A tres semanas de guerra de la Coalición Epstein contra Irán: escalada crítica, estancamiento estratégico y nuevas tácticas asimétricas

A tres semanas del inicio del conflicto, la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán atraviesa una fase de escalada crítica y estancamiento estratégico que no encuentra por ahora una salida diplomática a la vista, aunque la cabeza del régimen estadounidense, Donald Trump, ha formulado declaraciones que intentan dejar la puerta abierta en tal sentido, al señalar de manera abiertamente falsa que las capacidades iraníes han sido desmanteladas o que prácticamente la guerra ya estaba ganada para Estados Unidos. Los combates han incorporado nuevas tácticas militares de alto impacto, una presión sin precedentes sobre las rutas energéticas globales, un elemento vital para las cadenas de suministro internacionales, y un reordenamiento acelerado de las alianzas regionales, en un escenario que combina la más alta tecnología bélica con acciones de guerra asimétrica de parte de Irán diseñadas para compensar la inferioridad convencional frente a las potencias del eje llamado ilustrativamente como “Coalición Epstein” (Israel – Estados Unidos). Aquí presentamos un repaso a algunas claves del conflicto bélico a ya más de 3 semanas de su iniciación con los ataques contra Irán del 28 de febrero pasado.
El frente militar: misiles, drones y la guerra de saturación
En el plano aéreo, la guerra de misiles y drones ha revelado capacidades iraníes que han sorprendido a los analistas occidentales y al propio alto mando político y militar estadounidense. Durante la primera fase del conflicto, Irán empleó deliberadamente misiles y drones de fabricación más antigua —de hace 15 o 20 años— para agotar los costosos sistemas interceptores de la coalición, entre ellos el Iron Dome israelí, los Patriot estadounidenses y el sistema Flecha de David. Esta estrategia de desgaste ha tenido un efecto doble: vaciar los inventarios de interceptores enemigos y reservar la tecnología de vanguardia iraní para etapas posteriores del conflicto.
Los resultados han sido contundentes. Los misiles iraníes han logrado penetrar las defensas israelíes en múltiples ocasiones. En ataques recientes sobre la zona de Dimona, los proyectiles descendieron sin dificultad aparente mientras los interceptores se mostraban ineficaces. Irán dispone además de misiles hipersónicos, una tecnología que Estados Unidos no domina al mismo nivel y que resulta extremadamente difícil de interceptar con los sistemas actuales. Uno de los episodios más llamativos del conflicto fue el derribo de un F-35, el caza de quinta generación considerado prácticamente indetectable por la industria de defensa occidental, a manos de los sistemas de defensa iraníes, un hecho que ha generado un profundo impacto psicológico y estratégico en la coalición.
A ello se suma la destrucción sistemática de la infraestructura de radares de alerta temprana de Estados Unidos e Israel en toda la región, incluyendo instalaciones en Qatar, Arabia Saudita, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos, lo que ha dejado a las fuerzas de la coalición en un estado de indefensión parcial que complica seriamente la planificación de operaciones ofensivas y defensivas. La precisión de los ataques iraníes se demostró también en los golpes contra yacimientos críticos como South Pars y el complejo de Ras Laffan en Qatar, así como en instalaciones petrolíferas en Riad y otras zonas de Arabia Saudita. Se estima que una quinta parte de Tel Aviv ha sufrido daños considerables como resultado de los ataques con misiles y drones.
La capacidad de supervivencia del arsenal iraní constituye otro factor estratégico de primer orden. Las fábricas y silos de misiles están ubicados en túneles bajo montañas, a profundidades de entre 500 metros y dos kilómetros, lo que los hace inmunes incluso a las bombas perforantes más potentes disponibles en el arsenal occidental, como la MOAB, e incluso a ataques nucleares tácticos. A pesar de la intensidad del conflicto, Irán aún no ha desplegado sus armas de última generación, manteniendo en reserva su tecnología misilística más avanzada como elemento de disuasión y eventual escalada.
La flota estadounidense también ha acusado contratiempos operativos de consideración. El portaaviones USS Gerald Ford debió retirarse hacia Creta tras un incendio que se prolongó durante 30 horas en la zona de su lavandería según los reportes oficiales, sumado a incidentes previos de sabotaje interno protagonizados por los propios soldados en sus sistemas de cloacas, episodios que han generado serias preguntas sobre la moral y cohesión interna de las tripulaciones. Por su parte, el USS Abraham Lincoln ha optado por alejarse hasta 1.000 kilómetros de la costa iraní para evitar el alcance de los misiles enemigos, lo que limita severamente la operatividad de sus aeronaves embarcadas y reduce de manera significativa la proyección de poder aéreo estadounidense en la zona de conflicto.
Uno de los hitos más significativos de las últimas semanas es la confirmación del debut operativo de las lanchas rápidas iraníes en el estrecho de Ormuz, un acontecimiento que marca un punto de inflexión en la dinámica del conflicto naval. Estas embarcaciones —de las que Irán posee decenas de miles, ocultas en búnkeres y túneles bajo las montañas costeras a lo largo del estrecho y el mar de Omán— atacaron recientemente a un petrolero filipino que desobedeció órdenes de la armada iraní, en el primer uso confirmado de este arsenal en combate real durante el conflicto actual.
Se trata de un sistema de guerra asimétrica multidimensional cuidadosamente diseñado para enfrentar a fuerzas navales convencionalmente superiores. El enjambre combina distintos tipos de embarcaciones con funciones complementarias: lanchas misilísticas como la Page Star 3, equipadas con misiles antibuque chinos C704 de hasta 170 kilómetros de alcance; botes semisumergibles Kayami, que lanzan torpedos de supercavitación Hood capaces de alcanzar los 400 kilómetros por hora; lanchas de defensa antiaérea y guerra electrónica Sulfíar, destinadas a proteger al grupo de ataque; y lanchas rápidas Ayura, que pueden alcanzar los 90 nudos y están armadas con ametralladoras pesadas o lanzacohetes para saturar las defensas enemigas. La táctica operativa es la del golpe y huida: las lanchas salen en ataques masivos coordinados desde sus refugios subterráneos, realizan sus disparos y regresan rápidamente antes de que los grandes navíos de guerra puedan organizar una respuesta efectiva, generando un ciclo de presión constante que agota la capacidad de reacción del adversario.
La estrategia de «decapitación» y la resiliencia iraní
Israel y Estados Unidos han intensificado los ataques dirigidos contra el liderazgo político y militar iraní, apostando por una estrategia de decapitación que busca desorganizar la cadena de mando del adversario. Se ha confirmado la muerte de Alí Lariyani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, y de Gulamreza Soleimani, comandante de las fuerzas Basij, golpes que en teoría deberían haber desestabilizado la estructura de poder iraní.
Sin embargo, el gobierno iraní ha demostrado una resiliencia que ha frustrado los cálculos de la coalición. El Estado iraní mantiene su plena operatividad gracias a un sistema de sucesión orgánica con hasta siete sucesores previamente designados para cada puesto clave de la estructura de gobierno y comando militar, lo que hace prácticamente imposible que la eliminación de figuras individuales, por relevantes que sean, produzca un colapso funcional. La figura de Mojtaba Khamenei ha emergido con fuerza tras la muerte de su padre, dotando al sistema de una continuidad simbólica e institucional que refuerza la legitimidad del régimen en el contexto bélico. Lejos de provocar la desmoralización esperada, la estrategia de decapitación ha tenido el efecto contrario: la agresión exterior ha unificado a la población iraní en torno a sus gobernantes, fortaleciendo la cohesión social en un momento en que la coalición apostaba por el quiebre interno.
El frente energético: una crisis de magnitudes históricas
El cierre selectivo y el bloqueo del estrecho de Ormuz han desencadenado una crisis económica global que, según varios analistas, supera en algunos aspectos a las grandes crisis del siglo pasado, incluyendo las de 1929 y 2008. El frente energético se ha convertido en uno de los campos de batalla más decisivos del conflicto, con consecuencias que se extienden mucho más allá de la región y afectan de manera directa a economías de todos los continentes.
Los precios del crudo han escalado por encima de los 100 dólares por barril, llegando en algunos momentos a los 150 dólares. Esta escalada no es coyuntural: los ataques a instalaciones clave como el campo de South Pars —el yacimiento de gas natural más grande del mundo, que Israel y Estados Unidos han comenzado a atacar sistemáticamente— y el complejo de Ras Laffan en Qatar han interrumpido el 75% del suministro de gas natural iraní y gran parte de las exportaciones catarís, garantizando precios elevados de forma prolongada. La reconstrucción de esa capacidad productiva, advierten los expertos, tomará entre tres y cinco años, lo que significa que las consecuencias económicas del conflicto se extenderán mucho más allá del cese eventual de las hostilidades.
Irán, por su parte, no ha permanecido pasivo en este frente y ha respondido atacando infraestructuras energéticas en Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, ampliando el daño a toda la arquitectura de producción y exportación energética del Golfo Pérsico. Las consecuencias se despliegan en cadena a lo largo de toda la economía global. La escasez de gas compromete directamente la producción de fertilizantes nitrogenados, insumo esencial para la agricultura mundial. Qatar abastece cerca del 30% del mercado mundial de estos productos, y la interrupción de su producción coincide con la temporada de siembra de primavera, lo que anticipa una crisis alimentaria global de alcance incierto pero potencialmente devastador, especialmente para los países más vulnerables del hemisferio sur. Además, la región concentra una parte significativa de la producción mundial de helio, gas esencial para la fabricación de microchips y equipos de telecomunicaciones, lo que amenaza a toda la industria electrónica global en un momento de alta dependencia tecnológica.
Europa se encuentra en una situación particularmente crítica. Habiendo perdido ya el acceso al gas ruso como consecuencia de las sanciones derivadas de la guerra en Ucrania, el continente enfrenta ahora también el corte del suministro catarí e iraní, poniendo en riesgo su estabilidad industrial y doméstica de cara al invierno. En Asia, países como India, Pakistán y Bangladesh sufren graves problemas de abastecimiento de diésel, afectando el transporte y las economías del sudeste asiático de manera directa.
El bloqueo ha generado además una serie de consecuencias financieras en cadena. El estrecho de Ormuz ha quedado minado en sus rutas habituales, obligando a los barcos que necesitan cruzarlo a hacerlo por un canal estrecho bajo autorización iraní, con muchos armadores pagando peajes de hasta dos millones de dólares por tránsito. Las primas de seguro marítimo se han multiplicado de forma exponencial, encareciendo todos los productos transportados por esa vía. El bloqueo ha generado lo que los economistas denominan una inflación de la oferta, combinada con pánico en los mercados financieros, lo que ha llevado a las autoridades monetarias occidentales a subir los tipos de interés, aumentando el riesgo de una recesión global. En paralelo, se observa una significativa fuga de capitales desde los países del Golfo hacia centros financieros como Nueva York y Londres, debilitando aún más las economías de la región.
La segunda capa de asfixia: el mar Rojo y los hutíes
La entrada de los hutíes de Yemen al conflicto añade una segunda capa de asfixia económica al escenario global. Los hutíes controlan geográficamente el estrecho de Bab el-Mandeb, la angosta vía que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y da acceso al canal de Suez. Al amenazar o cerrar este paso, cortan el tránsito no solo del flujo energético sino de todo el comercio de mercancías entre Asia, Europa y América que depende de esa ruta. Su portavoz ha declarado oficialmente el inicio de ataques contra naves de Estados Unidos en el mar Rojo, y poseen misiles balísticos con alcance suficiente para impactar directamente en territorio israelí, obligando al ejército israelí a distraer recursos de otros frentes para hacer frente a esta amenaza adicional.
Los hutíes han demostrado una notable capacidad de supervivencia y resiliencia operativa a pesar de los bombardeos previos de la administración Trump. Su conocimiento del terreno montañoso yemení y el uso de drones y misiles suministrados por Irán los convierten en un adversario de alta dificultad para cualquier incursión terrestre convencional. Ante esta amenaza, Estados Unidos ha enviado contingentes de marines a la base de Yibuti para preparar posibles operaciones anfibias destinadas a intentar desbloquear el estrecho de Bab el-Mandeb por la fuerza, aunque el éxito de tal empresa está lejos de estar garantizado.
Hezbolá: un actor que defrauda los pronósticos
Hezbolá ha desmentido con sus acciones los informes que anunciaban su debilitamiento político y militar. Contrariamente a lo que Netanyahu había asegurado —que la cadena de mando y capacidad de represalia del grupo habían sido destruidas— Hezbolá está lanzando más de 100 misiles diarios contra Israel, demostrando un nivel de organización y capacidad operativa que lo acerca, según los analistas, a la categoría de un ejército convencional más que a la de un grupo armado irregular. Aunque se autodefine como un movimiento de resistencia, su nivel de estructura, armamento y coordinación con otros actores regionales lo distingue cualitativamente de otras organizaciones similares.
Hezbolá actúa en el marco de una coalición de defensa junto al pueblo iraní, las milicias populares de Irak y los hutíes de Yemen, configurando lo que sus integrantes denominan el eje de resistencia regional. Esta arquitectura de alianzas tiene implicaciones directas sobre cualquier posible negociación de paz: analistas señalan que Irán no aceptará el fin de las hostilidades si un acuerdo no incluye garantías para sus aliados regionales en el Líbano y Gaza, lo que complica enormemente cualquier salida diplomática al conflicto. En paralelo, el Líbano está sufriendo un proceso de bombardeos intensos similar al que ha vivido Gaza, y se denuncia que Israel continuó ejecutando asesinatos y operaciones en territorio libanés incluso durante períodos de alto el fuego pactados con mediación de garantes occidentales.
El escenario nuclear: Dimona y la Doctrina Sansón
El ataque misilístico iraní en las cercanías de Dimona no es un episodio menor ni un error de puntería. Representa una advertencia estratégica deliberada cuyas implicaciones alcanzan dimensiones existenciales para el conflicto. Dimona alberga el principal centro nuclear israelí y es considerada el corazón de la defensa antiaérea del país. Un impacto directo sobre el reactor o las instalaciones de almacenamiento de plutonio generaría una explosión y un accidente radiológico masivo que dejaría a Israel, Palestina y gran parte de Jordania como zonas inhabitables durante décadas, con consecuencias que se extenderían por todo el Mediterráneo oriental.
Pero las consecuencias más temidas van más allá del desastre radiológico inmediato. Una amenaza de esa magnitud activaría la llamada Doctrina Sansón, el principio por el cual Israel, ante una amenaza existencial que ponga en riesgo su supervivencia como Estado, emplearía su arsenal nuclear —estimado entre 100 y 300 ojivas— para destruir a sus agresores junto con ellos mismos. El uso de armas nucleares en la región involucraría inevitablemente a potencias como Rusia, China, Pakistán e India, desencadenando una espiral de consecuencias globales impredecibles. El mensaje iraní, en este contexto, resulta inequívoco: cualquier ataque nuclear israelí tendría como respuesta la destrucción del propio Dimona, lo que equivaldría al fin del Estado de Israel tal como existe hoy. Un ataque exitoso sobre Dimona también demostraría que los sistemas de defensa israelíes han sido superados, con el colapso de credibilidad estratégica que eso implica para Israel y sus aliados.
La crisis política en Washington
En el plano interno, el régimen estadounidense enfrenta tensiones crecientes que amenazan con agravar la ya difícil situación en el frente externo. Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, presentó su renuncia con una declaración pública que sacudió los círculos de seguridad de Washington: afirmó que Irán no representaba una amenaza inminente para los intereses estadounidenses y que la guerra fue impulsada fundamentalmente por la presión del lobby israelí sobre la administración Trump, cuestionando así la justificación oficial del conflicto desde el interior mismo del aparato de inteligencia y seguridad nacional.
Las voces críticas van más allá de la renuncia de Kent. Analistas y opositores denuncian que el conflicto funciona como un modelo de negocio para figuras cercanas al expresidente Donald Trump, en particular Jared Kushner y Stephen Feinberg, vinculados a la industria de defensa, el sector del fracking y ambiciosos planes de reconstrucción inmobiliaria postbélica en la región. Según estas lecturas, la guerra no solo responde a consideraciones geopolíticas sino también a intereses económicos privados de enorme magnitud que se benefician directamente de su prolongación.
En el frente de las alianzas internacionales, el aislamiento de Washington es creciente. Los aliados europeos y asiáticos, entre ellos Japón y Corea del Sur, se han negado a enviar tropas, dejando a Estados Unidos e Israel prácticamente solos en la ofensiva terrestre. Este aislamiento se produce en el peor momento posible, cuando la administración Trump solicita al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales para financiar un conflicto que no tiene horizonte claro de resolución y cuyos costos humanos, económicos y políticos continúan escalando sin señales de freno.






