Por qué la izquierda debe apoyar a Irán. Por Dani Seixo

Por Dani Seixo. Fuente: Nueva Revolución.
«Escribo esta carta para esos jóvenes cuya conciencia despierta los ha movido a la defensa de las mujeres y los niños oprimidos de Gaza.
¡Queridos jóvenes estudiantes de los Estados Unidos de América! Este es un mensaje de concordia y solidaridad de nosotros con ustedes. Están ustedes ahora en el lado correcto de la historia, cuyas páginas están pasando ante nosotros.
Ustedes conforman hoy una parte del Frente de la Resistencia y, bajo la presión brutal de su gobierno, que defiende abiertamente al despiadado régimen usurpador sionista, han iniciado un combate honroso.»
Carta del ayatolá Jameneí a los jóvenes y los estudiantes universitarios de EEUU.
La historia es esa señora desmemoriada que siempre escriben los vencedores. Mañana dirán que fue un error de cálculo. Dirán que fue una «escalada inevitable», una «acción necesaria». Pero la memoria, esa cicatriz que nos queda cuando la historia miente, sabrá que esto no fue un accidente.
Sucedió como suceden siempre las traiciones de los caballeros de traje impecable: cuando Irán estaba sentado a la mesa de negociaciones en Ginebra, dispuesto a utilizar la diplomacia para evitar la guerra, las bombas ya habían despegado de las bases estadounidenses en Oriente Medio. No es una metáfora, no se trata de un recurso literario. Es la crónica de una traición anunciada que vuelve a escribirse con sangre sobre el polvo de Teherán. Se hablaba de paz, se hablaba de distensión, se jugaba al póker de los diplomáticos en salones climatizados donde no se huele la sangre de los pueblos. Y mientras las palabras flotaban en el ambiente, Washington actuó. Estados Unidos e Israel, esa hidra de dos cabezas que se alimenta del petróleo ajeno y del miedo propio, no conocen otra diplomacia que la del plomo. No hubo ultimátum. Hubo, simplemente, la decisión de partir la mesa cuando la negociación empezaba a dar frutos.
El asesinato de Alí Jamenei no ha supuesto la muerte de un hombre. Es un intento de borrar el alma de un pueblo, un intento de disgregar la resistencia y fragmentar a toda una sociedad. Creyeron los estrategas del Pentágono, esos tecnócratas que confunden el mundo con un mapa de riesgos, que cortando la cabeza el cuerpo se rendiría. Olvidaron, siempre olvidan, que Persia tejía alfombras y recitaba poesía cuando ellos todavía se pintaban la cara de azul para cazar en los bosques. Creyeron que mataban a un clérigo y lo que hicieron fue despertar a un gigante de memoria antigua, germinaron una resistencia cuyo efecto perdurará durante décadas.
Y tras el error inicial, el cielo de Oriente Medio se iluminó. No con los fuegos artificiales de las celebraciones, sino con la justicia de la balística.
Irán golpea. Y golpea donde duele. Los misiles caen sobre las bases militares estadounidenses, esos quistes de acero y hormigón que el Imperio ha sembrado en tierras que no le pertenecen. Dicen en la CNN o en RTVE, con esa voz grave de los que venden el apocalipsis cuando los pueblos agredidos responden, que esto es terrorismo. Que es agresión intolerable. Pero la dialéctica de los pueblos sabe la verdad: sacar al ladrón de tu casa no es violencia, es higiene revolucionaria.
Es lícito. Es necesario.
Esas bases no son embajadas de la democracia, sino los colmillos del vampiro desangrando territorios que no le pertenecen. Desde allí despegan los drones que matan bodas en Afganistán, desde allí se coordinó el saqueo de Irak, desde allí se vigila que el petróleo fluya hacia los motores de Occidente y que la sangre fluya hacia la tierra de los árabes. Desde allí se asesinó a más de 100 niñas cuando acudían a la escuela en Irán. Por todo ello, cuando el humo sube desde los cuarteles del ocupante en Irak, Siria o en las satrapías del Golfo, los pueblos de la región no lloran. Celebran. Celebran desde las azoteas, reparten dulces y se escuchan vítores. Porque por primera vez en décadas, el dios intocable sangra. El Imperio es vulnerable y tiene miedo.
La pregunta incómoda que hoy debería hacerse la «izquierda» occidental es esta: ¿por qué apoyan las «revoluciones de color» en Ucrania y Siria, pero callan cuando el pueblo iraní defiende su soberanía frente al bombardeo extranjero y con su respuesta abre las puertas de la libertad en Bahréin o Qatar?
Es la izquierda daltónica. La que aplaudió con fervor las «revoluciones de colores», esos teatrillos financiados por la CIA y la NED en Kiev o en Damasco. Cuando los neonazis quemaban sindicalistas en Odesa, dijeron que era la «lucha por la libertad». Cuando los mercenarios degollaban en Siria bajo la bandera del fundamentalismo financiado por la OTAN, dijeron que era la «primavera árabe». Compraron el guion de Hollywood, se enamoraron de la estética de la revuelta diseñada en laboratorio.
Pero ahora, cuando un pueblo soberano, real, de carne y hueso, se levanta contra el gendarme mundial, esa izquierda arruga la nariz. No les gusta Irán, se muestran incapaces de solidarizarse y apoyar la resistencia. No les gusta porque no es una democracia liberal, porque hay turbantes y no corbatas, porque rezan a un Dios que no es el Mercado ni la Socialdemocracia. Les molesta la estética. Y como estetas que son, prefieren que gane el imperialismo «democrático» e inclusivo, que bombardea con aviones pintados con arcoíris, antes que apoyar la resistencia de un pueblo que no encaja en sus manuales de sociología universitaria.
Nunca han entendido nada. Marx, que tenía más barro en las botas que tinta en la pluma, lo sabía bien: la contradicción principal es la que enfrenta al Imperio contra la Nación oprimida.
Apoyar la soberanía de Irán hoy no es hacerse chií, ni validar cada ley de su código penal. Nadie nos ha pedido eso. Se trata de entender la materialidad de la historia. Y si Irán cae, si el Imperio logra convertir a Teherán en otra Libia, en otro solar de esclavos y ruinas, la bota que nos pisa el cuello a todos apretará todavía más fuerte.
Hoy la soberanía de Irán profundiza la trinchera del Sur Global.
La guerra que ha comenzado no terminará fácilmente. Trump ha prometido que los bombardeos continuarán «el tiempo que sea necesario» y que Irán se enfrentará «a una fuerza que nunca antes se ha visto». Mientras tanto, Netanyahu ha anunciado miles de nuevos objetivos. La región entera está hoy al rojo vivo, con los espacios aéreos cerrados, el tráfico marítimo interrumpido y los precios del petróleo disparados. Los pueblos árabes, una vez más, pagan el precio de las ambiciones geopolíticas de las grandes potencias.
Hoy Irán defiende su derecho a existir sin pedir permiso. Defiende sus recursos naturales frente a la rapiña de las multinacionales que ven en cada pozo de petróleo una cuenta bancaria y en cada niño persa un daño colateral. Estados Unidos no ataca a Irán por sus derechos humanos; si le importaran los derechos humanos, bombardearía Arabia Saudí mañana mismo. Pero no es el caso. Ataca a Irán porque Irán es insumiso. Porque Irán nacionalizó su dignidad y se niega a privatizarla.
Defender a Irán es defender que el mundo no sea el patio trasero de un solo matón. Es defender la multipolaridad. Es defender que ningún imperio tiene derecho divino a decidir quién vive y quién muere, quién gobierna y quién obedece. Jamenei ha caído, pero la soberanía no es un hombre. Es una voluntad. Y esa voluntad, hoy, está blindada en Irán.
Que tomen nota los señores de la guerra: negociaron con la mentira y han recibido la verdad. Y la verdad, a veces, puede devolver los golpes.
Por Dani Seixo. Fuente: Nueva Revolución (España)



