La visita de Trump y la plutocracia de EEUU a Pekín rinde tributo a la República Popular China y se constata una vez más que el mundo transita sin retorno hacia el declive de la hegemonía estadounidense

La visita de Donald Trump a China en mayo de 2026 no fue una cumbre diplomática entre iguales. Fue una misión de la aristocracia corporativa de Silicon Valley y Wall Street para asegurar su lugar en el nuevo centro de la economía mundial. Detrás de Trump, los CEOs de Apple, Nvidia y BlackRock. Delante, Xi Jinping, la Trampa de Tucídides y la advertencia más clara que Pekín ha lanzado en décadas: Taiwán es línea roja innegociable. Y Putin llega después, con alfombra roja. La era de la imposición unilateral y la hegemonía de Estados Unidos se va terminando, en un contexto en que se ha retirado parcialmente de la guerra entre la OTAN y Rusia en Ucrania, con una fuerte derrota en su confrontación en conjunto con Israel contra la República Islámica de Irán, y en el que día a día China sigue sacando ventaja en prácticamente todas las áreas de la economía y la producción actual a nivel global.
Hay visitas diplomáticas que abren eras históricas. Las hay también que las cierran. La de Richard Nixon a China en 1972 inauguró el arco de la simbiosis entre las dos potencias que estructuró el orden neoliberal global durante medio siglo: la fábrica del mundo y el consumidor del mundo, el capital financiero anglosajón y la mano de obra industrial china, una división del trabajo que enriqueció a unos y disciplinó a otros en proporciones que la historia todavía está procesando. La visita de Donald Trump a Pekín en mayo de 2026 cerró ese arco. No con una declaración solemne ni con un tratado que pasará a los libros de texto. Con algo más elocuente y más brutal: con la imagen de la delegación más poderosa en términos de capitalización de mercado que jamás ha acompañado a un presidente estadounidense —los CEOs de Apple, Nvidia, BlackRock, Goldman Sachs, Tesla, Blackstone y Meta, con una capitalización acumulada que supera los 10 billones de dólares— llegando a la capital china en una posición que analistas de distintas latitudes e ideologías describen con un mismo término: la de quien va a rendir tributo y homenaje.
El «rey desnudo» es la metáfora que circula entre quienes estudian esta coyuntura para describir lo que la visita reveló ante el mundo. Estados Unidos llega a Pekín desindustrializado, endeudado en casi 40 billones de dólares, derrotado estratégicamente en su reciente conflicto de 12 días contra Irán, dependiente de China para el procesamiento de las materias primas que hacen funcionar su economía y su maquinaria de guerra, y con su presidente actuando más como gerente ansioso de los intereses corporativos que lo acompañan que como el líder de una superpotencia con agenda propia. Voces como la del analista geopolítico Alfredo Jalife, el investigador Christian Nader, el economista Lorenzo Ramírez, el canal Chamuco Media, El Canal del Coronel y la mesa de análisis de Canal Red América Latina, entre otros, confluyen en un diagnóstico que hace meses habría parecido exagerado y que hoy se lee como descripción precisa de la realidad: estamos ante una transformación no vista en un siglo, y esta cumbre fue su certificado de defunción de la era unipolar con hegemonía estadounidense.
Lo que sigue es el recorrido por cada una de las dimensiones de ese momento histórico: el contexto que llevó a Trump a Pekín sin cartas que jugar, la doctrina de Xi Jinping sobre la Trampa de Tucídides, el papel de la plutocracia corporativa estadounidense, el declive industrial de la primera potencia, la guerra subterránea por los microchips y las tierras raras, la línea roja de Taiwán, la llegada inminente de Putin a Pekín y las implicancias para América Latina de este reordenamiento global sin precedentes.
Cómo llegó Trump a Pekín: la derrota en Irán como prólogo
La visita a China estaba programada originalmente para abril de 2026. Trump la postergó con una apuesta estratégica: llegar a Pekín con una victoria en Irán que le sirviera de carta de negociación, de palanca para demostrar ante Xi Jinping que el músculo militar estadounidense seguía siendo el factor determinante del orden global. Esa apuesta salió mal. Muy mal.
El conflicto con Irán duró apenas 12 días y terminó en lo que analistas como el doctor Ezequiel Bistoletti de Demoliendo Mitos y el equipo de El Viejo Topo califican como una «barrida épica»: una derrota estratégica de los ejércitos de Estados Unidos e Israel frente a la República Islámica de Irán que expuso ante el mundo, y especialmente ante los ojos calculadores de Pekín, una serie de vulnerabilidades que cambiarán para siempre los cálculos militares de las próximas décadas. Los cazas F-35, estandarte de la superioridad aérea estadounidense, resultaron ineficientes frente a los misiles hipersónicos iraníes, a la vez que decenas de instalaciones militares incluyendo puestos de mando y los muy estratégicos radares fueron destruidos. La logística militar estadounidense mostró limitaciones que no se habían visto en conflictos anteriores. Y el Estrecho de Ormuz —ese angosto canal de apenas 33 kilómetros de ancho por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial— demostró ser exactamente lo que Irán lleva años proclamando: el talón de Aquiles de las finanzas y el suministro energético de Occidente.
El gobierno de la república iraní no solo controló el Estrecho de Ormuz: lo usó como instrumento de presión sobre toda la arquitectura financiera occidental. El bloqueo no golpeó simplemente el suministro de hidrocarburos, también el mercado de derivados financieros, las cadenas de suministro globales y la estructura de la deuda masiva sobre la que descansa la economía especulativa estadounidense y europea occidental. El «imperio» quedó expuesto: su fuerza militar más sofisticada no pudo doblegar a una supuesta potencia media que respondió con tecnología de saturación y misiles hipersónicos, junto a una impresionante capacidad de resistencia y respaldo popular ante la agresión estadounidense-israelí. Para China, el mensaje fue de valor incalculable: la maquinaria de guerra más cara de la historia tiene fisuras profundas. Y de hecho, buena parte de la logística de rastreo satelital y herramientas de Inteligencia Artifical utilizadas por la fuerza iraní las proveyeron fuentes chinas.
Trump llegó entonces a Pekín sin la victoria que necesitaba. Su primera petición en la cumbre fue que China actuara como mediadora para presionar a Irán hacia un acuerdo de paz y desbloquear el estrecho. Ni Pakistán ni Qatar habían logrado resolver el empantanamiento diplomático. La respuesta de Pekín fue la de quien puede permitirse la paciencia: ambigua, pausada, soberana. El problema lo creó Washington. Que Washington lo resuelva. Mientras tanto, China continuó comprando energía iraní con total normalidad y protegiendo su arquitectura comercial de la Nueva Ruta de la Seda exactamente como antes del conflicto, demostrando que el caos generado por la aventura militar estadounidense no solo no la perjudicó, sino que consolidó su posición como la potencia sensata y responsable frente al «sujeto disruptor» que genera inestabilidad global.
Como documenta la cobertura en directo de CGTN Español y el análisis posterior de Chamuco Media, Trump llegó a Pekín «sin cartas que jugar» —en palabras que circularon entre los despachos diplomáticos— actuando más como un «gerente ansioso» buscando parches para ganar tiempo que como el líder de una superpotencia con agenda propia. El contraste con la serenidad estratégica que proyectó Xi Jinping a lo largo de toda la cumbre no requería subtítulos: era la imagen misma del nuevo orden global.
La Trampa de Tucídides: Xi Jinping pone nombre al momento histórico
En uno de los momentos más significativos de la cumbre, Xi Jinping invocó directamente el concepto de la «Trampa de Tucídides» para darle nombre al desafío histórico que ambas potencias deben gestionar. El término, popularizado por el politólogo de Harvard Graham Allison, describe la tensión estructural que surge cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a la hegemónica establecida y el conflicto tiende a volverse casi inevitable. El historiador griego Tucídides lo documentó en su análisis de la guerra del Peloponeso: el ascenso de Atenas generó tal miedo en la dominante Esparta que la guerra fue, en última instancia, ineludible.
Xi, el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, no invocó el concepto para amenazar. Lo invocó para proponer su superación, y en esa propuesta hay tanto una visión genuina como una operación de poder de primer orden. Su mensaje fue de una claridad que no admite interpretaciones intermedias: China y Estados Unidos deben elegir entre ser socios o rivales. La confrontación directa entre ambas potencias sería, en sus propias palabras, «letal para el mundo entero», y ningún beneficio estratégico justificaría ese costo. Pekín propone lo que denomina «estabilidad estratégica constructiva»: un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias basado en el reconocimiento mutuo como iguales, el respeto a los intereses centrales de cada uno —con especial énfasis en los de China— y la gestión compartida de los desafíos globales que ninguna potencia puede resolver unilateralmente.
Pero este paradigma tiene condiciones que Xi no dejó en la ambigüedad. El nuevo modelo solo funciona si Estados Unidos acepta a China como un par real en el escenario internacional —no como un socio subordinado dentro de un orden de reglas diseñado por Occidente— y abandona definitivamente la búsqueda de hegemonía unipolar para transitar hacia un sistema multicéntrico donde las grandes decisiones se toman colectivamente. En otras palabras: China no acepta una posición de subordinación y no la aceptará.
Analistas como Alfredo Jalife y la mesa de Canal Red América Latina coinciden en que la propuesta de Xi tiene una dimensión táctica evidente: al colocar a China como la potencia que propone la paz y la cooperación, coloca a Estados Unidos en la posición del actor que debe decidir si acepta el nuevo paradigma o si elige la confrontación. Es un movimiento de ajedrez diplomático de alto nivel: quien rechace la propuesta cargará con la responsabilidad histórica del conflicto. Y Xi sabe que Washington, en su estado actual de debilidad estructural, no puede permitirse ese rechazo.
La plutocracia en misión: cuando Silicon Valley y Wall Street reconocen al nuevo amo
La composición de la delegación que acompañó a Trump a Pekín es, por sí sola, el dato político más elocuente de toda la visita. Junto al presidente viajaron los líderes de las corporaciones más poderosas del planeta, una constelación de poder económico privado sin precedentes en la historia de la diplomacia estadounidense: Elon Musk (Tesla y SpaceX), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia), Larry Fink (BlackRock), Stephen Schwarzman (Blackstone), y los CEOs de Goldman Sachs, Citi y Meta. La capitalización de mercado acumulada de estas empresas supera los 10 billones de dólares, una cifra mayor que el PIB de la mayoría de los países del mundo.
Cada uno llevaba su agenda concreta. Elon Musk necesitaba proteger los márgenes de beneficio de Tesla frente a los aranceles y frente a la competencia de empresas chinas como BYD, que ya supera a Tesla en eficiencia productiva y costos en el mercado de vehículos eléctricos, un sector donde China ha alcanzado una superioridad que el empresario más rico del mundo no puede ignorar. Tim Cook necesitaba mantener intactas las cadenas de suministro de Apple en China, porque producir en un Estados Unidos desindustrializado resulta, según los propios análisis internos de la empresa, ineficiente y extremadamente caro: China posee la tecnología y la habilidad industrial de las que EE. UU. carece actualmente. Jensen Huang fue incorporado a la delegación de última hora, en una escala en Alaska, lo que subraya la urgencia de su presencia: su empresa Nvidia necesita desbloquear el acceso de sus chips al gigantesco mercado de inteligencia artificial chino, y sin ese acceso su posición competitiva global se deteriora aceleradamente. Larry Fink y Stephen Schwarzman necesitaban que Wall Street pudiera operar plenamente en el mercado financiero chino, el mayor del mundo por número de transacciones y volumen de capital potencial.
El análisis de Lorenzo Ramírez en Negocios TV y la perspectiva de Pepe Escobar sobre cómo Trump fue a China a «rendir tributo» coinciden en una lectura que resulta incómoda para la narrativa oficial estadounidense pero que los hechos respaldados: lo que se está consolidando es un modelo de gobernanza plutocrática en Estados Unidos donde las grandes corporaciones financieras y tecnológicas han capturado la política exterior, fusionándose con el Estado para obtener acceso a mercados y recursos bajo el paraguas discursivo de la seguridad nacional. A diferencia de China, donde el Partido Comunista mantiene el control político sobre el capital privado, en Washington el poder político aparece sumiso al control corporativo. Trump no es un estadista que utiliza a los empresarios como herramienta de política exterior: es el vocero y el gestor que los empresarios utilizan como plataforma de acceso.
La delegación estadounidense en Pekín recordó, en términos históricos, a las misiones que las potencias menores enviaban al «Imperio del Centro» (o Zhongguo 中國) traducción literal del nombre en chino para China, con origen en el milenario imperio chino) para obtener permiso para comerciar. Era el ritual del tributo: reconoces la superioridad del centro, presentas tus obsequios y tus peticiones, y recibes a cambio la licencia para operar en su esfera. Que sea exactamente esto lo que los CEOs más poderosos de la primera economía del mundo hayan ido a hacer a Pekín en mayo de 2026 dice más sobre el estado del orden global que cualquier declaración diplomática. Por lo demás, China nunca se ha cerrado al comercio con Estados Unidos, y los obstáculos que hay para el intercambio económico y comercial han sido impuestas precisamente por la política de sanciones y guerra comercial impuestas por los gobiernos de Estados Unidos.
El declive industrial de Estados Unidos: cuando el Imperio pierde su base material
El dato estructural que subyace a toda la dinámica de la visita —y que la delegación plutocrática intenta gestionar con la urgencia de quien ve el tiempo correr en su contra— es este: China posee hoy una producción industrial superior a la de Estados Unidos, Japón y Alemania juntos. No es una proyección futura ni una extrapolación optimista: es la realidad presente, documentada por organismos internacionales y reconocida por los propios círculos estratégicos de Washington. Lidera 66 de las 74 tecnologías críticas identificadas por centros de pensamiento internacionales como el Australian Strategic Policy Institute (ASPI). Domina aproximadamente el 90% del procesamiento de minerales críticos a nivel mundial. Lleva una ventaja estimada en inteligencia artificial militar de al menos 20 años sobre Estados Unidos. Y en el sector de vehículos eléctricos —el corazón de la transición energética que definirá la economía del próximo siglo— empresas chinas como BYD ya superan en eficiencia y costos a los referentes occidentales.
En contraste, el Congreso de Estados Unidos debate seriamente la posibilidad de dejar de construir buques de guerra en territorio nacional para comprarlos a Corea del Sur o Japón, porque el desmantelamiento de la infraestructura industrial norteamericana lo ha vuelto incapaz de producirlos de manera competitiva. No es anécdota: es síntoma. La desindustrialización estadounidense no es un problema sectorial ni un accidente de mercado. Es el resultado de décadas de decisiones de política económica que trasladaron la producción real a China mientras el capital financiero se quedaba en casa, acumulando ganancias especulativas sobre una base productiva que se vaciaba. El resultado es una economía predominantemente financiera y especulativa, altamente vulnerable a cualquier perturbación en las cadenas de suministro globales, sin la base material para sostener la hegemonía que sus fuerzas armadas siguen intentando proyectar.
Esta vulnerabilidad tiene una expresión concreta, crítica y que domina buena parte de los análisis actuales: las tierras raras. Neodimio, lantano, disprosio, terbio y decenas de otros elementos de la tabla periódica que suenan a ciencia ficción pero que son los componentes esenciales para fabricar semiconductores, chips, nanochips, tecnologías de inteligencia artificial, sistemas de baterías para vehículos eléctricos, maquinaria sanitaria avanzada y sistemas de armas de última generación, incluyendo los propios cazas F-35 que fallaron en Irán. Sin estos materiales no hay cuarta revolución industrial. Y China no solo domina su extracción: domina su procesamiento industrial, una capacidad que requiere infraestructura, tecnología y décadas de inversión que Estados Unidos desmanteló en el altar de la eficiencia de mercado.
En 2025, Pekín demostró que no es un proveedor pasivo dispuesto a vender su ventaja estratégica por aranceles favorables. Cuando la administración Trump implementó nuevas políticas arancelarias agresivas, China cortó temporalmente el suministro de tierras raras. El impacto fue inmediato y fulminante: Washington pactó una tregua frágil para restablecer el flujo a cambio de reducciones arancelarias. El mensaje, documentado por El Canal del Coronel y analizado en profundidad por Christian Nader, fue inequívoco: China tiene «la sartén por el mango» y está dispuesta a ejercer esa palanca cuando sus intereses lo requieran. Funcionarios del Tesoro estadounidense reconocen internamente que el país necesita entre 3 y 5 años para desarrollar alternativas viables de suministro. Por eso la visita de Trump no buscaba una reconfiguración del orden global: buscaba, fundamentalmente, ganar tiempo.
La estrategia para ese tiempo tiene una dimensión latinoamericana que la región no puede ignorar. Estados Unidos ha intensificado su interés en los yacimientos de litio, neodimio, lantano y otras tierras raras en estados mexicanos como Chihuahua y Sonora, y en los recursos mineros de países andinos, buscando integrarlos bajo marcos similares al TEMEC —o mediante mecanismos de presión más directos— para romper el monopolio chino en la cadena de suministro de la cuarta revolución industrial. El subsuelo latinoamericano es uno de los campos de batalla silenciosos más importantes de esta guerra tecnológica global.
La competencia por los microchips: el objeto más geopolítico del presente
En el centro de la competencia tecnológica entre ambas potencias hay un objeto de apenas pocos milímetros cuadrados que concentra más poder geopolítico que la mayoría de los ejércitos del mundo: el microchip. Y en el centro de la disputa por los microchips hay una isla de 36.000 kilómetros cuadrados cuyo destino podría determinar el de la economía global del próximo siglo: Taiwán.
La empresa TSMC —Taiwan Semiconductor Manufacturing Company— produce la gran mayoría de los chips avanzados del mundo. Sin esos chips no hay teléfonos inteligentes, no hay sistemas de armas modernos, no hay inteligencia artificial, no hay cuarta revolución industrial. La concentración de esta producción en un territorio de apenas 36.000 kilómetros cuadrados, situado a 180 kilómetros de la costa de China continental, es quizás la mayor vulnerabilidad estructural del sistema económico global contemporáneo. Un solo misil hipersónico impactando las instalaciones de TSMC —del tipo que Irán demostró que posee y que la defensa aérea estadounidense no puede interceptar— acabaría instantáneamente con la economía global de semiconductores, golpeando de forma letal las economías de Estados Unidos y Japón en particular.
Ante el riesgo inminente de ese escenario, Washington ha iniciado una estrategia que analistas como Alfredo Jalife describen como el «vaciado» de la industria de chips de la isla: trasladando plantas de TSMC a Arizona y evaluando opciones en México, con el objetivo de reducir la concentración de producción en un territorio tan vulnerable geopolíticamente. Pero Taiwán es perfectamente consciente de lo que está en juego: una vez que pierda su preeminencia en semiconductores, perderá también su principal factor de valor estratégico frente a las dos potencias que compiten por su destino. El proceso de vaciado industrial es, desde la perspectiva de Taipéi, la pérdida de la única carta que tiene.
La presencia de Jensen Huang (Nvidia) en la delegación de Trump —incorporado de urgencia en una escala en Alaska durante el viaje— subraya la centralidad de esta disputa. Las tecnológicas chinas, a pesar de sus avances acelerados en semiconductores propios, aún necesitan millones de chips de Nvidia para el desarrollo de su inteligencia artificial. Trump utilizó el desbloqueo del acceso a esos chips como su principal baza negociadora para exigir contrapartidas de apertura del mercado chino a otras empresas estadounidenses. Es la paradoja de la interdependencia simbiótica forzada que documenta Lorenzo Ramírez: mientras Estados Unidos controla parte del diseño y la fabricación de chips avanzados, China domina casi monopólicamente las tierras raras y el procesamiento industrial necesarios para fabricarlos. Ninguno puede prescindir del otro. Todavía. Y el objetivo de ambas potencias es precisamente reducir esa dependencia mutua antes de que la confrontación se vuelva posible sin consecuencias propias catastróficas.
En el plano de la inteligencia artificial, la competencia es igualmente asimétrica pero en sentido inverso: China lleva una ventaja estimada de al menos 20 años sobre Estados Unidos en inteligencia artificial militar, y en la dimensión de la «IA encarnada» —robótica avanzada, sistemas autónomos— ya se sitúa por encima de la capacidad estadounidense. La carrera no es entre iguales: es entre una potencia que lidera y una que intenta recuperar terreno perdido.
Taiwán: la línea roja que puede terminar con el mundo tal como lo conocemos
Xi Jinping lanzó durante la cumbre una advertencia privada a Trump que, según fuentes diplomáticas y el análisis del doctor Ezequiel Bistoletti, no dejó margen para la ambigüedad ni para la interpretación creativa: si Estados Unidos continúa ignorando las demandas chinas sobre Taiwán, ambas potencias «chocarán o incluso se enfrentarán» militarmente de inmediato. La independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho de Formosa son, en palabras textuales de Xi, «incompatibles como el fuego y el agua».
Para entender el peso de esta advertencia hay que comprender la escala de la militarización en curso. En los últimos dos años, Estados Unidos y el gobierno de Taipéi han construido un comando conjunto de misiles cuyo objetivo explícito, en caso de conflicto, es la destrucción de los centros neurálgicos de China continental lanzando ataques directamente desde la isla. La administración Trump vendió armas a Taiwán por 11.000 millones de dólares el año pasado y evalúa una nueva entrega por 14.000 millones adicionales. Simultáneamente, Filipinas, Corea del Sur y Japón están siendo armados y coordinados para actuar como frente de contención regional en lo que los analistas de Chamuco Media y Canal Red América Latina describen sin eufemismos como la preparación de una guerra proxy en el Indo-Pacífico.
Desde la era de Eisenhower, Taiwán ha sido conceptualizado en la estrategia militar estadounidense como el «portaviones más grande de Estados Unidos» en el Pacífico. Hoy esa conceptualización se ha materializado en infraestructura militar concreta. Pekín lo interpreta exactamente como lo que es: la preparación de un frente de ataque contra su territorio soberano desde la isla que considera parte inalienable de China.
La capacidad de respuesta china ante ese escenario ha sido redefinida por el conflicto de Irán. Los misiles hipersónicos —del tipo que Irán utilizó con efectividad demoledora contra la defensa aérea estadounidense e israelí— son parte central del arsenal chino, en versiones más avanzadas y en mayor número. Un conflicto en Taiwán no sería una guerra convencional que se ganaría con superioridad aérea de F-35: sería un escenario de saturación tecnológica donde la ventaja estadounidense en sistemas de armas convencionales quedaría neutralizada. Y las consecuencias económicas de ese conflicto —el colapso instantáneo de la economía global de semiconductores, la parálisis de la cuarta revolución industrial en Occidente, el fin de las cadenas de suministro globales— hacen que ninguna potencia con acceso a esos análisis pueda considerar ese escenario sin horror.
Xi lo sabe. Trump lo sabe. La advertencia privada no fue una amenaza vacía: fue el recordatorio de las consecuencias reales de un error de cálculo. Y en un contexto donde la presión interna en Estados Unidos para mostrar músculo frente a China sigue siendo un activo político electoral, ese error de cálculo es posible.
Putin llega después: el nuevo orden y el fin definitivo de la hegemonía unilateral de EEUU
Casi simultáneamente con la llegada de la delegación estadounidense a Pekín, China realizó un anuncio: Vladimir Putin visitará China en un futuro muy próximo para firmar un segundo gran acuerdo energético que entre otras tantas materias vinculará de manera estructural los suministros de gas y petróleo rusos con la demanda industrial china. El anuncio llegó exactamente cuando el protocolo de recepción de Trump ya estaba fijado. El mensaje fue recibido en Washington con total claridad, porque era imposible malinterpretarlo: para Pekín, Rusia siempre estará antes.
El protocolo previsto para Putin confirma la señal con una precisión que los protocolistas diplomáticos entienden perfectamente. Se espera que sea recibido con alfombra roja y personalmente por Xi Jinping al bajar del avión, en contraste visible con la recepción de Trump —que fue gestionada con hospitalidad correcta pero sin los máximos honores de Estado—. El contraste no es accidental: es un mensaje codificado en el lenguaje de la diplomacia de alto nivel, donde cada detalle del protocolo comunica jerarquías de relación que ningún comunicado oficial podría expresar con igual claridad.
Horas antes de la llegada de Trump a Pekín, Rusia lanzó el misil intercontinental Sarmat, uno de los proyectiles más potentes jamás desarrollados en la historia del armamento nuclear. La elección del momento no fue casual: fue el «paraguas nuclear» que Moscú desplegó para recordarle a Washington que cualquier intento de romper el eje estratégico sino-ruso tendrá consecuencias que van más allá del tablero convencional. El Sarmat no estaba dirigido a amenazar a China: estaba dirigido a disuadir a Estados Unidos de cualquier tentación de presionar a Pekín para que sacrifique su alianza con Moscú a cambio de beneficios comerciales.
En simplia: No habrá «G2» o acuerdo exclusivo entre Washington y Pekín que margine a Rusia (o a otros actores) del nuevo orden. Lo que se consolida, con cada movimiento de esta coreografía diplomática, es un orden de nuevo tipo, quizá multipolar, donde la alianza sino-rusa será un pilar inamovible de la arquitectura de seguridad euroasiática, y donde cualquier recalibración del poder global tendrá que negociarse con ese bloque en su conjunto, no con sus partes por separado.
América Latina: entre el patio trasero y la soberanía posible
El ascenso de China y el repliegue estratégico de Estados Unidos hacia su hemisferio tienen consecuencias directas e inmediatas para América Latina que los análisis de Christian Nader en Canal Red América Latina y las perspectivas de El Viejo Topo y Chamuco Media sitúan en el centro de la discusión geopolítica regional. Washington está «marcando su territorio» en la región con una brutalidad renovada y sin los eufemismos diplomáticos de otras épocas: endureciendo el bloqueo contra Cuba y Venezuela, interviniendo activamente en la política interna de México, Ecuador y Bolivia, utilizando el Comando Sur para intentar desestabilizar proyectos de infraestructura que consolidan la presencia china y aplicando la Doctrina Monroe en su versión más descarnada del siglo XXI.
El ejemplo más elocuente de esta disputa territorial es el puerto de Chancay en Perú. Este puerto de gran calado en la costa del Pacífico latinoamericano no es simplemente una obra de infraestructura portuaria: es una pieza fundamental de la Nueva Ruta de la Seda y su objetivo estratégico es establecer una conexión ferroviaria directa con Brasil —un país que, paradójicamente, carece de salida al Pacífico— permitiendo que los productos brasileños y los recursos de toda la región lleguen directamente a China evitando los corredores de control tradicional estadounidense en el Canal de Panamá y el Atlántico Norte. El Comando Sur lo percibe como una incursión inadmisible en su zona de influencia histórica y, según el análisis de Alfredo Jalife y el equipo de Canal Red América Latina, existen operaciones en curso para desestabilizar políticamente a Perú con el fin de sabotear la operatividad del puerto y su conectividad ferroviaria hacia el interior del continente. Chancay no es solo un puerto: es la punta de lanza de la presencia geoeconómica china en el hemisferio occidental.
La región se fragmenta ante este nuevo mapa de poder en posiciones que reflejan distintas correlaciones de fuerzas internas. México es el territorio más disputado: Washington busca a toda costa evitar que su vecino del sur desarrolle autonomía tecnológica propia y se convierta en lo que algunos estrategas estadounidenses llaman con alarma creciente «una China al sur de la frontera», presionándolo para que integre sus yacimientos de tierras raras —especialmente los de Chihuahua y Sonora— bajo el marco del TEMEC como recurso estratégico compartido al servicio de la industria norteamericana. Brasil intenta jugar en los BRICS una carta de autonomía relativa, equilibrando su relación comercial con China y su dependencia histórica de inversión y tecnología occidentales. Venezuela y su petróleo son un campo de batalla en sí mismos: el control de esas reservas es interpretado por Washington como una cuestión de preservación del petrodólar frente al avance del petroyuán. Y Cuba permanece, como analiza Christian Nader, como el faro de resistencia soberana frente al repliegue imperial, con China reafirmando su apoyo a la soberanía de la isla contra lo que no puede calificarse de otra manera que una estrategia deliberada de asfixia y humillación.
El debate de fondo que recorre los análisis geopolíticos regionales más lúcidos es este: ¿será la multipolaridad emergente una liberación real para América Latina o derivará en un simple «pacto entre gigantes» donde cada potencia respeta la zona de influencia de la otra —Estados Unidos en las Américas, China en Asia y África, Rusia en Eurasia— dejando a la región atrapada bajo el dominio estadounidense renovado sin los contrapesos efectivos que la bipolaridad de la Guerra Fría al menos pretendía ofrecer? La respuesta, concuerdan analistas de distintas tradiciones, dependerá en gran medida de la capacidad latinoamericana de construir un bloque regional integrado que permita negociar los recursos críticos del continente —litio, tierras raras, petróleo, gas, biodiversidad— desde una posición soberana colectiva, en lugar de ser absorbidos individualmente por la lógica extractiva de cualquiera de las potencias en competencia.
Los escenarios que se abren: estabilidad estratégica, colisión o multipolaridad con justicia
Tras la visita de mayo de 2026 se abren con distintas probabilidades tres escenarios que definirán la arquitectura del poder global en las próximas décadas.
El primero es el de la «estabilidad estratégica constructiva»: China y Estados Unidos acuerdan un modus vivendi basado en el reconocimiento mutuo como iguales, el respeto de las líneas rojas de cada uno y la cooperación en los desafíos globales que ninguno puede gestionar solo —cambio climático, pandemias, regulación de la inteligencia artificial—. En este escenario, Estados Unidos gana el tiempo que necesita para intentar reconstruir su base industrial y reducir su dependencia tecnológica de China, mientras Pekín consolida su liderazgo global sin necesidad de un conflicto que amenazaría también su propio desarrollo. Es el escenario que propone Xi y que la plutocracia corporativa estadounidense necesita para proteger sus inversiones.
El segundo escenario es el de la colisión en Taiwán: un error de cálculo político —una venta de armas de demasiado, una declaración de independencia mal cronometrada, una operación militar estadounidense en el estrecho— que desencadene el conflicto que ninguna potencia dice querer pero que la propia dinámica de militarización acelerada hace cada vez más posible. Las consecuencias —colapso de la economía global de semiconductores, paralización de la cuarta revolución industrial, crisis financiera sin precedentes— serían tan catastróficas que, como señala el doctor Bistoletti, no habría ganadores en ninguna escala razonable de análisis.
El tercero —el más difícil y el más necesario para los pueblos del mundo— es el de la multipolaridad con justicia: un orden global donde el fin de la hegemonía unipolar estadounidense no se traduce en el simple reemplazo de un centro de poder por otro o en un pacto de reparto entre potencias, sino en la construcción de instituciones multilaterales genuinamente democráticas donde los países del sur global, América Latina incluida, tengan voz y voto reales en las decisiones que afectan su destino.
La visita de Trump a Pekín en mayo de 2026 confirma que el primero y el segundo de estos escenarios están en juego activo. El tercero dependerá de los pueblos.
El arco histórico que se cierra
Xi Jinping cerró el encuentro con la propuesta de ser socios en lugar de rivales, de construir un mundo multipolar donde ninguna potencia dicte las reglas unilateralmente, de colaborar en los desafíos que afectan a toda la humanidad. Detrás de esa propuesta hay una arquitectura de poder que no tiene paralelo en la historia reciente: una economía industrial sin igual, una supremacía tecnológica en las áreas que definirán el próximo siglo, una alianza estratégica con Rusia que cubre el continente euroasiático, y la paciencia histórica de una civilización que piensa en décadas, no en ciclos electorales.
El arco que Nixon abrió en 1972 se ha cerrado. La era unipolar ha terminado. El debate ya no es si el mundo es multipolar: es qué tipo de multipolaridad construimos. Y esa pregunta, que las grandes potencias intentarán responder en función de sus intereses, deberán responderla también —con urgencia, con inteligencia colectiva y con soberanía real— los pueblos de América Latina y del sur global, antes de que otros la respondan por ellos.
Nota elaborada a partir del análisis de las siguientes fuentes audiovisuales: Alfredo Jalife en Negocios TV y Radar Geopolítico; Christian Nader en Canal Red América Latina; Pepe Café (Como Trump fue a China a prestar tributo); El Canal del Coronel (series «Esto ya no tiene vuelta atrás»); Lorenzo Ramírez en Negocios TV; transmisión en directo de CGTN Español; Chamuco Media (Trump llega a China, partes 1 y 2); Canal Red América Latina (Trump regresa de China; mesa de análisis SINSONTE); Demoliendo Mitos con el Dr. Ezequiel Bistoletti; y El Viejo Topo TV (¿Qué busca Trump en su viaje a China?).






