El Tíbet que la propaganda anti China no muestra: la opresiva y esclavista teocracia lamaísta y su término con la liberación de los siervos y reforma agraria socialista en 1959

Detrás de la imagen de monjes serenos y un líder espiritual supuestamente pacifista se esconde una de las operaciones de reescritura histórica más exitosas del último siglo: la de un régimen feudal que amputaba pies, arrancaba ojos y esclavizaba a nueve de cada diez habitantes, sostenido por una casta que coqueteó con el Tercer Reich y que, tras 1959, sobrevivió gracias al dinero de la CIA. La Revolución China no destruyó un estado de cosas idílico y «espiritual» como la ha pintado la propaganda occidental: terminó un régimen feudal milenario y fuertemente jerarquizado en castas, y le entregó tierra, salud y alfabetización a un pueblo que hasta entonces vivía en la más completa opresión en una sociedad extremadamente excluyente y pobre. Aquí detallamos nuevas aristas y profundizamos otras ya presentadas en notas anteriores, acerca de la teocracia lamaísta.
La narrativa que Occidente ha desplegado sobre el Tíbet —la de un lugar mítico «Shangri-La» despojado de su inocencia por la invasión comunista— pertenece más al departamento de guionistas de Hollywood que a la historia real y documentada. Antes de 1959, la meseta tibetana no era gobernada por sabios desapegados de lo material, sino por una teocracia feudal y semiesclavista en la que el 5% de la población, compuesto por la nobleza laica y la alta jerarquía monástica, poseía el 95% de la tierra cultivable y de la riqueza del país, mientras la inmensa mayoría malvivía como siervos hereditarios, monjes-peones o esclavos domésticos. Esa es la sociedad que la propaganda del Dalai Lama en el exilio y sus patrocinadores estadounidenses convirtieron en el mito de la «tierra pura».


Una pirámide de castas blindada por ley: el 95% de la humanidad convertido en objeto
El armazón jurídico de ese orden social tenía como elementos centrales los Códigos 13 y 16, un cuerpo legal vigente durante siglos que dividía a la población tibetana en tres clases y nueve niveles hereditarios. En la cúspide, apenas entre el 2% y el 5% de los habitantes —monarcas, unas 200 familias de la aristocracia laica y los lamas de rango superior— concentraba la propiedad de la tierra y del ganado. En la base, el 95% restante se repartía entre siervos vinculados de por vida a la tierra de su señor (el 80%), monjes pobres reclutados de familias siervas que trabajaban como peones dentro de los monasterios (el 10%) y esclavos domésticos cuyos hijos nacían, por definición legal, en la misma condición (el 5%).
La ley no reconocía a los siervos como sujetos de derecho, sino como «animales parlantes»: objetos vinculados a la tierra a la que pertenecían, susceptibles de ser vendidos, permutados o transferidos junto con el latifundio cuando este cambiaba de manos. El llamado «precio de la sangre» codificado en esos textos legales resume mejor que cualquier denuncia externa la naturaleza de ese sistema: si un miembro de la elite era asesinado, la indemnización exigida era el peso del cadáver en oro puro; si un noble mataba a un siervo, la ley estipulaba que su vida valía exactamente lo mismo que una cuerda de paja. Apenas 626 personas llegaron a concentrar el 93% de la riqueza nacional y el 70% de los yaks, el ganado central de la economía tibetana, mientras el monasterio de Drepung —por sí solo— controlaba más de 180 propiedades agrarias y pastizales, una escala de latifundismo comparable a la de los mayores terratenientes del planeta.


El poder de los «tres grandes señores» y la usura convertida en trampa generacional
La autoridad efectiva descansaba en lo que las propias fuentes describen como los «tres grandes señores»: los grandes monasterios lamaístas, que además de centros religiosos operaban como los mayores latifundistas y prestamistas del país y controlaban el 70% de las tierras; la aristocracia laica, unas 200 familias que heredaban privilegios por linaje; y los altos cargos del gobierno de Lasa. En la cima de ese entramado se sentaba el propio Dalai Lama, jefe de la escuela Gelug, que reunía en una sola figura la autoridad política y la espiritual.
El mecanismo que perpetuaba la servidumbre no era solo la fuerza, sino la usura institucionalizada: los monasterios prestaban grano y dinero a los campesinos con intereses de entre el 20% y el 50% anual, en un contexto donde los siervos entregaban hasta el 70% de su cosecha a los señores feudales. Esas deudas, matemáticamente impagables, se heredaban de padres a hijos y nietos, de modo que un recién nacido llegaba al mundo ya endeudado por compromisos contraídos generaciones atrás por sus antepasados. A esa arquitectura financiera se sumaba un sistema tributario que gravaba prácticamente cualquier hecho vital —nacer, casarse, morir, tener un perro, plantar un árbol, incluso bailar— y que incluía el tristemente célebre «impuesto por las orejas», cuyo impago se saldaba con la mutilación del órgano.

El karma como anestesia social: la teología de la conversión de la opresión en pecado propio
El sostén ideológico de ese orden era tan determinante como su andamiaje legal. La jerarquía lamaísta convirtió el concepto religioso del karma en una herramienta de disciplinamiento social: se enseñaba a los siervos que su pobreza y su sufrimiento eran la consecuencia directa de pecados cometidos en vidas anteriores, mientras la riqueza y el poder de nobles y lamas se presentaban como prueba de un «karma positivo» acumulado por méritos espirituales. El resultado era una resignación forzada que desactivaba cualquier impulso de rebelión: si un siervo era explotado o maltratado, el sistema le indicaba que no culpara a su señor, sino a su propio karma.
Esa misma lógica se aplicaba a la salud. Cuando un siervo enfermaba, los monjes solían oponerse al uso de medicina moderna —incluidos los antibióticos— sosteniendo que la enfermedad era resultado del pecado, y ofrecían como única solución rezar y pagar dinero a los monasterios para «purificar» el karma del enfermo. El desapego budista, en manos de la casta gobernante, se transformó en el opio perfecto para una masa campesina mantenida deliberadamente en el analfabetismo: el 95% de la población no sabía leer, porque el conocimiento era monopolio exclusivo de los monasterios y su difusión hacia las clases bajas era vista por la elite como una amenaza mortal para su dominio.
Mujeres «nacidas inferiores»: el lamaísmo y su misoginia doctrinal
La opresión de género formaba parte constitutiva de ese orden teológico-político. El término tibetano para designar a la mujer, kimen, significa literalmente «nacida inferior», y el dogma lamaísta enseñaba que nacer mujer era en sí mismo un castigo derivado del mal karma acumulado en vidas pasadas. Las mujeres carecían de derechos de propiedad y llegaban a estar legalmente impedidas de mirar a los hombres a la cara; en casos de sospecha de adulterio o desobediencia, la ley autorizaba directamente su mutilación.
Ojos arrancados, tendones cortados, pieles de yak sobre los muñones: el terror físico como política de Estado
Ningún relato edulcorado sobrevive al catálogo de castigos que los propios Códigos 13 y 16 codificaban como legales. Las mutilaciones oculares se practicaban con un gorro especial perforado que, al presionarse sobre la cabeza, hacía saltar los globos oculares para facilitar su extracción. Se amputaban de forma habitual narices, orejas, manos y pies, y existían herramientas diseñadas específicamente para cortar tendones, talones y rótulas con el fin de impedir que un siervo fugado pudiera volver a caminar. Puesto que el dogma budista prohibía formalmente quitar la vida, la casta lamaísta recurrió a métodos de muerte indirecta que le permitían sostener esa ficción doctrinal mientras ejecutaba en los hechos: despeñamientos desde precipicios, abandono en celdas de aislamiento hasta morir de inanición, exposición nocturna al frío extremo del Himalaya hasta la hipotermia. En los casos más extremos, tras amputar las manos de un condenado, se envolvían el cuerpo y los muñones en piel de yak fresca y mojada, que al secarse se contraía comprimiendo las heridas hasta producir una agonía prolongada antes de que la víctima fuera finalmente arrojada al vacío.
La deshumanización llegaba hasta el uso ritual de los propios cuerpos: se fabricaban tambores con piel humana y cuencos con cráneos de siervos, en una práctica que reforzaba de manera literal la doctrina de que el cuerpo del siervo era propiedad absoluta de su señor, incluso después de la muerte. Monasterios y palacios mantenían prisiones privadas equipadas con esposas de todos los tamaños —incluidas para niños—, hierros de marcar y látigos, con plena potestad de cada gran señor para administrar justicia física sin intervención de autoridad alguna.
El «impuesto humano» y los «Dob»: la infancia entregada como tributo al monasterio
La explotación alcanzaba también a la infancia a través del llamado «impuesto humano», por el cual las familias siervas estaban obligadas a entregar a sus hijos —a menudo de apenas nueve años— a los monasterios, donde pasaban a ser propiedad del templo. El erudito tibetano Tashi Tsering, en sus memorias, relató haber sido víctima de violaciones sistémicas por parte de monjes de alto rango tras haber sido entregado siendo niño a un templo, denunciando que ese abuso estaba normalizado dentro de la jerarquía monástica bajo la fachada del celibato. Los niños siervos de los monasterios, conocidos como Dob, eran utilizados con frecuencia como «juguetes sexuales», en una estructura de poder donde los monjes pobres debían tolerar además maltratos y abusos por parte de los lamas ricos.
Esa denuncia no queda confinada al pasado feudal. En 2018 el propio 14º Dalai Lama admitió públicamente tener conocimiento, desde la década de 1990, de casos de abuso sexual cometidos por maestros budistas en Occidente, sin que ello derivara en denuncia o sanción alguna: se limitó a declarar que confiaba en que los perpetradores «reflexionarían». El mismo patrón ideológico que sostuvo la servidumbre feudal —el karma como anestesia social— reaparece aquí aplicado al silenciamiento de víctimas de abuso: se enseña que si una niña es manipulada por su maestro espiritual, ello es consecuencia de su propio karma o un «aprendizaje» necesario, fomentando la resignación por sobre la denuncia dentro de lo que las fuentes caracterizan como una «burocracia iluminada» masculina y autoritaria.
Ese entramado de opacidad volvió a salir a la luz en 2009, cuando el Dalai Lama participó de un evento organizado por NXIVM, la organización de «superación personal» que resultó ser una red de esclavitud sexual y tráfico de personas liderada por Keith Raniere, hoy condenado por esos delitos. El líder tibetano subió al escenario para hablar sobre la «revolución interior» y posó en fotografías junto a Raniere; la organización afirmó haber donado un millón de dólares a la oficina del Dalai Lama. Cuando el escándalo estalló, la respuesta oficial fue que desconocía la verdadera naturaleza de la organización y de sus líderes —una explicación que las fotografías y el flujo de dinero documentado se encargan de poner en entredicho—. En 2023, un nuevo episodio reforzó el patrón: un video viral mostró al Dalai Lama besando a un niño en los labios y pidiéndole que le «chupara la lengua», un acto que su oficina intentó minimizar calificándolo de «broma cultural» pese a la denuncia pública generalizada por su carácter abusivo.
La teocracia tibetana y su idilio con el Tercer Reich nazi fascista
La vocación de la casta lamaísta por codearse con regímenes dictatoriales y violadores de todo tipo de derechos tiene un antecedente directo en su relación con la Alemania nazi. El Tercer Reich, y en particular Heinrich Himmler, sentía fascinación por el misticismo tibetano, al que los ideólogos de las SS atribuían el origen de la «raza pura nórdica» y el refugio de supuestos sobrevivientes de la Atlántida. Esa obsesión se tradujo en la expedición de 1938-1939, patrocinada por la Ahnenerbe —la institución de «herencia ancestral» de las SS— y liderada por el zoólogo Ernst Schäfer y el antropólogo Bruno Beger, quien pasó meses en el Tíbet midiendo cráneos, fotografiando rasgos faciales y recolectando moldes de manos en un intento de probar «científicamente» un vínculo biológico entre la aristocracia tibetana y los supuestos ancestros arios.
La teocracia de Lasa recibió a esos expedicionarios como aliados espirituales y políticos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Tíbet apoyó oficialmente al Eje Roma-Berlín-Tokio. El regente tibetano llegó a enviar una carta personal a Adolf Hitler expresando su deseo de que la relación entre ambos Estados floreciera, fundada en una hostilidad compartida hacia las democracias liberales y hacia el comunismo, y el Consejo de Regencia Tibetano remitió a los nazis un documento en el que reconocía a Adolf Hitler como «Jefe de todos los Arios». Lejos de ser una anécdota diplomática aislada, las fuentes subrayan una coincidencia ideológica de fondo: tanto el misticismo racial nazi como la teocracia lamaísta compartían una visión del mundo estructurada en castas inmutables —los nueve niveles del sistema feudal tibetano tienen su espejo en la jerarquía racial de las SS—, en la que una minoría elegida por la sangre o el espíritu estaba destinada a gobernar sobre una mayoría servil.

Un sargento de las SS como tutor del Dalai Lama
Ese vínculo no se agotó con la derrota del Tercer Reich. Heinrich Harrer, sargento de las SS y oficial de la organización paramilitar nazi SA, vivió varios años en Lhasa y se convirtió, cuando el actual Dalai Lama, Tenzin Gyatso, tenía apenas once años, en su tutor y mentor personal en temas de cultura occidental, actuando como su puente con el «mundo exterior». Esa relación de confianza se prolongó durante décadas, incluso después de que ambos abandonaran el Tíbet. Bruno Beger, el mismo antropólogo que había medido cráneos tibetanos para la Ahnenerbe, terminó su carrera como criminal de guerra nazi, seleccionando prisioneros en Auschwitz para nutrir colecciones de esqueletos destinadas a la pseudociencia racial del Reich; pese a ese historial, mantuvo una amistad con el Dalai Lama que se extendió hasta los años 1990s, período del que existen fotografías de ambos juntos.
La maquinaria de propaganda de Hollywood se encargó de blanquear ese pasado: la película Siete años en el Tíbet idealizó la figura de Harrer, ocultando su condición de oficial de las SS para presentar una narrativa puramente espiritual y pacifista del Tíbet feudal y de la relación que moldeó la visión del mundo occidental del joven Dalai Lama.

El sueldo mensual del Dalai Lama: la fabricación del «Tíbet Libre» por la CIA
Si el nazismo aportó el mito racial, el gobieno de Estados Unidos aportó el financiamiento operativo. La implicación de la CIA en la resistencia tibetana fue una de las operaciones encubiertas más costosas y prolongadas de la agencia durante la Guerra Fría, diseñada explícitamente para desestabilizar a la República Popular China. El programa comenzó parcialmente en 1956, con compromisos previos que se remontan a 1951, y en septiembre de 1958 el Comité 303 del gobierno estadounidense aprobó formalmente el «apoyo encubierto a la resistencia tibetana», un año antes de que estallara el levantamiento de 1959. La agencia destinaba aproximadamente 1,7 millones de dólares anuales a financiar la infraestructura de la insurgencia en el exilio y sus operaciones de propaganda, mientras el propio 14º Dalai Lama recibía, según documentos desclasificados del Departamento de Estado, un subsidio anual secreto de 180.000 dólares —entre 10.000 y 15.000 dólares mensuales— catalogado como «subvención de inteligencia» y sostenido durante gran parte de la década de 1960 para financiar su gobierno en el exilio y sus operaciones políticas. El propio Dalai Lama reconoció en sus memorias que su oficina recibió esos fondos de manera regular.
La agencia entrenó a cientos de tibetanos —entre 170 y 240 según las estimaciones disponibles— para conformar la fuerza paramilitar Chushi Gang Druk. El entrenamiento se realizaba en Camp Hale, una base en las montañas de Colorado situada a más de 3.000 metros de altura para simular las condiciones del Himalaya, donde los reclutas eran instruidos en sabotaje, tácticas de guerrilla, demoliciones, codificación de datos y comunicaciones por radio, antes de ser lanzados en paracaídas de regreso al Tíbet para ejecutar operaciones de reconocimiento y ataques contra el ejército chino. El programa se organizó bajo nombres en clave que hoy resultan elocuentes por sí solos: ST Circus para el entrenamiento de guerrillas en Saipán y Colorado, Barnum para el transporte aéreo de agentes y suministros militares, y Bailey para la campaña de propaganda internacional destinada a construir una narrativa favorable a la causa separatista y hostil al gobierno chino.

El levantamiento de marzo de 1959 —presentado en la mitología del «Tíbet Libre» como una insurrección popular espontánea— fue un movimiento fomentado e impulsado por Estados Unidos y ejecutado por la elite teocrática para frenar la reforma agraria que amenazaba sus privilegios. Durante su huida hacia la India, disfrazado de soldado, el Dalai Lama fue protegido y amparado por agentes de la CIA, que aseguraron su llegada segura a Dharamsala. El concepto mismo del «Free Tibet» (Tíbet Libre) fue, en gran medida, un producto prefabricado en las oficinas de la CIA para erigir un enclave anticomunista en el corazón de Asia, utilizando a la resistencia tibetana como pieza del tablero geopolítico de la potencia imperialista estadounidense.
La familia del propio Dalai Lama operó como intermediaria directa de esa alianza. Gyalo Thondup, su hermano mayor, estableció operaciones de inteligencia con la CIA desde 1951, mientras que otro hermano, Thubtan Norbu, trabajó activamente en organizaciones de fachada de la agencia para promover la causa tibetana en Occidente. La combinación de subsidio personal, entrenamiento paramilitar, protección operativa y campaña propagandística convirtió al Dalai Lama en un referente de una «espiritualidad» oriental en Occidente, funcional a la narrativa anti China, y sostenida por numerosas notas de prensa, documentales, películas.
La urna de oro de Qianlong: la soberanía china sobre Lhasa no nació en 1950
El relato que presenta la soberanía china sobre el Tíbet como una invención comunista del siglo XX ignora deliberadamente un precedente histórico de siglos de antigüedad. A finales del siglo XVIII, el gobierno del emperador chino Qianlong instauró el sistema de la urna de oro para regular la selección de los líderes religiosos más importantes del Tíbet, el Dalai Lama y el Panchen Lama, con el objetivo explícito de erradicar la corrupción y el nepotismo de una aristocracia tibetana que manipulaba los procesos de búsqueda de reencarnaciones para colocar a sus propios hijos en posiciones de poder y controlar así la riqueza de los monasterios. El procedimiento exigía un sorteo público con los nombres de los candidatos preseleccionados introducidos en una urna de oro otorgada por la Corte Imperial china, cuyo resultado debía ser ratificado oficialmente por el gobierno central: sin el visto bueno del emperador, el nombramiento de un Dalai Lama o un Panchen Lama carecía de validez legal y política.
Ese mecanismo constituye una de las pruebas históricas más contundentes de que la máxima autoridad religiosa tibetana estuvo, material y legalmente, supeditada a la soberanía del Estado chino mucho antes de que existiera la República Popular. El litigio sigue vigente hoy: Pekín sostiene que la sucesión de los lamas debe respetar esas tradiciones históricas y los reglamentos nacionales, mientras el actual Dalai Lama ha sugerido en ocasiones que podría no reencarnar, o hacerlo fuera del control de la capital china.


Una foto de Chen Zonglie tomada en el condado de Dagze, el suroeste del Tíbet de China, el 25 de agosto de 1959, muestra a antiguos siervos quemando los contratos encontrados en una mansión que los había unido en servidumbre a los terratenientes feudales (Fuente: Beijing Review). Originalmente en blanco y negro, colorizada con IA.
El 28 de marzo de 1959: la reforma agraria y quema de los contratos de servidumbre
La Revolución China triunfa en octubre de 1949, pero en el Tíbet tardó un tiempo no menor la llegada de medidas de reemplazo del régimen lamaísta por políticas socialistas. La dirigencia revolucionaria china encabezada por Mao Zedong en un principio lidió con la casta gobernante lamaísta y respetó su continuidad, siempre que renunciaran a la esclavitud, pero la convivencia entre ambas tenía rápido vencimiento y se terminó cuando la República Popular desplegó una Reforma Agraria que tocaba directamente los intereses de la casta teocrática y terrateniente.
La abolición formal de la servidumbre en el Tíbet tiene fecha exacta en el 28 de marzo de 1959. A partir de ese momento, los Códigos 13 y 16 dejaron de tener vigencia, el «precio de la sangre» que tasaba la vida de un siervo como una cuerda de paja desapareció del ordenamiento jurídico, y la población adquirió el estatuto de ciudadanía. Uno de los actos más elocuentes de ese proceso fue la quema pública de los contratos de servidumbre y de los títulos de deuda hereditaria que habían mantenido esclavizadas a generaciones enteras de familias tibetanas.
La reforma agraria expropió los latifundios de los «tres grandes señores» —la aristocracia, los altos cargos gubernamentales y los grandes monasterios, que hasta entonces habían concentrado el 95% de la tierra cultivable— y la entregó a quienes efectivamente la trabajaban. El Estado impulsó además la creación de cooperativas de desarrollo para optimizar recursos entre agricultores y pastores, y planes de reasentamiento para sacar a la población de la miseria extrema. El resultado material fue un salto en las condiciones materiales del pueblo tibetano: el poder adquisitivo de la población tibetana creció casi un 1.000% entre 1959 y 2015, hasta culminar en 2020 con la declaración de erradicación total de la pobreza extrema en la región.
Obviamente, la casta lamaísta se resistió y encontró apoyo de los gobiernos capitalistas occidentales para el lanzamiento de una insurrección en ese mismo marzo de 1959, incluyendo financiamiento y entrenamiento paramilitar hasta principios de la década de 1970 bajo el nombre en clave «Proyecto ST CIRCUS». La CIA estableció un centro de adiestramiento secreto de alta montaña en Colorado llamado Camp Hale (referido por los tibetanos como «Dumra») debido a que su geografía rocosa imitaba las condiciones del Himalaya. Cientos de guerrilleros tibetanos fueron entrenados allí en tácticas de sabotaje, espionaje, códigos de radio y guerra de guerrillas.
En contraste, en el año 2009, la República Popular China estableció el 28 de marzo como el Día de la Emancipación de los Siervos Tibetanos, y en el 2019 abrió un Museo Memorial en Lhasa.


Salud, educación y longevidad en el Tíbet socialista
El contraste entre el Tíbet feudal y el Tíbet posterior a la liberación resulta particularmente elocuente en los indicadores de bienestar humano. La esperanza de vida, que apenas alcanzaba los 35 años bajo el régimen teocrático, se duplicó hasta superar los 72 años en la actualidad. La mortalidad materna, que en la época del régimen feudal lamaísta llegaba a 5.000 muertes por cada 100.000 nacimientos —una cifra propia de catástrofe humanitaria—, cayó a menos de 46. La mortalidad infantil, que en 1950 alcanzaba el 43% de los nacidos vivos debido a la falta de higiene y al azote de enfermedades como la viruela, el tétanos y la tuberculosis, se redujo drásticamente gracias a campañas de vacunación y atención pediátrica inexistentes bajo la administración monástica, que se oponía activamente al uso de medicina moderna. En los años 1950s, la población del Tíbet rondaba el 1,15 de personas aproximadamente. Hoy es de 3,74 millones, camino a cuadruplicar la población desde el inicio de la República Popular China.
En materia educativa, el analfabetismo que afectaba al 95% de la población bajo el monopolio del conocimiento monástico cayó al 0,52% en 2020, sostenido por un sistema de 15 años de educación pública y gratuita garantizado por la Región Autónoma del Tíbet. El número de escuelas se duplicó desde las 1.828 existentes en 1965, año de creación de la Región Autónoma, hasta las aproximadamente 3.600 actuales, y se fundó la Universidad del Tíbet en Lhasa, donde el idioma de enseñanza es el propio tibetano. Los internados modernos —que la narrativa occidental del «genocidio cultural» presenta como instrumentos de asimilación forzada— cuentan con suelos calefaccionados por gas y cafeterías con menús que superan los estándares de la clase trabajadora en países occidentales, y otorgan al idioma tibetano y su historia la prioridad número uno en el currículo, por delante del chino mandarín, las ciencias, la geografía, la política y el deporte. A diferencia de lo ocurrido con las poblaciones originarias de Norteamérica, donde solo una fracción minoritaria conserva su lengua ancestral, en estas zonas del Tíbet el 100% de la población continúa hablando tibetano.
La modernización alcanzó también el terreno productivo, con centros tecnológicos donde jóvenes emprendedores desarrollan drones para fertilizar tierras agrícolas de montaña y sistemas de GPS para pastores, en un modelo que busca equilibrar el talento individual, el desarrollo colectivo de la región y las enormes capacidades tecnológicas del presente.
Carreteras, aeropuertos, electricidad, agua potable y el ferrocarril de alta altitud Qinghai-Tíbet rompieron el aislamiento geográfico que durante siglos había sido la condición de posibilidad del control feudal teocrático, funcionando hoy como arterias por las que fluyen de manera constante medicamentos, alimentos frescos y personal médico hacia las zonas más remotas de la meseta.

El mito y los hechos
Lo que la maquinaria propagandística occidental, con Hollywood, la CIA y el propio aparato del Dalai Lama en el exilio como piezas de un mismo engranaje presenta como la destrucción de una «civilización espiritual pacífica» fue, en los hechos documentados, la liquidación de un sistema de castas hereditario sostenido por la mutilación, la usura y el terror religioso, cuya cúpula coqueteó indistintamente con el racismo nazi y el anticomunismo de Washington cuando convino a sus intereses de clase. La Revolución China no inventó opresores para justificar su intervención: los encontró operando con sus propias leyes, sus propias cárceles privadas y su propio «precio de la sangre». Setenta años después, la comparación entre la esperanza de vida, la alfabetización y la propiedad de la tierra de un lado y del otro de 1959 son argumentos irrebatibles que desmienten la narrativa de la propaganda occidental sobre el Tíbet de ayer y el de hoy.
FUENTES Y VIDEOS RECOMENDADOS:
Guardián del tiempo. Fotógrafo octogenario mantiene registro de Cambios radicales en el Tíbet. Beijing Review.






