Gobierno de Chile firma acuerdo con el de Alemania y profundiza relación de dependencia con la OTAN

En una ceremonia liderada por la ministra de Defensa del Gobierno encabezado por Gabriel Boric, Adriana Delpiano, y con la presencia de la embajadora alemana Susanne Fries-Gaier, el gobierno chileno firmó un acuerdo bilateral que impulsa su ascenso al Nivel 2 del Sistema OTAN de Catalogación (SOC). Este paso, presentado como un avance en «capacidades sofisticadas» y visibilidad internacional, reactiva el debate sobre los costos políticos y estratégicos de profundizar vínculos con una alianza militar ajena a la región, que se encuentra en plena decadencia, y que sostiene una agresiva y cuestionable política militar y geopolítica en escenarios como en la Palestina ocupada o Ucrania. Alemania es el 2do mayor proveedor de armas al ente sionista «Israel», mismo lugar que ocupa en la provisión armamentística y financiera al régimen ucraniano. Este acuerdo apunta en la misma línea militar Otanista de los gobiernos chilenos anteriores, acompañada de, entre otras cosas, constantes operaciones conjuntas y acuerdos militares con Estados Unidos.
El convenio, firmado este 29 de julio, facilita el intercambio de material militar con Alemania y ampliará el acceso chileno a datos técnicos restringidos de la OTAN. Sin embargo, la retórica oficial omite discutir las implicancias de alinearse con una organización cuyo rol global ha sido controversial —desde intervenciones en Asia Occidental / Medio Oriente hasta su expansión hacia Europa del Este—, en un contexto donde América Latina históricamente ha defendido la autonomía en defensa.
La Ministra de Defensa Adriana Delpiano destacó que el acuerdo permitirá a Chile «visibilizar» su industria militar en el catálogo OTAN, pero no aclaró cómo esto se traduce en soberanía tecnológica o beneficio concreto para la seguridad regional. Más allá de la estandarización logística, el SOC opera como un mecanismo de dependencia: mientras Chile gana acceso a piezas de armamento complejo, consolida una relación asimétrica con potencias que controlan la arquitectura de defensa global.
El gobierno insiste en que se trata de un acuerdo técnico, pero la firma con Alemania —sumada a pactos similares con EE.UU. y Dinamarca, y las negociaciones con Italia— refleja una integración progresiva de Chile a la órbita OTAN. Esto ocurre mientras la alianza busca ampliar su influencia en zonas periféricas, aprovechando la demanda de modernización militar de países como Chile.
Aunque autoridades chilenas minimizan el tema, el avance al Nivel 2 no es neutral: implica mayor interoperabilidad con los aparatos militares estándares OTAN, lo que podría condicionar futuras decisiones de defensa. La pregunta pendiente es si este camino consolida una política autónoma o subordina intereses nacionales a prioridades geopolíticas ajenas, en un escenario donde la región aún carece de mecanismos robustos de cooperación independiente.
Chile mantiene oficinas de catalogación en todas sus ramas castrenses, pero la lógica tras el SOC va más allá de la eficiencia: es un paso hacia la normalización de vínculos con una alianza que Nuestramérica ha visto con recelo. Sin una discusión pública sobre los riesgos, el acuerdo se celebra como un logro técnico, ignorando que la defensa nunca es solo técnica.