Gladys Marín Millie: la maestra normalista que se convirtió en la principal dirigenta del Partido Comunista de Chile y referente de la izquierda y el mundo popular chileno

El 18 de julio se recuerda el natalicio de la histórica dirigenta comunista Gladys Marín Millie, mujer militante y referencia del gobierno de la Unidad Popular y Salvador Allende, que luego transformó la clandestinidad en método de gobierno partidario y condujo la política político-militar del Partido Comunista frente a la dictadura, y que hizo de la desaparición de su compañero en motor de una querella histórica contra Augusto Pinochet. Gladys Marín Millie fue, durante más de cuatro décadas, la prueba viviente de que la fidelidad a un proyecto revolucionario podía sobrevivir al exilio, la tortura psicológica de la separación familiar, la traición al anhelo democrático por parte de las dirigencias de la Concertación, y finalmente, un agresivo cáncer terminal. Fue despedida con los funerales más masivos de la historia de Chile, y su figura se ha mantenido presente en redes sociales, arte callejero, y apareció de diversas formas durante el estallido y revuelta social de 2019-2020. Aquí repasamos el valor de la histórica Glady Marín Millie.
De los orígenes campesinos de Curepto a la testera del Partido Comunista, la vida de Gladys Marín concentra buena parte de las tensiones, derrotas y reivindicaciones de la izquierda chilena del siglo XX. Su biografía no es sólo la de una dirigenta destacada: es la crónica de una generación de jóvenes que hizo de la Unidad Popular su horizonte de plenitud, de la dictadura su escuela de sobrevivencia clandestina, de denuncia de la falsa democracia y traición de los gobiernos de la Concertación, y del combate contra la impunidad contra los crímenes de Pinochet su batalla pública antes de morir.
Una infancia de precariedad y una madre que crió sola a cuatro hijas
Gladys Marín nació en su casa familiar en Curepto el 18 de julio de 1937 según las fuentes más consolidadas, aunque existe controversia y parte de las fuentes señala el 16 de julio de 1941. Fue la tercera de cuatro hijas de Adriana Millie, profesora, y de Heraclio Marín, campesino descrito como aventurero y mujeriego, que abandonó el hogar cuando ella tenía apenas tres años. Adriana debió criar sola a sus hijas; Gladys sólo volvería a ver a su padre años después, ya fallecido. La familia se instaló en Talagante, en una vivienda del Seguro Social, donde la precariedad económica convivía con una infancia que Gladys recordaría con cariño.
En su adolescencia talagantina, y de manera que hoy puede resultar paradójica para quien la conoció como dirigenta comunista, Gladys fue una activa militante católica: entre 1955 y 1957 llegó a presidir la Acción Católica de la localidad. Ese origen cristiano nunca desapareció del todo; continuó después, ya consolidada como dirigenta marxista, en su valoración personal a la Virgen de Andacollo, a la que visitaba en su santuario no para practicar ritos tradicionales sino para contemplarla, gesto que sus cercanos atribuían a esas raíces en la militancia de base católica en Talagante.
De la Escuela Normal a las Juventudes Comunistas: una conciencia que se forma en la calle
El giro decisivo llegó cuando, a los once años, se trasladó a Santiago para estudiar en el Liceo N° 5 y luego en la Escuela Normal N° 2, donde se formó como profesora de Educación Diferencial. Ella misma se describía como «políticamente nula» al llegar a la capital. Fue en el ambiente de la Escuela Normal —y en el contacto con las movilizaciones estudiantiles de mediados de los años cincuenta contra el alza del pasaje escolar— donde encontró el cauce de una inquietud social que hasta entonces no tenía nombre político. Allí fue elegida presidenta de la Federación de Estudiantes Normalistas y encabezó luchas contra los que llamó «vetustos criterios pedagógicos» de la época.
En ese entorno conoció a Rosendo Rojas, dirigente de las Juventudes Comunistas, quien la invitó a las reuniones de la organización. También recordaría como influencia temprana al «Cojo» Díaz, un quiosquero que le hablaba de Luis Emilio Recabarren, Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende. Ingresó formalmente a la Jota entre 1957 y 1958, describiéndose como una estudiante «rebelde e indisciplinada» que, cuando era expulsada de clase, se quedaba leyendo el diario El Siglo en los pasillos. Poco después, el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959 llegó, en sus propias palabras, como un «ensueño»: una revolución encabezada por un movimiento de estudiantes y sectores de la pequeña burguesía, lo que —relataría después— le enseñó que la dialéctica marxista no debía ser «rígida» ni «dogmática».
Su ascenso fue meteórico: en 1963 ya era dirigente del Comando Juvenil de Salvador Allende, y en 1965 fue elegida Secretaria General de las Juventudes Comunistas, cargo que ejercería hasta 1973. Antes de dedicarse por completo a la política ejerció como maestra en la Escuela N° 130, que funcionaba dentro del Hospital Psiquiátrico de avenida Santos Dumont, atendiendo a niños con discapacidad mental, experiencia que reafirmó, según su propio testimonio, su compromiso con la dignidad de los sectores más marginados.
La diputada más joven de Chile y la vanguardia cultural
En 1965, con apenas 28 años, Gladys Marín fue elegida diputada por el Segundo Distrito de Santiago, convirtiéndose en la parlamentaria más joven de la época. Fue reelecta en 1969 y en 1973, año en que su tercer mandato fue interrumpido por el golpe militar. Integró las comisiones de Educación Pública, Relaciones Exteriores, Gobierno Interior, Economía y Asistencia Médico Social e Higiene, además de la Comisión Especial Investigadora de los Sucesos de Chillán entre 1969 y 1970. En 1969 defendió al gobierno de Eduardo Frei Montalva frente al levantamiento sedicioso del general Roberto Viaux, el llamado «Tacnazo».
Una parlamentaria descrita como «con los pies metidos en el barro», que se movía entre las poblaciones más humildes y los despachos ministeriales exigiendo soluciones concretas para los pobladores y sectores populares en general. También se le recordó por un afán rupturista también en el vestir, al ser una pionera en vestir con minifalda en los tradicionales pasillos y recintos del Congreso Nacional chileno.


Al frente de la Jota, Marín impulsó junto a la revista Gente Joven y el sello discográfico DICAP una explosión cultural que buscaba convertir a las Juventudes Comunistas en un movimiento de masas capaz de vibrar con las inquietudes de la juventud de la época. Central en ese esfuerzo fue la revista Ramona que ella misma lideró, una experiencia rupturista en varios aspectos para los estándares de la época, al punto de generarle fricciones con los sectores más conservadores de su propio partido. En septiembre de 1972, un año antes del golpe, Ramona publicó una entrevista en la que se le preguntó directamente si estaban preparados para enfrentar un eventual golpe de Estado, un testimonio de la tensión que ya se respiraba en la izquierda chilena.

«Nací allendista a la vida política»: la lealtad institucional en la Unidad Popular
Gladys Marín solía definirse como alguien que «nació allendista a la vida política». Ya en 1963 impulsaba iniciativas para su candidatura, y durante el gobierno de la Unidad Popular mantuvo con Allende una relación directa y fluida: lo recordaba como un líder accesible, que recibía constantemente a los jóvenes en La Moneda y los acompañaba en los trabajos voluntarios. Aquellos años —los de la Unidad Popular entre 1970 y 1973— fueron, en su propio testimonio, los «más lindos» de su vida, un tiempo en que combinó la plenitud política con la felicidad doméstica y la crianza de sus hijos.
En 1970 acompañó a Pablo Neruda en la gira que este realizó como precandidato presidencial del Partido Comunista, antes de que el poeta declinara en favor de Allende para garantizar la unidad de la izquierda; Marín destacaría siempre la «grandeza» de ese gesto. Poco antes del golpe llevó al extranjero un mensaje manuscrito de Neruda pidiendo solidaridad internacional para el gobierno.

Dentro de la propia coalición, Gladys Marín mantuvo una «gran afinidad e identidad» con Carlos Lorca, secretario general de la Juventud Socialista, con quien se reunía frecuentemente para coordinar un movimiento juvenil unitario en respaldo a Allende. La relación fue distinta con el sector liderado por Carlos Altamirano dentro del Partido Socialista: Marín criticó lo que llamó «extremismo verbal» y posturas que iban «más allá del programa», que consideraba errores que ofrecían pretextos a la oposición. Frente al MIR —que no integraba formalmente la Unidad Popular— sostuvo una postura crítica de su rechazo a la vía institucional y de acciones como las tomas de tierras pequeñas, que a su juicio golpeaban negativamente la relación del gobierno con las Fuerzas Armadas. Frente a consignas como «avanzar sin transar», el Partido Comunista de Marín defendió la tesis de «consolidar para seguir avanzando», entendiendo cada paso del proceso no sólo como avance electoral sino como conquista democrática sostenida en la lucha social e institucional.
En ese período conoció también al general Carlos Prats, entonces ministro del Interior, quien solía acompañar a los jóvenes comunistas en sus trabajos voluntarios. El vínculo, construido sobre el respeto mutuo, tendría un capítulo final revelador: el 26 de septiembre de 1974, ya en el exilio, Marín se reunió con Prats en Buenos Aires. En esa conversación, el general le expresó un «profundo desprecio» por Augusto Pinochet, a quien calificó directamente de «traidor» e «inculto», señalando que se había subido al carro de la sedición a último minuto para colocarse a la cabeza del golpe. Apenas tres días y medio después de ese encuentro, Prats y su esposa, Sofía Cuthbert, fueron asesinados en Buenos Aires por la DINA mediante un atentado explosivo. Marín recordaría siempre ese testimonio como una de las conversaciones más impactantes de su vida política.

Berlín, Vietnam y el regreso a un país al borde del abismo
A finales de julio de 1973, Gladys Marín partió en una gira internacional destinada a buscar solidaridad para el gobierno de la Unidad Popular y Salvador Allende ante la crisis que enfrentaba la Unidad Popular. Su primera escala fue el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Berlín, República Democrática Alemana, donde asistió como Secretaria General de una Jota que en ese momento reunía cerca de 80 mil militantes.
Desde Berlín, la gira continuó hacia Vietnam, donde Marín llegó a finales de agosto de 1973, buscando apoyo internacional para el gobierno chileno. El viaje culminaba años de activismo solidario con la causa vietnamita: bajo su liderazgo, la Jota había encabezado marchas desde Valparaíso a Santiago en 1967 y 1969 exigiendo el cese de los bombardeos estadounidenses, además de campañas de donación de sangre y de recolección de fondos para construir un hospital en Vietnam. De Vietnam, la gira siguió hacia la Unión Soviética, Checoslovaquia y Francia.
Gladys Marín regresó a Santiago el domingo 9 de septiembre de 1973, apenas dos días antes del bombardeo a La Moneda e inicio de la larga dictadura civil militar encabezada por Augusto Pinochet A su llegada participó en reuniones de la comisión política del Partido Comunista, donde se encontró con un clima de desánimo en la izquierda que la dejó sobrecogida.

11 de septiembre: la voz de Radio Magallanes y el fin de una vida normal
El día del golpe, Gladys Marín se dirigió a las sedes del Partido Comunista. Tras el último discurso de Salvador Allende, habló por Radio Magallanes minutos después de que se transmitiera el discurso de Salvador Allende y antes de que la emisora fuera bombardeada por las fuerzas golpistas. En un mensaje improvisado pero coherente, llamó a los trabajadores, al pueblo y a la juventud a mantener la unidad, la organización y la vigilancia, a estar atentos a las instrucciones que debían impartir la Central Única de Trabajadores y el gobierno de la Unidad Popular, a «mantener la moral en alto» y a defender las conquistas del pueblo desde cada «puesto de combate». Debido al caos de esa mañana y a las interferencias en las comunicaciones, no muchos alcanzaron a escucharla en el momento preciso; el discurso se convirtió, con el paso del tiempo, en un hito simbólico de su valentía y compromiso, y marcó el fin de su vida familiar normal: esa jornada, Gladys y su esposo Jorge Muñoz pasaron a la clandestinidad en lugares separados —él como secretario del Comité Regional de Santiago, ella al frente de las Juventudes Comunistas— y esa mañana fue la última vez que estuvieron juntos físicamente.
Ocho meses en la Embajada de Holanda y una identidad fabricada para volver a Chile
Tras el golpe, Gladys Marín se convirtió en una de las cien personas más buscadas por la terrorista Junta Militar. Pasó semanas moviéndose entre casas de seguridad en Santiago; en una ocasión evitó ser capturada escondiéndose en un dormitorio junto a la cuna de un bebé, cuyo llanto distrajo a los militares que allanaban la vivienda. Por orden de su partido, y contra su propia voluntad, se asiló a fines de 1973 en la Embajada de los Países Bajos, donde permaneció ocho meses ante la negativa de la dictadura a otorgarle el salvoconducto. Durante ese encierro mantuvo comunicación secreta con su esposo, que permanecía clandestino en el exterior de la sede, a través de papelitos ocultos en envases de champú o cremas; en una ocasión pudo verlo pasar frente a la embajada desde una ventana, cruzando miradas por última vez sin poder hacerse gestos. En julio de 1974 partió finalmente al exilio.
En junio de 1978, Gladys Marín volvió a ingresar clandestinamente a Chile por el paso de las Cuevas desde Mendoza, Argentina, en el marco de la llamada Operación Retorno, organizada con apoyo del Partido Comunista de Argentina para rearticular la dirección interna del partido tras la desarticulación sufrida en 1976 a manos de la DINA y el terror de Estado pinochetista. Fue la primera alta dirigente comunista en volver al país en esas condiciones. Utilizó un pasaporte español falso y se sometió a una transformación física radical para no ser reconocida: pelucas, tinturas, arreglos dentales que incluyeron el recorte de sus dientes para alterar la forma de su sonrisa, y rellenos en su ropa para simular mayor corpulencia frente a su contextura delgada. Durante los trece años que vivió bajo esa identidad falsa, hasta 1990, debió negar sistemáticamente quién era, incluso frente a sus propios hijos.
Junto a ella regresó en 1978 Manuel Cantero, miembro de la Comisión Política y exdiputado, con quien conformó el llamado equipo de dirección interior. Luis Corvalán, entonces Secretario General del partido, volvería recién en 1985, pero a diferencia de Marín se mantuvo en un ocultamiento absoluto, sin participar directamente en las reuniones de la Comisión Política ni del Comité Central. El propio Corvalán reconocería después que era Gladys Marín quien ejercía el poder real y la conducción del partido en el terreno. Para preparar logísticamente estos retornos, el partido había enviado previamente a militantes de las Juventudes Comunistas a Buenos Aires entre 1977 y 1978; varios de esos cuadros desaparecieron en Argentina en el marco de la Operación Cóndor antes de poder cumplir su misión. Ya instalada la dirección interna, se sumaron a las tareas de conducción dirigentes como Guillermo Teillier y Lautaro Carmona, en comunicación permanente con la dirección exiliada en Moscú.
La conductora de la Rebelión Popular de Masas y la creación del FPMR
El rol de Gladys Marín en la década de 1980 no se limitó a la reorganización clandestina del partido: fue la principal impulsora política de un giro doctrinal que transformó al Partido Comunista chileno en una organización dispuesta a disputar el monopolio de las armas a la dictadura. En 1980 viajó secretamente a Moscú para convencer a una dirección en el exilio que inicialmente dudaba de la necesidad de implementar la Política de Rebelión Popular de Masas (PRPM), una línea estratégica que combinaba la movilización social con lo que ella misma llamó un «componente de mayor agudeza» o fuerza militar. Redactó para ello un documento conocido como «Pauta», que llamaba directamente a trabajar por la insurrección de las masas.
De esa política nació en 1983 el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), concebido para disputar a la burguesía el monopolio de las armas y añadir capacidad ofensiva a la lucha contra la dictadura. Marín respaldó el regreso a Chile de cerca de doscientos jóvenes de la Jota que habían recibido entrenamiento militar en Cuba, la República Democrática Alemana, la Unión Soviética y Bulgaria a comienzos de los años ochenta, cuadros que constituirían el Frente bajo la dirección de Raúl Pellegrín. Políticamente, el FPMR dependía de la dirección encabezada por Marín y de su encargado militar, Guillermo Teillier; Vasily Carrillo, uno de los fundadores del Frente, afirmaría después que Gladys fue la impulsora principal de la organización y que asumió a cabalidad su responsabilidad en las acciones emprendidas.
Pese a las críticas de otros sectores del partido, Marín mantuvo un respaldo decidido a las operaciones más emblemáticas del FPMR: la internación de armas por Carrizal Bajo y el intento de tiranicidio contra Augusto Pinochet en septiembre de 1986, que consideraba parte integral de una política de masas frente a un «sentimiento colectivo» de que era necesario eliminar al dictador. Años después reconocería públicamente haber sido una de las «forjadoras» de esa estrategia, afirmando que, dadas las circunstancias de la época, «lo volvería a hacer mucho mejor y más antes», y reivindicando en democracia la creación del FPMR como respuesta necesaria frente al terrorismo de Estado.
El resultado fallido del atentado a Pinochet tuvo, sin embargo, consecuencias profundas y paradójicas para el Partido Comunista. Consolidó su aislamiento político dentro del espectro opositor: mientras la colectividad buscaba una salida revolucionaria, el resto de las fuerzas democráticas, la derecha y el gobierno de Estados Unidos aceleraron una salida pactada con la dictadura para evitar una ruptura violenta, dejando al PC al margen del proceso de transición. La organización entró en la crisis más profunda de su historia hasta entonces, con un debate interno especialmente duro en el 15º Congreso Nacional de 1989, donde se cuestionaron incluso la continuidad de sus símbolos e identidad tradicionales. El propio FPMR se dividió entre quienes planteaban un enfoque puramente militar y una dirección partidaria que seguía subordinando la lucha armada a la movilización de masas. El respaldo de Marín a estas acciones provocó, además, el alejamiento de figuras como Patricio Hales y Ernesto Ottone, que no compartían la deriva militar y se acercaban a los formatos más socialdemócratas similar a la deriva del «eurocomunismo» de esos años, mientras la dictadura utilizaba el atentado para instalar la idea de una «guerra entre el marxismo y la democracia» que recrudeció la represión contra los militantes comunistas.
Marín reconocería la influencia directa de Fidel Castro en la formulación de esta estrategia: según su propio testimonio, la tesis del «vacío histórico» —la ausencia de preparación militar en el Partido Comunista chileno— que ella impulsó a través de la PRPM era originalmente una idea del líder cubano, quien además brindó apoyo logístico y económico para el entrenamiento de los jóvenes comunistas chilenos en la isla.


Trece años sin abrazar a sus hijos
El costo humano de la clandestinidad fue extremo. Gladys Marín vivió trece años separada de sus hijos, Rodrigo y Álvaro, quienes permanecieron en Chile al cuidado de sus abuelos. Para no comprometer su identidad falsa, no podía visitarlos: en ocasiones los seguía de lejos por la calle para verlos sin que ellos supieran que se trataba de su madre. Se comunicaba con ellos mediante cartas enviadas a través de intermediarios en el extranjero, muchas veces firmadas con nombres masculinos para no despertar sospechas de los servicios de inteligencia. El reencuentro llegó recién en 1987, en Bariloche, Argentina, después de que sus hijos le dieran un ultimátum exigiendo verla.
La vida bajo identidad falsa incluyó episodios que ilustran la tensión permanente de esos años: Marín relató en sus memorias haber llegado a dormir en una casa contigua a la de Augusto Pinochet, y recordó una ocasión en que la CNI allanó una vivienda donde se encontraba reunida con la dirección del Partido Comunista mientras buscaba al comandante secuestrado Carreño. Mantuvo esta vida bajo identidad falsa hasta comienzos de 1990, cuando salió definitivamente a la luz pública con el retorno a los gobiernos civiles; su primera aparición masiva fue en la llamada «Fiesta de los Abrazos», en enero de 1989.
Jorge Muñoz: el amor que se convirtió en la histórica causa judicial contra Pinochet
La relación de Gladys Marín con su esposo, el ingeniero Jorge Muñoz Poutays, es recordada como el gran amor de su vida. Se conocieron en 1959 realizando trabajos voluntarios en la población La Victoria y se casaron en una ceremonia sencilla en 1960, con dos hijos, Rodrigo y Álvaro. Jorge, ingeniero de la Universidad de Chile, era un hombre serio, metódico, lector y amante de la música clásica y la ópera; Gladys bromeaba diciendo que él la había «civilizado».
El 4 de mayo de 1976, Jorge Muñoz fue detenido por la DINA en la calle Conferencia, junto a otros dirigentes comunistas, y desapareció. Gladys recibió la noticia en Costa Rica, donde realizaba actividades de solidaridad internacional; al principio no logró creerlo, y pronto convirtió ese dolor en una «coraza» que le permitió seguir luchando. La desaparición de Jorge definió gran parte de su activismo posterior: fue la impulsora directa de la primera querella criminal contra Augusto Pinochet, presentada el 12 de enero de 1998, motivada específicamente por el caso de su marido y de los demás detenidos desaparecidos, acción que abrió paso a cientos de querellas adicionales y al procesamiento del dictador. Hasta el final de sus días mantuvo una fotografía de Jorge en su habitación; antes de su cirugía cerebral en Suecia en 2003, invocó su nombre pidiéndole ayuda, y solía refugiarse en los versos del poema «Espérame» de Konstantín Simonov para recordarlo.


Primera mujer al frente de un partido comunista y primera candidata presidencial de Chile
Tras salir de la clandestinidad en 1990, Gladys Marín asumió las máximas responsabilidades dentro de su partido. En 1994 fue elegida Secretaria General del Partido Comunista, convirtiéndose en la primera mujer en el mundo en ocupar ese cargo en una colectividad comunista; en 2002 pasó a ejercer la Presidencia del partido. En 1997 postuló al Senado por Santiago Poniente, obteniendo la octava mayoría nacional con cerca del 15,69% de los votos, cifra insuficiente para resultar electa debido al sistema binominal, mecanismo que denunció como una forma de exclusión antidemocrática de la izquierda.
En 1999 se convirtió en la primera mujer candidata a la presidencia en la historia de Chile. Su programa proponía una nueva Constitución, el derecho al aborto terapéutico y el fin del modelo neoliberal, obteniendo un 3,19% de los sufragios. En 1996 había sido enviada a prisión tras una querella del propio Pinochet por injurias y calumnias, luego de un discurso en que lo responsabilizó del terrorismo de Estado; recuperó su libertad a los pocos días gracias a la presión social nacional e internacional. En 2001 fue detenida durante el violento desalojo de la sede del Partido Comunista en calle San Pablo, mostrando hasta el final un estilo de protesta frontal. Gladys Marín jamás cesó en su lúcida y certera crítica a los continuistas gobiernos de la Concertación como perfeccionadores y profundizadores del proyecto capitalista y neoliberal de la dictadura.

Su ofensiva judicial trascendió las fronteras: en 1998 testificó ante el juez español Baltasar Garzón, testimonio clave en el proceso internacional que derivó en la detención de Augusto Pinochet en Londres, un hito que culminó, como se sabe, en la impunidad gracias al respaldo que le dio tanto el gobierno chileno encabezado por Eduardo Frei Ruiz-Tagle y secundado por socialistas como el entonces ministro de Relaciones Exteriores José Miguel Insulza, como por el gobierno laborista británico liderado por Anthony Blair.
Entre sus más recordadas y viralizadas hasta hoy declaraciones, sobresale una del año 2002 en las que responde a la propuesta de «un beso con Joaquín Lavín» para la realización de una donación millonaria a la Teletón, u otra en la que responsabiliza al entonces presidente Ricardo Lagos por su apoyo al Golpe de Estado contra el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela ese mismo año.


Fidel Castro, la enfermedad y una amistad que se convirtió en cuidado personal
La relación de Gladys Marín con Fidel Castro combinó una estrecha amistad personal con un vínculo político de décadas. Además del apoyo logístico y económico para la formación militar de los cuadros que fundarían el FPMR, Castro fue decisivo en el tramo final de la vida de Marín. En septiembre de 2003, tras participar en los actos por los treinta años del golpe, le fue diagnosticado un glioblastoma multiforme, un cáncer cerebral altamente agresivo. Fue operada en octubre de ese año en la Clínica Karolinska de Estocolmo, Suecia, y viajó después a Cuba para su rehabilitación, donde Castro dispuso para ella una vivienda en el sector de El Laguito, en el barrio de Siboney, y donde recibió tratamiento en el Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas (CIMEQ), combinando radiaciones con un anticuerpo monoclonal desarrollado en la isla. Castro la visitaba personalmente y se mantenía al tanto de su evolución, permitiéndole pasar las fiestas de fin de año en Cuba junto a su familia y a dirigentes de su partido.
El 12 de marzo de 2004, en una ceremonia en Cuba, Fidel la condecoró personalmente con la Orden José Martí, la más alta distinción que otorga el Estado cubano a personalidades extranjeras. Marín manifestó siempre una profunda admiración por Castro, a quien atribuía valentía y compromiso con «los pobres del mundo»; en sus momentos de mayor fragilidad, llegó a decir que en Cuba se sentía segura y que «apostaba por la vida» gracias al respaldo recibido en la isla. También ese mismo año, Daniel Ortega le entregó en representación del Frente Sandinista de Liberación Nacional la Orden Augusto César Sandino.
Gladys regresó a Chile en diciembre de 2004 para pasar sus últimos meses junto a su familia. Falleció a la una de la mañana del domingo 6 de marzo de 2005, en su hogar de Lo Cañas, La Florida.
Una despedida que convirtió el luto partidario en duelo nacional
El gobierno del presidente Ricardo Lagos decretó dos días de duelo nacional. Sus restos fueron trasladados desde su casa hasta el ex Congreso Nacional en medio de una cadena humana de ciudadanos que salieron a acompañar el paso del féretro; la capilla ardiente en el Salón de Honor del ex Congreso recibió largas filas de miles trabajadores, pobladores, jóvenes, artistas y delegaciones extranjeras.
El funeral se realizó el martes 8 de marzo de 2005, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer, fecha que muchos sintieron llevaba, ese año, su nombre y apellido. Entre 600.000 y un millón de personas acompañaron el cortejo desde el centro de Santiago hasta el Cementerio General, en lo que fue descrito como la despedida más multitudinaria conocida hasta entonces en el país. La marcha reunió banderas del Partido Comunista y del FPMR, y la consigna «Lucha como Gladys»; incluso el diario del medio derechista «La Cuarta» puso de portada ese día su despedida como «La Roja de todos». En el Cementerio General, la multitud entonó himnos comunistas, del canto popular chileno y del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y se dispararon salvas de fusiles al aire en su honor. Sus restos fueron cremados, y años después se erigió un monumento en su memoria frente a su tumba.
En un nuevo aniversario de su nacimiento en Curepto, la vida de Gladys Marín sigue funcionando como espejo para una izquierda chilena tentada, una y otra vez, por la administración serena del orden heredado de la dictadura. Gladys Marín no cesó jamás de anhelar y luchar un proyecto político popular y socialista que superase la deriva capitalista y neoliberal perfilada a partir del Golpe de Estado de septiembre de 1973 continuada hasta el día de hoy.







