Palantir: Tecnofeudalismo, Tecnofascismo , Tecnoesclavismo. La oligarquía algorítmica que subordina a Estados y Pueblos, automatiza la guerra y banaliza la democracia

Existe una empresa que nació en las oficinas de la CIA, que durante tres años no tuvo otro cliente que la agencia de espionaje más poderosa del mundo, que hoy decide mediante algoritmos quién es un objetivo militar en Gaza y quién es deportado en Estados Unidos, que firmó contratos secretos con el Ministerio de Defensa de España, que su cofundador se instaló en Buenos Aires para estudiar el «experimento libertario» de Javier Milei, que visitó en silencio el Palacio de La Moneda de Santiago y que opera ya en las aduanas de Ecuador sabiendo más sobre el comercio exterior de ese país que el propio Estado ecuatoriano. Esa empresa se llama Palantir. Su cofundador e ideólogo, Peter Thiel, ha afirmado sin ambages que «la libertad y la democracia ya no son compatibles». Y acaba de publicar un manifiesto de 22 puntos que analistas de todo el mundo califican, sin eufemismos, de tecnofascista.
Pero Palantir no es simplemente una empresa de software poderosa. Es, con precisión conceptual e histórica, la Compañía de las Indias Orientales del siglo XXI: una corporación privada que absorbe funciones soberanas, gestiona ejércitos, dicta gobernanza mediante algoritmos opacos y extrae datos de territorios enteros con la misma lógica con que el colonialismo clásico extraía caucho, plata y cobre. La diferencia con aquella compañía adosada al Imperio Británico es que esta vez no necesita cañones en los puertos ni banderas en los mástiles. Le basta con un contrato de software, una base de datos y un algoritmo que el Estado contratante nunca podrá auditar del todo.
Cuando en 2018 un ex empleado de Cambridge Analytica reveló que Palantir había colaborado en la manipulación de datos de más de 50 millones de votantes para enviar propaganda política personalizada a través de Facebook y condicionar el resultado de las elecciones estadounidenses de 2016, la empresa negó cualquier acuerdo formal. Semanas después, un representante admitió la relación y la calificó de «interacción informal». El escándalo se diluyó en el ciclo mediático. Pero el patrón no desapareció: se perfeccionó.
Palantir no es una empresa de tecnología que trabaja para los Estados. Es, con precisión conceptual, la Compañía de las Indias Orientales del siglo XXI: una corporación privada que absorbe funciones soberanas, gestiona ejércitos, dicta gobernanza mediante algoritmos opacos y extrae datos de territorios enteros como el colonialismo clásico extraía caucho, plata y cobre. La diferencia es que esta vez no necesita cañones en los puertos. Le basta con un contrato de software.
Tecnofascismo, tecnoesclavismo, tecnofeudalismo: tres conceptos para un mismo proyecto
Para entender lo que Palantir representa es necesario comprender los tres conceptos que articulan su modelo, ninguno de los cuales es metafórico.
El tecnofascismo es la fusión del Big Data y la inteligencia artificial con el poder autoritario para desplazar los valores de la democracia liberal por un control tecnocrático y militarizado. Su premisa fundacional, formulada por el cofundador Peter Thiel, es una declaración que debería figurar en los manuales de ciencia política del siglo XXI: «la libertad y la democracia ya no son compatibles». La tecnología no es una herramienta: es una alternativa unilateral a la política, un mecanismo para ejecutar cambios sin necesidad de convencer a nadie, sin consenso, sin deliberación pública, sin urnas.
El tecnoesclavismo describe la dimensión social del modelo: la reducción de la humanidad —despojada de soberanía, privacidad y capacidad de juicio autónomo— al papel de trabajador y consumidor bajo vigilancia permanente de una élite algorítmica. El ciudadano deja de ser una persona con matices para convertirse en un «puntaje de riesgo» en un modelo matemático. Sus oportunidades han sido preconfiguradas antes de que tome cualquier decisión. Su «libertad» es estadísticamente irrelevante. Los que no encajan en los parámetros de utilidad son descartables. Hasta que sean reemplazados por robots, se les admite como sirvientes. Una «esclavitud del alma» donde el individuo, vigilado permanentemente por algoritmos que deciden qué información recibe, termina creyendo que vive en el mejor de los mundos posibles mientras es explotado.
El tecnofeudalismo —concepto desarrollado por el economista Yanis Varoufakis— describe la dimensión estructural: el reemplazo del mercado capitalista y la soberanía estatal por monopolios tecnológicos y feudos digitales donde una élite extrae riqueza y poder a través del control absoluto de los datos. Peter Thiel ha afirmado que «la competencia es para perdedores»: el objetivo real es construir monopolios, no mercados. Cuando un Estado contrata a Palantir, comete un acto de «sumisión soberana»: cede su autonomía y se convierte en filial, en inquilino de la tecnología privada. Los ciudadanos ya no son sujetos con derechos: son «súbditos de datos», atados a infraestructuras digitales que capturan sus datos médicos, financieros y conductuales en tiempo real. El señor feudal ya no necesita castillo ni armadura: le basta con los servidores.
Los tres conceptos convergen en el mismo punto: la oligarquía algorítmica no busca gobernar un país. Busca convertirse en el sistema operativo del mundo.

La Compañía de las Indias Orientales: el modelo histórico del que Palantir es heredera
La analogía más precisa para entender a Palantir no está en la ciencia ficción sino en la historia colonial. La Compañía Británica de las Indias Orientales fue una corporación privada que administraba territorios de medio continente, poseía su propio ejército de cientos de miles de soldados, acuñaba moneda propia y dictaba sus propias leyes. Era, en todos los sentidos prácticos, un Estado dentro del Estado —o más exactamente, un Estado por encima del Estado.
Palantir replica este modelo con instrumentos del siglo XXI. Administra la infraestructura crítica de defensa, inteligencia, sanidad e inmigración de las mayores potencias occidentales. Sus ejecutivos han comenzado a jurar como tenientes coroneles de la reserva del Ejército de los Estados Unidos, fusionando la dirección corporativa con el mando militar en una única persona. Sus algoritmos reemplazan la deliberación política y los principios jurídicos —como la presunción de inocencia— por probabilidades estadísticas: el software decide quién es una amenaza, quién debe ser deportado, quién puede morir. Y en términos de vigilancia supera exponencialmente a cualquier imperio histórico: tiene acceso en tiempo real a los datos conductuales, biométricos, médicos y relacionales de cientos de millones de personas en docenas de países. Ningún virrey colonial soñó jamás con semejante capacidad de control.
La diferencia crucial con la Compañía de las Indias es que esta necesitaba ocupación física para gobernar. Palantir no. Le basta con controlar la infraestructura de datos y el sistema de seguridad nacional desde los servidores de Silicon Valley. Es imperialismo algorítmico: control sin tropas en el terreno, dominación sin bandera en el mástil.
El sistema operativo de la OTAN: cuando el software manda más que los generales
Que Palantir se haya convertido en el «sistema operativo» de la OTAN y de las principales potencias militares occidentales no es una metáfora tecnológica. Es una descripción operativa de lo que ocurre hoy en los cuarteles generales de la alianza atlántica.
Países miembros como España, Francia, Alemania, Reino Unido y los Países Bajos están delegando progresivamente su complejo militar-industrial a la plataforma de Palantir. España adquirió el sistema Gotham en octubre de 2023 por 20 millones de euros en un contrato protegido por la Ley de Secretos Oficiales: la ciudadanía española financia una herramienta cuyo uso exacto le está vedado por ley conocer. Funcionarios han descrito internamente el proceso como una transición donde «todos en el gobierno se están pasando a Palantir», integrando base de datos tras base de datos hasta que el Estado no puede funcionar sin la empresa. La metáfora que circula entre los propios técnicos del sector es elocuente: quitarles Palantir a estas instituciones sería como «cambiar el motor de un avión mientras vuela».
Las implicaciones son de alcance histórico. Cuando los países de la OTAN delegan sus funciones militares e inteligencia a una plataforma privada opaca, las decisiones estratégicas —la clasificación de amenazas, la selección de objetivos, el movimiento de tropas— dejan de depender de la deliberación política de parlamentos y jefes de Estado para depender de algoritmos inauditables. La «gobernanza de caja negra» reemplaza a la rendición de cuentas democrática. El software decide; el político firma.
El Proyecto Maven es el emblema de esta transición. Cuando Google se retiró del programa del Pentágono en 2017 —presionado por miles de sus ingenieros que firmaron una carta rechazando que su tecnología se asociara con la «muerte masiva automatizada»— Palantir lo asumió con entusiasmo. Su CEO Alex Karp calificó la postura de Google de «actitud de perdedores». Desde entonces, Maven ha integrado sistemas autónomos de vigilancia con drones y selección algorítmica de objetivos en las operaciones del ejército estadounidense. El sistema TITAN —Nodo de Acceso de Selección de Objetivos de Inteligencia Táctica— procesa datos de sensores térmicos y satélites desde camiones militares desplegados en el campo de batalla, reduciendo al operador humano a un «validador pasivo» de las decisiones de la máquina. Amazon Web Services y Nvidia completan el ecosistema.

Gaza y Ucrania: los laboratorios donde el algoritmo aprende a matar
La aplicación más extrema y mejor documentada del modelo de Palantir como «poder duro» ocurre en los conflictos bélicos activos. No es teoría. Es el presente operativo.
En Gaza, el ejército de Israel utiliza el software de Palantir para la selección masiva de objetivos militares. El sistema puede identificar a una persona como blanco potencial y autorizar un ataque con drones en apenas dos o tres minutos, calculando simultáneamente los «daños colaterales aceptables». Críticos, ex empleados de la empresa y antiguos oficiales militares han calificado este mecanismo como una «fábrica de asesinatos en masa» por la velocidad y la escala sin precedentes que la inteligencia artificial aporta para localizar y destruir objetivos. La lista de blancos gestionada mediante el algoritmo de Palantir ha sido vinculada a más de 7.000 muertes en Gaza. La empresa respondió a estas críticas con una campaña donde declara sin rodeos: «Palantir stands with Israel».
En Ucrania, el CEO Alex Karp ha afirmado públicamente que Palantir es responsable de la mayor parte de la selección de objetivos contra posiciones rusas: tanques, infraestructura logística, concentraciones de tropas. Lo presenta como la demostración empírica de la eficacia del «poder duro» basado en software.
El modelo de negocio es tan cínico como eficaz: Palestina y Ucrania son los laboratorios comerciales donde Palantir desarrolla, prueba y perfecciona sus herramientas. Luego las vende al mundo. El catálogo se escribe con sangre real.
Gotham: el panóptico del siglo XXI y la «visión de Dios»
La plataforma central de Palantir para agencias de inteligencia, seguridad y defensa se llama Gotham. Su funcionamiento ha sido comparado con el sistema de la película Minority Report —vigilancia predictiva que busca anticipar crímenes y amenazas antes de que ocurran— y la analogía es técnicamente precisa, no literaria.
Gotham no hackea dispositivos individuales. Opera de una manera más sofisticada: hace legible y cruzable la información que los estados y las empresas ya poseen pero tienen dispersa en silos distintos. Integra registros telefónicos, transacciones bancarias, imágenes satelitales, registros de vehículos, datos de geolocalización, redes sociales, reconocimiento facial, huellas dactilares, iris y ADN. Cruza estas fuentes a una velocidad y escala que ningún equipo humano podría alcanzar y produce perfiles detallados de individuos, redes de relaciones y predicciones de comportamiento futuro.
La «visión de Dios» que esto otorga —denominación que usan los propios analistas de inteligencia— va más allá de la vigilancia reactiva. Gotham identifica «señales débiles»: acciones que de manera aislada son completamente legales —comprar un billete de avión, retirar efectivo, alquilar una furgoneta, buscar ciertos términos en internet— pero que combinadas, según los modelos estadísticos del sistema, revelan la planificación de un atentado o una actividad ilícita. El ciudadano no es juzgado por lo que ha hecho: es clasificado por el «puntaje de riesgo» que el algoritmo le asigna según cómo su comportamiento encaja en patrones preconfigurados. La presunción de inocencia es reemplazada por la eficiencia estadística.
La «automatización de la sospecha» que esto produce tiene consecuencias prácticas inmediatas: cuando la decisión letal —un ataque con drones, una deportación, una detención preventiva— es sugerida por el algoritmo y ejecutada por un operador humano, la responsabilidad moral se «difumina» entre la máquina y el ser humano de una manera que hace prácticamente imposible la rendición de cuentas. La máquina señala. El humano ejecuta. ¿Quién responde?
Cambridge Analytica y la manipulación electoral como aplicación lógica del modelo
El escándalo de Cambridge Analytica no fue una aberración en la trayectoria de Palantir. Fue una aplicación coherente de su filosofía fundacional.
En 2018, un ex empleado de Cambridge Analytica declaró que Palantir colaboró utilizando datos de más de 50 millones de votantes extraídos de Facebook. El objetivo era enviar propaganda política personalizada para condicionar el voto en las elecciones estadounidenses de 2016. Palantir negó primero. Luego admitió una «relación informal». Los analistas que rastrearon el escándalo señalan que las evidencias posicionan a Palantir no solo como contratista de defensa sino como actor con capacidad y voluntad de intervenir en la soberanía popular mediante el control de datos conductuales.
La coherencia con la ideología de Thiel es perfecta: si la tecnología es una «alternativa a la política», si permite cambiar el mundo de manera unilateral sin convencer a las mayorías, entonces usarla para manipular elecciones no es un escándalo sino una aplicación lógica del modelo. La democracia, en este marco, no es un valor: es un obstáculo técnico a superar.
En 2010, Thiel afirmó en una conferencia que la tecnología permitiría realizar acciones que la democracia no permite por ser «poco populares». Los críticos lo interpretan como una referencia directa a la capacidad de manipular resultados electorales sin necesidad de ganar el debate público. No se trata de convencer a la gente. Se trata de procesar a la gente.
La oligarquía algorítmica: los señores feudales del siglo XXI
Detrás de Palantir y su red hay un conjunto de personas que concentran un poder tecnológico y financiero sin precedentes históricos, y que operan como un «supraestado» que influye directamente en la política exterior y de defensa de las grandes potencias.
Peter Thiel es el padrino ideológico y arquitecto del tecnonacionalismo de Silicon Valley. Cofundador de PayPal y Palantir, primer inversor externo de Facebook, intelectual de la derecha radical que sostiene que la libertad y la democracia son incompatibles. Creció en la Sudáfrica del apartheid, donde su padre trabajó en la mina de uranio de Rössing —uranio que alimentó el programa nuclear clandestino del régimen racista— y asistió a una escuela alemana en una ciudad donde se celebraba el cumpleaños de Hitler. Esa formación no es anecdótica: es la raíz ideológica de su convicción de que las jerarquías son naturales y el control autoritario es compatible con el progreso.
Alex Karp es el CEO y cofundador de Palantir. A diferencia de los «tecnobros» del Valle, es doctor en teoría social formado bajo la tutela de Jürgen Habermas en la Escuela de Frankfurt. Es autor de La República Tecnológica, base del manifiesto de 22 puntos. Su aporte es dar a la empresa una justificación filosófica para lo que de otro modo parecería simplemente un negocio de represión: convierte el software de vigilancia en un imperativo moral civilizatorio.
Elon Musk —Tesla, SpaceX, X (Twitter)— es el miembro más visible de la «Mafia de PayPal», el clan de 14 personas que tras la venta de la plataforma de pagos fundó o financió gran parte del ecosistema tecnológico mundial. Su empresa SpaceX realiza la gran mayoría de los lanzamientos orbitales de Estados Unidos y su red Starlink controla la conectividad satelital en regiones enteras. Como Thiel, creció en la Sudáfrica del apartheid.
Larry Ellison —Oracle— tiene vínculos con la CIA desde 1973 e impulsa la identificación digital obligatoria y el control de datos masivos. Su hijo ha comenzado a adquirir grandes conglomerados mediáticos, incluyendo Paramount (CBS, CNN).
Mark Zuckerberg —Meta— ha experimentado una transformación que analistas describen como «el efecto Palantir»: pasó de proyectar la imagen de una empresa «afable e inofensiva» a adoptar una postura «agresivamente masculina» alineada con el movimiento MAGA y la administración Trump. En el Congreso usa el argumento de la competencia con China —«somos nosotros o son ellos»— para evitar regulaciones antimonopolio. Fue Peter Thiel quien fue su primer inversor externo: el origen de Facebook está inscrito en este mismo círculo.
Sam Altman —OpenAI— construye la «infraestructura física y cognitiva» del nuevo orden a través del proyecto «Stargate», un sistema de centros de datos masivos financiado con miles de millones e integrado en los sistemas de defensa.
David Sacks —«zar de la inteligencia artificial» de la administración Trump— es el actor central en la formulación de políticas que favorecen los negocios de criptomonedas y tecnología de este grupo.
Larry Fink —BlackRock—, uno de los mayores accionistas de Palantir, defiende públicamente el uso de la inteligencia artificial para reemplazar masivamente el trabajo humano: un solo trabajador con IA podrá hacer lo que antes hacían diez.
Marc Andreessen —Andreessen Horowitz— es el inversor de riesgo neorreaccionario que busca «emancipar a los ricos» de las regulaciones estatales y las demandas de los trabajadores.
Bill Gates y Alex Soros representan la otra cara de la misma moneda: el «progresismo globalista» que financia foros como la Movilización Global Progresista y el Foro de Defensa de la Democracia en Barcelona, y que mantiene vínculos con Hillary Clinton y los centros de pensamiento del Partido Demócrata. Aunque se presentan como contraparte «buena» de Thiel, ambos sectores son parte de la misma «funcionalidad distópica»: las corporaciones privadas capturan funciones que antes pertenecían al Estado, ya sea bajo retórica libertaria o bajo retórica multilateral.
JD Vance: la «creación» de Thiel en el Salón Oval
JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos desde enero de 2025, es en términos prácticos una creación de Peter Thiel. Thiel lo descubrió en la universidad, lo integró en una de sus empresas, luego financió su primer emprendimiento y aportó sumas récord a su campaña senatorial en Ohio. También influyó directamente para que Vance fuera incluido en la fórmula presidencial de Donald Trump en 2024.
El resultado es que el principal ideólogo del tecnofascismo tiene hoy un representante directo en el segundo cargo más importante del gobierno de la primera potencia militar del mundo. Vance es el «puente» estratégico entre Washington y la élite de Silicon Valley: su función es traducir los intereses de la red de Thiel —Palantir, la Mafia de PayPal, los fondos de inversión vinculados— en políticas públicas, contratos gubernamentales y decisiones de seguridad nacional.
No es una conspiración. Es una agenda declarada y financiada.
Chile, Argentina, Ecuador: América Latina como cantera de datos
La región no es solo un mercado para Palantir. Es el próximo laboratorio del tecnofascismo y el destino de una nueva forma de colonialismo digital que reproduce con exactitud la lógica extractiva de los siglos anteriores: así como América Latina fue cantera de plata, caucho y cobre para las potencias industriales, hoy se la convierte en cantera de datos para la oligarquía algorítmica de Silicon Valley.
Argentina es el caso más avanzado. Peter Thiel se reunió con el presidente Javier Milei en la Casa Rosada en al menos dos ocasiones —febrero y mayo de 2024— en encuentros que Milei calificó de «maravillosos». Almorzó a solas con Santiago Caputo, el asesor presidencial más influyente. Mantuvo contactos con la ministra de Seguridad Patricia Bullrich para ofrecer las capacidades de Palantir en vigilancia y control del crimen. Almorzó también con el ministro de desregulación Federico Sturzenegger. Compró una mansión de 12 millones de dólares en Buenos Aires y anunció su intención de permanecer al menos dos meses. Asistió al superclásico entre River Plate y Boca Juniors —no por pasión futbolística: para estudiar la psicología de masas en las tribunas como objeto de análisis para perfeccionar sus herramientas de control social.
Las reformas legales impulsadas por el gobierno de Milei —la Ley Antimafia, cambios en reglamentos policiales, modificaciones al sistema de bases de datos— son funcionalmente idénticas a los requisitos operativos de las plataformas de Palantir. El objetivo sería integrar historias clínicas, cámaras de reconocimiento facial, datos de GPS y redes sociales en perfiles exhaustivos de ciudadanos. Filtraciones masivas recientes de bases de datos de ciudadanos argentinos podrían vincularse al proceso de captura de información del Estado por parte de la empresa.
El riesgo central es de soberanía absoluta: si Palantir se convierte en el sistema operativo del Estado argentino, una empresa privada vinculada a la CIA sabrá más sobre los ciudadanos de Argentina que el propio gobierno. Los gobiernos futuros no heredarán solo la deuda: heredarán la dependencia tecnológica irreversible.
Ecuador es el único país de la región con un contrato público vigente y conocido. El gobierno de Daniel Noboa firmó un acuerdo para utilizar la plataforma Palantir Foundry en el servicio nacional de aduanas, bajo la justificación de combatir contrabando y fraude fiscal. La consecuencia es que Palantir conoce actualmente más sobre el comercio exterior de Ecuador que el propio Estado ecuatoriano. La soberanía aduanera de un país ha sido externalizada a una empresa vinculada a la inteligencia norteamericana.
Chile recibió una visita casi invisible pero políticamente densa. Thiel se reunió con el economista José Piñera —creador del sistema de AFP— en el hotel Mandarin Oriental de Santiago para discutir el «milagro chileno» y tendencias mundiales. Su principal nexo ideológico en el país es Axel Kaiser, con quien mantiene relación desde 2020. Mantuvo una conversación de dos horas con el diputado Johannes Kaiser sobre economía, seguridad e inteligencia artificial. Y, según reportes periodísticos que el gobierno no confirmó ni desmintió, se reunió en secreto con el presidente José Antonio Kast y su equipo de asesores el 24 de abril de 2026 en el Palacio de La Moneda, en una reunión sobre la que el gobierno mantuvo silencio total. Thiel tiene además interés declarado en el sector minero chileno.
La lógica regional no es comercial en sentido ordinario. El interés de Palantir en la región se vincula con el renacimiento de la Doctrina Monroe: la tecnología actúa como instrumento para que Estados Unidos acceda a la información sensible de los estados latinoamericanos y controle sus decisiones estratégicas sin necesidad de intervención militar directa. Es, en palabras precisas, colonialismo sin bandera y sin tropas.
El manifiesto de 22 puntos: la hoja de ruta del tecnofascismo
En abril de 2026, mientras Thiel observaba el «experimento libertario» de Milei desde Buenos Aires, Palantir publicó su manifiesto de 22 puntos —basado en el libro La República Tecnológica de Alex Karp— que el economista Yanis Varoufakis sometió a una lectura crítica despojada de eufemismos, concluyendo que es tecnofascismo codificado en lenguaje corporativo.
Los puntos más reveladores del documento:
Deuda moral de Silicon Valley: la industria tecnológica tiene obligación patriótica de participar en la defensa de Estados Unidos, el país que permitió su auge. La retórica y la diplomacia han fracasado. La supervivencia de Occidente requiere «poder duro» construido sobre el software.
Inevitabilidad de las armas de IA: la pregunta no es si se construirán, sino quién las construirá primero. Si no lo hace EE. UU., lo harán China o Rusia, que no perderán tiempo en «debates teatrales» sobre ética. Palantir es el nuevo «Proyecto Manhattan».
Servicio militar obligatorio universal: el modelo de fuerzas voluntarias debe ser abandonado. Todos deben compartir el riesgo de la guerra. El Estado no está al servicio del ciudadano: está al servicio de la eficiencia de las grandes empresas tecnológicas.
Fin de la era atómica: la disuasión nuclear está siendo reemplazada por la disuasión basada en inteligencia artificial. La «reacción exagerada» de haber debilitado militarmente a Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial debe revertirse.
Jerarquía cultural y rechazo al pluralismo: ciertas culturas han producido «avances vitales» mientras otras son «disfuncionales», «mediocres» y «regresivas». Hay que resistir la «tentación superficial» del pluralismo y la inclusión. Varoufakis traduce sin eufemismos: es una apología de las jerarquías raciales donde las minorías —musulmanes, negros, asiáticos— y las mujeres son considerados seres inferiores destinados a ser sometidos o reemplazados por robots.
Soberanía de datos: la resistencia posible
Frente a este diagnóstico emerge un imperativo político que no admite dilaciones: la soberanía de datos como condición de la soberanía nacional.
La soberanía de datos significa que el control de la información ciudadana —registros de salud, datos fiscales, geolocalización, registros policiales, comportamiento digital— permanece bajo supervisión democrática y no bajo intereses corporativos o militares extranjeros. Significa que los algoritmos que toman decisiones sobre la vida de las personas —quién es deportado, quién recibe un crédito, quién es clasificado como amenaza— pueden ser auditados, cuestionados y modificados por instituciones democráticas. Significa que los estados desarrollan capacidades tecnológicas propias, públicas y transparentes, en lugar de subcontratar sus funciones soberanas a empresas que responden a sus accionistas y a los servicios de inteligencia de potencias extranjeras.
El modelo opuesto —la captura del Estado por una infraestructura algorítmica privada y opaca— no tiene vuelta atrás sencilla. Cuando Palantir se convierte en el sistema operativo de un estado, ese estado se vuelve dependiente de una empresa que sabe más sobre su ciudadanía que sus propias instituciones. Un gobierno futuro de distinto signo político heredará no solo la deuda pública: heredará la dependencia tecnológica, diseñada por quien cree que la libertad y la democracia son incompatibles.
Una dependencia tecnológica diseñada por quien cree que la libertad y la democracia son incompatibles no es una herramienta neutral. Es una jaula construida con código. Y las jaulas no se comparten con el preso: se administran desde afuera.
Nota basada en análisis del Manifiesto de Palantir de 22 puntos; el libro «La República Tecnológica» de Alex Karp; reportes sobre el Proyecto Maven y contratos del Departamento de Defensa de EE. UU.; cobertura sobre las visitas de Peter Thiel a Argentina y Chile; interpretación crítica del economista Yanis Varoufakis; documentación sobre Cambridge Analytica; y análisis del impacto del software de Palantir en Gaza, Ucrania y América Latina.






