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De los talleres a la lucha de clases: la historia del movimiento obrero chileno que el poder siempre ha querido olvidar. Entrevista al historiador Sergio Grez Toso

El historiador Sergio Grez Toso reconstruye el largo camino que va desde las primeras sociedades de socorros mutuos del siglo XIX hasta la fundación del Partido Obrero Socialista en 1912: un proceso de varias generaciones donde tipógrafos, peones, anarquistas y socialistas forjaron la conciencia de clase que transformó Chile. Una historia colectiva que tiene un sinnúmero de impulsores, militantes y corrientes, que aquí repasamos en la entrevista realizada por La Marejada al historiador y académico de la Universidad de Chile en el marco de las conmemoraciones del 1ºde Mayo, Día Internacional de los Trabajadores y Trabajadoras.


La historia del movimiento obrero chileno no comenzó con una huelga ni con un partido político. Comenzó con una caja de dinero. Una caja común donde un grupo de tipógrafos, encuadernadores y litógrafos de Santiago depositaban cada mes una pequeña cuota para protegerse mutuamente ante lo que el siglo XIX no ofrecía a nadie que no tuviera fortuna: cobertura frente a la enfermedad, el accidente o la muerte. En un país con un Estado que el historiador Sergio Grez define sin eufemismos como «asocial y excluyente», esa caja era todo lo que separaba a una familia obrera de la miseria absoluta.

De esa caja al gobierno de los trabajadores de 1970 hay más de un siglo de historia. Una historia de varias generaciones de hombres y mujeres que, sin que ninguno pudiera verlo completo, fueron construyendo uno de los movimientos populares más potentes de América Latina. Lo que sigue es ese recorrido, según las investigaciones de Sergio Grez, uno de los historiadores que más sistemáticamente ha documentado este proceso colectivo que el poder siempre prefirió ignorar o deformar.


El mutualismo artesanal: cuando la solidaridad era la única seguridad social

A mediados del siglo XIX, el movimiento popular chileno tenía un carácter esencialmente artesanal. Sus protagonistas no eran los grandes contingentes de peones rurales ni los mineros del norte: eran los sectores más calificados del mundo del trabajo urbano, los que sabían leer y escribir, los que tenían un oficio especializado y los medios para pagar una cotización mensual. Tipógrafos, encuadernadores, litógrafos: la aristocracia del trabajo manual en una época donde la industria moderna apenas asomaba.

Estos trabajadores crearon las Sociedades de Socorros Mutuos, instituciones de autoayuda basadas en un principio simple y poderoso: lo que uno solo no puede enfrentar, lo enfrentamos entre todos. Los fondos comunes servían para cubrir períodos de cesantía, enfermedades, accidentes laborales y, en el caso de fallecimiento del jefe de hogar, para entregar un sustento mínimo a viudas y huérfanos. Era, en el sentido más literal, la seguridad social que el Estado no existía para proveer.

El primer nombre que emerge de este proceso fundacional no es chileno. Es Victorino Laines, un tipógrafo peruano que en 1853 encabezó la fundación de la Sociedad Unión de los Tipógrafos de Santiago, una de las instituciones decanas del mutualismo en el país. Antes de que existiera ningún partido obrero, antes de que circulara ningún periódico socialista, un trabajador inmigrante construyó una de las primeras organizaciones permanentes del mundo popular chileno. Este dato no es menor: el movimiento popular nació siendo ya internacionalista sin saberlo.

El horizonte ideológico de estas primeras organizaciones no era la lucha contra el capital. Era lo que sus impulsores llamaban la «regeneración del pueblo»: el mejoramiento material, moral y cultural de los trabajadores a través de la educación y la disciplina colectiva. Las mutuales financiaban y gestionaban escuelas nocturnas para artesanos, promovían la abstinencia del alcohol a través de las logias de temperancia —clubes de abstemios que formaban parte del mismo ecosistema organizativo— y fomentaban la cultura a través de las sociedades filarmónicas.

Estas últimas merecen un párrafo aparte, porque fueron las primeras organizaciones mixtas del mundo popular chileno. Mientras las mutuales eran durante sus primeras décadas de existencia territorios exclusivamente masculinos, las filarmónicas incorporaban a hombres y mujeres en condiciones de igualdad para el canto, la poesía, el baile y el teatro. No era menor: en una sociedad donde la mujer obrera era prácticamente invisible para las instituciones formales, las filarmónicas abrieron una grieta de participación que prefiguraba lo que vendría.

La gran limitación de este mutualismo inicial era su carácter selectivo dentro del mundo popular. Solo los artesanos con medios de producción propios o los obreros especializados que podían pagar las cuotas tenían acceso. La gran masa del peonaje —trabajadores analfabetos, sin calificación, a menudo sometidos a formas de trabajo casi serviles— quedaba completamente excluida. El movimiento popular de mediados del siglo XIX era, dentro de sus propios límites, un movimiento de élite.


El modo de producción colonial: Chile independiente con relaciones de trabajo medievales

Para entender la transformación del movimiento obrero chileno es imprescindible comprender lo que había antes. A pesar de haber alcanzado la independencia política décadas antes, Chile mantuvo durante gran parte del siglo XIX lo que Sergio Grez llama un modo de producción colonial, donde el trabajo predominante era el peonaje: trabajadores analfabetos sometidos a relaciones casi serviles que tenían poco que ver con el capitalismo moderno y mucho con las estructuras coloniales heredadas de la Conquista.

El peonaje se caracterizaba por la ausencia casi total de monetización. Las remuneraciones frecuentemente no se entregaban en dinero de curso legal sino a través del sistema de inquilinaje en el campo —donde el patrón cedía un pedazo de tierra al trabajador a cambio de días de trabajo gratuitos— o mediante la ficha salario, un invento de las propias empresas que consistía en entregar al trabajador fichas sin valor fuera del recinto patronal, que solo podían cambiarse por productos en la pulpería de la misma empresa.

La ficha salario no fue un invento de la minería del salitre, aunque es en el norte donde más se la recuerda. Nació en las haciendas y fundos del campo chileno y desde allí «emigró» hacia las industrias del nitrato y el carbón cuando los capitalistas modernos descubrieron que era una herramienta extraordinaria de control económico: el empleador pagaba un salario en fichas y luego recuperaba buena parte de ese salario a través de las ventas de su propia pulpería, impidiendo que el trabajador acumulara capital o tuviera movilidad económica fuera del control patronal. El pago en moneda de curso legal se convirtió por eso en una de las primeras y más urgentes reivindicaciones del movimiento obrero emergente: no era un lujo ideológico, era la demanda de ser tratado como un trabajador libre en un mercado moderno.

A esto se sumaban prácticas que hoy resultan difíciles de imaginar pero que persistieron hasta bien entrado el siglo XX en algunas regiones: los castigos físicos —el cepo, los grillos, los azotes— y los registros corporales en desnudo de los trabajadores. La distancia entre el discurso republicano liberal que gobernaba Chile y la realidad de sus relaciones laborales era tan abismal que resulta reveladora sobre el carácter de clase del Estado oligárquico del período.


La industrialización y el fin del artesanado: dos caminos hacia el proletariado

A partir de la década de 1860, y con una aceleración notable tras la Guerra del Pacífico que incorporó las provincias de Tarapacá y Antofagasta y su riqueza salitrera, Chile comenzó una transición profunda hacia el capitalismo moderno. Esta transformación tuvo efectos directos y contradictorios sobre la composición del mundo popular.

Por un lado, los artesanos tradicionales —pequeños propietarios de talleres que producían con sus propias manos y sus propias herramientas— no pudieron competir con la producción industrial a gran escala. Las nuevas fábricas fabricaban más, más barato y más rápido. Muchos artesanos se arruinaron y terminaron donde no querían estar: en las filas del naciente proletariado industrial, sin herramientas propias, vendiendo únicamente su fuerza de trabajo. La proletarización del artesanado fue una caída social que sin embargo tuvo consecuencias políticas inesperadas: estos trabajadores llevaron consigo al mundo obrero industrial su tradición de organización, sus mutuales, sus escuelas nocturnas, su cultura política.

Por otro lado, las grandes masas del peonaje rural y urbano —las que habían quedado excluidas del mutualismo artesanal— comenzaron a integrarse masivamente a las minas y fábricas del norte salitrero y del sur carbonífero. Su transformación en proletariado industrial no fue suave ni gradual: fue violenta, abrupta y marcada por condiciones de trabajo que reproducían con nuevos instrumentos la explotación del peonaje colonial. La ficha salario era el símbolo más elocuente de esa continuidad: el capitalismo chileno de finales del siglo XIX era moderno en sus formas de producción y colonial en sus relaciones laborales.

El resultado de estos dos procesos simultáneos fue la formación de una clase obrera moderna que era, al mismo tiempo, heredera del artesanado organizado y depositaria de la rabia acumulada por el peonaje colonial. Esa combinación explosiva fue el terreno donde germinaron el anarquismo y el socialismo.


Los primeros anarquistas: sembradores de una semilla que no vieron florecer

A finales de la década de 1890 —Grez ubica el momento con precisión en torno a los años 1896-1898— apareció en Chile el primer núcleo con una definición claramente anarquista o ácrata. Sus fundadores fueron tres nombres que la historia del movimiento popular ha rescatado con desigual fortuna: Magno Espinoza, Luis Olea y Alejandro Escobar y Carballo.

Estos tres hombres sostenían posiciones políticas que en aquel momento resultaban más radicales que las del propio Luis Emilio Recabarren, quien todavía militaba en el Partido Demócrata y se definía como «demócrata socialista». El anarquismo llegó antes que el socialismo organizado a plantear la ruptura total con el sistema, la autonomía del movimiento obrero respecto de cualquier partido político y la emancipación de los trabajadores como un objetivo que no podía alcanzarse desde dentro de las instituciones del poder oligárquico.

Luis Olea es quizás el más mítico de los tres. Dirigió el Comité Obrero durante la huelga de Tarapacá en 1907 y estuvo presente en la Escuela Santa María de Iquique el día de la masacre. Fue herido durante el ataque, pero sobrevivió y logró escapar al extranjero. Su figura representa algo que el movimiento obrero chileno necesitó muchas veces: el dirigente que sobrevive para contar la historia y seguir organizando.

Magno Espinoza falleció alrededor de 1906, antes de ver las transformaciones que él mismo había contribuido a iniciar. Su nombre aparece menos en los relatos históricos que los de sus compañeros, pero fue parte indisociable del núcleo fundacional.

Alejandro Escobar y Carballo es la figura más compleja y, en cierto sentido, la más fascinante de los tres, porque su trayectoria posterior desafía cualquier esquema simple. Fue él quien enfrentó intelectualmente a Recabarren en la correspondencia más significativa del período, y fue él también quien terminó tomando decisiones políticas que sorprendieron a quienes lo habían conocido como uno de los anarquistas más combativos de su generación.


La polémica entre Recabarren y Escobar: el debate que definió la izquierda chilena

Entre 1903 y 1904, mientras Luis Emilio Recabarren estaba recluido en la cárcel de Tocopilla —donde fue a parar, entre otras razones, por su actividad política—, mantuvo una correspondencia epistolar con Alejandro Escobar y Carballo que se convertiría en uno de los documentos más reveladores de la historia del movimiento popular chileno.

Escobar no se anduvo con rodeos. Confrontó a Recabarren con una pregunta que era al mismo tiempo una acusación de indefinición política: «¿Usted qué es? ¿Demócrata, anarquista, socialista, o tal vez las tres cosas al mismo tiempo?». Era una interpelación dura, casi brutal en su franqueza, pero expresaba una tensión real que atravesaba al movimiento popular de la época: la necesidad de definir qué se quería, cómo se quería conseguir y con quién se estaba dispuesto a compartir la lucha.

Recabarren respondió desde la cárcel reafirmando su identidad como «demócrata socialista», militante del Partido Demócrata por convicción y no solo por conveniencia, y sostuvo una tesis que en ese momento compartían muchos en el movimiento: que anarquistas, demócratas y socialistas compartían el mismo fin —la emancipación de los trabajadores— y solo diferían en los métodos para alcanzarlo. No había razón, por tanto, para las divisiones.

Pero el intercambio tuvo efectos que ninguno de los dos anticipó completamente. Para Recabarren, el debate con Escobar fue un catalizador que lo obligó a precisar su propio pensamiento, a marcar diferencias no solo con el anarquismo sino también con el reformismo liberal del Partido Demócrata que empezaba a resultarle insuficiente. La polémica lo radicalizó hacia una línea marcadamente socialista que terminaría llevándolo fuera del partido en el que se había formado.

Para Escobar, el desenlace fue aún más inesperado: en 1905, apenas un año después de haber fustigado a Recabarren por su indefinición política, el propio anarquista ingresó al Partido Demócrata. No para abandonar sus convicciones, sino para intentar desde adentro lo que él y Recabarren querían desde afuera: la «socialización» del partido, convertir una organización liberal-reformista en un instrumento real de la clase obrera. El intento fracasó. Pero la paradoja del anarquista que entra al partido para transformarlo ilustra con precisión la enorme confusión y efervescencia ideológica de ese período de formación.

Imagen de las movilizaciones obreras de 1907.

Luis Emilio Recabarren: vanguardia de un movimiento colectivo

Luis Emilio Recabarren nació en 1876 y desde muy joven se vinculó al único gremio que en Chile del siglo XIX tenía acceso privilegiado a la información: los tipógrafos. No era un accidente. Los trabajadores de imprenta eran la vanguardia intelectual del mundo popular no por una condición innata sino por una condición material: su oficio los ponía en contacto directo con las ideas que circulaban en el mundo, con las noticias internacionales, con los debates que se desarrollaban en Europa y América del Norte.

Fue a través de ese oficio que Recabarren conoció los mártires de Chicago —los trabajadores ejecutados en Estados Unidos en 1887 por exigir la jornada de ocho horas— y el caso de Sacco y Vanzetti. No los conoció como datos históricos abstractos: los conoció como parte de una lucha que era también la suya, la de sus compañeros, la de los obreros del salitre que morían en el desierto bajo condiciones que el Estado oligárquico consideraba naturales. Esa conexión entre la lucha local y la lucha global fue uno de los rasgos más potentes de su formación política.

A los 18 años, en 1894, ingresó al Partido Demócrata, donde se autodefinió como «demócrata socialista» y comenzó una labor organizativa que lo llevaría a recorrer el país de norte a sur, a fundar periódicos obreros y a ser encarcelado ocho veces a lo largo de su vida. La persecución sistemática que sufrió es también un indicador de la amenaza que representaba para el orden establecido: no se encarcela ocho veces a alguien irrelevante.

Su ruptura con el Partido Demócrata se fue gestando durante años. El partido había nacido como una expresión del mundo popular urbano y artesanal, pero su integración al sistema parlamentario oligárquico lo fue vaciando de contenido transformador. El sector hegemónico, liderado por Malaquías Concha, se había acomodado al «juego parlamentario corrupto» de la época. El intento de Recabarren —y del propio Escobar en su breve paso interno— de provocar una «definición socialista» dentro del partido fracasó. En 1912, Recabarren rompió definitivamente con el Partido Demócrata y fundó el Partido Obrero Socialista (POS).

El POS era cualitativamente distinto de lo que había existido antes. No era un partido liberal-reformista con obreros en sus filas: era un partido de clase, construido sobre la premisa de que «la emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores» y no de alianzas con sectores de la burguesía iluminada. Años más tarde, el POS se convertiría en el Partido Comunista de Chile.

Pero Grez insiste en un punto que resulta políticamente importante: Recabarren no fue el padre del movimiento obrero chileno. No fue el único, no fue el primero y no fue el más radical en todos los momentos. Antes que él, Victorino Laines fundó la primera mutualidad tipográfica en 1853. Antes que él, Magno Espinoza, Luis Olea y Alejandro Escobar plantearon posiciones más radicales desde el anarquismo. Y junto a él, en cada etapa del movimiento, hubo hombres y mujeres sin nombre en los libros de historia cuyo trabajo colectivo hizo posible lo que ninguno habría podido construir solo. Llamarlo «padre del movimiento» es, según Grez, un gesto que invisibiliza ese esfuerzo colectivo y generacional.


«El Despertar de los Trabajadores», de la de la Sociedad Obrera Cooperativa Tipográfica de Iquique.

La prensa obrera: la «caja amplificadora» que forjó una clase

Si hay un instrumento que explica cómo el movimiento popular chileno pasó de ser un conjunto de pequeñas organizaciones locales y aisladas a convertirse en una fuerza política de alcance nacional, ese instrumento es la prensa obrera. No el mitin, no la huelga —aunque ambos fueron fundamentales—, sino el papel impreso, distribuido, leído y discutido en los talleres, en las minas y en las habitaciones donde los obreros aprendían a leer para poder participar en el debate político de su época.

Hubo centenares de periódicos obreros en Chile entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. No decenas: centenares. Esta sola cifra debería hacer reflexionar sobre la vitalidad intelectual de un movimiento que la historia oficial tendió a presentar como una masa bruta y reactiva. Eran periódicos de distintas corrientes —anarquista, socialista, comunista, demócrata, sindicalista— que debatían entre sí con una ferocidad y una profundidad que muchos medios actuales no alcanzan.

La prensa obrera cumplía funciones que hoy se distribuyen entre instituciones muy distintas. Era medio de información, con noticias sobre las condiciones de trabajo, las huelgas, la represión patronal y estatal. Era espacio de debate ideológico, donde las distintas corrientes del movimiento ventilaban sus diferencias. Era herramienta de organización, con convocatorias a reuniones, llamamientos a la solidaridad y coordinación de acciones colectivas. Y era, sobre todo, lo que Grez llama una «caja amplificadora»: el mecanismo que convertía la denuncia individual —un trabajador golpeado, un salario robado, una masacre ignorada por la prensa burguesa— en una causa colectiva que el movimiento podía asumir y responder.

Fue a través de la prensa que los obreros chilenos supieron lo que había ocurrido en Chicago en 1887: que trabajadores que exigían la jornada de ocho horas habían sido ejecutados, que sus organizaciones habían sido perseguidas, que el Estado al servicio del capital podía llegar hasta el asesinato para defender sus intereses. Fue a través de la prensa que conocieron el caso de Sacco y Vanzetti, dos inmigrantes italianos ejecutados en Estados Unidos bajo cargos que el movimiento obrero internacional consideró fabricados. Esos casos no eran noticias lejanas: eran espejos. En ellos, los obreros chilenos veían reflejada su propia realidad y entendían que su lucha era parte de algo más grande que el norte salitrero o las fábricas de Santiago.

Los tipógrafos tenían en este proceso un lugar especial: eran ellos quienes producían físicamente los periódicos, quienes componían los tipos, quienes pasaban horas entre el plomo y la tinta leyendo textos que luego serían leídos por miles. Esta posición material —entre el trabajo manual y el trabajo intelectual— los convirtió en la vanguardia del movimiento, en sus cuadros más formados, en los puentes entre las ideas que circulaban en el mundo y la realidad concreta de los trabajadores chilenos.

«El Socialista», periódico de la FOCH (Federación Obrera de Chile), sábado 30 de Agosto de 1919. Imprenta y maquinas que han resistido el tiempo, ubicada en Covadonga Nueva, en antiguo local de la FOCH y el Partido Obrero Socialista (POS).

Los mártires de Chicago y el legado de las ocho horas

El primero de mayo de 1886, en Chicago, decenas de miles de trabajadores fueron a huelga exigiendo la reducción de la jornada laboral a ocho horas. Los días siguientes, en lo que se conoce como los eventos de Haymarket, hubo enfrentamientos, una bomba cuya autoría nunca fue establecida con certeza, y una represión que culminó con la ejecución de varios dirigentes anarquistas el 11 de noviembre de 1887. El movimiento obrero internacional los llamó los «mártires de Chicago» y convirtió su memoria en una de las tradiciones más persistentes de la izquierda mundial.

En Chile, ese legado llegó a través de la prensa obrera y se instaló en el corazón del movimiento popular como una demanda concreta y un símbolo político. La jornada de ocho horas no era una aspiración abstracta: era la reivindicación de tiempo libre, de descanso, de vida fuera del taller y la mina. Era la afirmación de que el trabajador no era solo fuerza de trabajo sino un ser humano con derecho a existir más allá de la producción.

Sergio Grez señala con una ironía que no es solo literaria que esta demanda —levantada a finales del siglo XIX, pagada con sangre por los mártires de Chicago en 1887— ha tomado casi un siglo y medio para acercarse a su concreción en Chile a través de reformas recientes. La historia de la jornada laboral de 40 horas en Chile es también la historia de la lentitud con que el capital acepta las conquistas que el trabajo le arranca. Y es un recordatorio de que el movimiento popular no trabaja en los tiempos del ciclo electoral sino en los tiempos de la historia.


El horizonte de emancipación: de la caja mutual al gobierno de los trabajadores

El arco que traza Grez en su investigación es de una amplitud que impresiona. Desde las primeras Sociedades de Socorros Mutuos de mediados del siglo XIX —donde la máxima aspiración era la «regeneración del pueblo» a través de la educación y la disciplina moral— hasta la instalación, en 1970, de un gobierno de los trabajadores bajo Salvador Allende: ese trayecto de más de un siglo no fue lineal, no fue inevitable y no fue el resultado del genio de ningún individuo. Fue el producto de generaciones que fueron acumulando organización, conciencia y capacidad de acción colectiva.

Cada generación recibió algo de la anterior y dejó algo a la siguiente. Los artesanos mutualistas construyeron la cultura organizativa y la tradición de solidaridad. Los primeros anarquistas plantearon la ruptura con el sistema y la emancipación total. Los socialistas de Recabarren construyeron el partido de clase que articuló políticamente esas aspiraciones. Y las generaciones del siglo XX heredaron todo eso y lo llevaron más lejos, hasta el límite que el poder económico y militar de la clase dominante —nacional e internacional— decidió no tolerar en septiembre de 1973.

El movimiento popular chileno es, en la descripción de Grez, un proceso vivo de constantes mutaciones y tomas de conciencia. No una esencia fija, no una tradición que se preserva en museos, sino una práctica social en permanente transformación que responde a las condiciones de cada época con las herramientas que tiene y con las que va construyendo sobre la marcha.

Las conquistas que hoy parecen naturales —la jornada laboral acotada, el derecho a sindicalizarse, la previsión social, el salario mínimo— fueron banderas de lucha durante décadas, algunas durante más de un siglo. Cada una de ellas tiene detrás de sí nombres conocidos y nombres olvidados, hombres y mujeres que pagaron con cárcel, con el exilio y con la vida el derecho de los que vinieron después a vivir un poco mejor.

La historia que Grez reconstruye no es solo académica. Es un argumento político: el que dice que las transformaciones sociales no caen del cielo ni las otorgan los gobiernos por generosidad, sino que las conquista el movimiento popular con organización, conciencia y lucha. Y que ese proceso, iniciado por un tipógrafo peruano con una caja de dinero en el Santiago de 1853, no ha terminado todavía.


Nota elaborada a partir de la investigación del historiador Sergio Grez sobre los orígenes y desarrollo del movimiento popular chileno, con base en la entrevista disponible en https://www.youtube.com/watch?v=yUcmnCUagD8


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