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Maurice Bishop y la Revolución de Granada: el socialismo negro que Washington demonizó, bloqueó y finalmente aplastó con su invasión

En 1979, un abogado caribeño impregnado del pensamiento de Frantz Fanon y Walter Rodney lideró la toma del poder en una isla de 100.000 habitantes con 46 jóvenes mal armados. En cuatro años y medio, el proceso revolucionario liderado por Maurice Bishop redujo el desempleo del 51% al 14%, construyó salud y educación públicas y gratuitas, avanzó hacia la soberanía alimentaria y comenzó un aeropuerto internacional que la Casa Blanca calificó de «base militar soviética». La participación popular se generalizó y el proceso contó con una estrecha colaboración con el gobierno de Cuba. La reacción imperial no tardó en desplegarse: El gobierno de Ronald Reagan lo bloqueó financieramente, lo demonizó mediáticamente y ensayó su invasión con ejercicios militares en Puerto Rico, además de conseguir su aislamiento frente a otros países del Caribe. Washington logró lo que quería: la tensión, división y quiebre entre las fuerzas revolucionarias granadinas, siendo finalmente una facción más «ortodoxa» de su propio partido, que lo fusiló el 19 de octubre de 1983 por sus posturas y el haber intentado dialogar con el régimen imperial de Estados Unidos. Seis días después, el ejército estadounidense bajo órdenes del gobierno de Reagan invadía Granada aplastando al proceso revolucionario granadino.


El Caribe que Bishop heredó: colonialismo, dictadura y la Mongoose Gang

Para entender la revolución granadina es necesario entender lo que la precedió. Granada es una isla de unos 344 kilómetros cuadrados en el extremo sur del arco antillano, independiente del Reino Unido desde 1974 —manteniendo, como era costumbre en la Commonwealth, a la corona británica como jefa de Estado—, con una economía basada en la exportación de especias —principalmente nuez moscada— y una historia de esclavitud y colonialismo que había dejado a su población afrodescendiente en condiciones de pobreza estructural. En 1979, el desempleo era del 51%. El 43% de la población era analfabeta. Solo el 30% de los hogares tenía agua potable por tubería.

El gobierno que el New JEWEL Movement derrocó ese año era el de Eric Gairy, una figura que combinaba la corrupción descarada con la represión parapolicial y, en sus intervenciones internacionales, la defensa ante la ONU de la creación de una agencia para investigar fenómenos extraterrestres. Gairy utilizaba como brazo armado a la Mongoose Gang —la Pandilla de la Mangosta—, una fuerza parapolicial y de policía secreta que perseguía sistemáticamente a los opositores, amañaba elecciones mediante la intimidación de votantes y ejecutaba asesinatos políticos con total impunidad. El más recordado de esos asesinatos es también el más personal para la historia de Maurice Bishop: el de su propio padre.

El 21 de enero de 1974, Rupert Bishop fue asesinado mientras se encontraba en la puerta de un sindicato. La Mongoose Gang lo mató. Maurice, que ya lideraba la oposición organizada contra Gairy, perdió ese día algo más que a su padre: perdió cualquier posibilidad de ilusión sobre las vías institucionales bajo ese régimen. Los eventos de esa jornada pasaron a la historia granadina como el «Lunes de Sangre», y Bishop los convirtió en el eje de su relato sobre el carácter del gayrismo: un gobierno que, dijo, «nació con sangre, fue bautizado en fuego y cristianizado con balas». La violencia del régimen, simbolizada en ese asesinato, fue el catalizador que impulsó al movimiento New JEWEL a asumir que la única respuesta posible era la vía armada.

Maurice Bishop.

De Londres al Caribe: la formación de un marxista negro

Maurice Rupert Bishop nació el 29 de mayo de 1944 en Aruba, pero creció en Granada. Pertenecía a esa generación de jóvenes caribeños de clase media-alta —hijos del colonialismo que habían tenido acceso relativo a la educación— que realizaron sus estudios universitarios en la metrópoli y regresaron transformados. Bishop estudió Derecho en Londres. Volvió a Granada en 1970, en un momento de gran efervescencia política en el Caribe y el mundo atlántico negro.

La influencia del movimiento Black Power fue determinante en su formación y en la identidad política que construyó el NJM. Bishop regresó de Londres, como describe la documentación disponible, «empapado» de las lógicas de lucha del Black Power: el panafricanismo, la teoría de la descolonización de Frantz Fanon, la poética política de Aimé Césaire, el análisis histórico de Walter Rodney —el intelectual guyanés que demostró cómo Europa subdesarrolló África—. El movimiento que Bishop construyó ha sido descrito como un homólogo caribeño de los Black Panthers de Estados Unidos: socialista, antirracista, defensor de la dignidad y la hermandad de los pueblos afrodescendientes. No era marxismo importado acríticamente: era marxismo negro, adaptado a las condiciones de una isla donde el 99% de la población descendía de esclavizados.

En 1972 fundó el Movement for Assemblies of the People, y en 1973 fusionó esa organización con el grupo JEWEL —Joint Endeavour for Welfare, Education and Liberation— para crear el New JEWEL Movement. El propio nombre era un programa político. En las elecciones de 1976, Bishop obtuvo un escaño por Saint George y se convirtió en líder de la oposición en la Cámara de Representantes, aunque esas elecciones habían sido sistemáticamente saboteadas por la Mongoose Gang, que asaltaba e intimidaba a los votantes para garantizar la permanencia de Gairy.

La decisión de actuar llegó con una información de inteligencia: Gairy planeaba arrestar y asesinar a los líderes del NJM antes de su regreso de un viaje al exterior. No esperaron.


El 13 de marzo de 1979: 46 jóvenes y una revolución popular

El 13 de marzo de 1979, Bishop y un grupo de 46 jóvenes, descritos en las fuentes como «mal armados», tomaron el cuartel militar y la emisora de radio de Granada. El golpe fue casi incruento. Miles de granadinos salieron a las calles a celebrar. La dictadura de Gairy —con toda su Mongoose Gang y su aparato represivo— se derrumbó sin resistencia significativa porque carecía de lo que ningún ejército puede reemplazar con violencia: la adhesión del pueblo.

El nuevo Gobierno Revolucionario Popular (PRG) suspendió la constitución, disolvió el parlamento, prohibió los partidos de oposición y gobernó por decreto. Bishop reconocía la contradicción: su proyecto era de democracia directa, pero la consolidación de la revolución exigía, en su diagnóstico, una fase de construcción institucional antes de abrir el juego electoral. Tenía en marcha una hoja de ruta: una Comisión Constitucional redactaría una nueva constitución con participación popular, que debía ser aprobada mediante referéndum popular antes de convocar a elecciones generales. La invasión de 1983 impidió que ese proceso llegara a término.

Maurice Bishop en Alemania, 1982.

La transformación social: números que Washington no quería que el Caribe viera

Lo que el gobierno de Bishop construyó en cuatro años y medio no tiene parangón en la historia reciente del Caribe insular. Las cifras son contundentes y fueron reconocidas, incluso con incomodidad, por instituciones que no eran precisamente amigas de la revolución.

Economía y empleo. Al tomar el poder, el PRG encontró una economía en ruinas: 51% de desempleo y un déficit de 41 millones de dólares. Para 1982, el desempleo había caído al 14,2% —una reducción de más de 36 puntos porcentuales en tres años—. El PIB real creció cerca de un 10% entre 1979 y 1982, uno de los ritmos más altos del Caribe Oriental, con una inflación significativamente baja. El propio Fondo Monetario Internacional reconoció en ese período un crecimiento económico superior al 2% anual. La inversión estatal alcanzó los 134 millones de dólares en 1982, una cifra 27 veces mayor a la del último año del régimen de Gairy. Ese dinamismo fue impulsado por la construcción de viviendas, carreteras, reparación de puertos y, sobre todo, el aeropuerto internacional.

Educación. El analfabetismo que en 1979 afectaba al 43% de la población fue combatido con una cruzada nacional coordinada desde el Centro de Educación Popular (CEP), con el apoyo de especialistas cubanos que trabajaron directamente en comunidades rurales. La educación pasó a ser completamente gratuita en todos los niveles, incluida la universidad. Se lanzó un programa masivo de becas para que estudiantes de bachillerato completaran su formación superior en Cuba: la gran mayoría de los profesionales granadinos de las décadas de 1980 y 1990 se graduaron allí.

Salud. Antes de 1979, la atención médica no era gratuita. Bishop convirtió esa realidad en pasado inmediato: el Estado asumió el costo de la atención médica y dental para toda la población. Cuba envió médicos, dentistas y personal técnico que llegaron hasta los sindicatos y realizaban visitas casa por casa, alcanzando lugares donde antes no existía ningún servicio sanitario. El acceso al agua potable —que en 1979 llegaba solo al 30% de los hogares— y la electrificación del país fueron metas declaradas de un plan de infraestructura que el PRG comenzó a ejecutar con obras concretas.

Derechos de la mujer. Se legalizó la igualdad salarial, la licencia de maternidad remunerada, y se tipificó la discriminación por sexo como delito. Se creó la Organización Nacional de Mujeres para garantizar la participación femenina en la toma de decisiones. No fue retórica: fue legislación.

Soberanía alimentaria y reforma agraria. La Corporación Agrícola de Granada fue creada bajo la consigna «solamente comemos lo que producimos». La reforma agraria garantizó acceso universal a la tierra para la siembra. Con asesoría técnica cubana, Granada comenzó a procesar sus propias especias y nuez moscada —agregando valor antes de exportar— en lugar de limitarse a la exportación de materias primas. El desempleo rural cayó un 50%.

Democracia directa y rendición de cuentas. El sistema político del PRG no era la democracia representativa formal que Washington exigía —y que Gairy había amañado sistemáticamente—, pero tampoco era la burocracia cerrada que sus críticos internos pretendían imponer. Bishop construyó consejos zonales y distritales de trabajadores para la autogestión económica local, organizaciones nacionales de mujeres, jóvenes y agricultores, y estableció que los 11 ministros del gabinete debían enfrentarse semanalmente, en el programa de televisión Perspective 1983, a paneles de periodistas para rendir cuentas públicas de su gestión. Sus discursos radiales —»arengas hermosísimas», los llama la documentación disponible— movilizaban a la población con una combinación de análisis político y convocatoria popular que pocos líderes del Caribe han igualado.


El aeropuerto: la obra que Washington convirtió en pretexto

El proyecto más emblemático del PRG fue la construcción del Aeropuerto Internacional de Point Salines —hoy Aeropuerto Internacional Maurice Bishop—, concebido para reemplazar una pista de apenas 5.200 pies incapaz de recibir aviones comerciales modernos. Bishop lo describió como «el proyecto más importante para el futuro de Granada y el más importante emprendido por cualquier gobierno en la historia de la nación». El objetivo era doble: impulsar el turismo mediante la llegada directa de vuelos internacionales y abrir nuevas rutas para el comercio.

El contacto formal que selló la alianza para su construcción ocurrió en septiembre de 1979, durante la Conferencia de Países No Alineados, cuando Bishop le planteó a Fidel Castro que el aeropuerto era la prioridad número uno de su gobierno. Castro aclaró desde el principio que Cuba no podía aportar dinero en efectivo, combustible ni equipos de navegación, pero respondió enviando lo que sí podía: cientos de trabajadores de la construcción, ingenieros y arquitectos, tractores y maquinaria pesada, cemento y acero. Cuba cubrió aproximadamente el 40% de los recursos necesarios para la obra. Venezuela, México, Argelia, Libia, Siria y la propia Comunidad Económica Europea completaron el financiamiento. Empresas privadas del Reino Unido y de los propios Estados Unidos también participaron en el proyecto.

La administración Reagan sostuvo que la pista de 9.000 pies era «demasiado larga para fines comerciales» —ignorando deliberadamente que aeropuertos en islas vecinas como Barbados y Trinidad tenían pistas más largas— y que el aeropuerto era, en realidad, una base militar soviético-cubana capaz de albergar aviones de combate. Reagan llegó a afirmar que se estaba instalando «equipo militar sofisticado» en la isla. Bishop calificó la acusación de «ridícula», dado el tamaño y la soberanía del país, e invitó a comités del Congreso estadounidense a verificar la naturaleza civil del proyecto por sí mismos.

Tras la invasión de 1983, Estados Unidos terminó la construcción del aeropuerto que sus tropas habían ocupado. Años después, fue nombrado oficialmente en honor al hombre que lo había comenzado y al que Washington contribuyó a matar.


Castro, Cuba y la solidaridad internacionalista

La relación entre Maurice Bishop y Fidel Castro fue estrecha, estratégica y de profunda alianza política y personal. Bishop enmarcaba ese vínculo dentro de su postura de país no alineado, que buscaba diversificar las relaciones internacionales de Granada más allá del mundo occidental después de que Estados Unidos y las instituciones financieras bajo su influencia —FMI, Banco Mundial— le cerraran las puertas a los créditos que Granada necesitaba para sus proyectos de infraestructura.

Cuba no aportó solo al aeropuerto. En salud, envió médicos, dentistas y personal técnico que convirtieron la atención gratuita en una realidad inmediata. En educación, mandó especialistas en alfabetización, maestros y abrió sus universidades mediante becas masivas. En agricultura, proporcionó asesoría técnica para la modernización productiva y el desarrollo de la agroindustria. En defensa, dado que Granada no tenía tradición militar, asesores cubanos contribuyeron al entrenamiento de las tropas y milicias del gobierno revolucionario. Bishop jamás pretendió que esa colaboración no existía: la defendía abiertamente como cooperación entre pueblos soberanos. Para Washington, era la prueba de que Granada era una «colonia cubano-soviética». Para Bishop, era exactamente lo mismo que la cooperación técnica de la CEE con el aeropuerto: ayuda entre socios.

Reagan calificó a Granada de «colonia cubano-soviética» y de «segunda Cuba en el Caribe» como parte de una campaña sistemática de demonización diseñada para preparar el terreno para la intervención. El término «colonia» era deliberado: sugería que el país ya no era gobernado por granadinos sino controlado por intereses extranjeros hostiles a Estados Unidos. La misma lógica que Washington ha aplicado, con variaciones estilísticas, a cada proceso de transformación soberana en América Latina y el Caribe desde 1959.

Maurice Bishop en Estados Unidos.

La desestabilización sistemática: del bloqueo financiero al ensayo de invasión

La hostilidad de Washington hacia la revolución granadina no comenzó con Ronald Reagan ni en 1983. El gobierno de Jimmy Carter ya había iniciado medidas de presión. Reagan las sistematizó en una estrategia de asfixia integral que combinaba el bloqueo económico, la guerra mediática y la planificación militar directa.

En el plano económico, Estados Unidos bloqueó activamente el acceso de Granada a créditos en el FMI y el Banco Mundial, cortando las fuentes de financiamiento que el gobierno de Bishop necesitaba para sus proyectos de desarrollo. El resultado fue que Granada tuvo que buscar cooperantes alternativos —Cuba, Venezuela, los países árabes, la propia Europa occidental— que Washington luego utilizó como «prueba» de su alineamiento con el bloque soviético.

En el plano mediático, la Casa Blanca lanzó una campaña sostenida para desacreditar al gobierno de Bishop y boicoteó el turismo de la isla, golpeando directamente una de sus principales fuentes de divisas.

En el plano militar, en 1981, fuerzas estadounidenses realizaron maniobras en la isla de Viques, Puerto Rico, con un escenario ficticio que describía el rescate de rehenes y la instalación de un gobierno favorable en una isla llamada «Ámbar». El ejercicio fue interpretado —correctamente— como un ensayo para la invasión de Granada.

Bishop intentó romper el cerco. En junio de 1983, viajó a Washington para establecer un diálogo directo con la administración Reagan: quería acreditar embajadores en ambas capitales, aclarar las «percepciones erróneas» sobre el aeropuerto e identificar posibilidades de acceso al programa de ayuda económica para el Caribe que Reagan había lanzado ese año. Viajó por invitación de Trans Africa y fue recibido por el Congressional Black Caucus —el bloque de congresistas afroamericanos que presionó a Reagan para que le otorgara la visa de entrada—. Destacó en esa visita que había más granadinos viviendo en Estados Unidos que en la propia isla, y que cientos de estudiantes de medicina estadounidenses cursaban sus carreras en Granada. Expresó que su meta era sustituir la confrontación pública por el «hablar, hablar y hablar».

La facción más ortodoxa de su propio partido, encabezada por Bernard Coard, interpretó ese viaje como capitulación ante el imperialismo. Fue uno de los detonantes directos de su derrocamiento.


La implosión: el partido que devoró su propia revolución

La fractura que destruyó la revolución granadina desde adentro tiene los rasgos clásicos de las crisis que el dogmatismo sectario ha producido en procesos revolucionarios de todo el siglo XX: una fracción que se autoerige como guardiana de la pureza doctrinal, acusa a los líderes populares de insuficiente radicalidad, y confunde la rigidez ideológica con la fortaleza revolucionaria. Todo esto propiciado además por la presión puesta por la injerencia y agresión estadounidense y sus planes de división, quiebre y confrontación entre los grupos integrantes del proceso revolucionario granadino.

Bernard Coard —viceprimer ministro, figura que controlaba la estructura interna del NJM mientras Bishop era la cara popular del proceso— representaba esa fracción. Sus seguidores eran descritos, incluso en los propios documentos del partido, como «ortodoxos» o «estalinistas»: defensores de una línea marxista-leninista rígida, convencidos de que Bishop era «demasiado moderado», seguía en exceso el «ritmo del pueblo» en lugar de imponer la doctrina desde arriba, y estaba desarrollando rasgos «dictatoriales» al concentrar en su figura el liderazgo del proceso. La lógica de esa acusación era circular hasta el delirio: Bishop era demasiado popular para ser suficientemente revolucionario.

En septiembre de 1983, la facción de Coard presentó formalmente la propuesta de mando compartido o dirección colectiva: Bishop seguiría siendo la figura pública ante las masas, pero la dirección política estratégica quedaría en manos de una estructura colectiva controlada por los cuadros más duros del NJM. Bishop recibió la propuesta antes de una gira por Checoslovaquia y Hungría. Respondió que lo pensaría. Incluso insinuó que podría aceptarla a su regreso. Pero a su regreso manifestó dudas sobre la viabilidad de dividir el mando de esa manera. Esas dudas le costaron la vida.

La propia estructura interna del partido reconoció, demasiado tarde, lo que el pueblo sabía desde el principio: «la Revolución era Bishop». No había mando compartido posible cuando la población no veía ni quería otra cosa que al líder que la había liberado de Gairy, que había reducido el desempleo a la mitad, que construía el aeropuerto y hablaba por radio con «arengas hermosísimas». La facción de Coard no entendió —o no quiso entender— que al atacar a Bishop no estaba atacando a un individuo sino a la encarnación popular de un proceso colectivo.

El 12 de octubre de 1983, por orden del Comité Central del NJM, Bishop fue sometido a arresto domiciliario. Acusado de traición por su propio partido.

El 19 de octubre —el «Miércoles Sangriento»—, una multitud que las fuentes llaman «la poblada» marchó a la residencia donde Bishop estaba detenido, lo liberó y lo acompañó en una marcha hacia el mercado y luego hacia el Fuerte Rupert. Fue la respuesta espontánea de un pueblo que comprendía perfectamente lo que estaba en juego. Pero la facción de Coard tenía el control del ejército. Los soldados del ejército revolucionario abrieron fuego contra la multitud. En medio del caos, Maurice Bishop, junto a siete de sus colaboradores más cercanos —entre ellos la ministra de Educación Jacqueline Creft y el canciller Unison Whiteman— fueron capturados y ejecutados sumariamente por pelotón de fusilamiento. Un primo de Bishop, que era el encargado granadino del proyecto del aeropuerto, estaba entre los detenidos. El general Hudson Austin tomó el control e impuso un toque de queda de 24 horas con orden de «disparar a quien se vea».

Los cuerpos de Bishop y sus colaboradores fueron desaparecidos. Hasta hoy no se conoce su paradero oficial. El partido que decía ser el más revolucionario había fusilado a la revolución.


La invasión: el imperialismo que esperaba su momento

Reagan no necesitó fabricar el pretexto: el propio golpe interno de Coard se lo entregó en bandeja. Lo que sí hizo Washington fue asegurarse de que el caos produjera exactamente el resultado que sus planificadores militares llevaban años preparando.

El 22 de octubre de 1983 —tres días después del fusilamiento de Bishop—, los gobiernos del Caribe se reunieron en Barbados para pedir formalmente a Estados Unidos que invadiera Granada y destituyera a la junta militar que había tomado el poder. La petición la impulsaron principalmente Barbados y Jamaica. El miedo a que el ejemplo granadino —un movimiento que proclamaba la hermandad entre los pueblos negros del Caribe y el socialismo como alternativa real— se expandiera por la región había sido constante en los gobiernos vecinos desde 1979. La implosión del gobierno de Bishop fue la oportunidad que estaban esperando.

Para completar la cobertura jurídica, estaba disponible el gobernador general Paul Scoon —representante de la Reina Isabel II, mantenido en su cargo por el propio Bishop como estrategia de legitimidad internacional ante la Commonwealth—, quien apeló formalmente por intervención externa. La «monarquía comunista» —la singular decisión de Bishop de mantener la corona británica como jefa de Estado de un gobierno marxista para no provocar un aislamiento diplomático aún mayor— se convirtió en el instrumento para dar apariencia legal a la invasión. Desde la perspectiva de Londres, la lógica había sido clara desde el principio: se mantenía al gobernador general con la previsión de que el gobierno revolucionario eventualmente caería, y la Corona sería entonces «la única fuente de poder legítimo» para restablecer el orden constitucional.

Margaret Thatcher —cuyo gobierno era abiertamente hostil a la revolución granadina y había impuesto «sanciones» o en rigor Medidas Coercitivas Unilaterales a la isla— criticó la decisión de Reagan. La Asamblea General de las Naciones Unidas condenó la invasión con 108 votos a favor y solo 9 en contra, calificándola de «violación flagrante del derecho internacional». No importó.

El 25 de octubre de 1983, Rangers, Marines, paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada, Navy SEALs y Delta Force —más de 7.600 soldados— desembarcaron en una isla de 100.000 habitantes. Los Rangers realizaron un asalto aerotransportado sobre el aeropuerto de Point Salines bajo fuego. Los Marines desembarcaron por mar y aire en el norte. Enfrentaron a unos 1.500 soldados granadinos y a alrededor de 700 cubanos —la mayoría trabajadores de la construcción con entrenamiento militar básico, exactamente lo que Bishop siempre había dicho que eran—. La resistencia fue más dura de lo que Washington esperaba, pero fue aplastada en días.

El saldo: 19 estadounidenses muertos, 24 cubanos y 45 granadinos —entre soldados y civiles—. Más de 100 estadounidenses y cientos de granadinos y cubanos resultaron heridos.

Las inspecciones posteriores al aeropuerto —la «base militar soviética» que Reagan había usado como pieza central de su justificación— revelaron armamento ligero y anticuado, incluyendo rifles del siglo XIX. No había base militar. No había equipo sofisticado soviético. Había una pista de aterrizaje civil a medio terminar y trabajadores cubanos que no eran soldados.

Reagan declaró que sus tropas habían llegado «a tiempo para evitar que naciera otra Cuba en el Caribe». En diciembre de 1984, bajo ocupación militar, se celebraron elecciones que ganaron los partidos alineados con Washington. El experimento había sido liquidado. El gobernador general Paul Scoon —el mismo que había pedido la invasión— fue reinstalado y nombró un gobierno interino.


El aeropuerto que Estados Unidos terminó y nombró en honor al hombre que ayudó a matar

Hay una ironía que la historia no debería permitir olvidar: el Aeropuerto Internacional de Point Salines, que Reagan utilizó como prueba de la amenaza comunista sobre el Caribe, fue terminado de construir por las propias fuerzas de Estados Unidos después de la invasión. Años más tarde, fue renombrado oficialmente como Aeropuerto Internacional Maurice Bishop.

El hombre que Washington demonizó, bloqueó económicamente, cuya isla invadió con 7.600 soldados y a quien contribuyó a matar a través de la desestabilización sistemática de su gobierno —ese hombre da nombre hoy a la principal puerta de entrada de Granada al mundo. La misma pista que Reagan dijo que era una base de guerra soviética es hoy la vía por la que llegan los turistas a una isla que vive en gran medida del turismo que Bishop quiso desarrollar.


«No estamos en el patio trasero de nadie»

Maurice Bishop tenía 39 años cuando fue fusilado por los suyos y enterrado —desaparecidos sus restos— por la invasión que lo siguió. Había convertido una isla empobrecida y analfabeta, gobernada por un dictador con pandilla parapolicial, en uno de los experimentos de transformación social más acelerados del Caribe de posguerra: del 51% al 14% de desempleo en tres años; salud y educación públicas y gratuitas; soberanía alimentaria en construcción; un aeropuerto internacional levantado con solidaridad internacionalista y con la cooperación de la propia Europa occidental; igualdad de género legislada; un sistema de democracia directa que hacía rendir cuentas a los ministros ante periodistas en televisión semanal.

Lo construyó con el carisma de quien hablaba al pueblo en su idioma, con discursos radicales que la gente recuerda como memorables arengas, con la convicción de que la revolución debía seguir el ritmo del pueblo y no imponérsele desde arriba. Ese principio —que para Bishop era democrático y estratégico— fue exactamente lo que la facción más ortodoxa de su partido le cobró como un defecto: ser demasiado del pueblo y popular, demasiado heterdoxo para ciertas interpretaciones doctrinales.

Así, en el contexto de una creciente presión e injerencia imperialista que forzó a un tensionamiento del escenario interno en el país, en el propio gobierno granadino y en su partido, a Bishop lo mató la fracción de su propia organización que se creía más revolucionaria que él. Lo enterró definitivamente el imperialismo que no podía tolerar, en una isla diminuta a pocos minutos de vuelo de sus costas, la existencia de un gobierno negro y soberano que decía en voz alta, con toda la claridad del mundo: «No estamos en el patio trasero de nadie».

Sus restos siguen sin aparecer. El aeropuerto lleva su nombre. Granada sigue siendo monarquía parlamentaria bajo la corona británica. Y la «segunda Cuba» que Reagan fue a aplastar no era una amenaza militar: era un modelo de lo que una pequeña isla caribeña podía hacer con sus propios recursos, la solidaridad internacionalista y un gobierno que gobernaba para su pueblo.

Eso fue suficiente para que Washington no pudiera tolerarlo.

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