«Persépolis» como arma de guerra blanda: el orientalismo de Marjane Satrapi y la industria cultural de demonización de Irán e islamofobia

El pasado 4 de junio falleció Marjane Satrapi, autora del ampliamente divulgado libro «Persépolis», una obra que ha sido presentado y consumido como una crítica hacia el patriarcado y la «dominación religiosa» en la República Islámica de Irán. Pero Persépolis no fue solo la memoria de una niña de la diáspora iraní: se convirtió en una mercancía poscolonial perfectamente calibrada para el mercado cultural de Occidente, una pieza funcional en el ecosistema narrativo que prepara a la opinión pública para las sanciones, las guerras y la deshumanización de pueblos enteros. Una pieza más en la fabricación del consentimiento social a las agresiones que se han ejecutado contra Irán desde el triunfo de la Revolución Islámica de 1979 hasta hoy, pasando por la Guerra con Irak promovida por Estados Unidos, y una serie de ataques, bloqueos y aislamientos sostenidos por las potencias occidentales. En suma, la obra de Marjane Satrapi aparece como una sofisticada muestra de «orientalismo» cultural, que como advirtió Edward Said, apunta a una mirada distorsionada y caricaturizada de las sociedades orientales y musulmanas, con claros fines geopolíticos. Las opiniones y posicionamientos públicos de Satrapi, tienden a confirmar esta mirada crítica: desde su residencia en Francia simpatizó con las acciones de agresión contra Irán, alabó a la Europa actual como «la única democracia existente» y llamó a la Unión Europea a declarar a Irán como «Estado terrorista» mientras que omitió toda crítica hacia la entidad colonial genocida «Israel», atacó la alianza entre Irán y la Resistencia Palestina liderada por Hamás, y calificó a la izquierda francesa de «La Francia Insumisa» liderada por Jean-Luc Melénchon como «antisemita» y «admirador de dictadores sudamericanos como Hugo Chávez».
Una «informante nativa» de la industria cultural «orientalista»
Existe una figura que Edward Said en su conocido libro «Orientalismo» no alcanzó a nombrar del todo, pero que su obra hace posible pensar: la del sujeto oriental que, en su rol de narrador nativo, reproduce el aparato orientalista desde adentro. No es el orientalista clásico —el filólogo europeo que estudia el Corán para argumentar que los árabes son incapaces de gobernarse solos—, sino alguien que viene de adentro para decirle al exterior qué es Oriente. Alguien cuyo acceso al estrellato depende, precisamente, de confirmar lo que la industria cultural pro colonial quiere divulgar y lo que el público occidental adoctrinado en esa industria cultural quiere y está capacitado para creer.
Marjane Satrapi ocupó con precisión esa posición. Con Persépolis, se convirtió en una de las figuras más deseables para el mercado cultural occidental: una mujer iraní, exiliada, crítica de la República Islámica, dominadora de un lenguaje visual simple, lista para ser traducida y encajada en la conciencia liberal europea y su narrativa frente a lo que sucede en el Asia Occidental / Medio Oriente. El mercado literario de Occidente tiene una demanda sostenida de narrativas sobre la «mujer musulmana oprimida», y Persépolis encajó esa demanda con una eficacia para nada inocente, a la vez que las potencias europeas ejecutan contra la República Islámica de Irán una completa demonización, nunca vista para países del mundo musulmán como las monarquías altamente reaccionarias en todos los planos de Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein —todas, a diferencia de Irán, monarquías y de la rama sunita del Islam—. Y en los años 1980s, esa demonización también iba de la mano de la Guerra que tenía la recién creada república iraní con el Irak de Sadam Hussein, entonces estrecho aliado del gobierno de Estados Unidos y el resto de potencias occidentales.
El problema no es que Satrapi haya narrado su experiencia. El problema es que su experiencia, la de una familia urbana, laica, educada y relativamente acomodada de Teherán, de una élite secular y occidentalizada que miraba la Revolución con distancia de clase, fue globalizada como si esa fuera una descripción cierta y certera de Irán. Y este Irán fabricado para ser visto con ojos occidentales fue simplificado hasta el hartazgo en su obra, volverse en blanco y negro: su religiosidad, feroz; su revolución, histérica y opresiva; su década de los ochenta, una pesadilla sin matices; su sociedad, un escenario de oscuridad moral frente a la que la única salida es el exilio, Francia, el individualismo secular, la mirada liberal europea.
El proceso revolucionario iraní reducido a escenario del mal
A diferencia de esta mirada simplista, la década de los ochenta en Irán no fue solo prisión, ejecuciones, patrullas, guerra y coerción. Fue también la década de una movilización social masiva, el sacrificio, la resistencia, familias enlutadas, fes sinceras, esperanzas revolucionarias, errores catastróficos, enfrentamientos entre hermanos, la formación de una generación que vivió entre la guerra, la ideología y la privación. Una sociedad dinámica y contradictoria —como cualquier sociedad en situación revolucionaria y de guerra— que no cabe en un campo de fuerzas binario entre «iluminados seculares» y «masa fanática religiosa», que fue precisamente la caricatura que Persépolis ha contribuido a generar con su difusión masiva e incluso su uso en la formación escolar en Francia y otros países. A la luz de los sucesos de las décadas posteriores, hasta el día de hoy, queda de manifiesto que entre las sociedades musulmanas del Asia Occidental, Irán no era precisamente el que desde el punto de vista cultural occidental tenía el gobierno más reaccionario y conservador, si no que simplemente era el mayor actor en la región puesto en situación de antagonismo declarado con el imperialismo occidental y la entidad colonial israelí.
Persépolis reduce ese tejido complejo escenario a un resultado prefabricado: que el Irán posterior a la revolución es un Irán perdido, reaccionario, atrasado. La sociedad religiosa no aparece como un conjunto plural de personas, familias, mujeres, hombres, recuerdos, fes, miedos, contradicciones. Aparece como una masa amenazante, sin rostro y opresora. La mujer con chador es signo de peligro y vigilancia. El hombre religioso es signo de violencia. La calle religiosificada es signo de ausencia de vida. Este es exactamente el lenguaje visual que el orientalismo requiere: el mundo musulmán no como un producto histórico de complejidades y matices, sino como un asunto desviado, una patología.
Hay una diferencia importante entre criticar un proceso revolucionario como el iraní, lleno de conquistas y tragedias —y la República Islámica puede merecer también críticas contundentes— y el negar por completo la identidad social y popular de ese proceso y descalificar la humanidad de quienes lo impulsaron y vivieron e impulsan y viven hasta hoy. En Persépolis, lo que se destruye no es solo la legitimidad del régimen constitucional y sistema político iraní: es la humanidad de la sociedad iraní entera. En lugar de criticar al poder (incluyendo a los otros actores partícipes de la situación de la sociedad iranía asediada por guerra y agresiones varias), la obra se acerca a la humillación cultural desde una especie de supremacismo cultural europeo y liberal.
Incluso el título no es neutral. ¿Por qué Persepolis? Se trata de la capital del Imperio persa durante la época aqueménida —años 518 a.C. hasta 330 a.C.—, y el nombre es «la ciudad de los persas» ¿Por qué el nombre griego de la ciudad? La elección, consciente o no, hace que Irán sea consumible desde la mirada clásica occidental: Irán como el otro para la conciencia europea, continuando la vieja tradición de «barbarizar» a los persas que viene desde tiempos de Heródoto —484 a. C., a 425 a. C.—, el afamado historiador griego que popularizó ya en su obra una mirada supremacista frente a los persas como despóticos, opresivos, sumisos.
El feminismo liberal de las elegidas: quién tiene derecho a hablar y quién no
La crítica de género a Persépolis es igualmente necesaria. Satrapi se presenta como voz de la mujer iraní. Pero en su mundo, la mujer iraní es válida principalmente cuando se define en oposición a la religión, contra el velo, contra la familia tradicional y contra el espacio público religioso. La mujer religiosa, la mujer con chador o velo, la mujer de clase baja, la mujer creyente, la mujer revolucionaria, las mujeres que negocian dentro de la tradición —es decir, la mayoría de las mujeres iraníes— tienen en Persépolis menos voz o ninguna. El feminismo resultante no es social ni polifónico ni popular: es clasista, secular, exiliado y traducible para Occidente. Le da a la mujer iraní el derecho a hablar, pero sobre todo a aquella mujer iraní que se parece a la audiencia europea.
Vale recordar que bajo el Sha, el 65% de la población era analfabeta. Son las hijas de esas mujeres —cuyas historias Occidente nunca oyó— las que llegaron a representar el 65% de los graduados universitarios en ciencias e ingeniería en Irán, una cifra que triplica el porcentaje equivalente en Alemania, por citar un contra ejemplo occidental. Basta ver las manifestaciones populares vividas en el año pasado y en el presente, con ocasión de la guerra desatada por los gobiernos de Estados Unidos e Israel, para constatar una alta presencia de mujeres. ¿Qué hay en Persepólis o el discurso de Satrapi de todas esas mujeres que han estado respaldando hasta el día de hoy a su gobierno y el sistema de su país frente al extremadamente belicista y agresivo enemigo que tienen?
La experiencia de Satrapi, de familia acomodada, con sirvientes domésticos que no sabían leer ni escribir, no es solo parcial: se muestra como incapaz de representar a la sociedad iraní real. Como han señalado investigadores como el sociólogo e historiador Ali Ansari, o la antropóloga sociocultural Amy Malek, o el crítico de la producción cultural de la diáspora iraní Hamid Dabashi, o en la misma línea Shirin Vossoughi, Persépolis ofrece una mirada a la revolución desde los ojos de una iraní étnicamente elitista, residente en Francia, dirigiéndose a audiencias en antiguos centros coloniales.
Asimismo, no está de más señalar también que la obra blanquea a los MEK —los «Muyahidines del Pueblo de Irán»— reduciéndolos a un grupo que «entró desde Irak», sin mencionar que esa organización plantó bombas en mercados concurridos y combatió junto al ejército iraquí de Saddam Hussein contra su propio país durante la guerra. En otra escena,
El arte como herramienta de guerra blanda: el ecosistema de la deshumanización
Persépolis no estuvo sola. Forma parte de un ecosistema cultural cuya función política es sistemática: Lolita leída en Teherán, La araña sagrada y otras obras comparten una función colonial común —la demonización, salvajización y deshumanización de la sociedad iraní ante la opinión pública occidental— para justificar sanciones, agresiones militares y violaciones de toda clase. No es casualidad que Persépolis y Leer Lolita en Teherán se hayan vendido en millones de copias en 2003 y 2004, en el apogeo del proyecto «Eje del Mal» de George W. Bush. Tampoco es casualidad que en 2024 y 2025, en los meses previos a las guerras de doce y cuarenta días contra Irán, esas mismas narrativas hayan recibido amplio apoyo mediático y de festivales internacionales.
Cuando el director de La araña sagrada, Abbas Amini, declaró abiertamente que su película trata «sobre una sociedad de asesinos en serie», su objetivo era negar la humanidad a una nación entera. Es exactamente el mecanismo de deshumanización estructural que Said describió: reducir una civilización histórica y una sociedad dinámica y multifacética a una geografía de barbarie y oscuridad, para crear una superioridad moral del agresor occidental que justifique la masacre de civiles, el bombardeo de ciudades, el ataque a infraestructuras y la destrucción de una civilización.
El punto en común de estos proyectos no es la coincidencia temática: es que sus productores e inversores son entidades antiiraníes y partidarias de Israel en Europa y América. El arte, los medios y los festivales son el terreno de la guerra blanda cuyo objetivo es la opinión pública. La amplia difusión de estas obras tiene un estrecho vínculo con la maquinaria cultural, mediática e informativa dirigida a fabricar el consentimiento social favorable a las guerras de las potencias occidentales en Asia Occidental.
Como apunta la periodista Karen Fabián, señalar que la obra de Satrapi sirvió para aceitar esa maquinaria «orientalista» no es desacreditarla; es ponerla en perspectiva. La falacia de que era «solo una iraní narrando su experiencia» se cae cuando se constata que existen artistas palestinos, libaneses y de toda Asia Occidental que narran sus experiencias —incluyendo la de ser víctimas del genocidio organizado desde Occidente— pero ningún editor europeo los lleva al estrellato ni se despliega su difusión masiva como sí ocurrió con Satrapi y su Persépolis. Precisamente porque lo que narran es evidencia de la maquinaria genocida que Occidente ha implantado en la región, y que se sostiene, en buena medida, en la deshumanización previa de esos pueblos. ¿Cuántos premios internacionales han recibido los poetas y cineastas palestinos que no sean únicamente para lavar las conciencias de quienes han sido partícipes de esa injusticia?
Defensores de Satrapi señalan que su obra también critica a Occidente —la soledad, el racismo, la falta de hogar en Viena— y que es una autobiografía, no un tratado que pretenda hablar por todos los iraníes. La objeción es legítima pero insuficiente. Una obra puede incluir críticas al imperio y aun así ser difundida selectivamente, celebrada y consumida de maneras que reafirmen narrativas orientalistas. Por ejemplo, Not Without My Daughter también incluye una escena en la que el padre iraní condena el apoyo de Estados Unidos a Saddam Hussein durante la guerra, para después decribir que ese padre golpea a su esposa, desacreditándolo completamente. Nadie describiría esa película como antiimperialista.
El silencio frente al Genocidio, críticas contra la Resistencia Palestina como «terroristas»
Además de todo lo señalado, no puede omitirse que los posicionamientos públicos de Satrapi distan mucho de ser consecuentes con su supuesta «defensa de la mujer musulmana», o su supuesta adhesión a ideales de izquierda y anti-imperialistas. Algunos ejemplos: En julio de 2024, Satrapi participó en el programa estadounidense Democracy Now para comentar las elecciones parlamentarias francesas y condenó a Jean-Luc Mélenchon como un «antisemita izquierdista radical» cuya «relación con Hamás es estrecha» y que «ama» a los «dictadores sudamericanos como Chávez».
Y es que Satrapi apoyó públicamente a Emannuel Macron, el ex empleado de Rothschild, presidente de Francia, representante del actual belicismo europeo y Otanista.
El 11 de diciembre de 2023, apenas dos meses después del 7 de octubre y en el marco de un foro titulado «Irán: Burning for Democracy» (Irán: ardiendo por democracia) relacionado con el Premio Nobel de la Paz de ese año, Satrapi declaró sobre la Resistencia Palestina frente al proyecto colonial y genocida sionista: «Incluso si calculas de la manera más cínica… un Irán democrático es un Hamás más débil». Satrapi guardó silencio sobre el genocidio, mientras que criticó a la Resistencia Palestina como «terrorista».
En el mismo foro, afirma que «uno de esos terroristas puede volar un avión y chocarlo contra un edificio», haciendo alusión a los no aclarados sucesos del 11 de septiembre de 2001. Omitió en ello, tanto los abundantes indicios que vinculan a los poderes de Estados Unidos con los presuntos ejecutores de esas acciones, como las notorias y también abundantes pruebas e indicios que apuntan más a una acción de bandera falsa de los propios poderes estadounidenses e israelíes en esos sucesos.
En otra declaración, Satrapi demandó a la Unión Europea que declarase que Irán es un «Estado terrorista». Su postura pro Unión Europea hizo caso omiso a las múltiples guerras y agresiones imperialistas y coloniales ejecutadas por los gobiernos europeos en el marco de la OTAN, como en Libia, Siria, Afganistán, Irak, etcétera.
En numerosas ocasiones calificó a la Resistencia Palestina de «terrorista», mientras que alababa a los gobiernos de Europa y simplemente omitía toda crítica hacia la entidad colonial y genocida «Israel», como en este otro fragmento:
Así, una de las artistas más difundidas en Europa sobre la situación de la mujer en Asia Occidental / Oriente Medio no tuvo nada que decir sobre las decenas de miles de civiles masacrados en Gaza, sobre el régimen de apartheid y la «limpieza étnica» en toda Palestina, ni sobre la invasión y continuos ataques contra el Líbano, ni sobre los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán o Yemen. El silencio, en ese contexto, no es neutral: es una posición.
Por su parte, los presuntos defensores de la libertad de expresión que aplaudieron durante décadas a Satrapi como defensa de la libertad de expresión nunca toleran obras que retraten a Israel como lo que es, una sociedad sumergida en el apartheid, el racismo, el desplazamiento masivo, la negación de derechos de toda la población palestina, y un Genocidio desatado ya difícil de ocultar. Eso, dicen, sería discriminación que denominan falsariamente «antisemita». La asimetría lo dice todo.
El legado de Satrapi no es el de una artista disidente que le habló la verdad al poder. Es el del «buen musulmán» y en este caso la «buena iraní»: digerible, domesticable, occidentalizado, siempre instrumentalizable como arma arrojadiza contra el «mal musulmán» y el «mal iraní». Una figura que el poder imperial produce, celebra y consume, y que en el momento de máxima utilidad, cuando los bombarderos despegan y las bombas caen asesinando a miles de iraníes, palestinos y palestinas, libaneses o yemeníes, guarda silencio. O peor: habla para justificarlo en nombre de las libertades y los derechos.






