Cambio de mando en Chile: una cumbre de la derecha global.

La ceremonia de cambio de mando del 11 de marzo de 2026 en Chile —donde José Antonio Kast asumirá la presidencia por cuatro años— ha trascendido su carácter institucional para convertirse en una cumbre de la nueva derecha global. Con la confirmación de al menos doce jefes de Estado y diversas delegaciones internacionales, el evento proyecta un alineamiento geopolítico que podría definir el rumbo de la política exterior chilena.
Entre los asistentes destacan líderes como Javier Milei (Argentina), Rodrigo Chaves (Costa Rica), Daniel Noboa (Ecuador), Tamás Sulyok (Hungría) y José Raúl Mulino (Panamá), todos representantes de gobiernos de derecha o centroderecha. Si bien la presencia del rey Felipe VI de España y de organismos como la OEA y la CEPAL refuerzan el protocolo internacional, la ausencia de representantes de alto nivel de Brasil, Colombia y México ha generado lecturas sobre un evidente distanciamiento con los gobiernos progresistas de la región.
En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas y el ascenso de liderazgos conservadores, este traspaso de mando actúa como una vitrina simbólica. La composición de los invitados sugiere una apuesta por fortalecer vínculos con gobiernos afines, alejándose de una política de Estado con vocación regional o neutral. Se avizora el intento de fundar un bloque de afinidad ideológica como el grupo de Lima o el Alba de los Pueblos; no obstante, estas iniciativas suelen ser frágiles ante la alternancia de poder. En una región convulsa que tiende a los extremos, la falta de cohesión dificulta enfrentar desafíos geopolíticos complejos como un bloque organizado y consciente de sus recursos y soberanía.
La pregunta fundamental es si este ciclo buscará una política de alineamientos ideológicos rígidos o una estrategia pragmática que equilibre los intereses globales y regionales. El 11 de marzo no solo marcará el inicio de un nuevo gobierno, sino también una definición más clara del lugar de Chile en el tablero internacional. En este escenario, aunque los riesgos bélicos directos parecen bajos, las implicaciones económicas y las sanciones se perfilan como las nuevas armas de una guerra económica con terribles consecuencias igualmente.






