Homenaje a Manuel Cabieses Donoso (1933-2026) periodista y militante popular, fundador y director de la histórica Revista «Punto Final»

El destacado periodista chileno Manuel Cabieses Donoso murió a los 92 años, según confirmó su familia en redes sociales. Figura clave en la prensa crítica desde la década de 1960, Manuel Cabieses, periodista, fundador y director histórico de la revista Punto Final, en una larga trayectoria vinculada al periodismo comprometido y crítico en Chile. Cabieses fue uno de los impulsores de Punto Final desde su creación en 1965, junto a Mario Díaz Barrientos, y se mantuvo vinculado al medio durante décadas. La revista se convirtió en un referente del pensamiento crítico y de izquierda en el país, enfrentando censuras, clausuras y persecuciones durante la dictadura militar, y la complicidad de los gobiernos de la Concertación con el oligopolio mediático en la transición posdictadura militar, situación que se aqueja hasta el día de hoy. Cabieses deja un enorme legado que en parte está contenida en el enorme archivo documental de la revista Punto Final.


RESEÑA A LA VIDA DE MANUEL CABIESES (1933-2026)
* Recuento de la biorgafía de Manuel Cabieses, «Autobiografía de un Rebelde», disponible en el sitio web de Punto Final.
Los primeros años: El despertar de un luchador social
Manuel Cabieses Donoso nació el 14 de julio de 1933 en Santiago de Chile, en un hogar modesto que marcaría su temprano contacto con las desigualdades sociales. Curiosamente, quien despertó su imaginación y vocación no fue un maestro tradicional, sino la revista infantil El Peneca, a la que siempre reconoció como su verdadero «formador». En sus páginas, el joven Manuel encontró un mundo de posibilidades que alimentaría su espíritu curioso y su sensibilidad social.
A los quince o dieciséis años, la necesidad lo llevó a insertarse en el mundo laboral como office-boy en la Copec. Fue allí, en los pasillos de la compañía de petróleos, donde descubrió su verdadera pasión: la organización gremial. Participó activamente en la fundación del sindicato, dando sus primeros pasos en la defensa de los derechos de los trabajadores. Este período formativo le reveló que la solidaridad entre compañeros era el arma más poderosa de quienes no poseían más que su fuerza de trabajo.
Tras un fallido viaje a Ecuador en busca de mejores horizontes laborales, Cabieses regresó a Chile y se sumergió de lleno en el activismo sindical. Aceptó trabajar como secretario no remunerado de Clotario Blest en la Central Única de Trabajadores (CUT), una experiencia que lo puso en contacto directo con las luchas populares más significativas de la época. Poco después, dio un paso crucial en su carrera: ingresó al diario de izquierda Última Hora, iniciando así un vínculo con el periodismo que duraría toda su vida.
Años de aprendizaje internacional (1958-1964)
El cierre del diario La Gaceta en 1958 empujó a Cabieses a tomar un camino que muchos intelectuales latinoamericanos recorrieron en aquellas décadas: el exilio como búsqueda de nuevos horizontes. Venezuela lo recibió con los brazos abiertos, y pronto se integró a la redacción de El Nacional, uno de los periódicos más prestigiosos del continente. En Caracas, cubrió temas de cancillería y fue testigo privilegiado del surgimiento de la lucha armada contra el gobierno de Rómulo Betancourt. Esas experiencias quedarían plasmadas en su libro Venezuela OK, un testimonio invaluable de aquellos años convulsos.
El año 1964 marcó su retorno a Chile. Regresaba con una misión clara: participar en la campaña presidencial de Salvador Allende. Se incorporó al diario El Siglo, órgano oficial del Partido Comunista, y dio el paso de militar en esa colectividad. Sin embargo, un viaje a Cuba al año siguiente cambiaría radicalmente su perspectiva. Quedó «deslumbrado» por la Revolución Cubana, por su radicalidad y su capacidad de transformación social. Ese deslumbramiento lo llevó a cuestionar profundamente la vía electoral tradicional y a tomar decisiones drásticas: renunció tanto a El Siglo como al Partido Comunista.
Punto Final y el MIR: La confluencia de dos pasiones
El 15 de septiembre de 1965, junto a Mario Díaz, Cabieses fundó la revista Punto Final. La concibieron como un espacio de periodismo libre, sin censura, capaz de dar voz a las corrientes más radicales de la izquierda. Ese mismo año conoció a Miguel Enríquez, el carismático líder que pronto se convertiría en el rostro visible del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Aunque la revista mantenía formalmente su independencia, su línea editorial sintonizó rápidamente con los planteamientos del MIR, partido al que Cabieses se integró formalmente en 1969.
Uno de los episodios más apasionantes de esta etapa ocurrió en 1968, cuando Punto Final se convirtió en pieza clave de una operación que parecía sacada de una novela de espías. Víctor Zannier Valenzuela, un abogado boliviano, llegó a la redacción con un encargo delicado: hacer llegar a Cuba los microfilmes que contenían el diario de campaña del Che Guevara en Bolivia. Antonio Arguedas, ministro del Interior del gobierno boliviano, había decidido sustraer el material y enviarlo a La Habana por admiración al guerrillero.
Las películas fotográficas de 16 milímetros llegaron ingeniosamente ocultas en las paredes interiores de las carátulas de discos de música folclórica boliviana. Cabieses llevó los discos a su casa y convocó a Luis Fernández Oña, un funcionario cubano que luego se casaría con Tati Allende. A la luz de una ampolleta, verificaron el contenido y Fernández Oña reconoció la inconfundible «letra de médico, menuda y difícil de descifrar» del Che. La misión de transportar el material a La Habana recayó en Mario Díaz, quien viajó con las películas escondidas en el interior de una muñeca que aparentaba ser un regalo infantil. En julio de 1968, Punto Final lanzó la edición número 59 con el diario del Che, que incluía una introducción de Fidel Castro y alcanzó una venta récord de 65 mil ejemplares.

El vínculo con Allende: Respeto mutuo y tensiones políticas
La relación entre Manuel Cabieses y Salvador Allende fue compleja y profunda, tejida a lo largo de años de colaboración política y afecto personal, pero también marcada por diferencias ideológicas sustanciales. Cabieses conoció a Allende íntimamente durante la campaña del «Naranjazo» en Curicó (1964), cuando lo acompañaba diariamente a asambleas y proclamaciones mientras tomaba fotografías para las portadas de El Siglo. Recordaba con especial nitidez la noche de esa elección: mientras él confiaba en una victoria, Allende, con su «fino olfato político», le advirtió que perderían.
Los amigos más cercanos de Cabieses —Augusto «Perro» Olivares y Carlos «Negro» Jorquera— formaban parte de la «Orden del Baño», el círculo íntimo con acceso directo al presidente. Allende demostró su lealtad personal en más de una ocasión: visitó a Cabieses en el Anexo Cárcel Capuchinos cuando fue detenido durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva por querellas contra Punto Final, e incluso interpeló personalmente a la policía para detener un allanamiento ilegal en la casa de Inés Moreno, secretaria de la revista y pareja sentimental del mandatario.
Sin embargo, las tensiones no faltaron. Allende se «encabritaba» ocasionalmente por el excesivo espacio que Punto Final dedicaba al MIR. Un enfrentamiento particularmente duro ocurrió cuando la revista publicó en portada al mirista Sergio Zorrilla tras un tiroteo con la policía, lo que perjudicó una maniobra política que Allende realizaba en ese momento. También hubo discusiones gremiales: Cabieses, como presidente del sindicato de Última Hora (diario propiedad del Partido Socialista), sostuvo una conversación «bastante seria» con Allende en La Moneda para evitar una huelga que habría resultado escandalosa para el gobierno.
A pesar de las diferencias, Allende sentía simpatía por los jóvenes del MIR, en quienes veía la voluntad de «tomarse el cielo por asalto», algo que lo diferenciaba de los políticos reformistas tradicionales. Cabieses describe a Allende como un hombre de principios éticos revolucionarios sólidos, y se emociona al recordar su último mensaje desde La Moneda. Considera que su muerte heroica derrotó todas las calumnias de sus enemigos, poniendo «la varilla del salto histórico a tal altura que hasta hoy ningún político chileno lo ha podido igualar».
El Golpe: Prisión, tortura y resistencia
El 11 de septiembre de 1973 sorprendió a Manuel Cabieses trabajando en el diario Última Hora. Desde la terraza del edificio, ubicado a pocas cuadras de La Moneda, fue testigo del bombardeo al palacio presidencial por aviones de la FACH. Aquellas imágenes quedarían grabadas a fuego en su memoria como el símbolo del «tajo brutal» a la historia de Chile.
Tras escuchar el último mensaje de Salvador Allende, Cabieses intentó ocultarse, pero su nombre apareció en uno de los bandos militares que convocaba a dirigentes de izquierda a presentarse a las autoridades. Fue capturado el 13 de septiembre mientras observaba los daños en La Moneda junto a los periodistas Pepe Carrasco y Patricio Biedma. Carabineros lo reconocieron en un control cerca del cerro Santa Lucía.
Comenzó entonces un calvario que lo llevaría por diversos centros de detención. En el Ministerio de Defensa sufrió simulacros de fusilamiento y torturas físicas: fue vendado y colgado por los pies desde una ventana, permaneciendo en el aire durante largos minutos. Luego lo trasladaron al Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara), donde compartió celda en los camarines con el exministro Jorge Godoy y fue testigo indirecto de los últimos momentos de Víctor Jara y Litré Quiroga.
En el Estadio Nacional, los prisioneros comenzaron a organizarse para sobrevivir. Cabieses fue elegido jefe del camarín 2, donde convivían unos ochenta detenidos, actuando como interlocutor con los militares. Durante los interrogatorios, lo presionaban para que revelara el paradero de Carlos Altamirano y los supuestos detalles del «Plan Zeta». A pesar del horror, los presos mantenían actividades culturales: recitaban poesía, jugaban ajedrez con piezas de papel, cualquier acto era válido para preservar la dignidad y la moral.
En diciembre de 1973, fue enviado al norte en el buque salitrero Andalién, con destino al campo de prisioneros de Chacabuco, una antigua oficina salitrera perdida en el desierto de Atacama. Allí, los prisioneros construyeron una forma de organización autogestionada, y Cabieses alcanzó la posición de presidente del «Consejo de Ancianos», la máxima autoridad democrática del campo. Bajo su gestión y la de otros compañeros, Chacabuco funcionó como una pequeña ciudad: tenían una «universidad popular», posta de primeros auxilios, biblioteca y shows artísticos dominicales donde participaba el Conjunto Chacabuco, integrado por Ángel Parra y otros músicos.
Fue en Chacabuco donde recibió la noticia del asesinato de Miguel Enríquez. El impacto fue devastador, pero también generó una muestra de unidad conmovedora: representantes de todos los partidos de izquierda presentes en el campo expresaron sus condolencias.
Exilio y regreso clandestino
Después de pasar por los campos de Puchuncaví y Tres Álamos, y ante la insistencia del MIR para que asumiera tareas de solidaridad en el exterior, Cabieses aceptó la expulsión del país en 1975. Viajó con su familia a Perú y luego se estableció en Cuba, donde inició una nueva etapa que se extendería hasta 1979.
Pero la distancia no aplacó su compromiso. En 1979, tomó una decisión que cambiaría su vida: regresaría clandestinamente a Chile como parte de la «Operación Retorno», impulsada por el MIR para fortalecer la resistencia interna contra la dictadura. Antes de viajar, pasó tres o cuatro meses en una escuela donde recibió entrenamiento militar: manejo de armamento de infantería, uso de explosivos y métodos conspirativos. Su esposa Flora —conocida en la clandestinidad como «Delia»— también se preparó en la escuela de Punto Cero, destacándose en la falsificación de documentos e incluso inventando un sistema artesanal para detonar explosivos que bautizaron como «moño de vieja».
Ingresaron a Chile por el aeropuerto de Santiago en 1979, bajo la apariencia de turistas venezolanos. La «pisadera» —lugar de acogida y apoyo— fue gestionada desde Francia por René Valenzuela a través de las Urracas de Emaús. José Aravena, líder de esta organización, los alojó inicialmente en su casa.
Durante una década, Cabieses vivió bajo identidad falsa. Logró asentarse gracias a las redes de amistades que Flora había forjado en sus años como enfermera. Su hogar sirvió de refugio para otros retornados, como Arturo Vilavella, encargado militar del MIR, y contó con el apoyo de su ayudante Jorge Benítez. Esta vida oculta se mantuvo, con breves paréntesis en Argentina y Cuba, hasta 1989, cuando la dictadura levantó la prohibición de ingreso al país.


La transición: Renacimiento de Punto Final y luchas democráticas
Con el retorno a la legalidad en 1989, Cabieses se propuso un objetivo claro: relanzar Punto Final. Estaba convencido de que existía una franja de ciudadanos que rechazaba el modelo neoliberal y buscaba un medio que los interpretara. En Caracas, durante la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, se reunió con Gabriel García Márquez, quien se entusiasmó con el proyecto y reunió los fondos necesarios para financiar el primer año de la revista.
Los obstáculos no fueron menores. Enfrentó dificultades administrativas —no podía abrir cuentas bancarias por falta de antecedentes comerciales— y la oposición del Procurador General de la República, que intentó impedir la circulación calificando a la publicación de «terrorista». A pesar de todo, el 15 de agosto de 1989 salió a la calle el número 193 de Punto Final, con el titular «Chile quedó en libertad condicional».
La seguridad seguía siendo una preocupación. A menos de un mes de la reaparición, se supo que la CNI había vigilado a Cabieses como posible objetivo de un atentado, similar al que costó la vida al dirigente del MIR Jécar Neghme. En octubre de 1991, ya bajo el gobierno de Patricio Aylwin, sufrió su última detención por una portada considerada injuriosa por el Ejército, invocándose la Ley de Seguridad del Estado.
Cabieses no se limitó a la labor periodística. Participó activamente en intentos de unificación de la izquierda: junto a Rafael Maroto y Pedro Vuskovic impulsó el Foro de la Izquierda Chilena; en 1991 participó en la creación del Movimiento de Izquierda Democrática Allendista (MIDA); en 1993 compitió en una consulta popular como precandidato presidencial, obteniendo 9.900 votos; y en 2001 impulsó Fuerza Social y Democrática junto a dirigentes como Arturo Martínez y Jorge Pavez.
En el plano gremial, lideró una batalla ética de larga data: solicitó al Colegio de Periodistas la expulsión de Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, por su rol en el golpe de 1973. La lucha duró años, pero finalmente se concretó la expulsión. También encabezó una batalla legal para que el Estado distribuyera la publicidad de forma equitativa, denunciando el duopolio mediático ante la Fiscalía Nacional Económica y organismos internacionales.
Mantuvo, además, una estrecha relación con Hugo Chávez, quien apoyó la subsistencia de Punto Final mediante publicidad de PDVSA.
Legado
Manuel Cabieses Donoso encarna como pocos la figura del intelectual comprometido, del periodista que hizo de la pluma una trinchera y de la militancia una razón de vivir. Su trayectoria, marcada por la coherencia y la valentía, atraviesa los momentos más decisivos de la historia chilena y latinoamericana del siglo XX y comienzos del XXI. Desde los oficios modestos de su juventud hasta la dirección de una publicación que desafió dictaduras y gobiernos democráticos por igual, su vida es testimonio de que el periodismo independiente y la lucha por la justicia social son empresas que requieren tanto pasión como perseverancia.
En las páginas de Punto Final, en los campos de prisioneros, en la clandestinidad y en el exilio, Cabieses mantuvo intacta una convicción: que otro mundo es posible y que vale la pena dedicar la vida a construirlo.







