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Mao Zedong y la construcción de la República Popular China contemporánea: Soberanía, Revolución y una transformación histórica sin precedentes

El 26 de diciembre de 1893 nacía en Shaoshan, provincia de Hunan, Mao Zedong (o Mao Tse-Tung), líder revolucionario comunista y figura central de uno de los procesos de transformación social más profundos del siglo XX. Hijo de campesinos pobres, Mao conoció desde la infancia la dureza del trabajo agrícola: con apenas seis años ya trabajaba en el campo. Esa experiencia temprana forjó su conciencia de clase y lo vinculó, desde la adolescencia, a las luchas revolucionarias del pueblo chino. Presentamos aquí una reseña a la vida y obra de Mao, quien mirado desde el presente y dado el impresionante empuje de la República Popular China qué él fue protagonista en forjar, representa un referente imprescindible en conocer y comprender para la Historia del siglo XX y de la actualidad.

Reseña a la vida y obra de Mao Zedong

A los 18 años participó activamente en la Revolución Xinhai de 1911, que puso fin a más de dos milenios de monarquía imperial y derrocó a la dinastía Qing. Sirvió como soldado en el ejército republicano, en un contexto de colapso estatal, fragmentación territorial y creciente dominación extranjera. Para Mao, la caída del imperio no resolvía los problemas estructurales de China: la explotación campesina, la dependencia colonial y la ausencia de soberanía real.

La Revolución Bolchevique de 1917 fue decisiva en su formación política. En 1918, mientras residía en Pekín, Mao comenzó a estudiar de manera sistemática el marxismo-leninismo, convencido de que la liberación nacional solo podía alcanzarse mediante una revolución social profunda. Desde entonces, su actividad política fue vertiginosa: en 1919 lideró el movimiento juvenil en Hunan; en 1920 fundó en Changsha una de las primeras organizaciones obreras marxistas del país; y en 1921 fue uno de los organizadores del Partido Comunista de China (PCCh), fundado clandestinamente en Shanghái por apenas 53 militantes.

Tres décadas más tarde, ese pequeño núcleo revolucionario conduciría a un partido de masas con decenas de millones de miembros. Mao resumió esa experiencia con una metáfora que se volvería célebre: “los grandes mares nacen de pequeños ríos”.

Guerra popular y victoria revolucionaria

Tras la ruptura con el Kuomintang en 1927 y el inicio de la guerra civil, Mao desarrolló una estrategia revolucionaria inédita, basada en la movilización del campesinado, la guerra de guerrillas y la construcción de poder popular en el campo. Frente a la brutal represión del régimen de Chiang Kai-shek, el PCCh creó el Ejército Rojo y estableció bases revolucionarias rurales que articularon reforma agraria, alfabetización y autogobierno local.

Desde 1930, Mao se consolidó como principal comisario político del Ejército Rojo, demostrando una notable capacidad estratégica. La Gran Marcha (1934–1935), en la que las fuerzas comunistas recorrieron cerca de 12.500 kilómetros en poco más de un año, permitió la supervivencia del núcleo revolucionario y consolidó el liderazgo de Mao dentro del partido.

Con la invasión japonesa de 1937, el PCCh impulsó un frente unido nacional contra el imperialismo nipón. Mientras el Kuomintang priorizaba la represión anticomunista, el Ejército Rojo —luego Ejército Popular de Liberación— se convirtió en la principal fuerza de resistencia nacional. En vastas zonas liberadas, los comunistas actuaron como autoridades reales, ganando un apoyo popular masivo.

Tras la rendición de Japón en 1945, el Kuomintang, apoyado política, económica y militarmente por Estados Unidos, reanudó la guerra civil. Sin embargo, el Ejército Popular ya contaba con millones de combatientes, una profunda legitimidad social y una organización política superior. En 1949, las fuerzas maoístas derrotaron definitivamente al régimen nacionalista y proclamaron la República Popular China, encabezada por Mao a través del Gobierno Popular Central.

El fin de un siglo de humillación

La victoria del Partido Comunista Chino fue mucho más que un cambio de gobierno. Representó el cierre de un período histórico de más de cien años de humillación nacional, iniciado con las Guerras del Opio. China había sido saqueada, fragmentada y sometida por las potencias imperialistas occidentales y Japón. Existían leyes y prácticas abiertamente racistas, como aquellas que prohibían la entrada de chinos a determinados espacios públicos, o los infames carteles en Shanghái que decían “Prohibida la entrada a perros y a chinos”.

En 1949, Mao heredó un país semifeudal y devastado: corrupción generalizada, analfabetismo masivo, epidemias, hambrunas recurrentes y cerca de 20 millones de personas adictas al opio. Solo en Shanghái, el 20 % de la población —1,2 millones de personas— era drogodependiente. Existían incluso brigadas encargadas de recoger cada mañana los cuerpos de quienes habían muerto de hambre, enfermedad o violencia durante la noche.

Transformaciones sociales sin precedentes históricos

Tras la aprobación de la Constitución en 1954, Mao fue elegido Presidente de la República Popular China. Con apoyo inicial de la Unión Soviética y mediante planes de industrialización, reforma agraria y movilización popular, China inició un proceso acelerado de transformación estructural.

Los resultados fueron profundos. La población pasó de aproximadamente 500 millones en 1949 a más de 930 millones en 1976, alcanzando los 956 millones en 1978. La esperanza de vida se duplicó, pasando de unos 35 años a cerca de 68–70 años, con una reducción drástica de la mortalidad infantil y de las enfermedades infecciosas.

El estudio “An exploration of the decline in mortality in China under Mao: A provincial analysis, 1950–80”, de Babiarz et al., señala:

“Junto con varios determinantes sociales, particularmente la educación y la emancipación de la mujer, el resultado de los esfuerzos de la RPC en materia de control de enfermedades y salud pública financiada por la comunidad durante sus primeros 30 años son realmente notables, considerando su relativamente pobre progreso económico.”

Un informe del Banco Mundial de 1984 confirma que China ingresó a la transición epidemiológica a mediados de los años setenta, con una reducción radical de las muertes por enfermedades transmisibles. Entre 1949 y 1981, la malaria pasó de afectar al 5,5 % de la población al 0,3 %, y la mortalidad infantil cayó de alrededor de 250 a 40 por cada mil nacidos vivos.

Un elemento clave fue el sistema de salud pública socialista y el movimiento de los “médicos descalzos”, que llevó atención sanitaria básica a millones de campesinos que jamás habían tenido acceso a ella.

Educación, alfabetización y emancipación de la mujer

La alfabetización fue una prioridad inmediata del nuevo Estado. A fines de la década de 1940, más del 80 % de la población era analfabeta, cifra que alcanzaba el 95 % en las zonas rurales. Como señala Chen en “Politics and practice of adult literacy in post-1949 China”, erradicar el analfabetismo fue considerado un objetivo histórico. Antes de la Revolución Cultural, más de 100 millones de adultos fueron alfabetizados.

La situación de las mujeres también cambió radicalmente. En 1950 se aprobaron leyes que prohibieron el matrimonio forzado y las concubinas. Mao sintetizó este proceso con la consigna: “Las mujeres sostienen la mitad del cielo”. Millones de mujeres se incorporaron al trabajo productivo, a la educación y a la vida política.

Mobo Gao, en “La batalla por el pasado de China”, afirma:

“Se hicieron esfuerzos genuinos para promover la condición de la mujer, y esos esfuerzos y el éxito que produjeron pueden confirmarse mediante numerosos documentos y estadísticas.”

Industria, infraestructura y soberanía nacional

Bajo Mao, China pasó de ser un país agrícola atrasado a una potencia industrial independiente. La producción industrial se multiplicó por más de diez; la industria pesada por decenas de veces; la producción de acero pasó prácticamente de cero a decenas de millones de toneladas anuales; la red ferroviaria creció más de un 260 % y el transporte de pasajeros y mercancías se multiplicó exponencialmente.

China desarrolló además su propia industria militar y nuclear, rompiendo la dependencia estratégica del imperialismo y asegurando su soberanía nacional.

Balance histórico

Occidente intentó ocultar estos logros mediante campañas de propaganda similares a las utilizadas contra la URSS. Incluso la CIA reconocía en 1961 que las hambrunas de finales de los años cincuenta estuvieron vinculadas principalmente a desastres naturales y no a una supuesta inviabilidad del socialismo, señalando además que el gobierno chino estaba tomando medidas para enfrentarlas.

Cuando Mao Zedong falleció el 9 de septiembre de 1976, más de un millón de personas acudieron a su funeral en Pekín. Su cuerpo permanece en un mausoleo en la Plaza de Tiananmen como símbolo de una revolución que transformó el destino de China.

Más allá de errores, tragedias y debates legítimos, el balance histórico es contundente: bajo Mao y el Partido Comunista Chino se sentaron las bases materiales, sociales y políticas de la China moderna. Para millones de chinos, la experiencia fue clara: las dificultades fueron enormes, pero los logros, históricos, inéditos, y duraderos.


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