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La invasión del imperio de Estados Unidos a Panamá iniciada el 20 de diciembre de 1989, hito de una nueva etapa del imperialismo y neocolonialismo en nuestra América

En una nueva conmemoración del inicio de la Invasión del imperialismo de Estados Unidos a Panamá el 20 de diciembre de 1989, recordamos esta fecha cuya memoria tiene plena actualidad atendida la abierta agresión ordenada por el gobierno de Donald Trump en el Mar Caribe particularmente frente a las costas de Venezuela incluyendo además acciones en el Oceáno Pacífico frente a Colombia. En aquel entonces, a diferencia del escenario actual en Venezuela y Colombia, en Panamá se encontraba un dictador impuesto por el mismo gobierno de Estados Unidos, el cual con el objetivo de afianzar su posición de dominio en el país centroamericano, vital por el Canal de Panamá y ser centro financiero y uno de los países de una masiva evasión tributaria internacional conocida comúnmente como «paraísos fiscales», derrocó a Noriega con el pretexto de su participación en actividades ilegales entre ellas el narcotráfico. La invasión, desatada dos días después de la caída del Muro de Berlín y en medio del desplome del campo socialista en la Europa del Este, marcó una nueva era de unilateralismo e imposición de Estados Unidos como potencia mundial y regional sin mayores contrapesos, con el «Consenso de Washington» neoliberal, de pensamiento único y de «fin de la historia» como ideas dominantes y el retroceso de las fuerzas y organizaciones alternativas al orden neoliberal.


A las 12:45 a.m. del 20 de diciembre de 1989, mientras la mayor parte del pueblo de Panamá dormía, se desató de improciso una enorme operación militar de Estados Unidos con un objetivo declarado por el gobierno del entonces presidente George Bush presuntamente preciso: “Extraer” al general Manuel Noriega. La “Operación Causa Justa” prometía ser quirúrgica. En tierra, en cambio, la promesa se tradujo en una de las intervenciones militares más brutales y desproporcionadas del siglo XX en América Latina, con el agravante además de ser en la narrativa imperial, para derrocar a un dictador títere impuesto por el mismo gobierno estadounidense, quien de manera comrobada había sido agente colaborador activo de la agencia de inteligencia imperial, la CIA.

Destrucción en la operación militar estadounidense en Panamá.

La enorme fuerza desplegada por Estados Unidos en la invasión a Panamá

El despliegue fue abrumador: 25.000 soldados estadounidenses, incluyendo fuerzas de élite como Rangers y la 82ª División Aerotransportada. Se estrenaron armas que luego serían emblemáticas en Irak y Afganistán: los bombarderos furtivos Stealth F-117, helicópteros Blackhawk y Apache, cañones de fuego rápido de 30mm. Este arsenal, destinado a aniquilar a unas Fuerzas de Defensa panameñas muy inferiores, fue usado contra barrios densamente poblados. El Chorrillo, un barrio humilde y organizado que albergaba el Cuartel Central, fue arrasado por bombas de 2.000 libras e incendiado. 18.000 personas perdieron sus hogares de la noche a la mañana.

Es relevante señalar que la presencia estadounidense en el país fue una marca en Panamá, en especial desde la construcción y puesta en marcha del Canal de Panamá. Además, en otro dato significativo, en una de las bases estadounidenses en el país, fue allí donde se instaló la llamada «Escuela de las Américas», el bastión de la instrucción de guerra, contrainsurgencia, exterminio, formas de desaparición y de campos de concentración, sometimiento de poblaciones civiles, y de anticomunismo y doctrina de la «seguridad nacional» y el «enemigo interno» a escala continental.

La verdad enterrada en fosas comunes

Las cifras oficiales de muertos, entre 300 y 600, chocan con las investigaciones locales y el testimonio de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, que constatan al menos 3.000 fallecidos. Testimonios desgarradores hablan de cuerpos incinerados, arrojados al mar o enterrados en fosas comunes. La morgue del Hospital Santo Tomás colapsó. Una imagen capturada por el fotógrafo español Juantxu Rodríguez, antes de ser asesinado por un certero disparo estadounidense en una zona sin combates, dio la vuelta al mundo mostrando pilas de cadáveres. La estrategia era clara: controlar la narrativa y ocultar el costo humano real.

El trauma colectivo y la impunidad sobre los crímenes estadounidenses

Tras la destrucción militar vino el colapso social. Con las Fuerzas de Defensa desmanteladas y la policía inexistente, las tropas estadounidenses, dueñas absolutas del terreno, se abstuvieron de intervenir mientras ocurría un saqueo masivo durante tres días. Este no fue un acto espontáneo de “caos”, sino una consecuencia directa de la desarticulación deliberada del orden público por el invasor, quien, según el Derecho Internacional, tenía la obligación de garantizarlo. El trauma psicológico generado—el miedo, la pérdida súbita de todo sustento, la violencia vivida—dejó una marca indeleble en la sociedad panameña, explicando en parte la fractura social que duraría décadas.

Hasta el día de hoy, familiares y organizaciones de derechos humanos intentan impulsar la Justicia en los numerosos crímenes estadounidenses, sin mayores exitos hasta ahora.

El objetivo real del imperialismo estadounidense en Panamá

La invasión no fue un mero “cambio de régimen”. Fue la fundación violenta de un Estado neoliberal a medida. Un presidente títere, Guillermo Endara, fue juramentado en una base militar estadounidense (Clayton). Le siguió el “Convenio de Donación” de julio de 1990, que impuso un paquete de privatizaciones, reformas laborales y apertura comercial. El régimen del Canal fue reescrito para beneficiar a una nueva oligarquía. Panamá, tras una heroica lucha por su soberanía con los «Tratados Torrijos-Carter», volvía a ser un enclave neocolonial, ahora con énfasis en servicios financieros: hoy es el mayor lavadero de narcodólares de la región, uno de los centros financieros de operación de numeroas grandes riquezas y corporaciones, y uno de los países de una masiva evasión tributaria internacional conocida comúnmente como «paraísos fiscales»,

Una lección para América Latina

Panamá, 1989, fue un laboratorio. Se probaron nuevas doctrinas para superar el “síndrome de Vietnam”: uso de medios sofisticados, control absoluto de la prensa (incluido el asesinato de periodistas) y una narrativa fabricada de “lucha por la democracia y contra el narcotráfico”. Fue el primer acto de la era del poderío unipolar estadounidense tras la Caída del Muro de Berlín, un mensaje brutal para una Centroamérica que aún salía de guerras civiles y para toda la región.

Treinta y cinco años después, la herida sigue abierta. Familias aún buscan a sus desaparecidos en fosas comunes. La desigualdad y la corrupción institucionalizada son el legado duradero de aquel diciembre. Recordar Panamá no es un ejercicio de pasado, sino una advertencia vigente. Demuestra cómo el imperialismo adapta sus métodos: de las invasiones abiertas a las guerras híbridas, del control territorial al dominio económico y financiero, siempre con el mismo objetivo: subordinar la soberanía de los pueblos a los intereses del poder hegemónico.

La memoria de El Chorrillo, de Juantxu Rodríguez, y de los miles de personas masacradas, es un imperativo ético y político. Exige justicia, reparación y, sobre todo, la firme conciencia de que la verdadera independencia es una lucha constante contra las nuevas y viejas formas de dominación.

Fuentes y más información, en:

La invasión de Panamá (Instituto de Estudios Latinoamericanos)

La invasión norteamericana a Panamá en el contexto latinoamericano, Olmedo Beluche, Sin Permiso.

Panamá, la invasión de EE UU y sus consecuencias, Olmedo Beluche, Sin Permiso.

De Panamá a Venezuela (I): los antecedentes de la intervención y los propagandistas del caos, Lautaro Rivara.

De Panamá a Venezuela (II): de la “máxima presión” a la “operación quirúrgica”, Lautaro Rivara.


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