Memoria y resistencia: la vida y la elección de Miguel Enríquez

El 5 de octubre de 1974, en una casa modesta de la calle Santa Fe, en el barrio San Miguel de Santiago, cientos de efectivos de las fuerzas armadas y de la DINA rodearon una vivienda. Tanques, helicópteros, fuego intenso: la dictadura movilizó todo lo que tenía para acabar con una sola persona. Ese hombre era Miguel Enríquez, fundador y secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile. Tenía 30 años.
La historia de Enríquez es, en esencia, una historia sobre elecciones.
Nacido en Talcahuano en 1944, estudió Medicina en la Universidad de Concepción y se tituló como médico en 1968. Podría haber ejercido como neurólogo, llevar una vida de clase media tranquila y respetable. Pero eligió otro camino. En 1965 participó en la fundación del MIR; en 1967, con 23 años, ya era su secretario general. En una carta escribió: «Trabajo cuatro horas como médico, lo suficiente para vivir; el resto del tiempo lo dedico a “curar la sociedad”».
Esa decisión de “curar la sociedad” se volvió especialmente pesada después del 11 de septiembre de 1973. El golpe militar derrocó al gobierno de Allende, el MIR fue declarado ilegal y Enríquez pasó a ser un objetivo de búsqueda abierta. Se sumergió en la clandestinidad, desplazándose entre casas de seguridad en Santiago, liderando una red de resistencia que sobrevivía con enorme dificultad bajo la maquinaria represiva de la dictadura.
Pero Enríquez no era solo un símbolo de la resistencia. Quienes lo conocieron lo describen como alguien «lleno de vitalidad, ideas, humor y sentido de responsabilidad», buen cocinero, interesado en un marxismo heterodoxo, lejos de la ortodoxia soviética, e influido por Gramsci. Su relación con Allende fue particularmente compleja: el MIR mantenía una posición de “apoyo crítico” al gobierno de la Unidad Popular, sin alinearse del todo ni confrontarlo frontalmente. Allende le ofreció el cargo de ministro de Salud; él lo rechazó, pero militantes del MIR formaron el Grupo de Amigos del Presidente (GAP), encargado de la seguridad personal de Allende. El día del golpe, Enríquez envió un mensaje a través del secretario privado de Allende diciendo que estaba organizando una fuerza para ir a La Moneda. La respuesta de Allende fue: «No. Yo me quedo aquí. Ahora te toca a ti».
Al mediodía del 5 de octubre de 1974, agentes de la DINA cercaron el refugio de la calle Santa Fe. Enríquez estaba dentro con su compañera Carmen Castillo, embarazada de siete meses, y otros dos militantes del MIR. Comenzó el tiroteo. Según investigaciones judiciales posteriores, Enríquez, ya herido, intentó escapar por el techo para asegurar la salida de Castillo, pero fue abatido en el patio de una casa vecina. La autopsia registró diez impactos de bala. Castillo fue detenida herida y luego expulsada del país tras presión internacional.
La conclusión posterior de la Comisión de Verdad y Reconciliación fue prudente: Enríquez «murió de muerte violenta, pues cayó resistiendo a un aparato que permitía prever razonablemente tortura y muerte». Esa formulación reconoce su resistencia y reconoce también su época.
Tras su muerte, el MIR lo describió como alguien que «cayó combatiendo» y declaró que «la clase trabajadora perdió al más valiente e incansable organizador de la resistencia». Pero lo más importante es lo que dejó. Carmen Castillo se convertiría en una destacada documentalista, usando la imagen para seguir interrogando la memoria. En 2016, 42 años después del asesinato, la justicia chilena finalmente procesó a cinco agentes de la DINA. En 2024, al cumplirse 50 años de su muerte, el Archivo Nacional de Chile organizó una exposición sobre él, aunque también surgieron controversias: algunos criticaron que la muestra idealizara su línea de lucha armada.
La controversia misma demuestra que Enríquez sigue vivo, vivo en las divisiones que los chilenos mantienen sobre ese período. Fue un médico que dejó el estetoscopio para tomar un arma; un intelectual que eligió la clandestinidad; un joven de 29 años que, en el momento más brutal de la dictadura, se negó a huir. Su vida fue breve, pero la forma en que eligió vivir cada día y enfrentar la muerte constituye un legado que no se deja clasificar con facilidad.
Memoria y resistencia, en Enríquez, son una sola cosa. Resistió, por eso es recordado; es recordado, por eso la resistencia no terminó.






