaciones del acuerdo describen estas tasas como un negocio permanente para Irán: ingresos constantes, legítimos y estructurales derivados de su posición geográfica estratégica, que el régimen de sanciones y asedio militar había bloqueado sistemáticamente durante décadas.

El impacto inmediato en los mercados energéticos fue elocuente. Tras la firma del memorándum, los precios mundiales del petróleo registraron una baja cercana al 3%, alcanzando sus niveles más bajos desde el inicio del conflicto en Asia Occidental. Los primeros supercargueros iraníes bloqueados comenzaron a salir de puertos como Chabahar hacia destinos asiáticos. La prima de riesgo por guerra que mantenía los precios elevados se evaporó. Irán recupera así su capacidad exportadora de petróleo crudo, productos petroquímicos y derivados de forma legal y sin necesidad de recurrir a las «flotas fantasmas» ni a vender con descuentos forzados bajo amenaza de sanciones. El colapso energético que el propio Trump había reconocido como inminente quedó conjurado —al menos por ahora.

Analistas que siguen la reconfiguración del mercado energético señalan que este cambio en la ecuación del Estrecho de Ormuz es, estratégicamente, la derrota más duradera de la política estadounidense de «máxima presión»: no solo Irán recupera su capacidad exportadora, sino que se consagra como la potencia energética reguladora de la región, con la que el mundo debe negociar directamente y en sus propios términos.

Irán: 47 años de resistencia y el reconocimiento que nadie quiso otorgar

Para Irán, el Memorándum de Islamabad representa un triunfo estratégico y político muy superior al acuerdo nuclear de 2015 —el JCPOA—, en tanto que sus términos materiales y su reconocimiento político son incomparablemente más amplios. El acuerdo consagra a la República Islámica como la principal potencia militar y política de Asia Occidental, logrando que Estados Unidos reconozca de facto su hegemonía regional. Décadas de sanciones, presión militar, operaciones encubiertas, asesinatos selectivos de científicos nucleares y aislamiento financiero no lograron doblegar a Teherán: lo fortalecieron.

El acuerdo es leído por amplios sectores del Sur Global como la demostración práctica de que la resistencia sostenida frente al imperialismo produce resultados. África, Asia y América Latina observan en el caso iraní el modelo de un país que resistió 47 años de presión sin ceder en sus posiciones fundamentales y que al final obtuvo el reconocimiento que se le negaba. Analistas latinoamericanos que siguen la geopolítica del conflicto señalan que la consagración de Irán como potencia regional atrae hacia su esfera de influencia a países que buscan en Teherán no solo un socio comercial sino una referencia política. Es la prueba de que la soberanía es posible.

El papel de Pakistán como mediador merece atención propia. Islamabad emerge del proceso con un peso diplomático que no tenía desde hace décadas, reingresando a la primera línea de la diplomacia internacional como garante de un acuerdo entre las dos potencias más importantes de la región. El éxito de la mediación pakistaní no es un accidente: es el resultado de una posición estratégica que Islamabad ha cultivado con paciencia, equidistante entre Occidente y el mundo emergente, y que el Memorándum de Islamabad eleva ahora al rango de activo geopolítico de primer orden.

El nuevo orden multipolar: los BRICS, Eurasia y el fin del siglo estadounidense

El Memorándum de Islamabad es el síntoma más visible y mejor documentado de una transformación estructural del sistema internacional que lleva años gestándose. El agotamiento de la capacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad unilateralmente en Asia Occidental —demostrado en términos concretos, punto por punto, en el texto del acuerdo— confirma la transición hacia un sistema donde el poder está distribuido entre múltiples centros que Washington ya no puede controlar.

Los BRICS, cuyo producto interno bruto ya supera al del G7, la Organización de Cooperación de Shanghái y la Unión Económica Euroasiática se consolidan, en este nuevo escenario, como los verdaderos motores de la política y la economía global. Analistas que estudian la reconfiguración del bloque euroasiático señalan que la derrota estadounidense en el Golfo acelera la integración de Eurasia y fortalece la asociación estratégica entre Rusia y China: mientras China se posiciona como motor económico del bloque, Rusia garantiza la seguridad energética y militar del conjunto. El control soberano del Estrecho de Ormuz —arrebatado a Occidente como herramienta de presión sobre el mercado energético mundial— es un episodio de esa reconfiguración más profunda, no su causa sino su expresión.

Se observa también, en el horizonte del acuerdo, un intento de revalorizar organismos multilaterales como el Consejo de Seguridad de la ONU, pero bajo una lógica que ya no responde exclusivamente a los intereses de las potencias occidentales tradicionales. La «nueva legitimidad internacional» que el memorándum funda, en palabras de quienes lo analizan, se construye fuera del control exclusivo de las instituciones diseñadas por Occidente tras la Segunda Guerra Mundial para administrar su hegemonía.

Analistas que estudian los patrones históricos del imperialismo estadounidense advierten además sobre una consecuencia recurrente que no debe perderse de vista: ante derrotas en otras latitudes, Estados Unidos tiende a replegarse y aumentar su presión sobre América Latina —específicamente en estos tiempos contra Venezuela, Cuba, México entre otros tantos escenarios más— para intentar demostrar que aún mantiene control sobre su zona de influencia inmediata. La derrota en el Golfo no neutraliza el imperialismo, si no que lo desplaza hacia los territorios donde aún cree poder imponerlo. Nuestra América tiene razones históricas sobradas para observar el Memorándum de Islamabad no solo con satisfacción sino con vigilancia.

Israel: el aliado que quedó solo

La postura del gobierno de Benjamín Netanyahu ante el Memorándum de Islamabad es de rechazo total, desafío abierto y aislamiento internacional creciente. Casi todos los ministros del gabinete israelí han negado su conformidad con el memorándum. Netanyahu, aunque mantuvo silencio inicial, ha dejado claro que Israel no se siente ligado por los compromisos asumidos por Washington y Teherán. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, declaró que Israel «no es un contratista de ninguna superpotencia» y que actuará bajo su propio imperativo moral y de seguridad, rechazando cualquier presión externa para detener los combates. El ministro de Defensa, Israel Katz, fue más explícito aún: no se retirarán de las tierras capturadas en el Líbano y seguirán destruyendo infraestructura en el sur del país hasta dejarlo como un «páramo». Horas después de la firma del acuerdo, el Ministerio de Defensa israelí publicó mapas que muestran un «cinturón de seguridad» que penetra 10 kilómetros dentro del territorio libanés, desafiando directamente la cláusula de integridad territorial del memorándum.

Para Israel, el acuerdo representa una derrota estratégica profunda y desnuda: consagra a Irán como la principal potencia regional, le otorga concesiones económicas masivas, le reconoce el control soberano del Estrecho de Ormuz y lo reintegra al sistema financiero internacional —todo lo que la política israelí de los últimos años había intentado impedir—. El gobierno de Netanyahu lo considera una capitulación de las potencias occidentales capitaneadas por el gobierno de Estados Unidos, y esa evaluación no es enteramente inexacta.

Pero la capacidad de resistencia israelí tiene límites estructurales que el propio Trump se ha encargado de señalar públicamente y con una claridad inusual. El presidente estadounidense recordó que «sin Estados Unidos, no habría Israel», criticó la «excesiva» violencia de los bombardeos israelíes y rechazó la llamada Doctrina Dahiya —la táctica de destruir edificios civiles enteros para eliminar a un solo combatiente— calificándola de «viciosa» y «excesiva». El vicepresidente JD Vance fue igualmente directo: instó a los israelíes a «despertar y oler la realidad», advirtiéndoles que son los impuestos de los estadounidenses los que financian su defensa y que deben respetar el proceso de paz en curso. Esas palabras, en boca del vicepresidente de la administración que históricamente ha sido el sostén más incondicional del Estado de Israel, tienen un peso que no puede subestimarse.

La fractura entre Trump y Netanyahu no es solo personal ni retórica, es la señal de que el consenso bipartidista estadounidense de apoyo incondicional a Israel ha estado fisurándose bajo el peso acumulado de sus costos materiales, estratégicos y reputacionales. El lobby israelí —AIPAC— representa aún un obstáculo formidable en el Congreso para el levantamiento definitivo de las sanciones a Irán, y Netanyahu ha iniciado gestiones para intentar modificar los términos del acuerdo durante los 60 días de negociación, usando sus recursos dentro del sistema político estadounidense. Pero la correlación de fuerzas ha cambiado estructuralmente.

El aislamiento de Israel alcanza dimensiones que no tenían precedente. La Unión Europea exige el reconocimiento de los dos estados y el fin de las hostilidades. Voceros israelíes han llegado a calificar a China como «estado antisemita» por su rol en el apoyo al nuevo orden multipolar —una acusación que revela más sobre el pánico del gobierno israelí que sobre la política de Beijing—. Y por primera vez en décadas, Turquía, Egipto y Jordania han emitido una declaración conjunta advirtiendo que, si Israel ataca a cualquiera de ellos o continúa su expansión, responderán de forma coordinada y conjunta. Un nivel de coalición defensiva árabe y regional contra Israel que no se veía desde los años setenta.

Así las cosas, no son pocos quienes ven a Netanyahu y su gobierno como un «zombi político» cuya única forma de mantenerse en el poder es prolongar la guerra indefinidamente. El incumplimiento del memorándum no es para él solo una posición estratégica: es su necesidad de supervivencia política. Y esa necesidad lo convierte en el factor de riesgo más inmediato para la estabilidad del acuerdo.

El Líbano: garantías sobre papel y la amenaza permanente de balcanización

El Memorándum de Islamabad coloca al Líbano como uno de los puntos neurálgicos de la estabilidad regional. El punto uno del acuerdo exige el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, mencionando explícitamente al Líbano en tres ocasiones. Las partes se comprometen a no iniciar nuevas guerras, a abstenerse de proferir amenazas o recurrir al uso de la fuerza, y a garantizar la integridad territorial y la soberanía libanesa. La retirada de las fuerzas israelíes de los territorios ocupados recientemente en el sur del Líbano es una condición explícita del acuerdo.

Durante las negociaciones finales, Irán lanzó un ultimátum a través de los mediadores pakistaníes: si Israel no detenía sus ataques contra los suburbios del sur de Beirut —el barrio de Dahiya—, Irán estaba listo para una respuesta militar total. Ese ultimátum fue uno de los factores decisivos que llevaron a Washington a la firma. El acuerdo establece que Irán se compromete a que Hezbollah no atacará a Israel; en contrapartida, Estados Unidos debe contener a Israel para que cese sus bombardeos en territorio libanés. La lógica del acuerdo en el frente libanés descansa, en última instancia, en la voluntad de Trump de presionar a Netanyahu. Y esa es, precisamente, su mayor debilidad.

Mientras se firmaba el memorándum, el ejército israelí mantenía una ofensiva en el sur del Líbano que Hezbollah resistía con éxito, causando bajas significativas entre comandantes de brigadas de fuerzas especiales israelíes. Analistas que examinan la estrategia militar israelí advierten que Tel Aviv ha intentado aplicar en el Líbano la misma estrategia que en Gaza: despoblamiento mediante la destrucción sistemática de la infraestructura civil, haciendo inhabitables las zonas que considera amenazantes. El ministro de Defensa Katz declaró abiertamente su intención de dejar el sur del Líbano como un «páramo». La «Doctrina Dahiya» —destruir edificios enteros para eliminar a un solo combatiente— es la expresión doctrinal de esa estrategia, que Trump ha rechazado públicamente pero que Israel sigue aplicando.

Líderes de la resistencia han definido con claridad el objetivo de esta fase: no solo la liberación territorial, sino «arrastrar al perro rabioso de Netanyahu de vuelta a su jaula», limitando su capacidad de acción mediante la presión diplomática y económica de las potencias. A pesar de la inestabilidad y de las advertencias israelíes, miles de libaneses desplazados han comenzado a retornar a sus hogares destruidos en el sur, desafiando el miedo y confiando en el acuerdo, en la resistencia de Hezbollah, o en ambos a la vez.

Líbano tiene hace años un riesgo de una especie de «balcanización», y bajo la influencia de Trump, el Líbano podría derivar hacia una división en tres zonas de influencia basadas en comunidades religiosas —chiitas bajo protección iraní, sunitas bajo influencia saudita o turca, cristianos bajo tutela francesa—. Trump ha sugerido, de manera que nadie en Beirut recibe con tranquilidad, que la Siria de Al Jolani —ex Al Nusra una corriente takfirí abiertamente terrorista e islamofascista— podría encargarse de la seguridad frente a Hezbollah en lugar de Israel. Esa sugerencia —que implica reconocer al gobierno sirio como actor estabilizador legítimo mientras se descarta la capacidad israelí— es en sí misma una señal de la magnitud del giro estratégico en curso.

Los 60 días que decidirán si el cambio de época se consolida o se aborta

El período de negociación que el memorándum abre es el momento en que se definirá si el cambio de época se consolida o si las fuerzas que se benefician del conflicto consiguen descarrilarlo. Los obstáculos son conocidos y están activos.

El Congreso de Estados Unidos, influenciado por AIPAC y por sectores tanto republicanos como demócratas que mantienen compromisos profundos con Israel, representa el principal escollo institucional para el levantamiento definitivo de las sanciones y la liberación de los fondos. La disputa sobre la soberanía iraní sobre sus propios recursos —el rechazo de Teherán a cualquier esquema de «caja controlada»— es el campo de batalla financiero más inmediato. La definición técnica de las «zonas periféricas» de las que Estados Unidos debe retirar tropas es el nudo militar más delicado.

Y el riesgo más grave es el sabotaje activo. Analistas que examinan la estrategia del gobierno de Netanyahu señalan que las actuales ofensivas israelíes en el Líbano son intentos deliberados de hacer colapsar los 60 días de negociación: provocar una respuesta militar a gran escala de Irán para demostrar que el acuerdo es inútil y forzar a Trump a intervenir nuevamente en favor de Israel. Se señala también la preocupación latente sobre posibles ataques de «falsa bandera» por parte de sectores opuestos a la paz —dentro o fuera de los gobiernos firmantes— para crear incidentes que justifiquen la ruptura del memorándum.

Hay otro riesgo que rara vez se menciona en los análisis convencionales: la posibilidad de que sectores extremistas que se sienten traicionados por el acuerdo intenten atentar contra la vida de Trump, comparando su situación con la de Kennedy en su momento de mayor tensión con el complejo militar-industrial. La comparación no es nueva en los análisis de la derecha radical estadounidense, y su mención en este contexto no es accidental.

Si al término de esos 60 días no se logra un consenso sobre el tratado definitivo, el memorándum quedaría en lo que analistas críticos del proceso describen como una «nada divina comedia»: las hostilidades se reanudarían de inmediato y todo el terreno ganado podría perderse en días. Si se consolida, funda una nueva legitimidad internacional construida fuera del control exclusivo de las instituciones occidentales. Un mundo donde Pakistán media entre potencias, donde las monarquías del Golfo financian la reconstrucción de su rival confesional, donde Irán cobra tasas en el Estrecho por el que transita el petróleo que mueve la economía global, y donde la soberanía de las naciones emergentes deja de ser una aspiración para convertirse en un hecho reconocido por los poderes que más se han resistido a reconocerlo.

La hegemonía estadounidense ha recibido un duro golpe con su derrota con Irán y lo muestra el documento del Memorando de Entendimiento derivado de las negociaciones en Islamabad. Lo que viene después se está negociando ahora, en 60 días que pueden ser de los más importantes de la geopolítica en lo que va del presente siglo.


TEXTO DEL ACUERDO:

Estados Unidos y la República Islámica de Irán acordaron conjuntamente de buena fe el (__ fecha) lo siguiente:

1 — Estados Unidos y la República Islámica de Irán, junto con sus aliados en la guerra actual, firman este Memorando de Entendimiento para declarar la terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluyendo el Líbano, y se comprometen a partir de ahora a no iniciar ninguna guerra ni operación militar entre sí, a abstenerse de amenazar o usar la fuerza mutuamente y a garantizar la integridad territorial y la soberanía del Líbano. El acuerdo final confirmará la terminación permanente de la guerra en todos los frentes, incluyendo el Líbano, y demás disposiciones de este párrafo.

2 — Estados Unidos y la República Islámica de Irán se comprometen a respetar la soberanía e integridad territorial del otro y a abstenerse de interferir en los asuntos internos del otro.

3 — Estados Unidos y la República Islámica de Irán se comprometen a negociar y alcanzar el acuerdo final en un plazo máximo de 60 días, prorrogable por mutuo acuerdo.

4 — Inmediatamente después de la firma de este Memorando de Entendimiento, Estados Unidos comenzará a levantar el bloqueo naval y cualquier obstáculo o perturbación contra la República Islámica de Irán, y lo pondrá fin por completo en un plazo de 30 días. Durante este período, el tráfico marítimo se restablecerá en proporción al tráfico previo a la guerra en la República Islámica de Irán. Estados Unidos se compromete además a retirar sus fuerzas de las proximidades de la República Islámica de Irán en un plazo de 30 días tras la firma del acuerdo final.

5 — Tras la firma de este Memorando de Entendimiento, la República Islámica de Irán hará todo lo posible para garantizar el paso seguro y gratuito de buques comerciales durante 60 días, desde el Golfo Pérsico hasta el mar de Omán y viceversa. El tráfico de buques comerciales comenzará de inmediato y, considerando la necesidad de eliminar los obstáculos técnicos y militares y realizar el desminado por parte de la República Islámica de Irán, se implementará en un plazo de 30 días. La República Islámica de Irán dialogará con el Sultanato de Omán para definir la futura administración y los servicios marítimos en el estrecho de Ormuz, en consulta con otros Estados ribereños del Golfo Pérsico, en conformidad con el derecho internacional aplicable y los derechos soberanos de los Estados ribereños del estrecho de Ormuz.

6 — Estados Unidos se compromete, junto con sus socios regionales, a elaborar un plan definitivo y consensuado, con un presupuesto mínimo de US$ 300.000 millones, para la reconstrucción y el desarrollo económico de la República Islámica de Irán. El mecanismo para la implementación de este plan se definirá como parte de un acuerdo final en un plazo de 60 días. Estados Unidos otorgará todas las licencias, exenciones y permisos necesarios para las transacciones financieras pertinentes.

7 — Estados Unidos se compromete a poner fin a todo tipo de sanciones contra la República Islámica de Irán, incluidas las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, resoluciones de la Junta de Gobernadores del OIEA, todas las sanciones unilaterales estadounidenses, primarias y secundarias, según un calendario acordado como parte del acuerdo final. La República Islámica de Irán y Estados Unidos reconocen la importancia crucial del tema del levantamiento de las sanciones antes mencionado y expresaron su intención de abordar de inmediato estas cuestiones en las negociaciones para lograr un acuerdo mutuo al respecto.

8 — La República Islámica de Irán reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares. Estados Unidos y la República Islámica de Irán han acordado resolver la disposición de su arsenal de material enriquecido mediante un mecanismo que se acordará mutuamente, en conformidad con el calendario mencionado en el párrafo siete, con la metodología mínima de desnaturalización in situ bajo la supervisión del OIEA. Ambas partes también acordaron debatir la cuestión del enriquecimiento y otros asuntos mutuamente acordados relacionados con las necesidades nucleares de la República Islámica de Irán, sobre la base de un marco satisfactorio que se acordará en el acuerdo final. El acuerdo final confirmará las disposiciones de este párrafo y la República Islámica de Irán reconoce la importancia crucial de las cuestiones nucleares por encima de las misiones. Expresan su intención de abordar de inmediato estas cuestiones en las negociaciones para lograr un acuerdo mutuo al respecto.

9 — A la espera del acuerdo final, Estados Unidos y la República Islámica de Irán acuerdan mantener el statu quo. La República Islámica de Irán mantendrá el statu quo actual de su programa nuclear, y Estados Unidos no impondrá nuevas sanciones ni desplegará fuerzas adicionales en la región.

10 — Estados Unidos se comprometen a que, inmediatamente después de la firma de este Memorando de Entendimiento y hasta la finalización de las sanciones, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitirá exenciones para la exportación de petróleo crudo iraní, productos derivados del petróleo y todos los servicios asociados, incluidas las transacciones bancarias, los seguros, el transporte, etc.

11 — Estados Unidos se compromete a poner a disposición los fondos y activos congelados o restringidos de la República Islámica de Irán una vez implementado este Memorando de Entendimiento. Estados Unidos y la República Islámica de Irán acordarán mutuamente los procedimientos para la liberación de estos fondos durante las negociaciones. Dichos fondos, ya sea mediante la obtención de la cuenta original o mediante transferencia, se pondrán a disposición para el pago a cualquier beneficiario final designado por el Banco Central de la República Islámica de Irán. Estados Unidos se compromete a emitir todas las licencias y autorizaciones necesarias.

12 — Estados Unidos y la República Islámica de Irán acuerdan que se establecerá un mecanismo ejecutivo para supervisar la correcta aplicación de este Memorando de Entendimiento y el cumplimiento futuro del acuerdo final.

13 — Después de la firma de este Memorando de Entendimiento, y sujeto al inicio de la implementación de los párrafos 1, 4, 5, 10 y 11 de este Memorando de Entendimiento, y la implementación continua de estas medidas, Estados Unidos y la República Islámica de Irán comenzarán negociaciones sobre el acuerdo final exclusivamente sobre los demás párrafos.

14 — El acuerdo final será ratificado mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU.

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