
Desde la liquidación del sujeto colectivo hasta la «trampa de la diversidad», pasando por el irracionalismo, la impostura intelectual y la burocratización del saber, una constelación de pensadores ha construido diagnósticos en el mismo sentido: el posmodernismo no es una corriente transformadora ni subversiva del orden existente, sino la lógica cultural del capitalismo tardío y una legitimación y reforzamiento de sus connotaciones negativas para las posibiliades de una política que transforme y emancipe efectivamente a los pueblos. Más aún, sus raíces no son tan ajenas a la modernidad que dice superar como sus cultores pretenden, si no que es el hijo pródigo que nunca se fue del todo de las lógicas modernas, occidentales, euroatlantistas, capitalistas, coloniales. Aquí presentamos una serie de autores que desarrollan estas ideas develando el carácter regresivo, retardatario, y hasta reaccionario de las teorías posmodernistas tan en boga en las últimas décadas y el presente en el campo del denominado «occidente» y en buena parte de nuestra América.
La condición posmoderna: la cultura y la teoría convertida en ideología del capital
El punto de partida para comprender el posmodernismo como fenómeno político no es filosófico sino histórico. Autores marxistas como Fredric Jameson, David Harvey, Ellen Meiksins Wood y John Bellamy Foster lo han apuntado en numerosas obras: el posmodernismo no es un estilo artístico ni una corriente filosófica opcional, es la «lógica cultural del capitalismo tardío», una superestructura ideológica que corresponde a la fase del capitalismo multinacional, de consumo, financiariado, global y neoliberal. En ese sentido, no se trata primeramente de una moda intelectual sino de una escena cultural dominante que permea la totalidad de la vida social —el arte, la academia, la política, la subjetividad— intentando convertir todo en cultura y «lenguaje», en relativismo, disgregación y fragmentación social. El posmodernismo es el capitalismo tardío pensándose y justificándose a sí mismo.
Esta definición obliga a pensar el posmodernismo no desde sus textos canónicos sino desde sus efectos materiales, culturales, políticos. Y esos efectos, según una amplia tradición de pensadores marxistas y materialistas, son profundamente regresivos y retardatarios para cualquier proyecto político transformador.
El posmodernismo se define por varios rasgos filosóficos interconectados. En el plano epistemológico —es decir en teoría del conocimiento—, rechaza la existencia de una realidad objetiva y promueve un relativismo extremo, sosteniendo que la «verdad» no es suceptible de parámetros científicos objetivos sino que sólo es un asunto de «interpretaciones» que disputan su dominio mediante acuerdos políticos entre grupos de poder. Es la tesis del relativismo radical: «todo vale» y cualquier cosmovisión tiene el mismo estatus que cualquier otra. Jean-François Lyotard condensó esta postura en su concepto de la incredulidad con respecto a los metarrelatos: la caída de las grandes narrativas ilustradas —el progreso, la emancipación, la razón, la dialéctica histórica— que antes daban sentido y dirección al conocimiento y a la acción colectiva. La ironía es que precisamente la teoría posmoderna es a su vez un meta relato, una narrativa que rechaza precisamente a aquellos relatos y conceptos que permiten pensar la realidad social e histórica con el fin de transformarla.
En el plano lingüístico, el posmodernismo otorga un papel absoluto al lenguaje: no como espejo o traductor de la realidad, sino como su constructor. La premisa extrema —resumida en la fórmula de Jacques Derrida: no hay nada fuera del texto— convierte cualquier hecho social, cualquier contradicción material, en una construcción discursiva. La idea de que «el lenguaje construye realidad» se lleva a su extremo, como si la realidad —y las posibilidades de su transformación— fuera principalmente un asunto linguístico.
En el plano político, esta operación tiene consecuencias devastadoras: si la explotación no es un hecho objetivo sino un «relato», si la clase obrera no es una realidad social sino un «artificio retórico», si el devenir histórico es una suma de «acontecimientos» azarosos sin una lógica ni sentido mayor, si los conceptos con los que se puede pensar la construcción de fuerza política y social impulsora de cambios, la tarea política deja de ser transformar el mundo y pasa a ser «resignificarlo», promoviendo la dispersión y fragmentación de las luchas, el «éxodo», la resistencia, y la huida individual no inserta en ningún proyecto colectivo. Incluso los autores que expresamente intentan luego «unificar» las luchas y sujetos dispersos y fragmentarios, como Ernesto Laclau o Chantal Mouffe, permanecen en la conceptualización de unas identidades múltiples sin conexión material y en la omisión de las realidades económicas que las cruzan, multiplicidad que sólo se une en torno a dispositivos discursivos – lingüísticos y el liderazgo «populista» que los reune en torno a un relato.



Las continuidades que el posmodernismo no reconoce
Uno de los ejercicios intelectuales más productivos —y más incómodos para los cultores del posmodernismo— es señalar que esta corriente no constituye la ruptura radical con la modernidad que proclama. Más bien, radicaliza algunos de sus impulsos más problemáticos hasta el punto de sólo invertir sus términos, no superarlos. Para entender esto es necesario distinguir entre la modernidad como proyecto contradictorio y con ciertas posibilidades emancipatorias, y la modernidad como estructura capitalista de dominación. El posmodernismo critica —y destruye— lo primero, mientras hace lo que puede para no tocar lo segundo.
La modernidad, en su vertiente ilustrada y crítica, había forjado una alianza entre razón, ciencia y emancipación. El progreso no era solo tecnológico: era moral y político. La razón debía liberar al ser humano de la superstición, la autoridad arbitraria y la ignorancia. Esta promesa fue desde el principio contradictoria: el mismo capitalismo que promovía el libre pensamiento producía la explotación industrial, el colonialismo y la destrucción de los lazos comunitarios. Por ejemplo, Jürgen Habermas, defensor crítico de la modernidad y opositor al posmodernismo —proveniente de la Escuela de Frankfurt y progresivamente más liberal y menos marxista en su trayectoria—, sostiene que esta no es un proyecto cumplido sino «inacabado», y que la respuesta correcta no es abandonarlo sino radicalizarlo. Los posmodernos, en cambio, ante la evidencia de las contradicciones de la modernidad capitalista, deciden liquidar el proyecto emancipatorio junto con sus distorsiones. Tiran al niño con el agua sucia de la bañera.
El historiador y marxista Francisco Erice señala que el posmodernismo comparte con la modernidad capitalista algo fundamental: el individualismo. La modernidad burguesa disolvió los lazos comunitarios precapitalistas y produjo el individuo atomizado, propietario de su fuerza de trabajo, sujeto de derechos formales pero desprovisto de comunidad real. El posmodernismo no cuestiona esta atomización: la celebra bajo el nombre de «multiplicidad de identidades», «libertad del sujeto nómada» o «flujo deseante». El sujeto posmoderno —»líquido», fragmentario, en constante redefinición de sí mismo— es la versión filosófica del consumidor neoliberal que elige su identidad en el supermercado de las diferencias culturales. Pero como apunta el pensador chileno Carlos Pérez Soto, ese sujeto posmoderno no construye movimientos ni organizaciones, y tampoco se puede apreciar en la realidad cotidiana de las mayorías: es más bien un constructo intelectual de sectores universitarios y acomodados. Es más: el posmodernismo crítica la idea misma de «sujeto» por ser una noción «esencialista», es decir, incluso intenta desmontar conceptos con los que se puede llegar a pensar la política y la construcción de identidades reales, las que no son ni «fragmentarias» ni «nómadas» ni «líquidas».
Hay además una continuidad en el tratamiento de la historia. La modernidad capitalista tiende a presentar el capitalismo como el horizonte insuperable de la historia humana: el «fin de la historia» de Fukuyama —antes que se retractase de tal idea— es la expresión más grosera de este impulso. El posmodernismo, que en apariencia lo rechaza, llega al mismo resultado por otra vía. Al disolver las «grandes narrativas» de progreso y emancipación, al proclamar la contingencia radical y negar la causalidad histórica, termina produciendo un «presente perpetuo»: un tiempo sin pasado cognoscible ni futuro imaginable, en el que el único horizonte posible es la administración infinita del orden existente. Alex Callinicos observa que el arte posmoderno no representa una ruptura cualitativa con el modernismo sino una variante mercantilizada de este: los rasgos que se le atribuyen —el montaje, la parodia, la ambigüedad— ya eran definitorios del modernismo de principios del siglo XX. Lo que ha cambiado es que el «fuego innovador» ha sido sustituido por la mercantilización sistemática de las técnicas de vanguardia.
Existe también una continuidad en el irracionalismo. No es casual que los precursores filosóficos del posmodernismo —Nietzsche, Heidegger, Schopenhauer— sean también los pensadores que el marxista Georg Lukács señaló como promotores del irracionalismo moderno en su obra El asalto a la razón. La modernidad capitalista, junto a su vertiente ilustrada y emancipatoria, engendró también su contracorriente: el vitalismo, el voluntarismo, el culto a la fuerza y al instinto, la «moral de los señores» nietzscheana. Esta tradición antiilustrada no es «posmoderna» sino profundamente moderna en su genealogía. Martín Heidegger —cuya influencia sobre Derrida, Foucault y el posestructuralismo en general es reconocida— fue militante y un colaborador probado del nazismo y ha alimentado todo tipo de ideas conservadoras de «retornos» a pasados mejores. El lenguaje como «casa del ser», la deconstrucción de la metafísica occidental —cuyo máximo y cúlimne exponente, Hegel, abrió paso a Marx y el marxismo—, el privilegio de lo inefable sobre lo argumentable: todo esto tiene raíces en las vertientes más conservadoras y reaccionarias de la modernidad que el posmodernismo hereda sin reconocerlo.
Entre otros, Habermas fue explícito al respecto: calificó a los postestructuralistas de «jóvenes conservadores» que, al salirse del mundo moderno, se refugian en principios como la «voluntad de poder», el Ser, lo «dionisíaco», desplazando la razón discursiva en favor de lo arcaico. La apariencia de ruptura radical oculta una reactivación de los impulsos más conservadores del pensamiento burgués y moderno. Pérez Soto apunta a otro rasgo premoderno: la preferencia por un lenguaje confuso y rebuscado, que a diferencia de la complejidad genuina de un Kant o un Hegel, por ejemplo, no construye sus conceptos de manera racional y sistemática y para descifrar la complejidad de la realidad y de un pensamiento acorde a tal complejidad, si no que más bien configura una especie de escolástica difícil de entender que opera como un hábito intelectual burocrático, construido para forjar trayectorias laborales académicas más que para generar desarrollos teóricos significativos.



El sujeto «nómada»: la disolución del actor colectivo
Una de las consecuencias políticas más graves del posmodernismo es lo que Carlos Pérez Soto, filósofo e historiador de la ciencia, muestra como una liquidación del sujeto político. Para Pérez Soto, el desarrollo del pensamiento posestructuralista condujo directamente a la destrucción de los conceptos básicos de la política: el sentimiento de comunidad, la acción colectiva, el programa, el partido.
El sujeto que emerge de la teoría posmoderna —»nómada», «líquido», «fragmentario»— es en el fondo un sujeto que no puede sostener ninguna identidad colectiva estable. Pérez Soto lo ilustra con una imagen precisa: para las teorías posmodernas, la persona que entra a una financiera es «deudor», al salir es «consumidor», en su casa es «padre de familia», todas identidades «fluidas», «contingentes», «nómadas». Cada contexto produce una subjetividad diferente, sin continuidad, sin proyecto. Y sin continuidad no hay comunidad; sin comunidad no hay política. Esta descripción no es una metáfora: es la caracterización del trabajador precarizado del capitalismo tardío, que el posmodernismo eleva a condición filosófica universal en lugar de denunciarla como resultado de la explotación.
El postestructuralismo —raíz teórica en las ciencias sociales del posmodernismo—, sostiene Pérez Soto, no fue una superación del estructuralismo sino su radicalización. Los postestructuralistas llevaron el anti-humanismo y el anti-esencialismo al límite, llegando a considerar incluso a la ciencia como una forma de metafísica. El resultado son las «muletillas académico-retóricas» que carecen de aporte teórico nuevo y que son el origen de un oscuro academicismo muy presente en las universidades occidentales y buena parte de nuestra región. La «muerte del hombre» proclamada por Foucault —la disolución de la idea del ser humano como centro racional— termina por anular la posibilidad de un sujeto revolucionario coherente.
Gilles Deleuze llevó esta lógica a su expresión filosófica más acabada con el concepto de «pensamiento rizomático»: un pensamiento caótico y disperso que rechaza cualquier estructura lógica y jerárquica en favor de «la multiplicidad» y «la deriva». La contrapartida política del rizoma es la «resistencia desde el margen» o, en versiones más radicales, la «inscripción de la resistencia en el cuerpo». Pérez Soto critica que estas propuestas como gestos simbólicos sin eficacia real: la lucha política se convierte en una «colección de testimonios individuales» que, aunque puedan ser agresivos simbólicamente, carecen de la capacidad para articular organizaciones, partidos, sindicatos o acciones colectivas significativas. Las lecturas a que ha dado lugar la autora Judith Butler, señala Pérez Soto, han convertido a las luchas de género en una colección de testimonios individuales cuyo objetivo práctico se reduce a «avergonzar a los patriarcas» en lugar de construir un Estado de derecho con garantías reales y colectivas.
En similar sentido, autoras como Nancy Fraser, Seyla Benhabib, Silvia Federici, o Martha Nussbaum han criticado la «desconstrucción» de la noción misma de «mujer» elaborada por Butler —quien argumenta que la categoría de «mujer» no es homogénea y que toda definición de mujer implica excluir ciertas experiencias—, lo cual implica un obstáculo para la construcción de identidades, organizaciones, y prácticas y políticas comunes. Cuestiones como la explotación económica, la desigualdad material y
la organización política quedan así desplazadas por la representación simbólica, el lenguaje y un reconocimiento cultural desprovisto de cuesiones materiales como la lucha por el salario, la cuestión del trabajo doméstico, la precarización laboral, o el acceso a recursos.
El historiador y marxista Erice vincula directamente este irracionalismo político con lo que Lukács identificó como afinidades entre el irracionalismo y el reaccionarismo. Lukács demostró en El asalto a la razón que el irracionalismo —al negar la capacidad humana de comprender racionalmente el mundo— actúa inevitablemente como instrumento de dominación. Si no se puede comprender la realidad, no se puede actuar sobre ella para transformarla. El sujeto queda inerme.
La trampa de la diversidad: fragmentar para conservar
La expresión más visible y políticamente operativa de esta disolución del sujeto colectivo es lo que Daniel Bernabé ha popularizado con el concepto de «trampa de la diversidad». El mecanismo es el siguiente: la izquierda abandona su referente tradicional de emancipación —el proletariado, los oprimidos en su conjunto— para centrarse en una multiplicidad de identidades específicas basadas en el sexo, el género, la raza o la cultura. La proliferación de estas demandas sectoriales no suma fuerzas: las resta. Las identidades oprimidas terminan por cancelarse mutuamente, impidiendo la formación de un proyecto político común. Si incluso un ente poderoso puede reclamar un estatus de víctima de una «fobia» cultural, el concepto de opresión pierde su capacidad analítica para identificar la explotación económica real, y se puede llegar incluso al absurdo de hablar de, por ejempo, una «imperiofobia» para victimizar estructuras de poder imperialistas y coloniales, invirtiendo completamente el sentido de la categoría de opresión.
El problema no es únicamente la dispersión. Es que estas demandas sectoriales son rápidamente absorbidas por el mercado. Las grandes empresas y marcas las transforman en nichos de consumo, neutralizando su potencial revolucionario y convirtiendo la rebeldía en mercancía intelectual. La «diversidad» pasa a ser una estrategia de marketing. El término inglés unequal —desigual y diferente a la vez— permite, como señala Bernabé, que las demandas de los colectivos oprimidos se desplacen de la disputa política y la lucha de clases a políticas de mera representación y reconocimiento: se otorgan reconocimientos culturales que se retacean completamente en el ámbito económico, promoviendo una «democracia de consumidores» donde la libertad se confunde con la publicidad.
Néstor Kohan, pensador marxista argentino, denomina a este fenómeno una «confluencia perversa»: mientras el posmodernismo promueve «abajo» el culto al fragmento y la lucha dispersa en guetos identitarios, el capital unifica y endurece «arriba» su dominación global. La asimetría es funcional al sistema: la resistencia se fragmenta en «juegos de lenguaje» y particularismos mientras el modo de producción permanece intacto. Kohan define el posmodernismo, en su dimensión política más profunda, como la «legitimación metafísica de la impotencia política»: al negar la existencia de un sujeto revolucionario y de una verdad objetiva, desarma la capacidad de acción colectiva contra el sistema.
Por su parte, el analista Atilio Borón señala que bajo la influencia posmoderna las contradicciones del capitalismo se convierten en meros «problemas semánticos»: la lucha de clases se volatiliza en la «envolvente melodía del discurso». Frente a la pretensión de que la explotación solo existe si el obrero la «representa discursivamente», Borón insiste en que el hambre y la subordinación de los capitalismos periféricos son realidades objetivas —no construcciones lingüísticas— que el posmodernismo intenta invisibilizar. Kohan y Borón rechazan además las tesis de Hardt y Negri —otra derivación posmoderna— por considerarlas una solución falsa: el concepto de «multitud» carece de rigor sociológico, diluye la centralidad de las clases sociales y presenta al «Imperio» como un paso ético adelante frente al imperialismo, ignorando el «barro y la sangre» de la vida cotidiana bajo el imperialismo real en la periferia actual.
El analista geopolítico Juan Antonio Aguilar formula la misma crítica en términos también directos: el posmodernismo es la ideología dominante de la clase dominante en la fase actual del capitalismo tardío. Sus políticas de identidad fragmentan a la clase obrera en «burbujas de afinidad» o «tribus», y estas microluchas son fácilmente absorbidas y mercantilizadas por el sistema. Aguilar denuncia también la dimensión estética del problema: el arte posmoderno —la banana pegada a la pared (el «Hamparte» que ha conceptualizado el artista y crítico de arte Antonio García Villarán), la performance grotesca como supuesta intervención política— es una simple mercancía con la que la clase dominante especula, desprovista de cualquier poder crítico real contra los fundamentos del sistema. La parálisis crítica resultante —si todo es interpretación, nada puede ser objetivamente denunciado— es, en última instancia, un irracionalismo conservador que preserva el statu quo. Aguilar lo llama una «máscara de la explotación».



Laclau, Mouffe y la hegemonía como «juego de lenguaje»
El posmodernismo no solo permea la academia, ha producido proyectos políticos concretos. El caso más significativo es el neopopulismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, cuyas tesis alimentaron directamente a dirigencias y militancias políticas contemporáneas como por ejemplo a partes significativas de Podemos en España, y sirvieron de referencia teórica para diversas corrientes de las llamadas «nuevas izquierdas» en el siglo XXI.
Para Laclau y Mouffe, la sociedad no tiene una esencia dada y los sujetos políticos no nacen de las relaciones sociales reales —la fábrica, el trabajo— sino que son «artificios retóricos», construcciones lingüísticas. La hegemonía deja de estar ligada a los conflictos sociales materiales para convertirse en un «juego de lenguaje» basado en «significantes vacíos» que buscan articular demandas diversas. La movilización social se apoya más en mecanismos irracionales y emocionales que en el análisis de los intereses de clase. El pueblo deja de ser una categoría sociológica y pasa a ser un efecto del discurso. La idea que proponen es entender los sujetos políticos como construcciones contingentes y «hegemónicas»: identidades colectivas que se forman mediante la articulación de demandas heterogéneas en torno a proyectos políticos comunes. El problema es que ese proyecto «común» surge como una construcción lingüística, y siendo todas las identidades contingentes, su unidad surge como una colección de actorías primero desconectadas entre sí y unida especialmente en torno a un liderazgo «populista» que formula el discurso. La cuestión de la unidad de clase queda relegada a una de las tantas identidades posibles en esa colección.
Francisco Erice es uno de los críticos más rigurosos de esta corriente, a la que denomina como «posmarxismo». Identifica a Laclau y Mouffe como los máximos exponentes de un intento de «desmarxistizar a Gramsci»: utilizan el concepto gramsciano de hegemonía para desligarlo de los intereses sociales y convertirlo en un mero artificio retórico. El resultado es lo que Erice llama un marxismo «liviano» que renuncia al análisis de las condiciones materiales y a la centralidad de la clase trabajadora. El posmarxismo sustituye el objetivo de la emancipación socialista por una supuesta «democracia radical», diluyendo al marxismo en un «magma conservador» de corte liberal que deja intacto el sistema capitalista. Erice puntualiza que el posmarxismo de Laclau y Mouffe muestra mucho más de «post» que de «marxismo» residual: abandona el racionalismo para recurrir a mecanismos donde lo irracional y lo emocional ocupan el primer plano, contribuyendo a crear un nuevo «sentido común» que prioriza lo local y lo identitario sobre los grandes procesos macrohistóricos.
Como historiador, Erice ve este giro como profundamente regresivo. Lamenta el abandono de los sistemas de interpretación que acompañaron a la historia social y al marxismo, la tendencia a identificar la historia con el relato literario, y la apuesta por las «microhistorias» o «los márgenes» que, de manera aislada, impide establecer conexiones lógicas entre fenómenos e imposibilita la construcción de una historia integrada. El resultado es lo que denomina una «decadencia de lo político»: la política se convierte en sentimentalidad administrada, sin capacidad de distinguir entre lo deseable y lo posible.
La impostura intelectual: oscuridad como estrategia de intimidación
Al problema político se suma el epistemológico. El físico Alan Sokal, en un experimento que se convirtió en escándalo intelectual —el «caso Sokal»—, demostró que la falta de rigor del pensamiento posmoderno no es accidental sino estructural. Sokal escribió un artículo paródico en el que defendía tesis típicamente posmodernas —que la realidad física es una mera «construcción cultural», que la gravedad no existe— cargado de citas de Foucault, Deleuze, Guattari y Lacan. La revista Social Text, una de las publicaciones posmodernas más prestigiosas del medio académico anglosajón, lo publicó como un texto serio. La trampa había funcionado porque el estilo era correcto: la oscuridad, la acumulación de referencias, el lenguaje críptico. El contenido era absurdo, pero el envoltorio era irreprochable bajo los parámetros del lenguaje críptico y rebuscado tan propio del posmodernismo.
La conclusión de Sokal y Jean Bricmont, desarrollada en su libro Imposturas intelectuales, es que los autores posmodernos utilizan términos y conceptos de la física, las matemáticas y la química —como la teoría del caos o la raíz cuadrada de números negativos— simplemente para impresionar a oyentes incautos, sin entender de lo que hablan. El caso de Jacques Lacan, al que Sokal denunció por equiparar el falo con la raíz cuadrada de -1, es el ejemplo más citado. A Lacan, Luce Irigaray, Foucault, Deleuze y Roland Barthes los une, según Sokal, el uso de una terminología científica que en el contexto de sus textos «no significa absolutamente nada» o directamente produce verdaderas estupideces. El experimento de Sokal prueba que la oscuridad del lenguaje posmoderno no es una infelicidad estilística: es una estrategia de intimidación que sustituye el argumento lógico por una retórica vacía. Erice señala con ironía, en entrevista reproducida por el canal El Naranjero, que el relativismo posmoderno lleva a consecuencias absurdas: si la ciencia es solo un relato, entonces «si alguien se ahoga es porque cree en la ley de la gravedad».
Lo que importa subrayar es que Sokal no formula esta crítica desde una derecha positivista. Como pensador de izquierdas, sostiene que el posmodernismo perjudica la lucha social al romper la alianza histórica entre la izquierda y el pensamiento científico, favoreciendo el oscurantismo y el reaccionarismo. La razón —que el irracionalismo posmoderno presenta como «forma de dominación»— es para Sokal, como para Erice y para la tradición ilustrada de izquierda, el único instrumento eficaz para la emancipación social. Abandonar la racionalidad por el subjetivismo posmoderno no es una estrategia de liberación, si no que termina favoreciendo a los sectores más conservadores y oscurantistas de la sociedad.
Alex Callinicos ataca los fundamentos filosóficos de autores como Derrida, Foucault y Deleuze señalando tres aporías insuperables. El «textualismo» de Jacques Derrida, con su antirrealismo radical, niega la capacidad de conocer una realidad independiente del discurso: si no hay nada fuera del texto, no hay explotación fuera de su narración. El «poder omnipresente» de Foucault anula toda capacidad de disputa política: si el poder lo permea todo sin excepción, no hay base racional para fundamentar una verdadera alternativa política y sólo queda la resistencia y la huida a los márgenes. Y la negación de toda coherencia al sujeto humano —convertido en un simple «revoltijo de impulsos»— destruye la posibilidad misma de la acción colectiva consciente y racional. Es decir, a la política misma.
El posmodernismo como «síntoma de derrota»: la política de los vencidos
Callinicos, además, rechaza tajantemente la tesis de que el posmodernismo anuncia una nueva era «posindustrial» radicalmente distinta del capitalismo. El modo de producción capitalista sigue dominando el mundo exactamente igual que en los dos siglos anteriores. La idea de la «sociedad postindustrial» es, para Callinicos, directamente absurda: el aumento del empleo en servicios que se cita como prueba del cambio de época creció a expensas de la agricultura y no de la industria manufacturera. Además, como constata Carlos Pérez Soto, tal desplazamiento es un cambio geográfico: la industria se trasladó a países del «Sur global», generando la falsa idea en las sociedades occidentales de que se iniciaba una era «post industrial». La verdad era que esas industrias se estaban deslocalizando hacia China, a la India, al sudeste asiático, a Brasil, México, etcétera.
Callinicos complementa: Lo que el posmodernismo refleja no es un cambio estructural sino el desencanto político de la generación de 1968. Al no poder satisfacer sus expectativas revolucionarias —al entrar en la madurez bajo los gobiernos de Reagan y Thatcher— los radicales de esa generación se refugiaron en la academia y en discursos que niegan la posibilidad de transformar el mundo. El posmodernismo es, en este sentido, un síntoma de derrota: la ideología de los intelectuales que no pudieron cambiar el mundo y decidieron proclamar que el mundo no puede cambiarse.
Este análisis es compartido por Néstor Kohan, quien sostiene que las «metafísicas post» son hijas de una triple derrota histórica: el desencanto tras mayo del 68 en Europa, la neutralización de la oposición negra en Estados Unidos y el impacto de los terrorismos de Estado en América Latina. Tres procesos de aplastamiento de fuerzas transformadoras que dejaron a la intelectualidad de izquierda sin horizonte. Atilio Borón coincide en que estas teorías operan en una atmósfera de desorientación general de la izquierda, donde los ideales de justicia e igualdad parecen ahora «utópicos» frente a la realidad del libre mercado. El posmodernismo no crea esa desorientación: la administra, la sistematiza, la convierte en doctrina.
Erice establece el vínculo histórico preciso: el auge del posmodernismo coincide con la derrota política del marxismo tras el fracaso de las expectativas de 1968 y el cierre del horizonte de los socialismos reales. La intelectualidad se retiró de la vida pública hacia la academia, sustituyendo la práctica política por un estilo literario oscuro y críptico que sirve para articular su propia desilusión. En el mismo sentido, Juan Antonio Aguilar describe el posmodernismo como el refugio de una pequeña burguesía intelectual frustrada que, al no poder transformar el mundo después de mayo del 68, se retiró al idealismo lingüístico. Bajo una apariencia de radicalidad, el posmodernismo promueve el retiro a lo privado y al consumo, actuando como una fuerza conservadora que estabiliza el statu quo al convencer a los sujetos de que ya no es posible transformar el mundo.
El sujeto posmoderno como consumidor perfecto del neoliberalismo
Quizá el aspecto más revelador del vínculo entre posmodernismo y neoliberalismo sea la homología entre los sujetos que ambas corrientes requieren y producen. El neoliberalismo necesita un trabajador y consumidor flexible, competitivo y atomizado y el posmodernismo celebra exactamente ese sujeto: «líquido», «nómada», fragmentario, que cambia de identidad según el contexto —de deudor a consumidor, de consumidor a identidad fluctuante. Este individuo, desprovisto de lazos de clase, organizaciones o comunidades sólidas, es el consumidor perfecto para el mercado neoliberal.
La confluencia no es accidental. Mientras las facultades de humanidades se dedican a la deconstrucción de relatos y la celebración de la diferencia y lo fragmentario, las facultades de economía siguen siendo bastiones de la ideología liberal del libre mercado y allí no ha habido «decontrucción» de metarrelatos. El posmodernismo, en la práctica, ha logrado destruir los «metarrelatos» de la izquierda —el marxismo, el socialismo, el proyecto ilustrado de emancipación— sin tocar el único metarrelato que permanece en pie: el del capitalismo y el libre mercado. Lyotard proclamó la «muerte de los metarrelatos», pero el neoliberalismo y las ideologías funcionales al capitalismo contemporáneo no han recibido la notificación de muerte y siguieron más vivas que nunca.
Erice pone el dedo en la llaga al señalar que el posmodernismo contribuye al proyecto neoliberal al desplazar el foco de la economía hacia el discurso y la cultura. Al afirmar que «no hay nada fuera del texto», se ignora que las condiciones materiales —salarios, explotación, modos de producción— siguen determinando la vida real. La «confluencia perversa» que describe Kohan opera en dos planos simultáneos: neoliberalismo globaliza y unifica el poder del capital «arriba», mientras el posmodernismo fragmenta y dispersa la resistencia «abajo». El irracionalismo posmoderno, al desplazar el conflicto material por el simbólico, convierte la lucha política en teatro de identidades sin ninguna eficacia sobre las estructuras que producen la desigualdad.
Existe además una continuidad en el tratamiento del determinismo que merece atención. El posmodernismo critica —con razón— el determinismo economicista que a veces se atribuyó al marxismo vulgar: la idea de que la base económica dicta de forma mecánica todos los aspectos de la vida social. Pero comete un error simétrico e inverso: ante el determinismo mecánico, responde con la contingencia radical, el azar absoluto, la negación de cualquier causalidad histórica. La distinción que propone el marxismo riguroso —entre determinismo (relación rígida, unívoca, mecánica) y determinación (relación causal que opera entre múltiples factores, dejando margen a la acción humana)— es precisamente lo que el posmodernismo borra. Y al borrarlo, produce paradójicamente el mismo resultado que el determinismo que dice superar: la impotencia política. Si el determinismo vulgar decía «la historia se hace sola, espera que las contradicciones maduren», el posmodernismo dice «la historia es contingencia pura, no hay ley ni dirección». Dos caminos opuestos que convergen en la pasividad.
La razón como herramienta de emancipación: la tarea pendiente
Frente a este diagnóstico, los autores que han formulado la crítica más rigurosa al posmodernismo coinciden en señalar la misma salida: no una vuelta al dogmatismo, sino la reconstrucción de la razón como herramienta de emancipación.
Francisco Erice propone lo que llama la reconstrucción de un «frente de la razón»: un marxismo abierto y renovado que recupere los elementos positivos de la herencia ilustrada —despojada de sus connotaciones de clase burguesa— como instrumento de emancipación social. Una razón que no sea instrumental —la del neoliberalismo que reduce al individuo a calculador de intereses— ni «armonicista» —la del diálogo irreal que ignora el conflicto—, sino capaz de desvelar las contradicciones materiales de la sociedad, de totalizar, de comprender los mecanismos que ligan unos fenómenos con otros. Erice retoma el concepto de «razón de izquierdas» del historiador Eric Hobsbawm: un instrumento analítico y práctico que permite distinguir entre lo que es deseable y lo que es posible, priorizando el análisis realista y concreto de la situación histórica sobre la emotividad o la sentimentalidad política.
Alex Callinicos formula la misma exigencia en términos más directos: frente a la fragmentación de las «políticas de identidad», es necesario recuperar una política universal de emancipación que una a todas las víctimas de la opresión bajo un proyecto común. No porque las luchas de género, raza u orientación sexual sean secundarias, sino porque sin anclaje en la totalidad del modo de producción quedan a merced de su cooptación mercantil. Callinicos defiende la Ilustración radicalizada: las contradicciones de la modernidad no se resuelven abandonando el proyecto ilustrado sino llevándolo más lejos, hasta la revolución socialista.
Carlos Pérez Soto propone como alternativa al posmodernismo y al postestructuralismo la reconstrucción de la política a través de la recuperación de sus herramientas colectivas fundamentales, destruidas por estas corrientes: el sentimiento de comunidad, la acción colectiva y la organización en movimientos populares, programas y partidos políticos, la politización de los movimientos sociales, la politización de la teoría. En la dimensión teórica de estos problemas, propone un marxismo hegeliano que piense los problemas contemporáneos desde categorías como totalidad, sujeto, historicidad radical, rechazando la «escolástica» y lenguaje críptico de las ciencias sociales sumergidas en el posmodernismo o post estructuralismo, y la burocratización de la labor académica y del saber que son propios de lo que denomina como poder burocrático, un poder complementario del poder capitalista.
Néstor Kohan y Atilio Borón señalan las tareas urgentes desde América Latina. Kohan propone retomar la teoría gramsciana de la hegemonía —no el pastiche posmarxista de Laclau, sino el original materialista— para unificar las diversas rebeldías en un proyecto global frente a un enemigo común. El gran desafío es pasar de la comunicación virtual o la protesta espontánea a la construcción de fuerza social y bloque histórico, logrando que los movimientos sociales trasciendan sus luchas locales. La teoría del fetichismo de la mercancía, señala Kohan, sigue siendo la herramienta más potente para comprender la segmentación actual que debilita la protesta popular: desnaturalizar las relaciones sociales capitalistas, mostrar que lo que parece natural es histórico, que lo que parece eterno es contingente en el sentido de transformable, no en el sentido posmoderno de arbitrario.
El posmodernismo se presentó como la radicalidad después de todas las radicalidades, la crítica de la crítica, la deconstrucción de todos los fundamentos. Bajo esa apariencia, dejó al explotado sin sujeto, sin razón, sin proyecto y sin historia. No hay radicalidad en eso. Hay, simplemente, la más refinada forma de conservadurismo: aquella que convence a los oprimidos de que la opresión no puede nombrarse, porque nombrarla sería ya una imposición totalitaria.
VIDEOS:
Contra el Posmodernismo. Entrevista a Francisco Erice:
Carlos Pérez Soto. Historia del Marxismo. Postestructuralismo e Historicismo
Mitos de la Posmodernidad. Juan Antonio Aguilar
Libros sobre el Posmodernismo. Jesús R. Rojo
Carlos Martínez y Adrian Zelaia. El Suicidio de la Izquierda. El Wokismo Contra la Clase Obrera
Libros:
«Imposturas Intelectuales» de Alan Sokal y Jean Bricmon.
«Las ilusiones del posmodernismo» de Terry Eagleton.
«Contra el Posmodernismo» de Alex Callinicos.
«La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural» de David Harvey.
«Los orígenes de la posmodernidad» de Perry Anderson.
«En defensa de la Historia. Marxismo y la agenda posmoderna» (In Defense of History. Marxism and the Postmodern Agenda, editado por Ellen Meiksins Wood y John Bellamy Foster.
«En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo» de Francisco Erice.
«La trampa de la diversidad» de Dabien Bernabé.
«Proposición de un Marxismo Hegeliano» de Carlos Pérez Soto.
Artículos:
Contra el Posmodernismo. El Reino del Conformismo Generalizado, de Cornelius Castoriadis.
Desafíos actuales de la teoría crítica frente al posmodernismo, de Néstor Kohan.






